EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El cojo
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El cojo

Inma

Ya es viernes. No puedo creer lo rápido que ha pasado mi primera semana en la fábrica. Hoy ha sido otro día más de rutina, pero de esa rutina que te hace sentir que por fin, empiezas a encajar en el engranaje de este gigante de chocolate.

Sigo haciendo las mismas pruebas que el primer día: analizo el pH, mido la dureza de las tabletas con el texturómetro y vigilo que el templado sea perfecto.

Pero hay una diferencia abismal. El lunes me sentía como un pulpo en un garaje, mirando cada máquina con miedo a romper algo.

Hoy, en cambio, me muevo por el laboratorio con una seguridad que hasta a mí me sorprende.

De hecho, en todo el turno solo he tenido que llamarlo una vez a Alex Sellés para consultarle una duda técnica sobre el punto de fusión de un nuevo lote.

Una sola vez. El resto del tiempo, lo he gestionado todo yo sola.

Sé que aún me queda un mundo por aprender —esta industria tiene más secretos de los que imaginaba—, pero después de cinco días, estoy más que satisfecha.

Ver los informes de calidad con mi firma y saber que las líneas de producción siguen girando porque yo he dado el visto bueno...

joder, da un subidón increíble. Me siento realizada, útil y sobre todo, capaz.

Cierro mi libreta de notas con un golpe seco. Ya está. Los análisis de la mañana están listos. Me limpio una mancha de cacao de la mano y miro el reloj. Casi es la hora.

Hoy no es un viernes cualquiera. En menos de una hora nos quitamos estos uniformes azules y nos vamos a la Taberna del Cojo.

La tensión de toda la semana —los ataques de José, el tonteo frío de Alex, las miradas de Rodrigo y el juego constante con Hugo— se va a concentrar hoy en esa mesa llena de cervezas.

Me miro en el espejo del laboratorio y me suelto el pelo por un segundo.

He traído en la mochila el conjunto que elegí anoche con Hugo.

Sé que cuando me vean aparecer sin el uniforme, más de uno se va a atragantar con la tapa.

Sobre todo José, que aunque ha dicho que no viene, me juego el cuello a que no va a poder evitar estar pendiente de su móvil.

Entro en el vestuario con el corazón dándole saltitos.

Abro mi taquilla y empiezo a deshacerme del uniforme que aunque me hace sentir profesional, me tiene ya un poco agobiada.

Justo cuando me estoy subiendo los vaqueros, esos que me quedan como una segunda piel y marcan cada curva de mis caderas, oigo una exclamación a mi espalda.

—¡Madre mía, Inma! —Raquel me mira de arriba abajo con los ojos azules como platos—. Si te vas así al Cojo, mañana no hay quien trabaje en la fábrica. Vas a provocar un infarto general, ¡y no solo a los solteros!

Me río, sintiendo ese calorcito de la vanidad recorriéndome el cuerpo. Me miro al espejo mientras me ajusto el body negro, que es tan apretado que parece pintado, resaltando mi pecho y mi cintura.

—Venga, Raquel, ¡tampoco es para tanto! —le digo bromeando, aunque por dentro sé perfectamente el efecto que va a tener este conjunto—. Solo es un body y unos vaqueros, algo cómodo para las cervezas.

Me giro para mirarla bien y me quedo de piedra.

Hugo me había hablado de ella, pero entre el ruido de la zona de mezclas y que siempre la veía con esas gafas de seguridad enormes que le tapan media cara, el uniforme tres tallas más grande y ese moño apretado de bibliotecaria estresada, la tenía por una chica del montón, tirando a simplona.

Pero la que tengo delante ahora... es otra persona.

Se ha puesto un vestido azul veraniego que le resalta el blanco de la piel y por Dios, ese pelazo pelirrojo suelto le cae por la espalda como una catarata de fuego. El vestido le marca un culo que no me había fijado y aunque no tiene mucho pecho, el escote le queda elegantísimo.

—Oye, perdona que te lo diga, pero... ¡estás espectacular!

—le suelto de corazón, dándole un giro para verla entera—.

En serio, Raquel, te veo por la fábrica con las gafas de Betty la fea y ese uniforme que te queda ancho, ¡y no sabía que escondías este potencial!

Estás guapísima, ese color de vestido con tu pelo es un escándalo.

Raquel se pone roja como un tomate, pero sonríe con muchísima gracia, mostrando esa simpatía que Hugo siempre me decía que tenía.

—¡Ay, calla, que me sacas los colores! —dice riendo—. Es que allí dentro, entre el cacao y las máquinas, una no puede lucirse mucho. Pero hoy es viernes y después de la semana que llevamos, ¡necesitaba sentirme persona!

Terminamos de retocarnos el maquillaje frente al espejo, hombro con hombro. Hay una energía muy guay entre las dos, ella es divertida y amable y me hace sentir que no voy a estar sola entre tanto "macho" en la comida.

—¿Lista para el caos? —me pregunta Raquel guiñándome un ojo mientras se pone un poco de brillo en los labios—. Porque cuando entremos las dos juntas por la puerta de la Taberna, a Rodrigo se le va a caer la baba, Pedro contará anécdotas de los 90… bueno mejor que te pille de sorpresa.

