EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE La invitación
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La invitación

Hugo

Me limpio el sudor de la frente con el antebrazo, sin soltar la llave inglesa.

Hoy es jueves y la máquina de envasado está de un humor de perros.

Estoy aquí, agachado, ajustando el caudal y la dirección de la cola de la selladora, que esta semana ha dado más problemas de lo habitual.

Es un trabajo de precisión, un milímetro de más y la caja se embadurna, uno de menos y no se pega.

Mientras observo cómo el chorro de adhesivo cae exactamente dónde debe, mi mente empieza a divagar. Me doy cuenta de algo que me sorprende a mí mismo: estoy tranquilo. Mucho más tranquilo que el lunes.

Echo un vistazo de reojo a la pecera. Veo a Inma allí dentro, rodeada de cristales, moviéndose entre probetas.

José está con ella, con su actitud de dueño del cortijo.

Antes, verlos así me habría hecho apretar los dientes hasta partírmelos, pero hoy...

hoy es diferente. Me pongo menos nervioso.

Ayer en la su habitación, me dejó claro de quién es y a quién desea.

Que José se infle como un pavo real si quiere, al final del día, el que le quita el uniforme soy yo.

Escucho a lo lejos las risas de Rodrigo y Antonio. Sé de qué hablan. Los oigo decir barbaridades sobre las curvas de Inma, sobre cómo le queda el pantalón cuando se inclina sobre los hornos. Incluso veo a Juanma, que pasa por el pasillo central babeando cada vez que ella cruza.

"Que miren", pienso mientras aprieto la tuerca del inyector. "Que miren todo lo que quieran". Me da igual. Sé que son unos buitres, pero son buitres que solo pueden ver el escaparate.

Incluso verla con Alex Sellés me produce una extraña indiferencia.

Ha estado toda la mañana pegado a ella, escoltándola.

Es normal que esté muy pegada a él, es el que le está enseñando la parte técnica de Calidad y aunque preferiría verla con Loli porque es más tranquila, Alex no me preocupa.

Lo conozco desde hace unos años. Sí, es un tío guapísimo, pero es un soso.

Es tan paradito, tan básico hablando, que sé que nunca se atrevería a lanzarle un piropo a Inma y mucho menos a intentar nada.

—Ya está —murmuro para mí mismo, viendo cómo la cola sella perfectamente la primera caja de bombones.

Me levanto y me sacudo el polvo de los pantalones.

Inma sale de la pecera en ese momento. José se queda dentro, mirando su móvil con una cara de atontado que no le había visto nunca.

Ella me guiña un ojo al pasar, un gesto fugaz, casi invisible para los demás, pero que para mí es como un aquí estoy tranquilo.

Me limpio las manos con un trapo lleno de grasa mientras escucho los pasos de Rodrigo y Antonio acercándose por mi espalda. Rodrigo viene con esa sonrisa, la que pone cuando sabe que va a soltar algún comentario para pincharme.

—Joder, Hugo —me dice Rodrigo, dándome una palmada en el hombro—. Tengo que invitar a Inma a la comida de mañana como sea. A ver si se viene la culona, que nos va a alegrar la mesa.

Me quedo un segundo mirando la boquilla de la cola, procesando lo que acaba de decir.

Es verdad. Mañana es viernes y como siempre que estamos en el turno de mañanas, tenemos nuestro ritual.

Salimos a las dos, nos vamos a algún restaurante cercano y la comida se alarga siempre hasta las cinco y media de la tarde entre risas, cervezas y anécdotas de la fábrica.

Algunos luego se van a casa a dormir la siesta y otros, los más valientes, se van a tomar una copa, aunque yo suelo retirarme pronto, el cansancio de la semana pesa y el sábado a las seis de la mañana hay que estar otra vez al pie del cañón.

—Joder, es verdad —le digo a Rodrigo, intentando que no se me note que el pensamiento de Inma rodeada de estos buitres me ha descolocado un poco—. Se me olvidaba por completo que mañana íbamos a comer. ¿A dónde habías pensado ir este viernes?

—Había pensado ir a la Taberna del Cojo —responde él con total naturalidad.

La Taberna del Cojo. Es el cuartel general de la gente de la fábrica que no quiere complicaciones.

Un bar en el centro del pueblo donde las servilletas de papel no limpian nada, las tapas son sencillas y nadan en aceite, pero la cerveza está helada y es la más barata de la zona.

Es el sitio perfecto para gritar, hablar de fútbol y soltar burradas sin que nadie se escandalice.

—Me parece perfecto —le contesto, asintiendo—. Al Cojo, pues.

—Joder, Hugo, pues tengo que pedirle el número a Inma ya mismo para meterla en el grupo de las quedadas. Si no, mañana no se va a enterar de nada —me dice, buscándome las cosquillas.

Yo sé perfectamente de qué grupo habla. Es ese chat donde estamos los más jóvenes del turno y algún que otro invitado de otras líneas. Ahí estamos Rodrigo, Pedro, Raquel, Juanma, los dos Álex (Selles y Navarro), yo y Antonio, que se ha colado, aunque el pobre no ha venido a una quedada en su vida.

En otro momento me habría puesto tenso, pero hoy me siento por encima de todo eso.

Me da igual que tengan su número. Ayer mismo, Inma cambió su foto de perfil.

