EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE Primer día de trabajo
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EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE

EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE

Por Luz Oscura

© inepub.com

Primer día de trabajo

Hugo

El sonido de las máquinas de envasado lleva dos horas rugiendo, pero hoy apenas lo escucho.

No dejo de mirar la puerta cada vez que alguien entra al vestuario, cada vez que pasa alguien por la línea, cada vez que se oye un paso distinto en el pasillo.

Es el primer día de Inma. Mi novia. Mi chica. La mujer que consigue que hasta el uniforme de la empresa parezca diseñado a medida. Aunque eso último… no sé si me hace gracia o me incomoda.

Porque si ya de normal ella destaca por su físico, aquí, con estos pantalones que a todos nos dejan un culo redondo y bien marcado… pues eso. Imagínatelos en ella. Culazo nivel dios. Casi me da algo cuando anoche me pasó una foto de cómo le quedaban esos pantalones.

Y por eso justo acordamos algo: Nadie debe saber que somos pareja. No todavía. Que piensen lo que quieran, pero que no unan las piezas. Primero, que Inma se adapte. Luego ya veremos.

Soraya —la jefa de recursos humanos— le hizo esa broma el día que la llamó: "¿En qué grupo te pongo? ¿En el D con tu novio o prefieres otro?".

Inma se rió, feliz, recién contratada, "Claro, en el D con Hugo."

Y así quedamos juntos. Pero eso la empresa no lo sabe, solo Soraya, Inma y yo, Nadie más lo sabe.

Y ahora aquí estoy, dos horas sin verla, repasando mentalmente si estará bien, si estará nerviosa, si se habrá perdido por los pasillos, si habrá desayunado, si se acordó de llevar agua, si…

—¡Hugo!

Me sobresalto. Es Loli, la de calidad. Y detrás de ella… Ahí está. Inma.

Mi pecho hace un pequeño salto como si me hubieran metido un cable de corriente por dentro.

Va con el uniforme nuevo: El pantalón azul oscuro ajustado donde toca —demasiado bien ajustado—, la camiseta, el pelo recogido en una coleta informal. Los ojos brillantes, nerviosos, emocionados.

Su expresión mezcla de “me muero” y “quiero hacerlo bien”. Y aun así…Aun así, tiene el descaro de sacarme la lengua cuando Loli no mira. La muy cabrona. Luego pone cara de no conocerme, profesional total. Yo también finjo.

Loli se acerca con su andar decidido, su voz siempre un poco más alta de lo que debería:

—Mira, Hugo —me dice—. Te presento a la nueva compañera. Hoy es su primer día y voy a enseñarle toda la planta.

Me limpio las manos en el pantalón y extiendo la mano hacia Inma, intentando no sonreír demasiado.

—Me llamo Hugo, encantado —digo con tono neutro, formal, como si no supiera exactamente la forma de sus lunares, el olor de su cuello o cómo se ríe cuando le digo tonterías.

Ella toma mi mano con esa delicadeza suya y dice:

—Inma, mucho gusto.

Dios. Cómo puede actuar tan bien. Ni una risa, ni un brillo delator. Profesional 100%. Pero yo sé leer sus ojos. Y sus ojos me dicen: “Estoy nerviosa. Mírame.”, “Estoy feliz. ¿Me ves?”, “Lo estamos haciendo bien, ¿verdad?”

Y me dan ganas de agarrarla y besarle la frente ahí mismo, pero no, nada de eso. Actitud neutral de compañeros, nada más.

Loli continúa:

—Ella estará en calidad, pero tendrá que pasar por todas las zonas para conocerlas. Ya sabes cómo va esto.

—Claro —respondo—. Bienvenida entonces.

Inma me dedica una sonrisa muy correcta, amable, impersonal. La sonrisa que usa con desconocidos. Y por dentro me derrite igual que siempre.

Loli empieza a caminar y se la lleva con ella, Inma me pasa por el lado, a unos centímetros. Suficiente para que su perfume me roce. Y sin girarse, sin abrir los labios, me dice bajito:

—Hola, amor —apenas un susurro, casi imperceptible, solo para mí.

No sé cómo no me da un infarto ahí mismo. Se alejan por el pasillo. Loli hablándole mil cosas técnicas. Inma asintiendo con atención, caminando recta, seria, profesional. Yo la sigo con la mirada, con orgullo, con nervios y con celos, sí.

Porque ya veo a dos de mis compañeros mirándole el culo sin vergüenza. Y ellos no saben que es mi novia.

Ellos no saben que es la mujer con la que duermo, con la que río, con la que quiero una vida. Aprieto la mandíbula.

“Respira, Hugo”, me digo. “Nadie sabe nada. Todo está controlado.”

Pero aún así, una parte de mí arde un poquito. Y otra parte se infla de orgullo.

Porque verla ahí, en su primer día, caminando con esa seguridad suya, aunque por dentro tiemble…No sé. Me emociona. Me apoyo un momento en la máquina y dejo escapar un suspiro largo. La sonrisa se me escapa sin querer.

Mi Inma está aquí, en mi turno, en mi grupo, en mi mundo. Aunque tenga que fingir que no la conozco…

La verdad se me queda vibrando en el pecho como un secreto hermoso: Hoy empieza nuestra historia dentro de la fábrica.

El ruido de la envasadora no es suficiente para tapar la risa de Antonio.

Viene encabezando la marcha, con ese aire de superioridad que le da saberse el "guapo" del grupo, ajustándose el cinturón como si estuviera a punto de entrar a una discoteca en vez de a una nave de paletizado.

