Nuevo contacto
Inma
—¿Cuándo me vas a agregar en el móvil? —me suelta sin rodeos—
Ayer te metí en el grupo, pero todavía no he visto que me hayas escrito por privado para darme las gracias, ni puedo ver tu foto de perfil. Me tienes pegado a la pantalla esperando un mensaje que no llega.
Me río, pero por dentro noto un cosquilleo de nerviosismo que sube desde el estómago.
Me viene a la cabeza la conversación con Hugo de ayer, me encantó usar a José para ponerle celoso, imaginarlo rabiando mientras pensaba que este animal de gimnasio estaba mirando mi foto de perfil en WhatsApp.
Pero la realidad es que no me he atrevido a agregarlo.
Me da una vergüenza loca que vea esa foto mía en tanga.
“Tengo que cambiar la foto hoy mismo sin falta”, me repito mentalmente.
Me apoyo en la mesa, rodeada de probetas, intentando mantener esa distancia de seguridad que José parece ignorar por completo.
—Con gente del trabajo solo hablo de cosas del trabajo, José —le suelto, intentando sonar firme, aunque me sale una sonrisita traviesa—. Mi móvil es para cosas personales, no para darte carrete a ti.
José suelta una carcajada ronca y se inclina sobre la mesa. Sus bíceps parecen querer reventar las costuras de la camiseta al apoyarse.
—Venga, no seas tonta —me dice bajando el tono, con una mirada que me recorre de arriba abajo—. Solo quiero ver tu foto de perfil.
Me quedo helada un segundo. ¿Es que sabe que salgo en tanga? Siento un calor repentino en las mejillas. No sé si es el calor de la pecera o que este tío es un descarado integral. Decido tirar de ironía, que es mi mejor defensa.
—Pues es una foto normal, José. No sé qué te habrás imaginado —le digo, encogiéndome de hombros con fingida indiferencia—.
Si tanto interés tienes, te la paso por WhatsApp, pero no te hagas una pajilla pensando en mí—añado soltando una carcajada, buscando pincharle donde más le duele a un tío así de chulo.
José se queda un segundo mudo, sorprendido por mi punzada y luego suelta una sonrisa depredadora, de esas que dicen que le acaba de encantar el desafío. Se acerca un poco más, hasta que su pecho casi roza el borde de mi uniforme.
—¿Una pajilla? —repite con voz ronca, casi en un susurro que me eriza el vello de la nuca—.
Créeme, Inma, si te tengo en mi pantalla, una pajilla se me va a quedar muy corta.
Yo soy más de... contacto directo. Y no te preocupes por la foto, que si es tan buena como el original que tengo ahora mismo delante de mis ojos, el que va a tener que parar la producción para irse al baño a refrescarse voy a ser yo.
A través del cristal de la pecera, veo a Hugo a lo lejos. Está cargando una caja, pero tiene la vista clavada en nosotros. La tensión es máxima, José devorándome con la mirada dentro del cubículo y mi novio vigilando desde fuera.
Me muerdo el labio inferior, sosteniéndole la mirada mientras el zumbido de la línea de envasado se queda en un segundo plano. José no se mueve, está ahí plantado, disfrutando de mi descaro.
—¿Contacto directo, eh? —le digo, bajando la voz hasta que es casi un ronroneo—. Cuidado, José, que a lo mejor no aguantas ni el primer asalto. Eres mucho músculo, pero me da a mí que con una mujer como yo te faltarían manos.
José suelta un gruñido bajo, una mezcla de risa y deseo puro. Se acerca tanto que su rodilla roza la mía bajo la mesa de análisis.
—Pruébame —me reta—. Te aseguro que manos no me faltarían para recorrer cada curva que escondes debajo de ese uniforme. Y si la foto es lo que sospecho... —hace una pausa, recorriendo mis caderas con la vista.
Siento un escalofrío. El morbo de estar aquí encerrada, con este animal acechándome y mi novio al otro lado del cristal, es una droga.
