Segundo día de trabajo #3
Obedezco. Mi boca se abre por instinto mientras mi corazón se agita.
Me inclino hacia él, buscando ese contacto y Alex desliza el chocolate en mi boca.
Sus dedos rozan mis labios, una caricia que me hace estremecer.
Me mira con un morbazo insoportable, saboreando visualmente cómo acepto lo que él acaba de marcar con su propia saliva.
Es una comunión silenciosa, prohibida, que me hace olvidar por completo que estamos en una fábrica de chocolate y no en una habitación de hotel.
Mastico lentamente, sintiendo el sabor amargo mezclándose con la calidez que ha dejado él en el trozo. Mis ojos están fijos en los suyos, en una lucha de voluntades que me hace arder por dentro.
Entonces, el "clic" de la puerta rompe el hechizo.
Loli entra con una carpeta en la mano y se queda de piedra en el umbral. El contraste es brutal, nosotros dos, a escasos centímetros, con la respiración pesada y el aire cargado de algo que no tiene nada que ver con el control de calidad.
—¿Qué... qué estabais haciendo? —pregunta Loli, parpadeando, con una expresión que baila entre la confusión y la sospecha.
El salto que damos es digno de una película de acción. Me separo de Alex como si me hubiera quemado, sintiendo cómo el calor sube por mis mejillas hasta las orejas. Alex, por primera vez, pierde esa calma robótica.
—Le... le estaba enseñando las catas de chocolate, Loli —suelta él con una rapidez inusual, recuperando su tono de chulo profesional a duras penas—. Estábamos identificando los defectos de sabor en los lotes descartados.
—Sí, sí... eso mismo —añado yo, asintiendo con demasiada energía, todavía saboreando el chocolate de Alex en mi lengua.
Loli nos mira de arriba abajo, frunciendo el ceño. Hay un silencio incómodo que se siente como una eternidad, hasta que finalmente suspira, aunque no parece del todo convencida.
—Ah, vale... —dice ella, dudosa—. Alex, necesito que vengas un momento. Tienes que ayudarme con una muestra de viscosidad que está dando problemas. Es urgente.
Alex me lanza una última mirada, una chispa que me promete que esto no ha terminado y sale de la sala siguiendo a Loli. Me quedo sola. El silencio vuelve a reinar, roto solo por el sonido de mi propia respiración intentando volver a la normalidad.
Me apoyo en la mesa, sola en la penumbra de la sala de catas y termino de comer el chocolate que él me ha dado.
Sigue sabiendo a él. Sigue sabiendo a peligro.
Y mientras el cacao se deshace en mi boca, no puedo evitar pensar en Hugo, allí abajo en la línea de envasado, sin tener ni idea de que su "prima segunda" acaba de compartir algo mucho más íntimo que una simple lección de trabajo con el gigante rubio de ojos verdes.
Termino de saborear el último trozo de chocolate y trato de recomponerme.
Con las manos un poco temblorosas, guardo todas las muestras en sus cajas, cierro el cajón metálico y me aseguro de que no quede ni rastro de nuestra clase particular.
Me miro en el pequeño espejo de la sala, me coloco bien el pelo y salgo con la cabeza alta, tratando de recuperar esa fachada de profesionalidad que Loli espera de mí.
Bajo de nuevo a la planta, dejando atrás el silencio del laboratorio central para sumergirme en el estruendo de las máquinas.
Cruzo la zona de los hornos, ignorando las miradas de Rodrigo y me dirijo directamente a la línea de envasado.
Allí, siguiendo las instrucciones que me dio Loli ayer, voy recogiendo sistemáticamente las muestras de los distintos lotes.
Siento la mirada de Hugo sobre mí mientras paso por su lado, pero hoy el ambiente está demasiado cargado como para darle pie a nada.
Me encierro en la pecera, ese pequeño laboratorio acristalado que está en medio de la línea de envasado. Es un cubículo de cristal desde el que se ve toda la actividad de la fábrica, pero donde el ruido se amortigua. Me pongo los guantes y empiezo el ritual técnico.
Preparo el pH-metro para comprobar la acidez, calibro el viscosímetro para asegurarme de que el chocolate fluye con la densidad exacta y utilizo el texturómetro para medir la dureza, esa resistencia perfecta que debe ofrecer la tableta al romperse, ese "crack" que es la firma de nuestra marca.
También hago una prueba de humedad y compruebo el grado de refinado del cacao con el micrómetro.
Estoy totalmente concentrada, anotando datos en mi libreta, rodeada de probetas y el olor dulce del chocolate bajo análisis.
De repente, siento una presencia a mis espaldas y el sonido de la puerta de cristal deslizándose.
Me giro y ahí está él. José.
Se apoya en el marco de la puerta, ocupando casi todo el espacio, con esa sonrisa de suficiencia que sabe que me pone nerviosa. Su mirada recorre el laboratorio de cristal, deteniéndose en mí con un descaro que me hace sentir como si no llevara el uniforme puesto.
—Vaya, vaya... pero si la nueva se ha tomado en serio lo de ser científica —suelta con esa voz profunda que retumba en el pequeño espacio.
Se acerca un paso más, invadiendo mi burbuja de trabajo y se cruza de brazos, haciendo que sus bíceps se marquen de forma insultante. Me clava esos ojos oscuros y su sonrisa se vuelve un poco más juguetona, más directa.
—¿Cuándo me vas a agregar en el móvil? —me suelta sin rodeos.