EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Grupo de WhatsApp #2
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Grupo de WhatsApp #2

Tengo que aprender a normalizarlo. Tengo que aprender a ver cómo la desean, cómo la rondan, cómo intentan cazar lo que ya es mío. Hay un placer enfermo en saber que, mientras ellos mendigan un número de teléfono o una sonrisa en un laboratorio sucio, yo soy el que desabrocha ese uniforme azul.

Me apoyo en mi máquina y ajusto un rodillo con una fuerza innecesaria. El metal está caliente, vibrando bajo mi mano. Me doy cuenta de que este secretismo, este peligro de verla rodeada de lobos mientras yo finjo que no me importa, le da un morbo nuevo a nuestra historia.

Ella está ahí dentro, con el jefe, jugando su papel. Y yo estoy aquí fuera, siendo el dueño absoluto de su realidad. Que miren. Que deseen. Que se quemen. Al final del turno, el premio me lo llevo yo.

Me apoyo contra la estructura vibrante de la envasadora, dejando que el ruido ensordecedor se convierta en un murmullo lejano.

Seis años. Se dice pronto, pero en realidad es toda una vida.

Miro mis manos manchadas de grasa y recuerdo las manos de aquel niño que empezó a salir con una chica que era todo luz, todo abrazos y todo simpatía.

Éramos unos críos descubriendo el mundo y ahora…

ahora somos fuego y secretos en una nave industrial.

Inma siempre ha tenido esa chispa, esa forma de ser que te envuelve sin que te des cuenta.

Pero antes era diferente. Era mi chica simpática, la que abrazaba a todo el mundo con una inocencia que me desarmaba.

Luego llegó el gimnasio. Vi, día tras día, cómo su cuerpo se transformaba, cómo la disciplina esculpía cada músculo, cómo su voluntad moldeaba ese culazo que ahora es el centro de todas las conversaciones sucias de esta fábrica.

No voy a mentir: me jode. Me quema por dentro ver cómo se les cae la baba a tipos como José, cómo Juanma pierde el norte con solo verla pasar.

Me jode que la devoren con la mirada, que la conviertan en un trofeo mental en sus fantasías de vestuario.

Pero es el precio, el maldito y dulce precio que tengo que pagar por caminar al lado de una diosa.

A veces, cuando la veo ahí, brillando bajo los fluorescentes, me siento pequeño.

Un simple operario al lado de una mujer que podría tener el mundo a sus pies con solo un parpadeo.

Me siento inferior y de ahí nacen mis celos, de esa duda constante que me susurra al oído que ella merece a alguien más guapo, más fuerte, alguien que no tenga que esconderse en un laboratorio para decirle que la quiere.

Pero entonces recuerdo sus ojos. Recuerdo que en estos seis años nunca me ha dado un motivo real para dudar.

Ha sido fiel, leal, pura. Ella no busca esos incendios, pero es imposible no quemarse cuando estás cerca de alguien como ella.

Ella es libre, es ese pájaro que vuela bajo pero que nadie puede atrapar… excepto yo.

Tengo que aprender a manejar esto. Tengo que normalizar que los hombres se rompan el cuello cuando ella pasa. Porque aunque todos la deseen, aunque José crea que puede ponerle un dedo en los labios y dominarla, la realidad es un secreto que vibra entre nosotros dos.

Confiar en ella es mi mayor acto de valentía. Dejarla ser ella misma, con su salero y sus abrazos, es lo que la hace única. Y mientras ellos se quedan con el hambre de lo que no pueden tener, yo me quedo con el festín de su cuerpo.

Me siento en el asiento del conductor, dejando que el motor al ralentí vibre bajo mis pies.

El silencio del coche, después de ocho horas de ruido industrial, es casi irreal.

Saco el móvil del bolsillo con un gesto mecánico, el corazón todavía acelerado por la escena del laboratorio y la pantalla se ilumina con una cascada de notificaciones.

Entro en WhatsApp. Lo primero que veo es el Grupo D.

Al abrirlo, un mensaje se clava en mis retinas como un latigazo: «José ha añadido a Inma ».

El muy cabrón, ha conseguido el número en tiempo récord.

Siento una punzada de rabia fría. En esta fábrica, las reglas de José son sagradas y una de ellas es que nadie entra en el grupo oficial hasta que lleva seis meses de prueba o hasta que se celebra una de esas comidas de empresa donde todos acaban borrachos.

Pero con ella… con ella se ha saltado todos sus propios protocolos.

La ha metido en el círculo íntimo antes de que se quitara el uniforme por primera vez.

Es una declaración de intenciones en toda regla, un marcaje al hombre —o a la mujer— que me revuelve las tripas.

Pero entonces, el aire se me escapa de los pulmones.

Pulso sobre el nombre de Inma para ver su foto y ahí está. La foto.

Es una imagen que le hizo una amiga suya el verano pasado, saliendo de una piscina.

La luz del sol poniente baña su piel mojada, convirtiendo las gotas de agua en diamantes sobre su espalda.

Lleva un tanga negro mínimo y ahí, en todo su esplendor, está su culazo.

Es una foto artística, sí, pero cargada de un erotismo salvaje, una imagen que yo guardo en mi galería como un tesoro.

Me pongo rojo de golpe, un calor violento subiéndome por el cuello.

La idea de que ahora mismo Antonio esté ampliando esa foto en su taquilla, de que Rodrigo esté pasando el dedo por la pantalla imaginando lo que no debe o de que José esté devorando cada píxel de esa curva perfecta en su despacho…

me vuelve loco. El mundo entero —mi mundo laboral— tiene ahora pase VIP a la intimidad de mi novia.

Siento una mezcla de orgullo enfermo y una vergüenza asfixiante. Mi diosa está expuesta ante la jauría.

Salgo del grupo, incapaz de seguir mirando los comentarios que sé que empezarán a caer y entro en mi otra conversación. La que importa.

Inma: ¿Te vienes a comer a mi casa? Mis padres no están... y un emoticono de una cara traviesa.

La leer esas palabras, la tensión de la fábrica se disuelve para ser sustituida por un hambre distinta.

La sonrisa de suficiencia de José, el dedo en sus labios, las miradas de los compañeros...

todo se vuelve ruido de fondo. Ella me está llamando.

Mientras ellos se conforman con una foto de perfil y un número en un grupo de WhatsApp, yo tengo la llave de la puerta trasera de su casa. Y de mucho más.

Apreto el volante con fuerza, sintiendo un escalofrío de anticipación. El juego de la fábrica ha terminado por hoy, pero el nuestro está a punto de empezar.