—Eres un peligro, José —le suelto, rozando con el dedo el borde de mi libreta—. Me pides la foto porque sabes que si me ves así no vas a poder dormir. ¿Es eso? ¿Quieres tener algo con lo que fantasear esta noche?
—No necesito una foto para fantasear contigo, rubia —responde él, estirando el brazo para apoyar la mano en la pared, justo detrás de mi cabeza, acorralándome—.
Te he visto caminar hoy por la planta con Alex.
He visto cómo se te marca todo al agacharte en los hornos.
Lo que quiero es la foto para confirmar que lo que me imagino es real...
y para tener un motivo para no dejarte salir de este laboratorio hasta que me enseñes una foto en tanga.
Me río con suavidad, echando la cabeza hacia atrás, sintiendo su aliento en mi cuello.
—Pues vas a tener que esperar. Porque si te la doy ahora, te va a dar un parraque aquí mismo y ¿quién va a controlar la línea?
—le provoco, dándole un toquecito en el pecho, justo sobre el músculo tenso—.
Además, me han dicho que eres muy exigente...
no querría decepcionar al macho alfa de la fábrica con una simple foto.
José agarra mi mano antes de que la retire, apretándola con firmeza pero sin hacerme daño. Me mira los labios con un hambre que me hace temblar.
—Tú no decepcionas ni queriendo. Tienes ese punto de zorra elegante que me vuelve loco —me susurra al oído—.
Pásame la foto ahora mismo. Quiero que cuando llegues a casa y te quites ese uniforme, lo primero que sientas sea el vibrar de mi mensaje preguntándote qué llevas puesto... o mejor dicho, qué te falta.
Suelto una risotada que suena vibrante en las paredes de cristal de la pecera. Me encanta verlo así, al borde del precipicio, perdiendo los papeles por una simple foto que ni siquiera ha visto.
—Me río de ti, José, de verdad —le suelto con un tono juguetón—.
Ya no sé si lo que quieres es ver mi foto de perfil por curiosidad técnica o si lo que te mueres es por verme en tanga.
Aclárate, macho ... ¿Te agrego a WhatsApp para hablar de la viscosidad del chocolate o quieres que te pase directamente una foto en tanga para que dejes de sufrir?
José se queda parado un segundo, procesando mi provocación. La sonrisa que esboza es lenta, peligrosa, cargada de un hambre que me hace humedecer los labios por puro instinto.
—No me jodas, rubia... no me busques, que me encuentras —me dice con una voz tan baja y ronca que parece que le vibra en los pulmones—.
¿Aclararme? Lo tengo clarísimo desde que te vi entrar por esa puerta.
El WhatsApp me da igual si es para hablar de trabajo, lo que quiero es jugar.
Quiero ver si ese culazo que me ha tenido distraído todo el día es tan real como parece en mi cabeza.
Se pasa la lengua por el labio superior, sin quitarme el ojo de encima y su voz baja un nivel más, volviéndose puramente carnal.
—Pásame la foto en tanga. Ahora. No quiero esperar a que me agregues, quiero verla ya.
Y no te equivoques, Inma... no es para dormir mejor.
Es para saber exactamente qué es lo que voy a tener entre las manos en cuanto encuentre un rincón de esta fábrica donde no nos miren.
Porque después de ver eso, te aseguro que no va a haber uniforme en toda la planta capaz de frenar lo que te quiero hacer.
A través del cristal, el mundo exterior parece haberse detenido. Siento el calor de su cuerpo envolviéndome y el morbo de saber que, si saco el móvil ahora, la temperatura de esta pecera va a hacer que el chocolate de las líneas se derrita solo.
Suelto una risita cargada de malicia y saco el móvil del bolsillo de mi uniforme con una parsimonia que sé que lo está matando.
Desbloqueo la pantalla, sintiendo su mirada fija en cada uno de mis movimientos y entro en el grupo D.
Deslizo el dedo por la lista de contactos hasta que doy con su número.
—A ver... ¿este eres tú? —le pregunto, girando un poco la pantalla para que vea su propia foto de perfil.
