El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 21 Las ventanas abiertas
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CAPÍTULO 21 Las ventanas abiertas

En febrero, Beatrice regresó de su encargo con un día de retraso por el transporte. Había avisado en cuanto pudo. Nathaniel la recibió cansado de mirar el camino y contento de verla, sin convertir ninguna de las dos cosas en un reproche.

—Tengo las manos heladas —dijo ella al bajar—. Antes de que intentes besarme con ceremonia, necesito acercarlas a algo caliente.

Él se las puso bajo el abrigo, contra su pecho.

—Puedes empezar aquí. La ceremonia la dejamos para el sábado.

Beatrice se rio y lo besó igualmente. Había pasado el invierno trabajando, organizando el estudio y aprendiendo qué encargos convenía aceptar.

Algunos días fueron buenos; otros acabaron con las cuentas demasiado justas.

Nathaniel había tenido que posponer una compra del vivero.

Ninguna de aquellas decisiones había deshecho lo que preparaban juntos.

La boda fue pequeña. Alfred y Julia llegaron dos días antes, con equipaje suficiente para una visita más larga de la prevista.

Mabel se ocupó de unas pocas cosas y permitió que las demás salieran de una manera que no habría elegido ella.

Clara había confeccionado un vestido sencillo que Beatrice podría volver a ponerse.

Al probárselo por última vez, la fotógrafa levantó los brazos para comprobar que podía moverse.

—Si tuviera que fotografiar a alguien ahora, podría —dijo.

—Entonces tendrás que encontrar otra excusa para no trabajar el sábado —respondió Clara.

Beatrice prometió dejar la cámara guardada. Cumplió la promesa. No hubo un retrato de la ceremonia hecho por ella ni un intento de vigilar desde fuera la propia felicidad.

Nathaniel la vio entrar y dejó de pensar en quién estaba sentado a cada lado. La mano de Beatrice tembló al encontrar la suya. Él la sostuvo con la presión justa, y ella le devolvió una sonrisa que conservaría mejor que cualquier imagen.

La ceremonia transcurrió sin tropiezos importantes, aunque el anillo se resistió un instante a pasar por el nudillo de Nathaniel. Beatrice tuvo que empujarlo con el pulgar. Él la miró con una alarma tan impropia de aquel momento que ella estuvo a punto de reírse delante del ministro.

—Entrará —murmuró, solo para él—. No pienso abandonar ahora por una articulación.

Nathaniel bajó la cabeza para ocultar la sonrisa. Cuando le llegó el turno de responder, su voz sonó firme. Beatrice pronunció las palabras mirándolo, no porque hubiera olvidado que había otras personas, sino porque ninguna necesitaba recibir aquella promesa en su lugar.

Al salir, encontraron una lluvia fina que nadie había previsto.

Mabel había llevado dos paraguas. Alfred no encontraba el suyo y Julia se protegía el sombrero con un programa doblado.

Durante unos minutos, la puerta se llenó de personas decidiendo quién debía cruzar primero el tramo hasta los coches.

—Podemos esperar —dijo Nathaniel, acercándose a Beatrice bajo el alero.

—Lleva lloviendo desde que hemos firmado. No creo que el cielo esté aguardando una indicación tuya.

—Tengo una esposa desde hace cuatro minutos y ya está cuestionando mi autoridad sobre el tiempo.

—Conservo la experiencia de cuando solo era una fotógrafa contratada. Nunca te permití mandar sobre la luz.

Él se rio y le ofreció el brazo. Cruzaron bajo el paraguas de Mabel, demasiado pequeño para mantener seco el vestido. Beatrice levantó el bajo con una mano y Nathaniel recibió casi toda el agua en un hombro por inclinar la tela hacia ella.

—Te estás mojando —protestó.

—Tú llevas más tela.

—Esa no es una medida útil. Acércate y deja de intentar ser el tejado.

