Segundo día de trabajo
Inma
El segundo día comienza con esa neblina matinal que envuelve la fábrica.
El ambiente en el laboratorio central se siente distinto, ya no es la novedad absoluta del primer día, ahora es la expectación de lo que está por venir.
Me ajusto el uniforme, me miro al espejo y me sale una sonrisa al ver lo bien que me sientan los pantalones.
En cuanto cruzo la puerta, Alex deja lo que está haciendo. Me recorre de arriba abajo con esa mirada verde, lenta, sin ocultar que está evaluando la nueva adquisición del grupo D. Siento un escalofrío, pero no es como el de José, este es más seco, más cortante.
—Rubia, hoy te toca conmigo —suelta con una voz plana, monocorde.
Le sonrío, intentando ser amable, aunque en el fondo preferiría la calidez de Loli. Alex no espera mi respuesta y sigue hablando con ese estilo básico y directo suyo:
—Aquí nos vamos rotando todos los días. Baja uno distinto a envasado. Como estás aprendiendo, tú bajarás siempre, pero esta semana y la que viene bajarás con Loli o conmigo. Así que aprende rápido.
—Eso espero —le respondo, manteniendo la compostura mientras noto cómo su altura me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
Alex no pierde el tiempo en rodeos ni en bromas.
Se acerca a mí, para señalarme unas hojas de control.
Me hace un resumen de las pruebas de viscosidad, los controles de sellado y los registros de temperatura.
Habla lo justo, con una eficiencia casi robótica, pero de vez en cuando hace una pausa y se me queda mirando fijamente, como comprobando si le sigo el ritmo.
—No te pongas nerviosa —me dice de pronto y por un momento su tono de chulería se suaviza un milímetro, aunque no deja de ser distante—. Con el tiempo se va viendo todo. No sufras, que aquí el que corre se cae.
Asiento, sintiendo la presión de tener a un mentor tan imponente y tan soso —pero peligrosamente guapo— como él.
Sé que hoy el trabajo en envasado va a ser una prueba de fuego.
No solo por las máquinas, sino por el hecho de que voy a bajar escoltada por él y sé que, cuando Hugo me vea aparecer con este rubio de casi dos metros, la tensión va a estallar.
Alex camina por delante de mí con esas zancadas largas, obligándome a casi trotar para seguirle el ritmo.
Me ha explicado todo lo que vamos a hacer con una precisión asombrosa, pero sin usar ni una palabra de más.
Es eficiente, seco y directo. No hay espacio para las bromas.
Cuando termina la teoría, me mira y me dice: "Bajamos".
La primera parada es la zona de los hornos. El calor allí es sofocante, un contraste brutal con el aire acondicionado del laboratorio. Veo a Rodrigo, que está controlando una de las salidas y Alex se dirige directo a él.
No me esperaba lo que veo a continuación. El Alex soso y callado desaparece para dejar paso a una especie de camaradería de machitos. Se saludan con un gesto de cabeza y una palmada en el hombro, con esa chulería típica de los que llevan años dominando la planta.
—Hoy me toca con la nueva —suelta Alex, hablando de mí como si yo fuera una pieza más de la maquinaria que acaba de llegar—. A ver si aprende ya y me deja descansar un poco, que cansa estar todo el día de profesor.
Yo me quedo un paso por detrás, sintiendo cómo el sudor empieza a caerme por la frente por el calor del horno. Intento mantener la compostura y le dedico a Rodrigo mi mejor sonrisa.
—Hola —le digo, intentando ser agradable.
Rodrigo me mira de refilón, sin dejar de hablar con Alex. Es como si yo fuera invisible, o peor, como si fuera un objeto de estudio.
—Parece maja, Alex —responde Rodrigo con una risa burlona—. Pero ten cuidado, que estas que vienen de la universidad se creen que lo saben todo hasta que huelen el quemado.
Los dos se ríen. Es una risa compartida, de esas que te hacen sentir pequeña, fuera de lugar. Se miran y luego me miran a mí, como esperando que meta la pata.
—¿Qué pasa? —salta Alex, clavando su mirada en mí—. ¿No te enseñan en la universidad a qué temperatura tiene que estar un horno de estos? ¿O allí solo perdéis el tiempo con gráficas de colores?
Siento que me hierve la sangre y no es solo por el calor de los hornos. Me cruzo de brazos y doy un paso al frente, defendiéndome.
—En la carrera me enseñan muchísimas cosas, Alex —le suelto, sosteniéndole la mirada sin cortarme—, pero te aseguro que la temperatura exacta de un horno industrial de chocolate no es una de ellas.
Para eso estoy aquí, ¿no? Para que "el experto" me lo explique, si es que sabe hacerlo sin tanta tontería.
Rodrigo suelta un "¡Ouh!" y vuelve a reírse, pero Alex ni se inmuta. Simplemente esboza esa media sonrisa chulesca, básica pero irritante y se acerca un poco más a mí.
—Menudo carácter tiene la rubia —le dice a Rodrigo, sin apartar los ojos de los míos—. Me gusta. Al menos así no me aburriré mientras le enseño lo que es el trabajo de verdad.
Se gira hacia el panel de control y me hace un gesto seco con la mano.
—Venga, acércate. Mira estos parámetros. Y no me hagas repetirlo, que no tengo el día para perder el tiempo.
