La entrevista
Inma
Me levanto despacio, aliso mi camiseta blanca sin mangas y acomodo la camisa amarilla pálida a rayas que llevo encima, abierta de forma casual.
El collar de plata con la cruz que me regaló mi abuela se mueve con cada respiración profunda que intento hacer para calmarme.
El vaquero azul me aprieta un poco de lo tensa que estoy.
Subo las escaleras hacia los despachos. El pasillo huele a cacao caliente, algo lógico en una empresa de chocolate, pero aun así me resulta un aroma envolvente, dulce, casi pegajoso.
Llego a la puerta con el cartel: “S. Morales – Selección y RR.HH.”. Trago saliva, coloco un mechón de mi melena rubia rizada detrás de la oreja y golpeo con tres toques tímidos.
—Adelante —responde una voz dulce pero firme, de esas que pueden acariciarte y juzgarte en la misma frase.
Empujo la puerta despacio y asomo la cabeza.
—¿Se puede? —pregunto con una sonrisa ensayada.
Entonces la veo.
Soraya se levanta de su silla al oír mi voz.
Tendrá veintisiete o veintiocho años, pero su presencia llena la habitación como si llevara décadas mandando allí.
Es una morenaza impresionante, de pelo liso y oscuro cayéndole sobre los hombros.
Sus ojos marrones, enormes tras unas gafas de pasta, me analizan de arriba abajo, aunque su sonrisa perfecta lo suaviza todo.
Lleva un vestido largo de estampado de leopardo, ceñido, con una raja en la pierna izquierda que deja ver unas caderas rotundas. Camina hacia mí con la seguridad de quien pisa su propia pasarela.
—Pasa, pasa, siéntate —me dice con tono meloso.
El despacho huele a vainilla, cacao tostado y caramelo.
Las paredes están pintadas en tonos chocolate y hay moldes antiguos de bombones en una repisa.
Sobre su escritorio brilla una taza enorme con la frase: “Soy dulce, pero no tanto”.
Entiendo perfectamente por qué dicen que es la poli buena y la poli mala de la empresa.
—Siéntate, Inma —pide en un susurro controlado, indicándome la silla.
Me dejo caer intentando parecer natural y clavo mis ojos avellana en los suyos. Soraya cruza las piernas, la raja del vestido se abre lo justo para revelar su piel tostada.
—Inma… eras tú, ¿no? —pregunta mientras ojea mi currículum. —S-Sí, yo. —Bien. Cuéntame algo de ti.
Trago saliva y arranco con la lección aprendida.
—Me llamo Inma Hernández. Estudié Ciencia y Tecnología de los Alimentos. Siempre me ha apasionado el sector… y el chocolate más —añado con una risita nerviosa para romper el hielo.
Soraya arquea una ceja y me dedica una sonrisa amplia y peligrosa.
—El chocolate más, ¿eh? —repite, pareciendo entretenida—. Así que cuando viste la oferta, no lo dudaste.
—Para nada. Entrar aquí siempre ha sido mi objetivo.
Soraya apoya el mentón sobre la mano, observándome con curiosidad felina.
—Qué ambiciosa… —susurra. Luego, cambia el tono de golpe, afilándolo—. Vamos con algo más interesante. ¿Cuál dirías que es tu mayor debilidad?
—Soy… tímida —admito, esquivando su mirada un segundo—. Hablar en público me bloqueaba en la universidad. Me apunté a un curso de oratoria para superarlo y he mejorado mucho.
Soraya me recorre lentamente con la mirada, desde la camisa amarilla hasta mis vaqueros.
—No pareces tan tímida, Inma —comenta con una media sonrisa entre coqueta y profesional—. Nerviosa, sí. Tímida, jamás lo diría.
Un calor rápido me sube por el cuello.
—Pasemos a lo técnico —interrumpe ella, cambiando de rol al instante—. ¿Qué herramientas de calidad conoces?
En ese terreno me siento segura. Le enumero fluida el Diagrama de Ishikawa, las normas ISO 9001, los puntos críticos de control y el análisis sensorial. Noto cómo su expresión cambia progresivamente de la evaluación analítica a la sorpresa real.
