El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 20 Lo que sí podían prometer
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CAPÍTULO 20 Lo que sí podían prometer

Nathaniel no llevó a Beatrice a ningún lugar especial. La esperaba en la casa, con el fuego encendido y una tarde que había dejado libre por primera vez sin necesitar una excusa de trabajo. Ella llegó con el sombrero torcido por el viento y se detuvo al verlo tan serio junto a la mesa.

—Espero que no hayas vuelto a dibujar el armario —dijo—. Ayer me pareció que habíamos avanzado bastante.

Él sonrió y le quitó el abrigo. Después la besó, demorándose lo suficiente para que Beatrice dejara de preguntarse si había ocurrido algo malo.

—Quiero casarme contigo —dijo al separarse—. Podría haberte llevado a pasear, pero esta es la casa donde quiero vivir contigo. Me parecía mejor empezar aquí.

Beatrice permaneció quieta, con las manos sobre sus brazos. Había imaginado la pregunta; oírla le produjo una emoción más física, un temblor que le llegó a los dedos antes de encontrar palabras.

Nathaniel continuó sin soltarla.

—Te quiero. Quiero compartir las mañanas, los días en que salgas a trabajar fuera y los que pasemos demasiado cansados para hacer otra cosa que cenar. No puedo prometer que vaya a acertar siempre. Ya has tenido ocasión de comprobarlo. Pero quiero seguir aprendiendo contigo.

Ella soltó una risa húmeda y se llevó una mano a la mejilla, molesta por llorar cuando había tantas cosas que quería decir.

—Sí —respondió—. Quiero casarme contigo. Y quiero seguir teniendo mi estudio y mis viajes y poder volver a esta casa sin sentir que son vidas distintas.

—Eso es lo que te estoy pidiendo. Que volvamos aquí los dos, con lo que hayamos hecho durante el día.

Beatrice lo abrazó. Nathaniel la sostuvo contra su pecho, cerrando los ojos. Había esperado la respuesta con una esperanza que no le había quitado el miedo. Ahora podía sentirla reír entre sus brazos.

—Tenía más cosas preparadas —admitió él.

—Puedes decírmelas después. Ahora quiero besarte antes de que empieces a hablar de fechas.

Lo hizo retroceder un paso y lo besó con ambas manos en su cara. Nathaniel la atrajo por la cintura. Se separaron solo cuando Beatrice empezó a reírse otra vez, incapaz de mantener la seriedad que él no le estaba pidiendo.

La caja del anillo seguía en su bolsillo. Nathaniel la sacó y se la mostró, con una inseguridad que a ella le resultó entrañable.

—Podemos cambiarlo si no te resulta cómodo. He elegido uno sencillo porque trabajas con las manos, pero no sé si he acertado con la medida.

Beatrice dejó que se lo pusiera. El anillo entró bien, aunque tendría que comprobarlo al trabajar.

—Me gusta. Si necesito ajustarlo, lo ajustaré. No habrá significado nada terrible.

Nathaniel soltó una risa. Ella le besó la mano antes de entrelazar sus dedos.

Hablaron de la boda sentados junto al fuego. Beatrice quería tiempo para que Alfred y Julia pudieran ir. Nathaniel quería una celebración pequeña. Ninguno deseaba convertir la fecha en una prueba de cuánto se querían.

—A finales de febrero —propuso ella—. Después del encargo que tengo fuera. Así podré volver con el trabajo terminado y no pasarme la víspera pensando en placas.

—Me parece bien. Tendremos tiempo de prepararlo sin alterar el invierno entero.

—Y no quiero que de pronto todo el mundo decida que debo comprar una casa distinta o dejar el estudio. Habrá quien lo pregunte con muy buena intención.

Nathaniel le acarició los dedos, deteniéndose en el anillo.

—Responderemos lo que ya sabemos. Viviremos aquí y seguirás trabajando. Lo demás pueden preguntarlo todas las veces que quieran.

Beatrice lo miró con una seriedad nueva.

—También tenemos que hablar de hijos. No quiero que demos por hecho que los dos imaginamos lo mismo.

Él asintió. La pregunta merecía tiempo, no una respuesta pronunciada por la alegría de la propuesta.

—Me gustaría tenerlos, si los dos lo queremos. También me gusta la vida que estoy imaginando contigo aunque no los tengamos. No estoy casándome para completar una casa que considere vacía.

—Yo no lo sé todavía. Puedo imaginarlo contigo de una forma que antes me costaba. Pero quiero que esa conversación siga abierta y que no convierta cada mes en una espera.

—Podemos volver a hablarlo. Sin tratar tu duda como una promesa pendiente.

Beatrice le apretó la mano. Le gustó que el futuro no tuviera que quedar completamente decidido para elegirlo. Permanecieron un rato callados, escuchando el fuego.

Beatrice giró el anillo con cuidado, probando cómo se sentía al cerrar la mano. Nathaniel la observó hasta que ella se dio cuenta.

