EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El cojo #2
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El cojo #2

A lo lejos vemos el coche de Rodrigo aparcando.

Hugo sale el primero, buscándome con la vista enseguida.

Se le ve tenso, como si supiera que el equipo que ha formado este viaje —la pelirroja explosiva, el guapo silencioso y yo con este body— es una combinación que puede estallar en cualquier momento.

Nos reunimos todos en la puerta de la Taberna del Cojo. El olor a aceite refrito y el sonido de las cañas chocando salen por la puerta abierta.

—Bueno —dice Rodrigo, frotándose las manos y mirando con descaro el trasero de Raquel y el mío—, id pasando, que el espectáculo está a punto de empezar.

Entramos en la Taberna del Cojo y el impacto es instantáneo.

El local es el típico bar de pueblo, azulejos gastados hasta media altura y un ruido de conversaciones a gritos que te envuelve.

En cuanto ponemos un pie dentro, varias cabezas de hombres sentados en la barra se giran para vernos pasar.

No es para menos, con Raquel de pelirrojo fuego y yo con mi body negro marcando territorio, parecemos dos alienígenas en mitad de un desierto.

Rodrigo, que se siente el capitán general del grupo, maniobra con una agilidad de serpiente para organizar la mesa del fondo, una de esas largas de madera oscura que ha visto pasar mil batallas.

—A ver, sentaos aquí, no os amontonéis —dice con ese tono de mando que tiene.

La distribución queda de una forma aleatoria o no tan aleatoria para Rodrigo.

Juanma, se sienta en la cabecera, presidiendo la mesa como si fuera el patriarca.

A su izquierda me coloca a mí y a su derecha a Álex Sellés, que se queda justo frente a mí, clavándome esos ojos verdes que parecen leer mis pensamientos.

A mi lado se sienta Rodrigo, que se asegura el sitio estratégico para estar pegado a mí y a su vez, tener a Raquel a su otra mano.

Rodrigo está en su salsa, flanqueado por las dos.

Enfrente de Rodrigo está Pedro y al final, en la esquina y frente a Raquel, queda mi Hugo.

Veo su cara desde el otro extremo, está serio, observando cómo Rodrigo ya ha pasado el brazo por el respaldo de mi silla de forma casual y cómo Juanma me sonríe.

Antes de que podamos decir nada, aparece el dueño, el mítico "Cojo".

Es un hombre de unos cincuenta y largos, con el pelo canoso y unas entradas que le llegan hasta la nuca, pero tiene una cara de buen hombre que te hace sentir en casa.

Lleva un delantal blanco con alguna que otra mancha de la batalla diaria y nos mira con una sonrisa simpática mientras se apoya en la mesa.

—¡Hombre, la gente de la fábrica! —exclama con voz ronca—. Hoy venís bien acompañados, ¿eh? No me digas que habéis contratado modelos para el turno de mañana.

Rodrigo suelta una carcajada y le da un golpe juguetón a la mesa, mientras Juanma asiente con suficiencia desde la cabecera.

—¡Ya ves, jefe! —salta Rodrigo—. Hay que subir el nivel, que si no esto parece un monasterio. Ponte dos jarras de cerveza de las grandes para empezar y tráenos lo de siempre, que hoy tenemos hambre de viernes.

—Marchando esas jarras y el especial de la casa —dice el hombre, guiñándome un ojo antes de irse cojeando ligeramente hacia la barra.

El ambiente empieza a caldearse. El olor a fritura me abre el apetito, pero la tensión en la mesa es lo que realmente me alimenta.

Rodrigo está crecidísimo, rozando mi brazo con el suyo sin querer, mientras le cuenta una batallita a Raquel para que los dos estemos pendientes de él.

Hugo me mira desde su esquina, intentando mantener el tipo, pero veo cómo aprieta la mandíbula al ver a Juanma tan atento a mis comentarios.

Y luego está Álex. Está justo enfrente de mí, en silencio, observando el despliegue de Rodrigo y Juanma. Me mira fijamente, ignora a Pedro, ignora su móvil. Me mira a mí como si fuera el microscopio del laboratorio y yo fuera la muestra de chocolate más extraña que ha analizado nunca.

El Cojo regresa a la mesa con una agilidad que desmiente su apodo.

Apoya las dos jarras de litro sobre la madera con un golpe seco que hace saltar la espuma y junto a ellas, siete vasos de caña.

Pero lo que capta la atención de todos es un plato de barro humeante con siete pimientos de piquillo, rojos intensos, bañados en un aceite que brilla como el oro.

El tabernero, en lugar de repartirlos, se detiene frente a mí. Me mira con una mezcla de picardía y respeto, ignorando por completo el resto de la mesa.

—Oye tú, preciosa —me dice con esa voz rasposa—, como eres la nueva, te explico a ti la ley de esta casa.

La mesa se queda en silencio. Siento la mirada de Hugo desde la esquina, la de Rodrigo a mi lado y sobre todo, la de Álex justo enfrente, fija en mis labios.

—Estos pimientos están muy buenos, buenísimos...

