EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Primer día de trabajo #2
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Primer día de trabajo #2

—Eso, huye, Antonio —le digo, volviéndome hacia la cinta—. Déjala para los que todavía tenemos los neumáticos nuevos.

Mientras retomo el trabajo, siento una punzada de deseo oscuro y posesivo. Ellos no tienen ni idea. No saben que ese culazo que tanto han jaleado es el territorio donde yo me pierdo cada noche.

Estoy al lado de José, mi encargado. Es un muro de músculo puro, su camiseta del uniforme parece una segunda piel a punto de desgarrarse sobre sus hombros anchos y sus bíceps esculpidos por el gimnasio y la prepotencia.

Es el tipo de hombre que sabe que impone, que camina como si fuera el dueño no solo de la fábrica, sino de cada voluntad que respira en ella.

De repente, el ritmo de mi corazón se desboca. Las veo venir.

Loli camina con paso rápido, sosteniendo una tableta de chocolate como si fuera una prueba de un crimen.

Y a su lado, Inma. Dios, Inma. Camina con esa elegancia natural que incluso el uniforme azul es capaz de silenciar.

La luz de los fluorescentes arranca destellos dorados de su piel y sus ojos, fijos en la tableta, brillan con una concentración que me resulta insoportablemente excitante.

El mundo parece detenerse para mi encargado.

Sus ojos, antes fijos en los engranajes, se clavan en Inma con una intensidad carnívora.

No la está mirando, la está devorando. Es una mirada lenta, que recorre la curva de su cuello, baja por el ajuste de su camiseta y se detiene, con una fijeza insultante, en su rostro.

—Oye, José —la voz de Loli suena como un ruido de fondo, lejana y molesta—. Estas tabletas están saliendo mal. La cola no está pegando lo suficiente, mira este borde.

José ni siquiera parpadea hacia Loli. Es como si ella no existiera. El silencio de José es devastador. Siento un escalofrío de puro. Mi novia está ahí, a dos metros de un tipo que no sabe lo que significa la palabra "no" y que ha hecho de la conquista su único deporte.

—Loli —dice José, con esa voz profunda y rasposa que usa cuando quiere marcar territorio—. Habla con Hugo. Que ajuste la presión de los inyectores de cola. Él sabe cómo hacerlo.

Y sin esperar respuesta, sin apartar la vista de Inma, da un paso hacia ella. Un paso que invade su espacio personal, que la obliga a levantar la mirada.

—Yo me encargo de examinar el problema con la compañera nueva —añade con una sonrisa ladeada, esa sonrisa de "buen tío" que esconde a un lobo con hambre.

Quiero gritar. Quiero ponerme en medio, estampar mi mano en ese pecho musculado y recordarle quién es el hombre que la hace gemir por las noches. Pero Loli se planta delante de mí, bloqueándome la visión con sus carpetas y su verborrea técnica.

—A ver, Hugo, mírame aquí —me dice Loli, ajena al drama que me está quemando por dentro—. Si el grado de viscosidad no es el adecuado, la línea se va a parar entera. Tenemos que ajustar el termostato dos grados...

Intento asomarme por encima del hombro de Loli, desesperado por ver qué le está diciendo José, por ver si sus dedos rozan los de Inma al coger la tableta, por leer en sus labios ese flirteo barato que tanto le gusta usar. Pero Loli es como una barrera infranqueable.

—¡Hugo! ¿Me escuchas? —me presiona, señalando la boquilla de la máquina.

—Sí, Loli, te escucho —respondo entre dientes, con la mandíbula tan apretada que me duelen las muelas.

Me obligo a agacharme sobre la máquina. Mis manos tiemblan ligeramente mientras agarro la llave inglesa.

El metal está ardiendo, pero no quema tanto como mi sangre.

Escucho el murmullo de la voz de José, ese tono bajo y seductor que usa cuando quiere encandilar.

No distingo las palabras, pero imagino su aliento cerca de la oreja de Inma, su cuerpo musculoso cerniéndose sobre ella.

Ajusto la tuerca con una fuerza brutal, imaginando que es el cuello de mi encargado.

El sonido de la máquina rugiendo a mi lado es ahora mi único refugio para no volverme loco.

Ella está ahí, a pocos pasos, siendo el blanco de un depredador y yo tengo que fingir que lo único que me importa es que un trozo de chocolate quede bien pegado a su envoltorio.

Es un juego de tortura. Y José acaba de hacer su primer movimiento.

—Ya está, Loli. Ya tienes tu pegamento en su sitio. Debería salir perfecto ahora —le suelto con una brusquedad que apenas logro camuflar.

Ella asiente, satisfecha y se aleja hacia la mesa de muestras con el paso rítmico de quien cree tener el control de su mundo.

En cuanto me veo libre de su sombra, mi cuerpo actúa por instinto.

No camino, me deslizo. Mis botas resuenan sobre el suelo de cemento, un eco sordo que marca el compás de mi impaciencia.

Cada paso hacia ellos es un descenso al infierno de mis propios celos y entonces la oigo.

