Segundo día de trabajo #2
Mientras ellos charlan, Alex no deja de trabajar. Me señala las cintas transportadoras con un gesto seco de la mano.
—Escucha, Inma. Esto es vital —me dice, recuperando su tono profesional—. Hay que revisar que todas las tabletas salgan bien selladas, centradas y sin el envoltorio doblado. Calidad visual absoluta.
Me indica el protocolo de muestreo y yo saco mi libreta para no perder ni un detalle.
—Cogemos tres tabletas aleatorias —continúa Alex—.
Una se guarda para la muestra de retención, otra para inspección visual detallada y la tercera...
para catar. Hay que asegurarse de que el sabor y la textura son perfectos.
Esto se hace dos veces por turno y siempre, siempre, cuando haya un cambio de formato en la máquina.
Me lo apunto todo con rapidez, consciente de que Hugo nos observa de reojo mientras finge estar pendiente de su caja.
Me gusta verlos así, interactuando de forma normal, aunque el morbo de saber que Alex me ha estado devorando con la mirada en los hornos y que ahora está aquí, hablando tan tranquilo con mi novio, me genera un hormigueo interno difícil de ignorar.
Cojo las tres tabletas de la línea y miro a Alex.
—Todo anotado —le digo con seguridad.
—Bien. Vámonos —responde él, cortante.
Nos despedimos de Hugo con un gesto casual y empezamos el camino de vuelta hacia el laboratorio central.
Subo las escaleras sintiendo el peso de las tabletas en mis manos y la mirada de Alex en mi espalda.
Sé que en cuanto crucemos esa puerta del laboratorio y estemos de nuevo con Loli, el juego volverá a cambiar.
Entramos en la sala de catas, un espacio pequeño, aséptico y extrañamente silencioso comparado con el estruendo de la planta.
El olor aquí es embriagador, es una mezcla concentrada de cacao puro, manteca y azúcar que se te mete por los poros.
Alex cierra la puerta con un clic seco y me hace un gesto con la cabeza hacia una de las banquetas altas.
—Siéntate—dice con su tono habitual, directo y sin adornos.
Abre un cajón metálico y saca varias bandejas con trozos de chocolate de diferentes formas y colores. Algunos brillan, otros tienen un aspecto mate y blanquecino.
—Examen sorpresa —suelta, y por primera vez noto un brillo de diversión en sus ojos—. Para aprender lo que está bien, tienes que saber identificar lo que es basura.
Me da un trozo oscuro. Al morderlo, el amargor me invade la lengua, casi seco.
—Este está muy amargo —me explica, acercándose lo suficiente para que note su altura sobre mí—. No significa que sea mal chocolate, pero no es nuestro estándar. Si sale así, paramos máquinas.
Me da otro trozo, este de leche. Al probarlo, noto un rastro ácido al final, como metálico.
—¿Notas ese sabor raro? La leche ha tenido un pico de temperatura en el tanque. Descarte inmediato.
Voy apuntando cada matiz en mi libreta, concentrada, mientras él me va dando trozos de chocolate buenos para "limpiar" el paladar y luego me cuela los malos. Es un maestro eficiente. Para romper el hielo, le miro de reojo y suelto una pequeña broma.
—Oye, Alex... ¿y no te pones gordo con tanto chocolate? —le digo, recorriendo con la mirada su cuerpo, que no tiene ni un gramo de grasa—. Porque llevas tres años aquí y parece que vives en el gimnasio.
Él se apoya en el mostrador, cruzando sus brazos potentes sobre el pecho. Me mira fijamente, masticando un trozo de chocolate con una lentitud que me pone nerviosa.
—Yo escupo, Inma —dice y hace una pausa dramática, dejando que el doble sentido flote en el aire como si fuera una nube de cacao—. Al final, en el paladar ya sabes si está bueno o malo en un segundo. No necesitas tragar.
Se inclina un poco hacia mí, bajando la voz.
—Hacemos unos bombones rellenos que me vuelven loco y esos sí que me los como enteros, me pierden... pero el resto, muerdo y escupo. Si no, acabas con caries, dolor de barriga y perdiendo la forma.
—Joder —suelto, sintiéndome una novata total—, pues yo hoy me he comido ya un montón de trozos. No se me había ocurrido lo de escupir.
Alex suelta una risa corta, una de esas raras carcajadas suyas que suenan a chulería pura.
—Ten cuidado, rubia... que se te va a poner el culo todavía más gordo —hace una pausa y añade con voz ronca—... si es que eso es posible, porque ayer en el laboratorio de José ya se comentaba que no te cabía en el pantalón.
Me pongo roja al instante, pero no me achico. Me río y le doy un empujoncito en el brazo, notando lo duro que tiene el músculo.
—¡Oye! —le digo, fingiendo indignación— Que soy tu compañera, Alex. No me puedes ir mirando el culo por ahí. Se supone que eres un profesional de Calidad, ¿no?
Él no se aparta. Al revés, se acerca un centímetro más, obligándome a levantar la barbilla. Sus ojos verdes están fijos en mis labios.
—Soy de Calidad, Inma. Y te aseguro que mi inspección visual de esta mañana en los hornos ha sido...
muy minuciosa —me dice con esa voz sosa pero cargada de morbo—.
El estándar de ese culazo está muy por encima de la media de la fábrica.
De hecho, me va a costar mucho concentrarme en las burbujas del chocolate si te tengo que seguir por la planta todo el día.
El silencio que sigue es incómodo. Alex muerde otro trozo de chocolate, me lo acerca a los labios con sus dedos largos y me susurra:
—Prueba este. Y este no lo escupas... quiero ver si sabes saborear lo bueno.
Alex sostiene el trozo de cacao oscuro entre sus dedos largos y limpios. Lo observa un segundo, con esos ojos y entonces, con una lentitud tortuosa, pasa la punta de su lengua por el borde del chocolate. Es un gesto rápido, cargado de un desafío que me deja sin aliento.
—Ábrela —me ordena con esa voz sosa.