EL LADO OSCURO DEL CHOCOLATE El día de después #4
22%

El día de después #4

—¿Y qué hay de estas dos? —pregunto, forzando una risa seca, como si estuviéramos hablando de una partida de billar—. ¿Qué tal se han portado Raquel e Inma?

Juanma se ríe como un imbécil, esa risa de quien se siente el dueño del mundo, un tipo que no tiene ni idea de con quién está hablando realmente.

—¿Inma y Raquel? —dice, pasándose la mano por la cara, todavía con restos de la noche anterior—.

Son dos buenas amigas, tío. Ya te digo...

nos lo vamos a pasar muy bien con estas dos.

A Raquel le hacía falta una amiga como Inma, para tener más confianza, ¿sabes?

Para soltarse. Inma es... bueno... Nos lo vamos a pasar muy bien con ellas, ya verás.

Sonríe, una sonrisa babosa, llena de una confianza que me da arcadas. Pero entonces, su tono cambia y se vuelve más confidente, más despreocupado, como si yo fuera parte de su club de cabrones.

—Pero bueno, seguro que Rodrigo te ha contado ya todo —dice, restándole importancia—.

Ese tío es un cabrón, no se calla ni bajo el agua.

Mira que dijimos los cinco al entrar en el parking que no íbamos a decir ni una palabra, que aquello se quedaba entre nosotros...

pero al final se le va la boca. Cuando lo vi ahí hablando con Antonio hace un rato, ya sabía que se lo había contado todo.

Lo que no me esperaba, sinceramente, es que se le fuera tanto la pinza como para contárselo también a ti.

Me quedo paralizado. Juanma piensa que soy su colega, que soy uno más del grupo.

—Ya... —acierto a decir, con la voz tan gélida que me sorprende hasta a mí mismo—. Rodrigo es un bocazas, siempre lo ha sido.

—Ya te digo —responde Juanma, sin notar mi tono—. Pero bueno, hermano, después de lo de anoche... es normal que quiera presumir. La verdad es que la nueva ha dado la sorpresa.

Juanma se queda mirando el reloj de pared, sus ojos se entrecierran ante el reflejo de las luces fluorescentes de la planta. De repente, su actitud desenfadada se corta de cuajo.

—Joder, José me va a matar si me pilla aquí parado, otra vez —dice, dando un respingo—. Nos vemos luego, Hugo. Ya nos tomaremos una caña para celebrar el fin de semana, que el de ayer fue para enmarcar.

Me da una palmada en el hombro, un contacto físico que se siente como un hierro candente atravesando mi ropa.

Es una palmada de camaradería, de "tío a tío".

Se aleja con paso rápido, silbando una melodía que me suena a funeral, dejándome allí, petrificado, en medio del ruido ensordecedor de las cintas transportadoras.

Me quedo solo. El mundo a mi alrededor se vuelve una borrosa sucesión de sombras y movimiento mecánico. Sus palabras siguen rebotando en las paredes de mi cráneo, una tras otra, diseccionando mi cordura.

"Rodrigo quiere presumir".

¿Presumir de qué? ¿De qué cojones tiene que presumir un tipo como él respecto a la mujer que yo amo?

La rabia me bloquea, pero el miedo, ese miedo frío y viscoso, se me instala en el centro del pecho.

Presumir implica un trofeo. Implica una conquista.

Presumir de una mujer es tratarla como una pieza de caza que ha caído rendida a sus pies.

¿Acaso mi Inma, mi chica, mi vida, se ha dejado convertir en un trofeo de caza para estos animales?

Y luego, lo peor: "La nueva ha dado la sorpresa".

Mi mente empieza a hiperventilar, lanzando imágenes imposibles que intentan buscar un sentido a esa frase.

¿Qué sorpresa? ¿Qué ha hecho ella para que estos cinco se quedaran marcados?

¿Ha sido una sorpresa de sumisión? ¿Ha sido una sorpresa de perversión que yo ni siquiera sabía que ella escondía tras esa cara de novia ejemplar?

Me apoyo contra la estructura de metal de la máquina, sintiendo cómo el frío del acero intenta, sin éxito, apagar el incendio que me devora por dentro.