—continúa el Cojo, acercándome el plato al rostro para que el aroma dulce y ahumado me embriague—.

Pero hay dos que pican. Y no pican normal, pican muchísimo, son como fuego del infierno.

La tradición aquí es que abres la boca y yo te lo doy, tienes que comértelo sin pensarlo.

Si te toca el que pica y eres capaz de engañarme, de disimular el incendio, te invito a un cubata.

Si no disimulas... pues nos reímos todos.

Suelto una carcajada, sintiendo el desafío. Me encanta el juego y me encanta ser el centro de atención.

—Venga, acepto —le digo con un deje de chulería, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla.

El Cojo coge un pimiento con los dedos. Es carnoso, alargado, y gotea aceite lentamente. Me dice: Abre. Yo obedezco. Abro la boca y saco la lengua, esperando, con los ojos clavados en los suyos.

De repente, el tiempo se ralentiza. No sé si son imaginaciones mías, pero el Cojo parece recrearse.

Tarda una eternidad en bajar el pimiento.

Siento el calor del vapor del piquillo rozándome los labios antes de entrar.

Es un momento extrañamente íntimo en mitad del estruendo del bar, todos en la mesa están hipnotizados mirando mi boca abierta.

Rodrigo ha dejado de hablar y Álex ha entrecerrado los ojos, observando cómo la punta del pimiento toca mi lengua.

Finalmente, el Cojo lo suelta. Cierro los labios, atrapando el sabor y muerdo.

Siento el aceite resbalar por mi garganta. Mastico lentamente, buscando ese chispazo de fuego, pero no llega. Mis ojos se encuentran con los del Cojo y niego con la cabeza mientras una sonrisa victoriosa asoma entre mis dientes manchados de rojo.

—No... no es el picante —murmuro con la boca aún llena—. Pero joder, jefe, como dice usted... está buenísimo.

Trago, relamiéndome los labios con la punta de la lengua, consciente de que ahora mismo hay seis tíos en esa mesa que darían cualquier cosa por ser ese pimiento.

—¡Lástima! —exclama el Cojo riendo mientras reparte el resto—. Te has librado del fuego, pero te has quedado sin cubata gratis. ¡A ver a quién le toca la bomba!

El Cojo se ríe con ganas al ver mi reacción y sin perder tiempo, sigue con el ritual. Se mueve por la mesa con el plato de barro como si fuera un sacerdote repartiendo una comunión pagana.

El siguiente es Rodrigo. Él, que iba de gallito hace un segundo, abre la boca con una sonrisa de suficiencia.

El Cojo le deja caer el pimiento y al primer mordisco, la cara de Rodrigo se transforma.

Sus ojos se abren como platos, la sonrisa desaparece y antes de que pueda siquiera procesar el sabor, suelta un gruñido ahogado.

¡Puaj! Lo escupe directamente en la servilleta sin ninguna elegancia y se lanza a por la jarra de cerveza como si le fuera la vida en ello, bebiendo a grandes sorbos mientras hace ruidos con la lengua.

—¡Joder, eso es ácido sulfúrico! —consigue decir con la voz quebrada mientras todos estallamos en carcajadas.

El Cojo ni se inmuta y pasa al siguiente. A Juanma y a Álex les tocan dulces y se los comen con calma, Álex sin apartar esos ojos verdes de mí ni un segundo, como si el espectáculo de Rodrigo fuera ruido de fondo. Entonces le llega el turno a Pedro.

Pedro es más duro, o al menos lo intenta.

Abre la boca, recibe el pimiento y empieza a masticar.

Al segundo tres, veo cómo se queda rígido.

No lo escupe, no se mueve. Pero el cambio físico es brutal, el cuello se le pone de un rojo granate y las orejas parecen que van a empezar a echar humo.

Intenta tragar, pero se le llenan los ojos de lágrimas, unas lágrimas reales que empiezan a desbordar por el lagrimal.

Está sufriendo, se está quemando vivo por dentro, pero mantiene los labios sellados en un esfuerzo heroico por ganar el cubata.

—¡Vamos, Pedro, aguanta! —le grita Juanma riendo.

Pero es imposible. Pedro exhala un aire caliente que casi podemos oler y empieza a toser desesperadamente, buscando también su vaso de cerveza con manos temblorosas.

—¡Casi, chaval, casi! —exclama el Cojo dándole unos golpes secos y sonoros en la espalda que casi le hacen escupir la cerveza—. Te lo has currado, de verdad, pero ese fuego no hay quien lo esconda en los ojos. Por poco me engañas, ¡pero no ha podido ser!

El tabernero recoge el plato vacío, nos dedica una última sonrisa cómplice y se va cojeando hacia la barra, dejándonos a todos entre risas, con Rodrigo todavía quejándose del picor y Pedro secándose las lágrimas con la manga de la camisa.

La mesa está que arde y no solo por los pimientos. Hugo, desde su esquina, aprovecha el revuelo para acercar su silla un poco más hacia el centro, mientras Raquel, que se ha librado del picante, me mira con una mezcla de diversión y algo más que no sé descifrar.