CAPÍTULO 19 A nombre de Beatrice Ward #2
Beatrice miró la imagen. Las manos estaban unidas, pero la hija sostenía a su madre con tanta claridad como la madre a ella.
—Puede preguntarle qué ve Rose. A lo mejor no está viendo lo mismo que usted.
Hester llamó a su hija. La joven se acercó y escuchó la pregunta con una sorpresa que acabó en una sonrisa.
—Veo que estás sentada —respondió—. Que no has aprovechado para levantarte a hacer otra cosa. Me gusta que tengamos una fotografía de una mañana en que estuvimos juntas sin servir a nadie.
Hester permaneció callada. Después se ajustó el delantal que llevaba aquella tarde y decidió que el marco estaba bien en el centro.
Beatrice las dejó solas. Nathaniel la recibió al otro lado de la sala, donde había terminado de colocar el retrato de Clara y Elias.
—¿Todo bien?
—Sí. Acaban de recordarme una razón por la que me gusta este oficio. A veces veo manos o una cara. Después las personas encuentran algo que yo no sabía que estaba guardando.
Nathaniel miró su propio retrato, apoyado sobre una mesa a petición de ella.
—A mí me pasa con ese. No recuerdo todos los días que puedo tener esa expresión. Me resulta útil verla cuando estoy convencido de que llevo toda la semana preocupado.
Beatrice le acarició la manga.
—No quiero que tengas que parecer contento siempre que te miro. También me gustas cansado. Aunque algunas tardes me gustaría que te sentaras antes de decidir que todavía puedes hacer otra cosa.
—Hoy pienso sentarme cuando tú termines. Me has hecho prometer que no respondería por ti a los clientes, así que tendré tiempo de comprobar qué sirven para cenar.
Ella sonrió y le arregló el cuello con un gesto breve. Nathaniel le besó la mano antes de que pudiera retirarla.
—Estoy nerviosa —admitió Beatrice—. Hay personas que solo vienen a mirar, y sé que tienen derecho, pero cada vez que alguien pregunta el precio intento no contar las monedas antes de que responda.
—No tienes que venderles una sesión a todos. Hoy ya tienen un lugar al que volver cuando quieran una. Puedes dejar que miren.
Beatrice respiró despacio. Al otro lado de la puerta empezaban a oírse voces. Nathaniel se apartó, dejándole el espacio para recibir a las primeras personas.
Ella se quedó un segundo con la mano en el marco de la entrada. Después abrió del todo y saludó a una mujer que traía a dos niños bien peinados, convencidos de que iban a retratarlos en ese mismo instante. Beatrice se agachó para explicarles que aquella tarde podían moverse cuanto quisieran.
La tarde transcurrió sin discursos. Algunas personas se reconocieron, otras preguntaron precios y unas cuantas se acercaron solo por curiosidad. Beatrice explicó su trabajo, aceptó encargos que podía cumplir y rechazó una fecha imposible sin ofrecer tres excusas.
Nathaniel la observaba desde un lado de la sala.
Llevaba el vestido azul oscuro que Clara le había ajustado y hablaba con las manos cuando necesitaba explicar una postura.
Él recordó la primera mañana, el pan compartido en un cuarto vacío.
Ahora la veía recibir a sus clientes en un espacio que empezaba a pertenecerle de otra manera.
Clara se acercó con una taza.
—Está contenta —dijo.
—Mucho. Ayer firmó el alquiler.
—Me lo ha contado. Elias dice que la ayudaste a llevar las cajas sin decidir dónde debía colocarlas. Lo ha mencionado como si fuera una hazaña profesional.
Nathaniel se rio.
—Estoy descubriendo que hay trabajos que salen mejor si no intento dirigirlos.
Clara le entregó la taza y volvió junto a su marido. No necesitó aconsejarle nada más.
Al terminar, Beatrice encontró a Nathaniel guardando un marco. Se apoyó en su brazo con un cansancio feliz.
—Han encargado siete sesiones. No todas para esta semana. Una mujer ha preguntado si puedo fotografiar a su marido sin que parezca enfadado, pero todavía no le he prometido resultados.
—Quizá debas conocerlo antes.
—Eso le he dicho. También ha llegado una reserva de fuera para febrero. Pritchard ha dejado la nota con Hester.
Nathaniel miró el papel que ella sostenía.
—¿Quieres aceptarla?
—Sí. Si el precio y el viaje encajan. Me gusta tener algo previsto más allá del invierno.
Él le besó la sien.
—Entonces hablaremos de febrero cuando hagamos las cuentas. Esta noche puedes disfrutar de noviembre.
Beatrice sonrió y le ayudó a recoger el último marco. Se marcharon juntos después de agradecer a Hester la sala. La noche estaba fría y Nathaniel le ofreció el brazo antes de que ella pudiera meterse las manos en los bolsillos.
En el estudio dejaron los retratos y cerraron la puerta. Beatrice se quedó mirando las llaves sobre la palma. Nathaniel esperó, apoyado junto al marco de la entrada.
—Tengo miedo de que dentro de un mes no haya nadie —admitió ella—. He estado contenta toda la tarde y ahora me acuerdo de todos los días que todavía no están pagados.
—Es probable que algunos sean malos. No tienes que convertirlos en una sentencia sobre todo lo demás.
Beatrice levantó la vista.
—Hoy necesito que me recuerdes eso. Mañana puedo ocuparme yo.
Nathaniel la abrazó. Ella apoyó la cara en su abrigo y dejó que el miedo conviviera un rato con la alegría sin obligarse a expulsarlo.
—Estoy orgulloso de ti —dijo él—. Me gusta verte decidir qué quieres hacer con los encargos que lleguen. Hoy has tenido que responder muchas veces y te he visto mantener lo que querías.
Beatrice se apartó lo justo para mirarlo.
—Puedes estar orgulloso también de las siete. A mí me han venido estupendamente.
Él se rio y la besó. Caminaron después hacia su casa, con las llaves del estudio en el bolsillo de ella y el retrato de pareja protegido bajo el brazo de Nathaniel.
Al llegar, él lo colocó en la habitación de delante, donde Beatrice había elegido dejar una mesa para sus papeles. Ella apoyó la mano en su espalda mientras ambos miraban la copia.
—Me gustaría quedarme aquí de verdad —dijo—. Ya no hablo de esta noche.
Nathaniel se volvió hacia ella. Había preparado muchas respuestas durante semanas. En aquel momento solo necesitó tomarle la mano y decirle que quería preguntarle algo al día siguiente, cuando pudieran disponer de la tarde entera.