EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Su primer turno
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Su primer turno

Hugo

Aparco el coche casi derrapando, con los nervios a flor de piel y el pulso martilleando en mis sienes. El trayecto se me ha hecho eterno, cada semáforo en rojo era una tortura, una barrera entre mi deseo y la realidad de lo que me esperaba tras esa puerta.

Bajo del coche y el aire fresco de la tarde no consigue enfriar la sangre que me hierve en las venas. Toco el timbre. Un segundo. Dos. La puerta se abre y el mundo se detiene.

Ahí está ella. Inma. Mi diosa. Todavía lleva puesto ese uniforme azul oscuro que ha sido mi perdición durante ocho horas. La tela se ajusta a sus curvas con una insolencia que me deja sin aliento.

No puedo evitarlo. Me inclino y le doy un beso rápido.

—¿Qué tal el primer día con tanto buitre acechando? —le susurro al oído, dejando que mi aliento roce su lóbulo, marcando mi territorio incluso en el silencio de su recibidor.

Inma suelta una risa cristalina, esa que me vuelve loco y echa la cabeza hacia atrás.

—Tampoco ha sido para tanto, exagerado —me contesta con un deje de diversión en la voz.

Me hace un gesto para que entre y en cuanto me da la espalda, el autocontrol que he mantenido a duras penas en la fábrica salta por los aires.

Ver ese culazo, esculpido por el gimnasio y ahora envuelto en ese pantalón de trabajo que parece diseñado por el mismísimo demonio para tentarme, es demasiado.

Ese uniforme, que hace solo una hora era el blanco de las miradas de José y de toda la fábrica, ahora está aquí, en mi dominio. Solo para mí.

Doy un paso rápido y antes de que pueda reaccionar, hundo mis manos en sus glúteos. La agarro con fuerza, con una posesividad animal, apretando mis dedos en la carne firme y caliente que late bajo la tela azul.

—¡Ufff! —suelto un gemido ronco, casi un grito de alivio y deseo contenido—. No sabes las ganas que tenía de aplastarlo. No aguantaba más, Inma. He estado a punto de volverme loco ahí dentro.

Siento su calor, su firmeza y la vibración de su risa cuando se gira levemente sobre sus talones, atrapada entre mis manos y mi cuerpo.

—¡Anda ya! —exclama riendo, aunque noto cómo su respiración se ha vuelto un poco más errática—. Suelta, que se van a enfriar los macarrones. No querrás que comamos frío, ¿verdad?

Me dedica una mirada traviesa, cargada de ese morbo que solo nosotros compartimos y se zafa de mi agarre con un movimiento de caderas que me hace apretar los dientes.

La sigo por el pasillo, observando el vaivén rítmico de su cuerpo, sintiéndome el hombre más afortunado y a la vez, el más hambriento de la tierra.

Nos sentamos a la mesa. El olor a tomate y orégano llena la cocina, pero para mí, el único aroma que importa es el suyo, mezclado con el rastro del chocolate de la fábrica.

Empezamos a comer, pero mis ojos no se apartan de ella.

Cada vez que se lleva el tenedor a la boca, cada vez que se humedece los labios, recuerdo el dedo de José y la mirada de Juanma y el deseo se mezcla con un orgullo oscuro y victorioso.

—Cuéntame —le digo, clavando mi mirada en la suya—. Cuéntame cada detalle. Quiero saber qué te ha dicho ese animal de José cuando me he ido del laboratorio.

Inma deja el tenedor, se apoya en el respaldo de la silla y me mira con una intensidad que me hace comprender que la tarde no ha hecho más que empezar.

Mis ojos están fijos en los suyos, buscando ese rastro de travesura que siempre me indica que tiene algo jugoso que contar.

—Venga, suéltalo ya —le pido, con la voz un poco más ronca de lo normal—. ¿Qué hizo el macho alfa cuando nos cerró la puerta en las narices?

Inma se humedece los labios lentamente. Suelta una risita corta y se inclina hacia delante, dejando que el escote de su uniforme se abra lo justo para que mi imaginación empiece a volar.

—Ay, Hugo... Si es que es de manual —dice ella, jugando con el tenedor—.

En cuanto os fuisteis, se puso en plan protector, ya sabes, se acercó tanto que podía oler su aliento.

Me dijo: "Inma, una mujer con tu… presencia…

no debería estar perdiendo el tiempo preguntándole cosas a un crío como Hugo.

Si quieres aprender de verdad cómo funciona esta fábrica, tienes que venir a la fuente".

Siento un gruñido naciendo en mi garganta, pero ella me dedica una mirada de "tranquilo, tigre" que me detiene.

—¿Y lo del móvil? —pregunto, sintiendo el aguijón de los celos—. ¿Cómo acabó metiéndote en el grupo?

—Pues me puso la excusa del Grupo D, claro.

Pero mientras sacaba su teléfono, el muy descarado me soltó: "Dame tu número.

Es para el grupo… pero si alguna noche te aburres y quieres que te explique de qué estamos hechos los hombres de verdad en esta planta, ya sabrás a quién escribir".

Lo decía con esa sonrisita de suficiencia, como si fuera el regalo de Dios a las mujeres.

