EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Su primer turno #2
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Su primer turno #2

Inma suelta un grito —mitad dolor, mitad placer absoluto— que rebota en las paredes de la cocina.

Se ríe, una risa jadeante y mete la mano en el bolsillo de su pantalón de trabajo.

Saca un preservativo y me lo tiende por encima del hombro, con esa mirada desafiante que dice que ella siempre va un paso por delante.

—Póntelo —ordena.

Le hago caso. El silencio de la cocina solo se rompe por el sonido del envoltorio al rasgarse.

Una vez listo, aparto la fina seda del tanga hacia un lado, dejando el camino libre.

Mis dedos empiezan a trabajar, buscándola, encontrando su humedad mientras mi boca vuelve a su cuello, succionando y mordiendo.

Inma apoya las manos contra la pared, arqueando la espalda y empieza a soltar esos pequeños suspiros de placer que son mi música favorita.

Cada vez que mis dedos se mueven, ella se estremece y yo siento una victoria absoluta.

José puede tener su número, Juanma puede tener su abrazo de perdón...

pero yo la tengo así, rota de deseo contra la pared de su cocina, mientras el uniforme que todos codician se arruga bajo mi mando.

—Eres mía, Inma —le gruño contra la piel—. Que miren todo lo que quieran en la fábrica. Esto no lo van a oler en su puta vida.

La penetro con una urgencia que me desgarra el alma, un empuje cargado de seis años de amor y ocho horas de una rabia contenida que solo ella sabe transformar en puro erotismo.

En el momento en que me hundo en ella, Inma arquea la espalda y suelta un grito que no tiene nada de tímido, es un rugido de placer que rebota en los azulejos fríos de la cocina.

—¡Sí, Hugo! ¡Más! ¡Quiero más! —grita y sus palabras son el combustible que me hacía falta para perder la cabeza por completo.

La follo con un ritmo salvaje, casi animal, pegándola contra la pared con cada embestida.

Siento el contraste violento entre la dureza del muro y la suavidad de su piel, el roce de la tela azul de su uniforme contra mis muslos y el calor abrasador que emana de su cuerpo.

Mis manos, que antes manejaban con cuidado los engranajes de la línea de envasado, ahora se aferran a sus caderas con una fuerza bruta, hundiendo los dedos en ese culazo que ha tenido a toda la fábrica en vilo.

Es una victoria absoluta. Con cada golpe, estoy borrando el rastro de la mirada de José, el recuerdo del dedo de mi jefe en sus labios y las risas de Juanma.

Siento una posesividad que me quema las venas, no soy solo su novio, soy su dueño en este instante eterno.

Siento la fricción, el sudor que empieza a caer sobre mi frente y esa conexión que solo tenemos nosotros.

La adrenalina de la jornada se ha convertido en un deseo tan denso que casi puedo masticarlo.

Inma está entregada al caos. Siento cómo sus músculos se contraen a mi alrededor, reclamándome, buscándome con una desesperación que me vuelve loco.

Sus manos buscan apoyo en la pared, sus uñas arañan los azulejos mientras su cabeza se echa hacia atrás, dejando expuesta la línea de su cuello donde yo sigo marcando mi territorio.

Para ella, este es el alivio de dejar de ser la chica nueva o la compañera simpática para volver a ser la mujer deseada, la reina de mi mundo privado.

—¡Eres mío, Hugo! ¡Solo tú! —jadea entre suspiros rotos, mientras el ritmo se vuelve más frenético.

La cocina se ha convertido en una extensión de la fábrica: hay calor, hay ruido, hay una maquinaria perfecta de carne y hueso trabajando a pleno rendimiento.

El uniforme se arruga, los pantalones a medio bajar nos estorban lo justo para recordarnos dónde estamos, pero nada importa más que el sonido de nuestros cuerpos chocando y sus gritos pidiéndome que no pare, que la rompa, que la haga olvidar que mañana tiene que volver a ponerse esa máscara de inocencia.