Beatrice se pegó a su costado y sujetó el mango con él. Llegaron riéndose al coche. Antes de subir, Nathaniel le limpió con los dedos una gota que le corría junto a la oreja. El gesto se detuvo un momento en su mejilla.

—Estás preciosa —dijo—. No he conseguido decírtelo dentro.

—Me has mirado de una manera bastante explícita.

—Quería decirlo también.

Beatrice le besó la palma. Mabel los apremió desde detrás, más preocupada por el frío que por concederles intimidad en mitad de la lluvia.

En el trayecto al Olmo, Nathaniel mantuvo la mano de Beatrice dentro de la suya.

El anillo nuevo le rozaba un dedo. Ella miró las calles conocidas a través del cristal empañado: la tienda de Clara, el desvío hacia el estudio, la esquina desde la que podía verse la cancela del vivero.

No se había casado para abandonar ninguna de aquellas puertas.

Había elegido con quién quería cruzarlas y a qué casa regresar después.

—¿En qué piensas? —preguntó él.

—En que el lunes abriré el estudio igual que siempre. Y, sin embargo, nada será exactamente igual.

Nathaniel aguardó por si había preocupación en la frase.

—¿Te parece bien?

—Sí. Si todo siguiera igual, casarnos habría sido una ceremonia muy cara para evitar una conversación. Solo necesito que el cambio no borre lo que ya funcionaba.

—El lunes te acompañaré hasta la puerta y después iré al vivero. Por la noche volveremos a encontrarnos.

—Eso me parece un buen comienzo.

Él levantó su mano y la besó junto al anillo. Beatrice apoyó la cabeza en su hombro húmedo, sin importarle la marca que pudiera dejar en el velo.

Después comieron en el Olmo. Alfred habló con Nathaniel de cosas ordinarias antes de encontrar un momento a solas.

—Mi hermana me ha contado que no intentas decidir sus encargos —dijo—. Lo mencionó como si fuera una cualidad poco frecuente. Me temo que había parte de la frase dirigida a mí.

Nathaniel sonrió.

—Yo también he tenido que aprenderlo. Todavía se me ocurren soluciones que no me ha pedido.

—Si quiere tu opinión, la pedirá. Lo difícil es recordar que puede quererla y no seguirla.

Se dieron la mano con una simpatía que no necesitó más explicaciones. Beatrice los encontró hablando de transportar equipo y les advirtió que no pensaba pasar su boda comparando cajas.

La tarde terminó temprano. Al llegar a casa, Nathaniel dejó el abrigo y se volvió hacia ella. Beatrice miró la habitación de delante, la mesa de sus papeles y el retrato de ambos. No había tenido que renunciar al estudio para dejar de sentirse de visita.

—Ahora sí he traído demasiadas cosas —dijo, señalando una caja junto a la escalera.

—Podemos abrirla mañana.

Ella le rodeó la cintura.

—Me gusta mucho que empieces el matrimonio diciendo eso.

Nathaniel la besó y la llevó hacia el fuego. La noche fue suya, sin invitados, sin tareas añadidas para hacerla memorable. Se encontraron con la alegría de haberse elegido delante de otros y el alivio de poder quedarse solos después.

El primer domingo que Alfred y Julia pasaron con ellos después de la boda, Nathaniel preparó el desayuno demasiado temprano. Cuando Beatrice bajó, lo encontró mirando una cafetera y dos platos como si hubieran incumplido una promesa.

—Siguen durmiendo —dijo ella—. Puedes sentarte conmigo. El pan no va a ofenderse porque lo coman más tarde.

—Pensé que tendrían hambre después de acostarse pronto. En mi casa siempre se desayunaba antes de salir.

—Hoy no tienen que salir a ninguna hora. Tú tampoco. No hace falta que conviertas a nuestros invitados en trabajadores del vivero para saber cómo recibirlos.

Nathaniel dejó la cafetera y se sentó. Beatrice le sirvió una taza antes de sentarse a su lado. Llevaba un vestido de casa y el cabello recogido sin cuidado; él le retiró de la manga una hebra que no era suya.