—¡Qué hijo de puta! —suelto, aunque una parte de mí se excita con la audacia de ese animal.

—Le di el móvil, Hugo. Tenía que hacerlo, no iba a quedar como una borde el primer día —continúa ella y sus ojos brillan con una malicia deliciosa—.

Pero lo mejor fue cuando registró el número.

En cuanto apareció mi foto de perfil… la de la piscina…

se quedó mudo. Se le olvidó hasta cómo hablar.

Se pasó la lengua por los labios y me miró de una forma que…

bueno, si el cristal del laboratorio no fuera tan grueso, creo que se habría roto por el calor.

Me dijo bajito: "No sabía que calidad controlaba también este tipo de...

curvas peligrosas. Me parece que voy a tener que hacerte muchas horas extra, Inma".

Inma se ríe de nuevo, restándole importancia, como si fuera un juego de niños.

—Me lo tomé a broma, le dije que no aceptaba propinas y salí de allí dándole los buenos días. Es un idiota, Hugo. Un idiota con músculos que se cree que por guiñarme un ojo ya me tiene en el bote.

Se levanta de la silla con una lentitud tortuosa, rodeando la mesa hasta quedar detrás de mí. Siento sus manos sobre mis hombros y luego su aliento cálido en mi nuca.

—Él tiene mi número en un grupo —me susurra y noto cómo sus pechos se presionan contra mi espalda a través de la tela del uniforme—.

Él tiene una foto mía en su pantalla. Pero tú…

tú tienes el original aquí mismo. Y te aseguro que ninguna foto hace justicia a cómo se siente este uniforme cuando me lo quites.

Me estremezco. La rabia por José se funde con un deseo salvaje. Me giro bruscamente, atrapándola por la cintura y sentándola sobre mis muslos. El contacto del pantalón de su uniforme contra mis piernas es pura dinamita.

—Me vas a volver loco, Inma —gruño, enterrando mi cara en su cuello, aspirando su olor.

—Esa es la idea, amor —responde ella, enredando sus dedos en mi pelo—. Que te vuelvas loco… pero solo por mí.

La atraigo hacia mí con una urgencia que me quema, sintiendo su peso bendito sobre mis muslos.

Sus manos se enredan en mi nuca y yo la beso con la desesperación de quien lleva años sediento, una lucha de lenguas y aliento que sabe a la complicidad de siempre pero con el picante de lo prohibido.

Es un beso de adolescentes, torpe y hambriento.

Me separo apenas unos milímetros, jadeando, con los labios encendidos y el corazón galopando.

—¿Sabes que el muy cabrón, cuando me ha dicho que te enseñara el depósito de la cola, solo quería que te agacharas para verte el culo? —le suelto, mirándola fijamente a esos ojos que me tienen hechizado.

Inma no se amilana. Me dedica una sonrisa lenta, cargada de una madurez y una seguridad. Me acaricia la mejilla con el dorso de la mano, una caricia suave que contrasta con el fuego que hay entre nosotros.

—Hugo, ¿de verdad te piensas que soy una niña? —dice con esa voz sexy—. Claro que lo sabía. Se le notaba el hambre en la mirada a kilómetros. Pero me da igual... que disfrute de las vistas, porque es lo único que se va a llevar ese hoy, mañana y siempre.

Su confesión me golpea con una fuerza brutal.

Saber que ella tiene el control, que es consciente del deseo que despierta y que aun así me elige a mí, me hace sentir el hombre más poderoso de la tierra.

Me lanzo de nuevo a su boca, esta vez con una posesividad salvaje, devorándola con más ganas si cabe, como si quisiera marcar cada rincón de su paladar con mi sello personal.

El uniforme azul empieza a estorbarnos, la mesa se queda pequeña y los macarrones ya no importan nada. La tensión de ocho horas en la fábrica está a punto de explotar en el salón de su casa.

—Fóllame con el uniforme... —me dice al oído y siento que el mundo estalla.

Sonrío, una sonrisa cargada de una posesividad oscura.

Me levanto de un salto, sintiendo la fuerza en mis piernas y la agarro con una urgencia que no admite réplicas.

La levanto en vilo, sintiendo el peso perfecto de su cuerpo y la estampo contra la pared de la cocina.

El frío de los azulejos debe de ser un contraste brutal contra su espalda, pero ella solo tiene ojos para mi fuego.

La giro con brusquedad, obligándola a mirar contra la pared, en esa postura de sumisión que me vuelve loco.

Me pego a ella, mi pecho contra su espalda, sintiendo la tela rugosa del uniforme entre nosotros.

Empiezo a devorarle el cuello, marcando su piel con mis labios, dejando claro que cada centímetro de ella me pertenece.

Mis manos, temblorosas por la adrenalina, bajan sus pantalones.

No los quito del todo, solo los deslizo lo justo para que caigan a mitad de sus muslos, liberando ese culazo que ha tenido a toda la planta del grupo D en vilo.

La visión es gloriosa: la piel blanca y firme contrastando con el azul oscuro del pantalón.

No puedo evitarlo. Me inclino y le muerdo el glúteo con una fuerza que es pura marca de propiedad.