La invitación #2
Me quedo helado. ¿Por qué insiste tanto en que venga José?
. A José nunca lo invitamos. Es el encargado, el jefe y nuestra regla de oro es "nada de jefes en las comidas".
Tendré que explicarle esto a mi novia en cuanto estemos a solas, porque se está metiendo en un terreno pantanoso.
Pero, por no quedar de celoso delante de él, le sigo la corriente.
—Eso, José. Vente un rato.
José niega con la cabeza, pero sus ojos no se despegan de los de Inma.
—Ya tendréis hijos... Tengo que recoger al mío del colegio y ya como con él, mi mujer y mi bebé.
Inma suelta una risita que suena a puro desafío.
—Ya veo... Al final va a resultar que los más machos, los que van de golfos por la planta, son luego los que están mejor atados en casa.
Los mejores padres son los que llevan la correa más corta, ¿no?
El silencio que sigue a ese comentario es doloroso. José da un paso hacia ella, ignorando por completo que yo estoy a menos de un metro. Se inclina un poco, hasta que sus rostros están casi al mismo nivel. Su mirada es tan dura, tan cargada de un hambre animal, que hasta yo siento un escalofrío.
—Es mejor que me lleven atado, Inma —dice José, con una voz ronca que retumba en el cristal de la pecera—. Porque si me sueltan la correa... hago locuras.
Le clava los ojos de una forma que da miedo, una advertencia que es, al mismo tiempo, una promesa de algo oscuro y sucio.
Es puro morbo destilado. El aire en la pecera se corta, la tensión es tan física que parece que el cristal va a estallar.
Pero mi novia, lejos de acobardarse, le sostiene la mirada con un descaro que me deja sin respiración.
Se acerca un milímetro más a él, desafiando esa correa de la que hablan.
—Pues suéltate un poco y ven a comer —le reta ella, con un susurro que es una invitación al desastre.
José sigue retándola, mirándola fijo a los ojos, como si estuviera decidiendo si devorarla allí mismo o esperar a que estemos fuera.
Yo estoy ahí, mirando la escena, notando cómo la temperatura de la pecera ha subido diez grados de golpe.
Es una guerra de poder, un juego de tensiones que se me está escapando de las manos.
José se endereza, pero no retrocede, parecen haber olvidado por completo que yo estoy allí, sujetando la puerta.
—¿Tantas ganas tienes de verme fuera del trabajo, rubia? —suelta José con un tono que es pura provocación, bajando la voz hasta que suena como un rugido sordo—. No sabía que mi compañía te resultara tan… indispensable.
Inma suelta una risita seca, de esas que lanzas cuando quieres picar a alguien hasta que sangre. Se apoya en la mesa de análisis, echando el cuerpo hacia atrás para marcar sus curvas y lo mira con un descaro.
—¿Ganas? No te equivoques, José —le corta ella, clavándole los ojos—.
Ya tengo suficiente con aguantar tus humos ocho horas al día y escuchar cómo me dices que lo hago todo fatal.
Solo quería ver si eras capaz de ser un ser humano normal delante de una cerveza, pero veo que la correa te aprieta demasiado.
—Te digo que lo haces todo mal porque me gusta ver cómo te pones cuando te provoco —responde él, dando un paso que casi la obliga a tocar la pared—. Y fuera de aquí… te aseguro que no estarías pensando en si soy normal o no. Estarías pensando en cómo volver a encerrarte conmigo.
Entre ambos hay una tensión magnética que los atrae irremediablemente, una tensión que va mucho más allá de una simple broma entre compañeros.
Inma se muerde el labio, sosteniéndole el pulso visual y por un momento parece que el tiempo se detiene.
Yo estoy ahí, viendo cómo mi novia y mi jefe se devoran con la mirada, ignorado por completo en mi propia realidad.
—Qué pena —dice ella con un susurro cargado de deseo— porque te vas a quedar con las ganas de comprobarlo. Mañana nos vamos de comida y tú te vas a casa a portarte bien.
José exhala un suspiro pesado, como si estuviera conteniéndose para no cometer una locura allí mismo delante de mí. Me mira por fin, pero es una mirada rápida, casi de desprecio, antes de volver a centrarse en ella.
—Disfrutad de vuestras tapas aceitosas —dice José, recuperando su máscara de encargado frío, aunque tiene los ojos encendidos—. Al final no voy. No quiero que os atragantéis con la comida por tener al jefe delante… y a ti, rubia, te veo el sábado. Intenta no echarme de menos, si es que puedes.
Se da la vuelta y sale de la pecera rozándome el hombro, dejándonos a Inma y a mí en un silencio. Ella suelta un suspiro largo y se recoloca el uniforme, mientras yo me quedo mirando el hueco que ha dejado José.
Me giro hacia ella, incapaz de contenerme más.