—Ese mismo —responde él con la voz pastosa, sin poder apartar los ojos de mi mano.
Tecleo rápido mientras él observa por encima de mi hombro. Escribo el nombre del contacto para que lo vea bien claro: "José el encargado pesado".
—Hala, ya estás en mi agenda —le digo con una sonrisa de suficiencia, bloqueando el móvil de nuevo.
Me acerco a la puerta, José está ahí, bloqueando la salida, pero no me detengo.
Al pasar por su lado, me pego a él deliberadamente.
El espacio es tan estrecho que mis pechos rozan su brazo fuerte, una presión suave pero firme que lo deja rígido como una roca.
Noto cómo contiene el aliento, cómo sus músculos se tensan al contacto con mi cuerpo.
Me inclino hacia él, invadiendo su espacio personal por última vez, y le susurro al oído con una voz que es puro veneno dulce:
—Agregado. Mira tú móvil en cinco minutos...
Le dedico una última mirada descarada, una que promete mucho más de lo que debería y salgo de la pecera deslizando la puerta de cristal.
Camino por la línea de envasado con un meneo de caderas que sé que lo está destrozando desde dentro.
Al cruzarme con Hugo, le guiño un ojo con complicidad, mientras a mis espaldas, a través del cristal, puedo ver a José todavía parado en el mismo sitio, con la mirada perdida y temblando de deseo y contando los segundos para que su móvil vibre.
Me siento en el banco del vestuario, todavía con el pulso algo acelerado por el encuentro en la pecera.
El silencio solo se rompe por el zumbido de mi móvil entre las manos.
Desbloqueo la pantalla, busco el contacto de "José el encargado pesado" y con una sonrisa maliciosa, le escribo el primer mensaje:
Inma: ¿Ya lo tienes en la mano? El móvil, digo...
No pasan ni diez segundos cuando la pantalla se ilumina. El tío estaba literalmente esperando con el dedo sobre el icono de WhatsApp.
José: Hija de puta... menudo culazo. Es mil veces mejor de lo que me imaginaba en mis mejores sueños.
José: Ese tanga te queda criminal, Inma. Me vas a costar el puesto, te lo digo en serio.
Suelto una carcajada limpia en medio del vestuario vacío. Me encanta ver cómo el encargado de la fábrica se deshace por una simple imagen. Me muerdo el labio y tecleo rápido:
Inma: Me alegra que te guste el paisaje, José. Pero escúchame bien: no le digas a nadie que tienes mi número. Será nuestro secreto.
Inma: No quiero que media fábrica ande baboseando con mi foto de perfil, ¿entendido? Solo para tus ojos... por ahora.
La respuesta llega cargada de ese tono posesivo y chulo que tanto le caracteriza:
José: Tranquila, rubia. Mis secretos los guardo mejor que las recetas del chocolate. Pero ahora que he visto lo que escondes bajo el uniforme, no esperes que me porte bien contigo mañana en la línea.
José: Dime una cosa... ¿esa foto se la hiciste a tu novio o fue para alguien como yo?
Me quedo mirando el mensaje. El morbo escala por momentos. Hugo está fuera esperándome y yo estoy aquí, encerrada en el vestuario, jugando con fuego con su jefe.
Inma: Esa foto me la hice para mí, porque me sentía guapa. Pero saber que la tienes ahí guardada y que te estás volviendo loco... eso sí que me gusta.
José: Pues prepárate, porque mañana no te vas a librar de mí tan fácil. Te voy a tener en la pecera haciendo análisis hasta que no puedas más. Y asegúrate de llevar ese mismo tanga... que pienso comprobar si es tan suave como parece.
Guardo el móvil en la mochila justo cuando oigo pasos en el pasillo. Me levanto, me miro al espejo y me retoco el pelo. El segundo día de trabajo ha sido mucho más intenso de lo que esperaba: Alex en el laboratorio, José en la pecera... y yo, manejándolos a todos con una sola mirada.