—Esto me gusta —dijo—. Encontrarte aquí sin preguntarme si tienes que volver a cambiarte.

—Todavía tengo que vestirme mejor para salir. Casarme contigo no ha resuelto todos mis problemas de ropa.

—Podríamos quedarnos en casa hasta que termine de llover. Alfred dijo que quería ver el vivero, pero tendrá que aceptar el barro.

—Lo aceptará si no le pides que lo disfrute. Julia quiere ir al estudio. Me ha escrito una lista de preguntas que no tienen nada que ver con las cuentas; estoy deseando enseñárselo sin que nadie calcule cuánto falta para amortizar la mesa.

Nathaniel le tomó la mano bajo el borde del mantel.

—¿Te agobia que te pregunte por eso?

—A veces. Llevo todo el día pensándolo y me cuesta seguir al llegar a casa. Si llego contenta con una fotografía y me preguntas cuántas copias han encargado, siento que la imagen tiene que defender su existencia antes de enseñártela.

Él la miró con atención.

—No me había dado cuenta. Pensaba que estaba preguntando por lo que te preocupa. Puedo dejarte empezar por lo que quieras contarme.

—También me gustaría que me enseñaras trabajos tuyos que no salen a la primera —dijo Beatrice—. Casi siempre me cuentas lo que ya has decidido. Yo te llevo mis dudas encima de la mesa y tú intentas resolver las tuyas antes de entrar en casa.

—Puedo hacerlo. Tendrás que escucharme hablar de cosas que todavía no entiendo bien ni yo. Me da vergüenza empezar una explicación y descubrir que estaba equivocado a mitad.

—Puedes equivocarte sentado conmigo. No pienso cobrarte por el tiempo que tarde en quedar claro.

—Y yo puedo decirte si esa noche no quiero hablar de dinero. No tienes que adivinarlo. He pasado años esperando que otras personas entendieran lo que no les explicaba.

La conversación se interrumpió cuando Julia bajó, disculpándose por la hora. Nathaniel se levantó para servirle y ella le pidió que se quedara sentado.

—Puedo servirme. Beatrice me ha contado que estás aprendiendo a dejar que la gente encuentre una taza sin llevarla tú de una habitación a otra.

—Mi mujer está difundiendo demasiadas noticias sobre mis costumbres.

Beatrice se rio. Julia se sentó enfrente y les preguntó por la boda ya pasada, por las cosas que habían disfrutado y por las que no echarían de menos volver a organizar. Hablaron hasta que Alfred apareció buscando café.

Más tarde, Beatrice y Julia fueron al estudio. La fotógrafa abrió las ventanas, mostró las copias preparadas y dejó que su cuñada recorriera el cuarto sin empezar a explicar qué le faltaba.

—Es un lugar tuyo —dijo Julia—. En las cartas se nota, pero aquí se entiende mejor. Alfred habría querido darte eso en Bath. Creo que está aprendiendo que ofrecer algo tarde no obliga a la otra persona a seguir queriéndolo igual.

—Me preocupaba que se sintiera rechazado. Le he dicho muchas veces que su propuesta era buena. No quería que pensara que he venido aquí para alejarme de él.

—Lo sabe. También le ha costado dejar de imaginar que vas a llamar a su puerta cada mañana. Puedes echarlo de menos sin volver al mismo puesto. Él puede estar orgulloso y triste un rato. Le viene bien descubrir que no todo lo que siente necesita una solución inmediata.

Beatrice apoyó la mano en la mesa, emocionada por una comprensión que no había tenido que defender.

—Me gustaría que vinierais otra vez en verano. Para quedaros, no solo para comprobar que estoy bien. Podemos salir algún día y dejar a Nathaniel y Alfred discutir sobre cajas si les hace ilusión.

Julia aceptó, sonriendo. Se quedaron un rato mirando retratos antes de regresar a la casa.

