EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Grupo de WhatsApp
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Hugo

Lo que veo me deja sin aliento: Inma está abrazando a Juanma.

Sus brazos rodean el cuello del tipo que hace un minuto me decía que no me hiciera una paja pensando en ella.

Juanma, ese idiota que no sabe ni dónde tiene la mano derecha, está rojo como un tomate, pero sus manos...

sus manos están apretando la cintura de mi Inma, hundiéndose en la tela de ese uniforme que yo mismo quiero desgarrar.

José está a un lado, apoyado en la encimera, mirándolos con una sonrisa indescifrable.

¿Qué cojones está pasando? El pecho me arde. La posesividad me nubla la vista, convirtiendo el laboratorio en una escena de un crimen pasional. No puedo quedarme fuera. No puedo ser un espectador de cómo otros hombres tocan lo que es mío.

Busco una excusa en mi mente nublada. Cualquier cosa. Mi mirada cae en un albarán arrugado que asoma de mi bolsillo trasero. Es una orden de fabricación vieja de la semana pasada, pero servirá.

Empujo la puerta del laboratorio sin llamar.

—José, perdona que interrumpa este... momento —suelto, y mi voz suena más profunda, más cargada de peligro de lo que pretendía—. Me falta un código en la orden de la línea. Sin esto no puedo cerrar el lote de las tabletas de chocolate.

Me planto en medio del minúsculo espacio, obligándolos a separarse.

Mis ojos se clavan en los de Juanma, desafiándolo a que mantenga sus manos donde estaban.

Él se aparta de Inma de un salto, visiblemente nervioso, rascándose la nuca.

Inma se gira hacia mí, con las mejillas encendidas y ese brillo travieso en la mirada que me dice que se está divirtiendo con mi tortura.

—¡Hugo! —exclama ella, con esa risa cristalina que me hace vibrar el pecho—. No te lo vas a creer. Casi mato al pobre Juanma de un disgusto.

José suelta una carcajada ronca, apoyando su enorme brazo musculoso sobre la encimera, mirándome con esa superioridad de quien acaba de orquestar un pequeño caos.

—Dile, dile qué le has echado —provoca José, disfrutando de la humillación de Juanma.

—José me ha pedido que le echara la edad a Juanma —me dice ella, bajando el tono, como si me contara un secreto al oído—. Y yo, con toda mi buena fe, le he dicho que... bueno, que parecía de 45.

Siento una punzada de placer oscuro. Miro a Juanma. El pobre diablo parece querer fundirse con el suelo de cemento.

—¿45? —suelto, dejando escapar una sonrisa cínica—. Te has pasado, Inma.

—¡Es que se ha puesto tan digno! —continúa ella, riendo mientras mira a un Juanma que todavía sostiene su DNI en la mano como si fuera un escudo—.

Se ha puesto tan mal que ha tenido que sacarme el carnet para demostrarme que es un chaval de veintiséis.

Me ha dado tanta pena verlo así de hundido, tan rojo, que no he tenido más remedio que darle un abrazo de perdón.

Pobre mío, le he echado veinte años encima de golpe.

José estalla en otra carcajada, dándole un golpe en la espalda a Juanma que casi lo desmonta. A José le encanta este juego, es su especialidad preguntar edades porque sabe que el ritmo de la fábrica y los excesos del fin de semana han dejado a más de uno con cara de jubilado prematuro.

—Es el "efecto fábrica", Juanma —añade José, relamiéndose—. Aquí los años cuentan el doble si no tienes un buen chasis.

Me quedo ahí, de pie, sintiendo cómo la tensión fluye entre los cuatro. Juanma intenta recuperar la compostura, guardándose el DNI con dedos torpes, mientras Inma lo mira con esa falsa compasión.

—Bueno —dice Juanma, intentando salvar su orgullo herido—, al menos ahora ya sabes que soy joven por dentro. Lo de fuera ya es otro cantar.

—Ya lo veo, Juanma. Un joven muy... sensible —responde ella, y luego se gira hacia mí, sosteniéndome la mirada un segundo más de lo profesional—. ¿Y bien, Hugo? ¿Qué es eso tan urgente que no podía esperar a que terminara de consolar a tu compañero?

El desafío está lanzado. José nos observa, Juanma intenta no parecer un idiota y yo solo puedo pensar en la fuerza con la que voy a agarrar esa cintura cuando las puertas de la fábrica se cierren detrás de nosotros.

—Pero bueno, José... ¿has oído cómo me habla la niña? —suelto con una risa forzada, buscando la complicidad de mi jefe para ocultar el rugido de mis celos—. Defiéndeme un poco, que así no pueden tratarnos los de Calidad. Además, Inma, que la cosa no iba contigo, que estaba hablando con el jefe.

Inma se cruza de brazos, haciendo que la tela del uniforme se tense peligrosamente sobre su pecho. Me mira con una chispa de desafío puramente erótico en los ojos.

—Perdona, Hugo, pero yo soy de Calidad —responde ella y su voz tiene un deje de mando—. Y en este laboratorio, mi trabajo es saberlo todo. No hay detalle que se me escape... por muy pequeño que sea.