—Veo que te desenvuelves mucho mejor aquí —admite, dejando el bolígrafo alineado sobre la mesa—. Dime, ¿qué sabes sobre el proceso del chocolate?
Le explico con detalle la selección del cacao, el tostado, el refinado, el conchado para la textura y el templado final para lograr el brillo y el crujido. Soraya se recuesta en la silla, cruzando los brazos sobre el vestido de leopardo.
—Inma… tú conoces a alguien de la empresa, ¿verdad? —pregunta con una mezcla de suspicacia y cotilleo reprimido.
Se me escapa una risa pequeña y culpable.
—Mi novio trabaja aquí. Hugo Garcerán, en envasado.
—Claro… Hugo —asiente ella—. Muy buen trabajador. ¿Y tú serás igual de buena si te contratamos?
—Si estoy con él es porque los dos somos igual de trabajadores —respondo sin dudar—. Seré igual de buena. O mejor.
Soraya sonríe con satisfacción, pero de inmediato se inclina hacia delante con una mirada picada.
—Una pregunta más personal… ¿Cómo llevaríais que tú cobraras más dinero que él?
La pregunta me cae como un jarro de agua fría. Noto el nudo en la garganta, pero me fuerzo a responder con aplomo:
—Yo tengo una titulación universitaria y opto a puestos con mayor retribución. Es algo lógico. Pero en nuestra relación el dinero no cambia lo que sentimos. El respeto pesa más que el sueldo.
—Vaya… qué respuesta tan diplomática —murmura ella saboreando el momento.
Tras preguntarme por la disponibilidad para el quinto turno de trabajo y las noches —a lo que respondo admitiendo con honestidad que nunca lo he probado pero que estoy dispuesta a afrontarlo—, Soraya da por concluida la entrevista.
—Has manejado esto con bastante soltura, Inma —dice poniéndose en pie con elegancia—. Pero no te hagas ilusiones. Me quedan bastantes candidatos por entrevistar. Tendrás una respuesta entre el jueves y el viernes.
Nos despedimos. Al salir, noto su mirada recorriendo mi espalda una última vez. Salgo a la calle con la adrenalina a mil, la cabeza enredada y el aroma a cacao pegado a la piel.
En cuanto llego a casa, llamo a Hugo.
—¿Cariño? ¿Cómo ha ido? —pregunta al segundo tono.
—Intenso, Hugo. Soraya es… peculiar. Te abraza y te juzga a la vez. Le he contado todo el proceso del chocolate y se ha quedado a cuadros.
—Normal, eres la tía más preparada que ha pisado esa fábrica —dice él con orgullo.
—Le dije que era tu novia. Me dijo que eras muy buen trabajador, pero luego me hizo preguntas raras… sobre si me molestaría ganar más que tú.
Hugo resopla al otro lado de la línea. —Esa mujer va de ejecutiva estrella, pero en planta nos reímos. Se pasa el día poniendo pegatinas, comprando libretitas y decorando el despacho con washi tape. No te rayes. Tienes un perfil perfecto, si hay cinco plazas, una es tuya.
Sus palabras me dan un respiro, pero la incertidumbre me consume durante los días siguientes.
El miércoles pasa entre el silencio de mi teléfono y paseos absurdos por la casa. El jueves la ansiedad se vuelve insoportable, reviso la pantalla cada cinco minutos, sobresaltándome con cada notificación de Instagram o mensaje sin importancia.
El viernes me despierto sudando tras una noche de pesadillas. En la cocina, mi madre me sirve un café en silencio, intuyendo la tormenta que llevo por dentro. La cucharilla choca contra la taza en un repiqueteo nervioso.
Entonces, el teléfono rumba sobre la mesa. Número desconocido.
Trago saliva, cojo el aire que me queda y descuelgo.
—¿Sí?.
—Hola, ¿Inma? Soy Soraya.
Mi madre se petrifica a mi lado.
—Sí, soy yo… —Solo llamaba para informarte de que empiezas en dos semanas —dice con tono directo y firme—. Has sido seleccionada. Te mandamos los detalles por correo esta tarde. Enhorabuena.