A su lado, Rodrigo camina con su paso pesado de "gordifuerte", pasándose la mano por ese pelazo canoso que, a pesar del sudor, sigue impecable.

—Dime que la has visto, Hugo —suelta Antonio nada más llegar, dándome un golpe en el hombro que me pilla desprevenido—. Dime que no estoy alucinando.

—¿A quién? — digo fingiendo que reviso una caja de cartón, aunque me arde la cara.

—A la nueva, no te hagas el sordo —interviene Rodrigo con una sonrisa de oreja a oreja—. La que va con Loli. Madre de Dios, Hugo... yo no sé qué les dan de comer ahora, pero ese pantalón azul está sufriendo para mantener todo eso en su sitio. Menudo culazo.

Antonio suelta una carcajada, apoyándose en la estructura metálica con prepotencia.

—A esa le voy a dar yo las clases de calidad personalmente —dice Antonio, relamiéndose—.

Ya le he preguntado a Loli de pasada. Se llama Inma.

Y lo mejor de todo, está soltera. O eso dice.

Ya sabes cómo son estas, vienen aquí con cara de "no rompo un plato" y a la que te descuidas están buscando quién les alegre el turno.

Siento un nudo en el estómago. La mandíbula se me aprieta tanto que duele.

—Bueno —digo intentando que no me tiemble la voz—, tampoco es para tanto. Es una chica normal con el uniforme nuevo, que ya sabéis que vienen muy ajustados de fábrica.

—¿Normal? —Rodrigo te mira como si estuvieras loco—. Hugo, por favor, si tiene una cara de ángel y un cuerpo que... vamos, que mi mujer me pilla mirándola así y me pide el divorcio hoy mismo. Aunque bueno, tal como estamos, casi sería un favor.

Antonio suelta un silbido corto, mirando hacia el pasillo por donde se ha ido Inma.

—Esa viene aquí a lo que viene —sentencia Antonio con esa seguridad tóxica suya—. Una tía así no se mete en una fábrica de envasado si no es para cazar a alguno. Esta viene aquí a comer rabo, te lo digo yo. En dos semanas la tengo comiendo de mi mano, aunque me toque ocultárselo a mi novia.

Me dan ganas de soltarle un puñetazo, para bajarle los humos de un plumazo, pero respiró hondo. El secreto pesa más que el orgullo ahora mismo.

—Sois unos exagerados —digo, dándoles la espalda para manipular la máquina—. Dejad a la chavala en paz, que es su primer día. Bastante tiene con aguantar a Loli como para que encima vosotros estéis ya haciendo planes.

—¡Eh, tranquilo, caballero andante! —se ríe Rodrigo, dándome otra palmadita—. Si aquí no se toca, solo se mira. Pero reconoce que el grupo D acaba de ganar muchos puntos hoy.

—Muchos puntos no, Rodrigo —le corrige Antonio con una mirada de suficiencia—. Acaba de entrar el trofeo de la temporada. Y yo ya he echado el ojo.

Escuchar a Antonio hablar de ella así me cabrea. Pero no puedo saltar.

Me obligo a relajar los hombros. Esbozo una sonrisa lenta, cargada de una suficiencia que no siento y me giro para mirarlos. Mis ojos se clavan primero en las canas de Rodrigo y luego en la mirada depredadora de Antonio.

—Venga ya, dejad de babear —suelto con un tono de voz bajo, casi arrastrado, como si me divirtiera la situación—. Esa chica es prácticamente una cría. Está en otra liga, una donde no aceptan a dos viejos prematuros como vosotros.

Rodrigo parpadea, sorprendido por mi ataque y se pasa la mano por su mata de pelo gris.

—¿Viejos? —gruñe Rodrigo con una risa ronca—. Esto es experiencia, chaval. Sabiduría acumulada.

—Esto es óxido, Rodrigo —le suelto, señalando su cabeza con un gesto burlón—.

Y Antonio... por favor. Entre que vas a ser padre y que ya tienes los treinta y largos llamando a la puerta, a esa chica le das un parraque.

¿Habéis visto cómo se mueve? Esa mujer no busca a alguien que le hable de pañales o de hipotecas.

Esa tía tiene que tener a todos los chavales de veinte años de su barrio haciendo cola en su puerta.

Saco pecho, dejando que el uniforme —ese que Inma dice que me queda como un guante— se ajuste a mis músculos. Me permito el lujo de una pequeña victoria privada, una chispa de arrogancia que solo yo sé que es verdad.

—Inma necesita energía, fuego, alguien que aguante su ritmo sin pedir un descanso para la próstata —añado con una mirada desafiante—. Alguien más... de mi quinta. Alguien como yo.

Los dos se quedan callados un segundo, procesando mi descaro y de repente estallan en una carcajada que resuena contra las paredes de la nave. Antonio me da un empujón amistoso, aunque sus ojos brillan con esa competitividad que lo define.

—¡Ya quisieras tú, Hugo! —exclama Antonio, secándose una lágrima de risa—.

Estás muy tierno todavía. Una mujer como esa lo que quiere es un hombre que sepa dónde tocar sin necesidad de un mapa.

Alguien con mi rodaje. Pero... —su expresión cambia de repente, se ensombrece con una pizca de realidad— tienes razón en algo.

Voy a ser padre. Si me acerco a una tentación así, acabo durmiendo en el contenedor de los plásticos.

Si la veo venir, mejor huyo en dirección contraria.

Por mi salud mental y por mis dientes, que mi novia tiene la mano muy larga.

Rodrigo y yo nos reímos con ganas, una risa que en mi caso es puro alivio. El peligro inmediato ha pasado. He desviado el tiro usando su propia arrogancia contra ellos.