Quitó esa en la que salía en tanga, esa que me volvía loco de celos pensar que otros veían y puso una donde solo se ve su cara, sonriendo, guapísima pero recatada.

El único que llegó a ver la otra foto fue José y curiosamente, no ha soltado ni prenda.

Me extraña de él, siendo el más bocazas de la planta, pero casi que lo prefiero así.

Así que decido vacilar a Rodrigo. Me cruzo de brazos y le suelto con un tono de superioridad que no se espera:

—Venga, Rodrigo, no pierdas el tiempo. Corre y pídele el número de una vez. Dile que es para meterla en el grupo de la gente de élite, la gente que le da vida a esta fábrica. Dile que, si no está ahí, se está perdiendo lo mejor del turno.

Rodrigo se ríe.

—¿La élite, eh? Te has venido arriba, Hugo —se mofa mientras ya va buscando el móvil en el bolsillo.

—Es la verdad, dile que es el grupo de la chavalería selecta. A ver si así se siente importante y se anima a venir al Cojo mañana —le suelto mientras recojo mis herramientas.

Me quedo observándolo mientras se aleja hacia la pecera donde está Inma.

Me apoyo en la selladora, todavía con el trapo en la mano y disfruto del espectáculo.

Es como ver una comedia en directo. Veo a Rodrigo gesticulando, dándose importancia frente a Inma y ella le pone esa cara de "ni de coña" mientras se ríe.

No oigo lo que dicen, pero estoy convencido de que le está dando largas y eso me hace sonreír como un idiota.

Inma sabe manejar a estos tontos mejor que nadie.

Sin embargo, Rodrigo es un perro de presa.

Insiste, le pone ojitos y al final, veo cómo Inma cede entre risas.

Él le pasa su móvil y veo a mi novia tecleando.

"Lo ha conseguido, el muy cabrón", pienso sin rastro de celos, solo divertido por la perseverancia de Rodrigo.

Él recupera su teléfono con una sonrisa de oreja a oreja, como si acabara de ganar la lotería y se aleja triunfante.

A los pocos segundos, noto la vibración en el bolsillo. Saco el móvil y ahí está la magia del grupo D+.

[Rodrigo añadió a Inma]

Rodrigo: Mañana viernes comida en el Cojo. ¿Quién se viene?

Rodrigo: La nueva se viene.

Me río para mis adentros. Rodrigo no pierde el tiempo marcando el tanto. Los mensajes empiezan a caer en cascada:

Raquel: Yo también voy, ¡no me lo pierdo!

Rodrigo: Contigo contaba, Raquel, nunca fallas.

Juanma: Yo.

Antonio: Yo no puedo, chavales.

Rodrigo: Claro, la mujer no te deja...

Me toca a mí. Desbloqueo y tecleo con calma.

Hugo: Contad conmigo.

Pedro: "Icono de hombre levantando la mano"

Alex Sellés: Yo también voy.

Me sorprende lo de Alex, siendo tan soso y tan suyo, pero supongo que la presencia de Inma está empezando a movilizar hasta a las piedras de la fábrica. Rodrigo zanja el tema con la eficiencia de un organizador de eventos.

Rodrigo: Pido mesa para 6. Traeros ropa y nos cambiamos aquí en el trabajo.

Guardo el móvil y miro hacia la pecera. Inma ya está saliendo, guardando su teléfono en el bolsillo.

Me encanta el plan. Salir de aquí, quitarnos el uniforme de una vez, ponernos ropa de calle y sentarnos a beber cerveza fresca.

Mañana va a ser un día largo y aunque Alex Sellés esté en la mesa y Rodrigo no pare de tirar indirectas, estoy deseando ver a Inma desenvolverse entre todos ellos fuera de estas cuatro paredes.

Pasan un par de horas, pero la imagen de Inma dándole el número a Rodrigo se me ha quedado grabada, no por celos, sino por pura diversión.

Sin embargo, cuando vuelvo a mirar hacia la pecera, la sonrisa se me congela un poco.

Ahí está otra vez ella, pero otra vez no está sola, nunca la dejan sola trabajando, José está dentro.

Camino hacia la pecera con paso firme y abro la puerta de golpe, rompiendo esa burbuja que se ha formado entre los dos. Ambos se giran al unísono. Inma me mira con una chispa de travesura, José, con esa intensidad oscura que siempre parece estar al borde de explotar.

—La nueva y el primer viernes y ya te vienes con la élite —suelto con una sonrisa cargada de ironía, apoyándome en el marco de la puerta—. Eso es que has caído bien. Normalmente no dejamos a los nuevos comer con los veteranos tan pronto, les damos unos seis meses de prueba.

José suelta una carcajada seca, sin apartar la vista de ella.

—Eso es verdad. Aquí hay que ganarse el sitio —dice él, con una voz que suena a grava.

Inma sonríe, cruzándose de brazos y dejando que el uniforme se tense sobre su pecho.

—Es que soy demasiado simpática... ¿Tú si vienes, no, Hugo? —pregunta haciéndose la loca.

—Claro. Sin mí no hay comida —le devuelvo el juego.

Inma se gira entonces hacia José, ignorándome por un segundo y se muerde el labio inferior en un gesto que me pone los pelos de punta.

—Es que estoy intentando convencer a José de que se venga, pero como es un amargado, no quiere venirse —le espeta, desafiándolo.