Las manos me tiemblan. La Inma que yo conocía, la que se sonrojaba con los cumplidos, la que siempre me decía "te quiero" antes de dormir...

esa Inma se está desintegrando ante mis ojos, reemplazada por una desconocida que ha "dado la sorpresa" en la primera salida con sus compañeros de fábrica.

Aprieto los puños. La cuenta atrás para las 14:00 ha empezado.

Pero la rabia ya no es solo hacia ellos, la rabia, la más pura y dolorosa, es hacia ella.

Hacia esa mujer que, allá donde esté ahora mismo, está fingiendo estar trabajando mientras guarda en su cabeza la "sorpresa" que ha dejado a estos tipos tan impresionados.

Voy a terminar el turno, voy a ser el mejor trabajador de esta maldita fábrica, pero cuando ese reloj marque las dos, no va a haber "explicación paso a paso" que valga.

Camino hacia mi puesto, siento que cada paso sobre el suelo de la fábrica es un golpe seco contra mi propia dignidad.

Estoy cabreado, un cabreo sordo, denso, que me quema la garganta y me nubla el juicio.

A medida que me acerco a mi máquina, el destino —o mi mala suerte— me obliga a pasar por delante de la pecera.

Y allí está ella.

Inma. Con la melena suelta cayéndole sobre los hombros, con esos pantalones que le quedan perfectos, marcando ese culo que tanto he adorado.

Pero no es su cuerpo lo que me hace detener el paso en seco, es su cara.

Tiene una sonrisa de oreja a oreja, una luminosidad en los ojos que me resulta insultante.

¿Cómo puede estar así? Lleva veinticuatro horas sin dormir, envuelta en la mierda que me han contado y aun así brilla como si hubiera tenido la mejor noche de su vida.

Y entonces lo veo. José está dentro, pegado a ella. Sus cuerpos están demasiado cerca, con una confianza que no deberían tener en horario laboral. Se ríen de algo que no sé, un intercambio de complicidad que me hace hervir la sangre.

Inma levanta la vista. Sus ojos se encuentran con los míos a través del cristal.

El tiempo se congela. Durante una milésima de segundo, sé que me ha reconocido, que sabe perfectamente quién soy y qué llevo arrastrando desde el amanecer.

Pero, en lugar de bajar la cabeza o mostrar un atisbo de arrepentimiento, me aparta la mirada con una frialdad calculada, volviendo a centrarse en la risa de José.

Me doy la vuelta y sigo andando, con los dientes tan apretados que me duelen las encías. Llego a mi máquina y la encuentro parada, la cadena se ha salido, enganchada en un engranaje con un chirrido metálico espantoso.

—¡Joder, vaya mierda! —grito, dejando que todo mi odio salga en un alarido que resuena en toda la nave.

El resto del turno es una pesadilla, me paso las horas siguientes sudando, ajustando, tensando y reajustando la cadena, maldiciendo cada tornillo, cada tuerca, cada segundo que me mantiene atado a este sitio. Cada vez que miro hacia el pasillo, espero verla aparecer, pero ella ni se acerca.

Cuando por fin termina el turno, el sonido de la sirena es como una liberación.

Mi relevo llega con una sonrisa idiota, ignorando por completo el aura de muerte que me rodea.

Ni le saludo. Entro en la ducha, donde el agua hirviendo no hace más que aumentar la tensión de mis músculos.

Me cambio de ropa con movimientos bruscos, casi rompiendo las costuras del pantalón.

Salgo al parking. El aire frío de la tarde me golpea la cara, pero no consigue enfriar el fuego que tengo dentro.

Subo al coche, arranco y pongo rumbo a su casa.

El trayecto se me hace eterno. No hay música, no hay pensamientos, solo una cuenta atrás: el momento en que cruce su puerta y ella intente, por última vez, venderme una mentira que ya no voy a comprar.

Ella cree que vamos a hablar. No sabe que lo único que me queda por hacer es escuchar cómo se hunde en su propio relato antes de que yo tome el control de lo que queda de nosotros.