EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Primer día de trabajo #3
3%

Primer día de trabajo #3

Siento una oleada de rabia posesiva que me nubla la vista.

José tiene la boca entreabierta, sus ojos clavados en los glúteos de mi novia con una fijeza animal, como si estuviera contemplando el fruto prohibido.

No puede pestañear. Está completamente anulado por la visión de ese cuerpo que me pertenece solo a mí.

En ese momento pienso que la está desnudando con la mirada. Está imaginando lo que yo ya conozco de memoria. Y no puedo romperle la cara porque entonces perdería el secreto... y a ella.

—¡Y ya está! —suelto de golpe, cortando la explicación a mitad de frase. Mi voz sale más alta de lo que esperaba, cargada de una urgencia nerviosa.

Le pongo una mano suave en el hombro para obligarla a incorporarse y girarse de inmediato. Necesito que deje de ser un blanco para los ojos de ese depredador. Ella se levanta, un poco confundida por mi repentina prisa y se gira para quedar de frente a José de nuevo.

José parece despertar de un sueño profundo. Su rostro es un poema de sorpresa y lujuria contenida, tiene las mejillas ligeramente encendidas y la mirada todavía perdida en la estela de lo que acaba de ver.

—Bueno, pues muchas gracias a los dos —dice Inma con una sonrisa radiante, totalmente ajena (o fingiendo estarlo) a la guerra de testosterona que acaba de provocar—. Me voy con Loli, que me he escapado un momento y me va a echar la bronca.

Se da la vuelta y se aleja de nosotros. Camina con esa energía juvenil, dando unos saltitos casi traviesos mientras corre hacia la otra zona de la nave.

Cada movimiento de sus caderas es un golpe de gracia para José, que se queda ahí plantado, como una estatua de sal, devorándola con la mirada hasta que desaparece tras las cajas de embalaje.

El silencio que queda entre José y yo es espeso como el chocolate que corre por las tuberías. Él no dice nada. Solo respira fuerte, con los puños hundidos en los bolsillos del pantalón, claramente perturbado por la visión de la compañera nueva.

—Joder, menudo culazo tiene la niñata —suelta José, con una voz ronca que parece venir desde el fondo de su estómago—. Cada vez tienen mejor culo las niñas de hoy en día. En mi época ninguna tenía ese culazo, no sé qué cojones comen ahora las tías...

Sus palabras son como latigazos. Siento una punzada de rabia pura, una oscuridad que me nace en el pecho y me susurra que le estampe la llave inglesa en esa cara de suficiencia.

Pero al mismo tiempo, algo mucho más primitivo y retorcido se despierta en mí.

Un orgullo oscuro, posesivo. Miro a José, el macho alfa de la planta, el tipo que se cree que puede tenerlo todo y por dentro me río con una ferocidad silenciosa.

Él babea por lo que yo poseo. Él fantasea con lo que yo devoro entre las sábanas.

José se gira hacia mí, con una chispa de lujuria desenfrenada en los ojos y suelta la bomba:

—Ese culito lo tengo que probar yo, Hugo. Te lo digo en serio —suelta una carcajada breve, cargada de una confianza asquerosa.

Me obligo a relajar la mandíbula. Tengo que seguir el juego. Tengo que ser el compañero, el cómplice, el otro hombre que admira la pieza.

—Vaya, José, no pierdes el tiempo —digo, esbozando una sonrisa lenta y cínica, forzando un tono de camaradería que me sabe a hiel—. Pero ten cuidado, que esa chica parece de las que muerden. No sé yo sí tus viejos trucos funcionarán con alguien que tiene a media ciudad detrás.

Me acerco un poco a él, bajando la voz, entrando en ese terreno pantanoso donde los hombres hablamos de mujeres como si fueran trofeos de caza.

—Es un culazo nivel Dios, en eso tienes razón —añado y por un segundo me permito saborear la verdad detrás de mis palabras, sintiendo un escalofrío al recordar la presión de esos mismos glúteos contra mis muslos —.

Pero mírala... se nota a leguas que es de las que juegan en otra liga.

Una de esas que te dejan seco y luego se ríen en tu cara.

Quizá sea demasiado fuego para que tú lo manejes sin quemarte, ¿no crees?

José me mira de arriba abajo, sorprendido por mi descaro y vuelve a reírse, dándome un golpe en el hombro que me hace tensar cada músculo.

—¿Demasiado fuego para mí? —se burla—. Hugo, chaval, cuanto más queman, más me gusta el incendio. No me conoces bien si crees que voy a dejar pasar una joya así sin intentar ponerle las manos encima.

—Pues buena suerte, jefe —le digo, volviéndome hacia la máquina para ocultar el brillo de triunfo en mis ojos—. Pero recuerda lo que dicen: lo que parece más dulce a veces es lo que más caro se paga.

Me agacho para recoger una herramienta, dándole la espalda.

Por fuera soy el subordinado perfecto, el chico que sigue la broma.

Por dentro, soy el dueño de su obsesión.

Siento una oleada de poder visceral recorriéndome.