Aquella noche, después de despedir a sus invitados, Beatrice enseñó a Nathaniel una copia que le gustaba especialmente. Él la miró durante bastante tiempo antes de preguntar nada.

—¿Qué es lo que más te gusta de ella? —dijo al fin.

Beatrice levantó los ojos y sonrió. Se sentó a su lado, apoyó la cabeza en su hombro y empezó a contárselo.

La primavera llegó con trabajo. El catálogo había traído consultas y algunos pedidos, suficientes para justificar el gasto sin transformar el vivero de un día para otro.

Pike podía encargarse de una parte mayor de las tareas.

Mabel conservó dos tardes libres y dejó de anunciarlas como si fueran una excepción.

En el estudio, Beatrice aprendió que los días de lluvia no siempre eran malos: algunas personas aprovechaban para retratarse porque no podían trabajar fuera. También descubrió que prometer una entrega a todos para el viernes era una forma muy eficaz de no dormir el jueves.

Una tarde llegó a casa antes que Nathaniel. Abrió la ventana de la cocina y puso agua al fuego. Él entró, sintió la corriente y se quedó mirándola.

—Cinco minutos —dijo Beatrice antes de que hablara.

Nathaniel levantó el reloj que llevaba en el bolsillo, fingiendo comprobar la hora. Ella le lanzó un paño y él lo atrapó, riéndose.

No todos los desacuerdos fueron tan fáciles.

Hubo una semana en que Nathaniel volvió tarde tres noches y otra en que Beatrice se llevó trabajo a la mesa hasta ocupar el sitio de los dos.

Lo hablaron con cansancio, a veces con menos paciencia de la deseable.

Al día siguiente corrigieron lo que podían y continuaron.

El problema del catálogo apareció en abril. Un cliente interpretó mal el tamaño de unos ejemplares y reclamó por carta. Nathaniel llegó con el sobre en la mano, dispuesto a atribuirse toda la culpa. Beatrice leyó el texto impreso y señaló una frase ambigua.

—La imagen no permite distinguirlo bien. El texto tampoco ayuda. Podemos aclararlo en las próximas copias y responderle con las medidas exactas.

—Tendré que ofrecerle una solución para el pedido que ya tiene.

—Sí. Pero no hace falta que decidas que todo el catálogo ha sido un error. Mira las otras respuestas antes de condenarlo entero.

Nathaniel apoyó las manos sobre la mesa. Era un consejo que él le había dado durante el invierno. Reconocerlo le quitó parte del enfado.

Escribieron una aclaración para Pritchard, cada uno desde su oficio. Nathaniel se ocupó del cliente. Beatrice volvió al estudio al día siguiente y encontró dos nuevas reservas sobre el mostrador. La vida seguía produciendo trabajo después de los errores.

Una mañana de mayo, Beatrice cerró el estudio durante una hora para ir a buscar a Nathaniel. Él la encontró en la entrada del vivero, con una carta abierta.

—Me han ofrecido un encargo en la costa —dijo—. En junio. Quieren imágenes de una casa de huéspedes y su jardín. Son varios días.

Nathaniel leyó la carta. El trabajo encajaba con lo que ella quería hacer desde el principio. También implicaba una ausencia más larga que las anteriores.

—¿Vas a aceptarlo?

—Quiero hacerlo. Y quería preguntarte si te gustaría venir conmigo una parte del viaje. Tendré horas de trabajo; no voy a fingir que son vacaciones enteras. Pero podríamos quedarnos un par de días después.

Él miró hacia la nave donde Pike estaba explicando algo a uno de los hombres contratados. Mabel tenía previstas sus tardes y los pedidos de junio ya podían organizarse.

—Déjame mirar las fechas —dijo—. No para encontrar una excusa. Para ver cómo puedo hacerlo.

Beatrice le tomó la mano. Nathaniel la besó allí mismo, delante de la cancela, y volvió a la oficina con una pregunta distinta de las que había usado toda su vida: qué tendría que dejar preparado para poder salir.