Siento la presión de los dos sobre mí. Me están tirando al cuello desde el minuto uno, probando mis límites.
Alex me termina de explicar los parámetros de la pantalla con esa voz monocorde suya, señalando las gráficas de temperatura y los niveles de viscosidad. Luego, se acerca al canal de salida, donde el chocolate fluye como un río espeso y brillante.
—Mira ahí —me dice, señalando con el dedo—. Inspección visual. Ni una burbuja, el color tiene que ser exactamente ese marrón satinado que ves ahora. Si ves un cuerpo extraño o algo que te escame, nos buscas a Loli o a mí. Quédate con esa imagen, así es como tiene que salir. Ni más, ni menos.
Saco mi libreta y me lo apunto todo con detalle, sintiendo el calor del horno. Al cerrar la libreta, oigo cómo Alex se gira hacia Rodrigo.
—Menuda mala suerte he tenido, macho —suelta Alex, resoplando—. Mira que me ha tenido que tocar esta...
Me sale la risa sola. Me cruzo de brazos y le miro con descaro, apoyada en la barandilla.
—Pero si estás encantado conmigo, Alex, no te quejes —le suelto de broma—. No te has visto en otra igual, con una compañera tan guapa. Admítelo, te he alegrado el turno.
Alex suelta una media sonrisa, de esas que no sabes si son de burla o de otra cosa y me suelta el hachazo:
—Pues qué quieres que te diga... me gusta más la otra nueva, Mimi. Qué pena que no me la hayan puesto a mí para enseñarle los hornos.
Me quedo un segundo parada, pero no me cabreo. Conozco a Mimi, hablamos ayer, es guapísima y me cayó genial, hasta nos intercambiamos los teléfonos. Así que decido seguirles el juego, entrando en ese terreno pantanoso donde los hombres miden a las mujeres como si fueran ganado.
—Bueno, vale, Mimi es muy guapa, lo admito —digo con un guiño—, pero después de Mimi voy yo, ¿no? No os podéis quejar de mí.
Rodrigo suelta una carcajada ronca, dejando que su mirada baje lentamente desde mis ojos hasta mis botas, deteniéndose más de lo necesario en mis caderas.
—A mí no me mires, Alex —dice Rodrigo, relamiéndose un poco—. A mí me gustas tú más. Tienes... más donde agarrar que la Mimi esa.
—Gracias —me río, fingiendo que no me doy cuenta de cómo me está devorando con la mirada.
Alex da un paso hacia mí. Su altura es tan imponente que me obliga a echar el cuello hacia atrás.
—Mimi es más guapa —suelta Alex con esa voz plana, pero sus ojos se clavan en mi cintura—. Tú eres más... peligrosa. Tienes ese punto de que parece que no rompes un plato pero que te vas a cargar la producción entera en cuanto nos descuidemos.
Rodrigo asiente, sin quitarme el ojo de encima.
—Desde luego, Alex, el uniforme a esta le queda como si lo hubieran hecho a medida —añade Rodrigo, bajando el tono mientras se apoya en el panel de control—.
Sobre todo por detrás. No sé yo si vas a poder concentrarte mucho hoy mirando las burbujas del chocolate cuando tienes esa vista delante de la pantalla.
Alex suelta un gruñido que quiere ser una risa y me hace un gesto con la mano para que camine delante de él hacia la siguiente zona.
—Venga, tira para envasado —me ordena con ese deje de chulo—. Camina delante, que así Rodrigo puede terminar de hacer su propia inspección visual y nos deja trabajar tranquilos.
Siento el calor del horno en mi espalda y el calor de sus miradas en mi culo mientras empiezo a caminar. Sé perfectamente que se están intercambiando un gesto de complicidad a mis espaldas, saboreando el movimiento de mis caderas.
Dejamos atrás el calor sofocante de los hornos y nos dirigimos a la zona de moldeado.
Es curioso cómo cambia Alex según quién esté delante, en cuanto Antonio se aleja para revisar unas bandejas, esa chulería de macho alfa que tenía con Rodrigo se evapora.
Vuelve a ser el chico que conocí al entrar, seco, básico, de pocas palabras, pero increíblemente eficiente.
Me explica el proceso de los moldes con una claridad que asusta, sin un solo adorno y yo me limito a absorberlo todo mientras le sigo el ritmo.
De ahí bajamos por fin a envasado, el terreno de Hugo. El corazón me da un vuelco cuando lo veo allí, concentrado, empaquetando las tabletas que salen de la línea. Me muero por lanzarme a sus brazos y recordarle lo que pasó ayer en la cocina, pero mantengo la máscara de la nueva.
Hugo se acerca cuando nos ve llegar. Le dedico una sonrisa.
—Hola —le digo suavemente.
Él me devuelve la sonrisa, pero es una sonrisa contenida, casi como si estuviera saludando a una prima segunda o a una conocida lejana para no levantar sospechas.
Alex, por su parte, rompe el hielo con Hugo de una forma que me sorprende, se ponen a hablar de fútbol y de cosas mundanas.
Me alivia ver que con mi novio no se comporta como un idiota, parece que entre ellos hay un respeto básico, de hombre a hombre, sin necesidad de marcar territorio de forma tan agresiva.