José puede mirar, puede desear, puede incluso planear sus movimientos de depredador...

pero el sabor de ese cuerpo, el rastro de sus uñas en mi espalda y el sonido de su voz cuando se rinde ante mí, eso es un santuario donde él jamás podrá entrar.

La mañana se ha vuelto peligrosamente excitante. Mi novia es el objeto de deseo de la fábrica y yo soy el único que tiene la llave de su paraíso.

Falta apenas una hora para que las sirenas marquen el final de la tortura, pero el verdadero infierno acaba de empezar para mí.

Camino hacia los aseos, intentando sacudirme de encima el olor a grasa y el ruido incesante de las correas, cuando mis pasos se frenan en seco frente al pequeño laboratorio de envasado.

A través del cristal, la escena me golpea como una ráfaga de vapor hirviendo.

Allí está ella. Inma. Y allí está él, invadiendo su aire, contaminando su espacio con esa presencia suya tan masiva.

José está dentro del laboratorio, ese cubículo estrecho.

Lo veo reír, una risa que no escucho pero que presiento vibrar en el cristal, una risa que le ensancha el pecho y hace que los músculos de sus brazos parezcan a punto de estallar bajo el uniforme.

Y lo que me quema por dentro es ella. Inma no aparta la vista.

Le mantiene la mirada, esos ojos que yo conozco en la intimidad, ahora fijos en el depredador, desafiantes o quizá...

divertidos. ¿Por qué se ríe tanto José? ¿Dónde diablos está Loli?

Se supone que ella es su sombra hoy. Verlos tan cerca, casi compartiendo el mismo oxígeno entre probetas y medidores de viscosidad, me provoca un nudo de rabia y deseo posesivo que me corta la respiración.

—¿Tú también estás mirándole el culo a la nueva, Hugo?

El empujón de Juanma me saca de mi ensoñación como un bofetón. Casi tropiezo contra la pared del pasillo. Juanma me mira con esa cara de soplapollas, con la ceja levantada y una sonrisa de medio lado, disfrutando del espectáculo que cree que estoy viendo.

—¿Qué? —suelto, con la mente todavía atrapada tras el cristal del laboratorio, tratando de procesar la imagen de José inclinándose hacia el cuello de mi novia.

—No te hagas el tonto, cabrón —se ríe Juanma, dándome otro empujón amistoso que me sabe a insulto—. Que te he pillado con la mirada clavada en la pecera. Menudo ejemplar han traído hoy, ¿eh?

Me obligo a tragarme la bilis. Tengo que recomponerme. Tengo que ser uno más de la jauría si no quiero que sospechen que el lobo que duerme con ella soy yo.

—Ah... sí. Sí, joder —suelto, forzando una sonrisa turbia, dejando que mis ojos vuelvan a Inma un segundo antes de mirar a Juanma—. Menudo culazo tiene la cría. Es para volverse loco.

Juanma suelta una carcajada ronca y me empuja hacia la puerta de los baños, señalando el interior con un gesto obsceno.

—Anda, entra al baño, que ya estabas tardando —me espeta con un guiño asqueroso—. Pero no te hagas una paja ahí dentro pensando en ella, que nos conocemos y todavía queda una hora de turno.

Entro en el aseo y la puerta se cierra tras de mí, amortiguando el ruido de la fábrica, pero no el rugido de mi sangre.

Me apoyo en el lavabo, con las manos temblando y me miro al espejo.

Tengo los ojos encendidos. Me siento sucio por seguirles el juego, por dejar que hablen de ella como si fuera carne fresca, pero hay una parte de mí, una parte oscura y retorcida, que se alimenta de esto.

José la quiere. Juanma la desea. Antonio la imagina. Todos en esta fábrica tienen los ojos puestos en el tesoro que yo guardo bajo llave. El laboratorio es ahora una jaula de cristal donde mi novia está jugando con fuego y yo estoy aquí fuera, quemándome vivo de celos y de un orgullo enfermo.

Saco el móvil con dedos torpes. Necesito saber qué está pasando ahí dentro.

Guardo el móvil en el bolsillo del pantalón con un gesto brusco, sintiendo el metal de la cremallera frío contra mis nudillos.

—Tranquilo, Hugo. Respira. No pasa nada.

Solo es el primer día. Ella sabe lo que hace— me repito en un susurro, intentando convencer a un corazón que late con la violencia de un motor gripado.

Me alivio con rapidez, la urgencia de volver ahí fuera quemándome las entrañas.

Me acerco al lavabo y abro el grifo al máximo.

El agua helada golpea mi rostro, pero no consigue apagar el incendio que llevo bajo la piel.

Me miro al espejo: tengo los ojos inyectados en una mezcla de deseo y furia.

Me seco con papel, respiro hondo una última vez y salgo.

Juanma ya no está en la puerta. El pasillo parece más largo, más oscuro. Mis ojos se clavan directamente en el laboratorio, esa pecera de cristal donde el aire parece haberse vuelto irrespirable.

Y entonces, el mundo se desploma.