Inma se ríe. Es una risa ligera, esa que reserva para los momentos de complicidad, pero que ahora entrega a un hombre que solo quiere ver cuánto terreno puede conquistar.

Al llegar a su altura, la imagen me golpea.

José está inclinado sobre ella, aprovechando su envergadura para rodearla sin tocarla, una jaula de músculos y arrogancia.

Sus bíceps, tensos bajo la tela del uniforme, parecen querer reclamar el espacio que le pertenece a ella.

—...así que aquí, ni uno de todos estos sabe sumar dos más dos —dice José en el momento en que me detengo a su lado. Su voz es un ronroneo profundo—. Como no les des todo masticado, se pierden entre las cajas.

Inma vuelve a reírse, pero noto ese brillo de "auxilio" en sus ojos que solo yo sé leer. Aun así, su actuación es impecable. Me mira como si fuera un operario más, un estorbo necesario en su formación.

—Bueno, tendré que aprender a sumar rápido entonces —responde ella con una dulzura fingida.

José no se aparta. Al contrario, acorta la distancia unos centímetros más.

—Lleva cuidado con todos en esta empresa, Inma —continúa él, bajando el tono, convirtiendo la charla en algo íntimo, en un secreto compartido que me excluye—.

Aunque te digan que son hombres de familia, que están casados...

son todos unos golfos. Aquí el más tonto hace relojes.

No te fíes de las caras de buenos chicos.

Se me escapa un bufido que intento disfrazar con una tos seca mientras finjo revisar la presión de una válvula. La ironía de sus palabras es tan espesa que casi se puede masticar. Él, el rey de las infidelidades, dándole lecciones de moralidad a la mujer más fiel del mundo.

Inma ladea la cabeza, dejando que un mechón de su coleta caiga sobre su hombro. Sé que sabe que la estoy mirando. Sé que siente mi calor y mi rabia.

—¿De verdad? —dice ella, fingiendo una inocencia que me hace desear arrastrarla fuera de aquí ahora mismo—. Pues yo los veo a todos muy profesionales. Seguro que son unos santos.

—Santos con cuernos, preciosa —sentencia José y por un segundo, su mirada baja sin pudor hacia sus labios—. Pero no te preocupes. Mientras estés en mi turno, yo te mantendré a salvo de las malas influencias.

Me obligo a apretar los puños contra el metal frío de la máquina.

El contraste entre el ardor que siento por dentro y la frialdad que debo mostrar por fuera es una tortura que me acelera el pulso.

José la devora con los ojos, ignorando mi presencia como si yo fuera una pieza más del mobiliario.

Él no tiene límites, no tiene frenos, es un animal guiado por el deseo y la autoridad.

Y ella... ella tiene que seguir jugando a ser la chica nueva, la soltera disponible, la presa perfecta para un depredador que no sabe que ya ha perdido la partida.

—Bueno, José —interrumpo con la voz más neutra que puedo fingir, aunque el deseo de marcar mi territorio vibra en cada sílaba—. La línea está lista. Si la compañera ha terminado de aprender a sumar, debería seguir con Loli. Tenemos objetivos que cumplir.

José me dedica una mirada fugaz, una chispa de molestia cruzando sus ojos antes de volver a centrarse en ella. Me ignora, pero sé que me ha oído.

El aire en la fábrica se ha vuelto una tensión sexual tan cruda que casi puedo saborearla en la parte posterior de la garganta. José, con esa prepotencia física que le dan sus hombros de gimnasio, me lanza un hueso, o eso cree él.

—Hugo, enséñale a Inma lo de la cola —dice y su voz retumba con una autoridad que esconde un propósito mucho más oscuro—. Me ha preguntado qué estabas haciendo antes. Instruye a la nueva.

Mi pulso se dispara. Es una invitación al peligro, un baile en el filo de una navaja.

—Claro, José. Ven, que te explico cómo funciona el corazón de la línea —digo, esforzándome para que mi voz suene profesional, mientras por dentro el deseo me está devorando vivo.

Inma se acerca. Se sitúa a mi lado, tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo. Se inclina ligeramente hacia mí, fingiendo interés en los inyectores y entonces escucho su aliento rozando mi oreja.

—Qué pesado es —me susurra—. No me habías dicho que tu encargado era tan insoportable.

Una sonrisa involuntaria tira de mis labios.

Saber que ella lo desprecia mientras él se cree el rey de la selva es el afrodisíaco más potente que he probado jamás.

Ella me mira de reojo y aprovechando que José está a unos metros, me saca la lengua con una picardía que me hace querer empujarla contra la máquina y olvidarme de que el mundo existe.

Pero entonces, la realidad me golpea con la fuerza de una prensa.

—Mira aquí abajo, en el depósito —le indico, señalando la parte baja de la estructura.

Inma, obediente y letalmente hermosa, se inclina.

Y en ese preciso instante, comprendo el juego sucio de mi encargado.

Me giro un segundo y veo la cara de José.

El muy bastardo no está mirando la máquina, está en trance.

Se ha colocado estratégicamente detrás para tener una vista directa del espectáculo, el culazo de Inma, tensando la tela azul del uniforme, marcando cada curva con una perfección que duele.