El sonido de los impactos contra la pared rima con el jadeo errático de Inma, creando una sinfonía de deseo que ahoga cualquier otro ruido del mundo exterior.

—¡Más fuerte, Hugo! ¡Dame más fuerte! —grita ella, con la voz quebrada, las manos aferradas a los azulejos como si fueran su único anclaje a la realidad.

La petición me atraviesa como una descarga. Nunca la había visto así, tan hambrienta, tan necesitada de sentir mi fuerza. La adrenalina de haberla visto todo el día rodeada de babosos, de haber contenido las ganas de marcarla delante de José, explota ahora en cada una de mis embestidas.

Hay algo profundamente perverso y excitante en el hecho de que siga llevando el uniforme.

Esa tela azul, la misma que hace unas horas representaba el control, la jerarquía y las miradas lascivas de mis compañeros, ahora está arrugada bajo mi cuerpo, empapada en nuestro sudor.

Verla así, a medio vestir, con la camiseta de la empresa aún puesta mientras yo la poseo con una furia casi primitiva, es el afrodisíaco más potente que he probado en mi vida.

El ritmo se vuelve frenético, mis manos no se despegan de sus caderas, guiando cada golpe con una precisión milimétrica.

Siento cómo sus músculos se tensan, cómo su cuerpo me reclama con una intensidad que me hace perder el sentido.

Inma grita más y más fuerte, olvidándose de los vecinos, de la fábrica y de las normas.

La frialdad del muro contra el calor abrasador de nuestras pieles.

El eco de sus gritos pidiendo más, que me incita a darle cada vez con más rabia y amor.

Ese uniforme azul moviéndose al ritmo de nuestra pasión, el símbolo de nuestra jornada laboral convertido en el escenario de nuestra mayor intimidad.

Siento que estoy a punto de estallar. La presión en mi pecho es insoportable, una mezcla de orgullo y deseo puro.

Ella se arquea, su cabeza cae hacia atrás y sus gritos se convierten en súplicas ininteligibles.

Me pide que no pare, que siga dándole con esa fuerza que la hace temblar de pies a cabeza.

—¡Todo para ti, Inma! ¡Todo es tuyo! —le rujo al oído, mientras el final se vislumbra como una explosión inevitable en el horizonte de esta cocina.

Inma se estremece por última vez contra la pared mientras ambos nos fundimos en ese clímax simultáneo, una explosión que nos deja vacíos y a la vez, más llenos que nunca.

Mis brazos la rodean con una fuerza protectora, manteniéndola pegada a mí mientras sus piernas tiemblan y sus pies buscan de nuevo el suelo.

El uniforme azul, esa armadura que ha sido el motor de nuestro morbo hoy, está empapado y arrugado, testigo mudo de nuestra victoria sobre los celos.

Ella apoya la frente en mi hombro, buscando aire, con la piel encendida y el cabello revuelto.

—Ha sido brutal... —me susurra con la voz rota, apenas un hilo de aire cargado de satisfacción.

Yo no puedo ni responder de inmediato. Mi respiración es entrecortada, un jadeo pesado que llena el espacio entre nosotros.

La aprieto más fuerte, sintiendo su calor, su aroma y esa conexión que seis años no han hecho más que blindar.

Me inclino, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello y le dejo un beso suave, lento, lleno de una devoción que no necesita cámaras ni testigos.

—Te quiero —le digo al oído, mi voz vibrando contra su piel.

Le doy un beso tierno en la mejilla, un contraste absoluto con la furia de hace unos segundos.

En ese gesto le estoy diciendo todo: que confío en ella, que me da igual cuántos "Josés" le pidan el número o cuántos "Juanmas" la miren en la pecera.

Al final del día, el uniforme cae al suelo y ella solo tiene ojos para mí.

Nos quedamos así un rato, abrazados en medio de la cocina, dejando que el mundo exterior —con su fábrica, sus turnos y sus buitres— se quede al otro lado de la puerta. Mañana volveremos a jugar al escondite entre máquinas de chocolate, pero ahora mismo, solo existimos nosotros.