—Inma, ¿a qué ha venido todo esto? —le suelto, intentando que mi voz no tiemble de rabia—. ¿A qué ha venido ese juego de la correa y ese tonteo delante de mis narices? Parecía que te estabas olvidando por completo de que yo estaba aquí.
Ella se detiene, me mira como si fuera un niño pequeño que no entiende un problema de mates y suelta una risita.
—Hugo, no seas retrasado —me dice con total naturalidad—. Solo dice tonterías y quería picarlo. Siempre me está soltando indirectas y he aprovechado para devolvérsela. Sabía perfectamente que no iba a venir a la comida, por eso le he dado caña.
—Ya, pero es que parecía... —intento replicar, pero ella me corta en seco.
—Sabía que no vendría porque ayer mismo me invitó a cenar, los dos solos —suelta de golpe, mirándome a los ojos con una sonrisa triunfal.
Me quedo en shock. Siento como si me hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. El aire se me escapa de los pulmones y me quedo con la mano puesta en la manilla de la puerta, congelado.
—¿Qué... qué dices? —consigo articular.
Inma sonríe más, disfrutando de mi reacción.
—No te lo quería decir para que no te pusieras celoso, que ya te conozco.
Le dije que no, claro. Y a él no le ha sentado nada bien, me llamó cagada y unas cuantas cosas más.
Por eso me ha venido de lujo que Rodrigo me invitara con vosotros a comer, ha sido la excusa perfecta para restregarle por la cara que prefiero salir con vosotros que con él.
Estoy flipando. Mi jefe, el tío que me da las órdenes cada mañana, le ha pedido a mi novia una cita a solas.
Sé que José es un golfo de cuidado, sé que está casado y que le pone los cuernos a su mujer con cualquier tía que esté buena en el pueblo, pero ¿intentarlo con una empleada nueva que además es la novia de uno de sus operarios?
Eso es pasarse de la raya. Es jugar sucio.
Miro a Inma y ella me devuelve una mirada cargada de seguridad. Ve mi cara de susto, de incredulidad absoluta y lejos de preocuparse, parece que le divierte.
—No pongas esa cara, Hugo —me dice, acercándose para colocarme bien el cuello de la camiseta—. Es un idiota. Ya has visto cómo se ha puesto de rabioso cuando le he dicho que él no venía. Mañana nos lo vamos a pasar genial en el Cojo y él se va a quedar rabiando en su casa.
—Inma, en serio... —le digo, intentando que la voz no me suene demasiado rota por la rabia—. ¿Y qué te dijo exactamente para invitarte? ¿Cómo tuvo tanto morro? Cuéntame la conversación, porque no me entra en la cabeza.
Inma sonríe, se quita la coleta y deja que su pelo caiga sobre los hombros, relajada, como si me estuviera contando qué ha comido hoy.
—Fue ayer, antes de salir —empieza ella, mirando por las cristaleras con una sonrisita—.
Se acercó cuando estaba limpiando las probetas y me dijo: "Enana, trabajas demasiado.
Tienes una tensión acumulada que se te nota en los hombros.
Yo conozco un sitio a las afueras, muy discreto, donde hacen una carne de lujo y el vino te hace olvidar hasta cómo te llamas".
—¿Discreto? —suelto yo, sintiendo que me hierve la sangre—. El hijo de puta... ¿Y qué más?
—Yo me reí y le dije que ya tenía planes para cenar con unas amigas.
Y ahí fue cuando se puso en plan macho alfa.
Se me acercó y me susurró: " Tú necesitas a un hombre que sepa domar esa chulería que tienes, alguien que no te pida permiso para morderte.
Piénsatelo, te paso a buscar a las nueve y te aseguro que el sábado vienes a trabajar con otra cara".
Me quedo mudo. Siento una mezcla de asco y de una rabia que me quema por dentro.
—¿Y tú qué le dijiste? —pregunto, apretando los dientes.
—Le miré de arriba abajo, me acerqué a su oreja y le dije: "José, si quieres una perra que te obedezca, búscate a otra. A mí no me domas tú ni con todo el vino de la comarca. Y como me vuelvas a proponer algo así, igual el que viene mañana con otra cara... eres tú".
Se echa a reír mientras me lo cuenta, como si hubiera sido la broma del siglo.
—Se quedó blanco, Hugo. No está acostumbrado a que una tía le pare los pies así.
Por eso hoy estaba tan rabioso en la pecera, intentando marcar territorio porque sabe que conmigo ha pinchado en hueso.
Me llamó cagada porque sabe que no me atrevo a ir con él a solas, pero lo que no sabe es que no es miedo... es asco.
Miro a Inma de reojo. Por un lado, me flipa que tenga esos ovarios de plantarle cara al jefe así. Por otro, me entran escalofríos de pensar en lo que José es capaz de hacer si se siente humillado.
—Es un cerdo —sentencio, aparcando por fin delante de casa—. Pero mañana, en el Cojo, se va a enterar. Vamos a subir fotos de nosotros que le van a amargar la comida con su mujer.