—No estoy pensando en quitármelo —dijo—. Estoy pensando en el trabajo. Puede que algunas horas lo guarde para no dañarlo. Me gustaría que eso no se convirtiera en una pregunta cada mañana.

—Yo tendré que hacer lo mismo con el mío. No quiero que acabemos defendiendo una joya mientras estropeamos una mano.

Ella sonrió y le besó los nudillos.

—Todavía me sorprende poder hablar de estas cosas sin que alguien diga que estoy quitándole importancia a la boda. Me importa mucho. Precisamente por eso quiero poder imaginarme al día siguiente haciendo algo más que mirar el vestido.

—¿Qué quieres hacer al día siguiente?

Beatrice pensó un momento antes de responder.

—Despertarme sin tener que comprobar si he traído la ropa que necesito. Desayunar contigo. Salir si hace buen tiempo y volver si no. Quizá parezca poco para después de una boda.

—A mí me parece una buena mañana. Yo quiero dejar de contar cuántas horas faltan para que tengas que volver a la posada. Aunque luego pases la tarde en tu estudio, sabré dónde vas a dormir porque lo habremos elegido los dos.

Beatrice le apoyó la mano en el pecho. Había en aquel deseo una vulnerabilidad que él ya no intentaba vestir de preocupación por el camino o por la hora.

—Me gusta que quieras eso. Yo también quiero tener una casa contigo. Y me gustaría que hubiera un lugar para Alfred y Julia cuando vengan, aunque tengamos que apretarnos un poco.

—La habitación pequeña puede servir. Habrá que sacar unas cajas. Esta vez sí tendré una razón para no seguir guardándolas.

—Podemos hacerlo juntos. Y después tendrás que aceptar que una visita cambie nuestras costumbres durante unos días. Mi hermano se levanta tarde cuando no trabaja. No pienso despertarlo porque tú ya estés vestido.

Nathaniel se rio, con una resignación que no llegó a ser queja.

—Mabel disfrutará comprobando que alguien puede quedarse en la cama sin que ocurra nada. Yo procuraré no pasar por delante de la puerta con las botas haciendo ruido.

Beatrice le dio un beso breve y volvió a apoyarse en él. El futuro iba adquiriendo voces ajenas, una habitación para invitados, mañanas que no podían organizarse todas de la misma manera. Le agradó verlo crecer sin convertirse en una lista de renuncias.

Después escribieron a Alfred y a Mabel. La carta de su hermana podía haberse sustituido por una visita, pero Nathaniel quiso darle una invitación que pudiera guardar.

Beatrice lo observó buscar una hoja limpia y sintió una ternura repentina por aquel hombre que empezaba a conservar también las cosas felices.

La noticia llegó al pueblo antes de que ellos acabaran de comunicarla.

Hester felicitó a Beatrice y le recordó que la habitación seguiría disponible hasta la fecha acordada.

Clara le preguntó qué quería ponerse, sin suponer que un vestido de novia debía obedecer a una sola idea.

Elias estrechó la mano de Nathaniel y después le dio un abrazo breve que ninguno comentó.

Mabel leyó la carta delante de su hermano. Al terminar, se quitó las gafas.

—Voy a ir, aunque hayas tenido la ocurrencia de invitarme como si no fuera a enterarme de otra forma.

—Quería que tuvieras la carta.

Ella la dobló con cuidado.

—La guardaré. Y estoy muy contenta por vosotros. Ahora tendrás que aprender a discutir con dos mujeres que se hablan entre ellas.

Nathaniel sonrió.

—Creo que ya lo estaba haciendo.

Esa noche, Beatrice volvió a la casa después de escribir a Julia por separado. Traía en las manos el frío del camino y las mejillas encendidas por el aire. Nathaniel le desabrochó el abrigo y ella se quedó junto a él, sin moverse hacia el fuego.

—He dicho que sí tantas veces hoy que me apetece recordarte a qué se lo he dicho primero —murmuró.

Él le besó los dedos, uno por uno, antes de buscar su boca. Beatrice le rodeó el cuello y lo atrajo hacia sí. La noche tuvo una alegría distinta de las anteriores: se conocían lo suficiente para abandonarse al deseo sin perder la atención, y todavía había gestos capaces de sorprenderlos.

Más tarde, en la cama, Beatrice sostuvo la mano del anillo bajo la luz. Nathaniel la observó hasta que ella se dio cuenta y sonrió.

—Me acostumbraré —dijo—. Ahora mismo sigo mirándolo cada vez que muevo los dedos.

—Espero que también me mires a mí alguna vez.

Ella se volvió sobre la almohada y le acarició la cara.

—Voy a mirarte muchos años, si tú quieres.

Nathaniel cerró los ojos bajo su mano antes de besarla. No necesitó responder con una promesa más grande. Se quedó abrazándola mientras el fuego de abajo se apagaba y la casa recuperaba su silencio de noche, habitado ahora por los dos.