Sonrío mientras me termino de retocar el rímel y miro a Raquel por el reflejo del espejo. Ella me suelta eso de que a ella tardaron seis meses en invitarla y a mí ni una semana y aunque lo dice con esa risita simpática, noto perfectamente ese pequeño aguijón de envidia.

—No, no, si es la verdad —me contesta ella mientras se coloca el pelo pelirrojo—. Seis meses mordiendo el polvo en mezclas hasta que me dejaron sentarme a la mesa. Y tú llegas y ¡pum!, alfombra roja.

—Supongo que era un grupo de machos cerrados, Raquel —le digo con una sonrisa de suficiencia, sin dejar de mirarme al espejo—. Tú has entrado en su manada a base de carácter y ahora las demás lo tenemos más fácil. Has abierto la veda.

—Será eso… —suelta ella, y aunque me sonríe, noto que le ha escocido un poquito que se lo diga así de claro.

Salimos del vestuario pisando fuerte, escuchando el eco de nuestros pasos en el pasillo vacío. Cuando cruzamos la puerta del parking, la luz del sol de la tarde nos da de lleno. Allí, apoyados en los coches, están ellos.

Hugo se queda petrificado en cuanto me ve.

Abre la boca un milímetro, recorriéndome entera con la mirada, el body negro bajo el sol resalta todo lo que tiene que resaltar.

Rodrigo, por su parte, suelta un silbido bajo y se ajusta las gafas de sol, como si no pudiera creerse que "la nueva" y "la de mezclas" fueran esas dos bellezas.

—Bueno, familia —anuncia Rodrigo con voz alta—, somos siete, así que mejor nos repartimos. No vamos a llevar una caravana de coches al centro del pueblo, que allí no aparca ni el Cojo.

—Yo voy con Raquel —digo rápido, buscando un poco de complicidad femenina antes de meterme en la boca del lobo—. ¿Quién más se viene con nosotras?

Álex Sellés, que estaba apoyado en su coche con esa cara de no haber roto un plato en su vida, da un paso adelante.

—Si no os importa, me voy con vosotras —dice con su tono pausado, casi robótico, pero noto cómo sus ojos verdes se detienen un segundo más de lo normal en mi body negro—. Así no muevo el mío.

Hugo me mira con una mezcla de orgullo y un pelín de recelo al ver que me voy con el guapo del laboratorio y la pelirroja, pero asiente. Él se sube al coche de Rodrigo con Juanma y Pedro.

Me subo al asiento del copiloto del coche de Raquel, que huele a perfume de vainilla. Álex se acomoda atrás, con sus piernas largas ocupando casi todo el espacio. Raquel arranca y pone la radio, una canción movida que anima el ambiente.

—Bueno, Álex —le suelto girándome un poco en el asiento, disfrutando del morbo de tenerlo ahí encerrado con nosotras—, espero que estés preparado, porque con Raquel y conmigo en el coche, vas a llegar a la Taberna con las pulsaciones a mil.

Álex esboza una sonrisa mínima, de esas que apenas mueven los labios.

—Tranquila, Inma. En el laboratorio he visto cosas más peligrosas que vosotras dos. Aunque reconozco que el cambio de uniforme os sienta… mejor de lo estadísticamente esperado.

El trayecto hasta el centro del pueblo es corto, apenas diez minutos, pero dentro del coche el aire se vuelve caliente. Raquel conduce con una sonrisa nerviosa, pero yo noto cómo de vez en cuando mira por el retrovisor a Álex Sellés.

Álex es un enigma. En el laboratorio es un robot, pero aquí, fuera de las paredes blancas, su silencio tiene otro peso.

Está sentado atrás, con las rodillas separadas por falta de espacio y aunque apenas abre la boca, sus miradas matan.

No es el hambre animal de José, ni la adoración de Hugo, es una mirada analítica, fría, que te recorre la piel como si estuviera buscando el punto exacto donde vas a romperte.

Cada vez que lo miro por el espejo, sus ojos verdes están clavados en mi nuca y no la aparta.

Es un descaro silencioso que me pone los pelos de punta.

—Álex, estás muy callado —suelto yo, intentando romper el hielo porque el morbo me está empezando a picar—. ¿Es que te hemos dejado sin palabras con el cambio de look?

Él ladea la cabeza ligeramente. Su cara sigue siendo de piedra, pero hay un brillo nuevo en sus ojos.

—Simplemente estoy observando, Inma —dice con esa voz pausada que retumba en el coche—. En el laboratorio controlas las variables del chocolate. Aquí fuera... parece que las variables te controlan a ti. Y es interesante ver cómo cambia la muestra fuera del entorno controlado.

Raquel suelta una risita nerviosa y sube un poco el volumen de la radio.

—Venga, Álex, deja el modo científico en la fábrica. ¡Que vamos de cañas!

—El modo científico no se apaga nunca, Raquel —responde él sin dejar de mirarme a través del espejo—. Solo cambia el objeto de estudio.

Llegamos al centro y Raquel aparca de mala manera en una calle estrecha. Al bajar del coche, Álex se baja primero y nos espera de pie junto a la puerta. Nos mira a las dos, de arriba abajo, como si estuviera haciendo un inventario de lo que va a pasar esta tarde.