José suelta un gruñido que quiere ser una carcajada, pero suena más como el ronroneo de un animal que ha encontrado una presa que le divierte. Se separa de la encimera y acorta la distancia con Inma.

—Escucha, pequeña —dice José, bajando el tono—. Todavía eres una aprendiz. No sabes nada de nada de lo que pasa en esta planta. Así que, un consejo gratis: cuando los mayores hablan, tú te callas.

Y entonces sucede.

José levanta su mano —una mano grande, callosa, marcada por el trabajo y el gimnasio— y posa lentamente el dedo índice sobre los labios de Inma.

Se me para el pulso. Siento una punzada de violencia posesiva que me nubla la vista.

Ver el dedo de ese tipo presionando la carne suave y rosada de los labios de mi novia es una tortura visual que me hace apretar los dientes hasta que me duelen.

Ese dedo está invadiendo el santuario que solo yo tengo derecho a besar.

Inma no se aparta. Se queda quieta, sosteniéndole la mirada a José con una valentía que me vuelve loco, mientras una sonrisa traviesa baila en las comisuras de su boca, justo bajo la presión de José.

—¿Ah, sí? —dice ella, hablando contra su dedo, provocando una fricción que me hace querer estallar—. ¿Me vas a mandar callar el primer día?

Inma se ríe, apartando la mano de José con una delicadeza letal y da un paso atrás, aunque el espacio no le permite ir muy lejos.

—Será posible... —continúa ella, mirándonos a los tres con una seguridad que desarma—.

Me parece que voy a tener que empezar a hacerme la dura.

Como me sigáis pinchando, empiezo a parar la producción ahora mismo.

Una desconformidad por aquí, un lote retenido por allá...

Os voy a tener a todos bailando a mi ritmo antes de que acabe el turno.

Juanma, que ha estado observando la escena con la boca entreabierta y la cara todavía algo encendida, suelta un silbido.

—Joder, Hugo, pues prepárate —dice Juanma, mirando a Inma con una mezcla de miedo y fascinación—.

Como esta sea la heredera de Loli, estamos jodidos.

Loli ya es la reina de las desconformidades, pero si esta empieza a ponerse flamenca, no sacamos ni una tableta de chocolate en condiciones en todo el mes.

Inma se yergue, orgullosa, profesional y terriblemente sexy.

—Exacto, Juanma —sentencia ella—. Si el producto no está en condiciones, no sale. Y aquí... —su mirada se clava en la mía un segundo antes de barrer a José— parece que hay muchas cosas que necesitan una inspección muy, muy profunda.

José no le quita los ojos de encima. Su mirada es puro hambre.

—Bueno, ya está bien de cháchara —suelta José y su voz suena como un trueno bajo en ese espacio tan cerrado—. Lleváis demasiado tiempo aquí perdiendo el ritmo. Juanma, Hugo… id a mirar cómo están vuestras máquinas, que la línea no se vigila sola.

Cruzo la mirada con Inma. Ella mantiene esa máscara de profesionalidad teñida de una picardía que solo yo detecto, pero el nudo en mi garganta se aprieta. José da un paso hacia ella, acortando el aire que los separa y se gira ligeramente hacia nosotros con una sonrisa.

—Yo me quedo aquí un momento más con la nueva —dice y hace una pausa dramática, dejando que el silencio se llene con el zumbido eléctrico de la fábrica—. A ver si consigo que me dé su número de móvil de una vez…

Mis uñas se clavan en las palmas de mis manos. Pero antes de que mi rabia estalle, José remata la frase con un tono falsamente casual:

—… es para meterla en el grupo de WhatsApp, en el del Grupo D. Para que esté al tanto de todo lo que hablamos.

Y entonces, el muy cabrón me mira directamente a mí y me guiña un ojo. Un gesto rápido, de complicidad masculina, de "mira cómo me lo monto, chaval".

Juanma asiente, todavía un poco aturdido por la belleza de Inma y sale del laboratorio. Yo me obligo a mover los pies, aunque cada fibra de mi ser me grita que me quede, que lo empuje contra las probetas y le deje claro de quién es el número que está pidiendo. Pero no puedo.

Salgo al pasillo. Escucho cómo la puerta del laboratorio se cierra tras de mí con un "clic" metálico que suena a sentencia.

Camino al lado de Juanma, que va murmurando algo sobre la suerte que tiene el jefe, pero yo no lo escucho.

Mi mente está atrapada en esa pecera de cristal.

Me imagino a José acercándose a ella, oliendo su cuello, usando la excusa del grupo de WhatsApp para rozar sus dedos mientras ella le dicta los dígitos.

Me imagino su risa resonando en ese espacio donde yo ya no estoy.

"Tranquilo, Hugo", me digo a mí mismo, mientras el rugido de las envasadoras vuelve a envolverme. "Respira".

Siento un debate feroz en mis entrañas. Una parte de mí quiere morir de celos, imaginando las manos de otros sobre mi tesoro.

Pero otra parte, una más oscura, más madura y retorcida, empieza a saborear la situación.

Esto es lo que elegimos. Inma es un imán, una mujer que detiene el tiempo cuando camina y este va a ser mi pan de cada día durante años.

José no va a ser el único. Habrá más "Josés", más "Juanmas", más hombres perdiendo el norte por ella.