El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 19 A nombre de Beatrice Ward
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CAPÍTULO 19 A nombre de Beatrice Ward

La pluma dejó una pequeña acumulación de tinta al principio de la firma. Beatrice esperó a que secara antes de doblar su copia. Había escrito su nombre completo, con una letra que le pareció más firme de lo que se sentía.

La dueña del local le entregó las llaves.

—La pequeña es la del cuarto del fondo. La otra abre la calle. Si cambia alguna cerradura, avíseme antes.

—Lo haré. Y le mandaré la nota del hombre que revise la chimenea, como hemos acordado.

La mujer asintió. Nathaniel no había ido a la firma; estaba recibiendo una entrega que no podía aplazar. Beatrice agradeció haber podido hacer aquello sola y, en cuanto guardó los papeles, deseó verlo.

Abrió la puerta del estudio desde dentro y permaneció un momento en el umbral. El local no tenía todavía cartel. La ventana mostraba una cortina provisional, una silla y un marco vacío. Nada indicaba que una mujer hubiera pasado semanas calculando si podía permitirse aquel espacio.

Sacó una hoja y escribió el horario de visitas, con la advertencia de que algunos días trabajaría fuera por encargo. La fijó donde pudiera leerse desde la calle. Después entró a ordenar el cuarto que usaría para revelar.

La primera persona que llamó fue Rose.

—Mi amiga quiere un retrato con su hermana —dijo—. He traído su nombre y las tardes que pueden. No les he prometido el precio; me acordé de lo que nos explicó.

Beatrice recibió la nota con una alegría que intentó no convertir en entusiasmo desmedido.

—Les escribiré. Y gracias por no prometerles que puedo hacerlo todo antes del domingo.

—Mi madre me ha enseñado bastante sobre eso. La gente cree que una recomendación incluye el derecho a saltarse las fechas.

Rose recorrió el local con la mirada. Se detuvo ante el retrato de Nathaniel y Beatrice, apoyado junto a la ventana.

—Ese me gusta. Sale distinto que cuando viene a preguntar por las plantas del patio.

—Estaba pensando en otra cosa.

Rose sonrió sin preguntar cuál. Beatrice la acompañó hasta la puerta y, al volver al cuaderno, anotó el primer encargo recibido en su propio estudio.

La sesión quedó fijada para el jueves. Las hermanas llegaron diez minutos antes, acompañadas por una madre que traía opiniones para las dos.

La mayor, Edith, quería estar de pie. La menor, Frances, prefería una fotografía sentada porque decía que sus manos nunca sabían qué hacer cuando quedaban colgando.

Su madre pidió primero que intercambiaran los vestidos y después quiso colocar entre ellas un jarrón que había llevado envuelto en una toalla.

Beatrice recibió el objeto y lo dejó sobre la mesa sin prometer que aparecería en la imagen.

—Antes de decidir nada, quiero verlas juntas junto a la ventana. ¿El retrato es para alguien?

—Para nuestro padre —respondió Edith—. Cumple sesenta años.

—Y le gustan las flores —añadió la madre, señalando el jarrón.

Frances miró a su hermana. Beatrice reconoció una conversación anterior en aquel gesto.

—Le gustan en el jardín —aclaró Edith—. El jarrón era de nuestra abuela.

—Podemos hacer una composición con él y otra sin él. Primero necesito saber cómo queréis veros vosotras.

La madre abrió la boca. Beatrice acercó dos sillas y pidió a las jóvenes que se colocaran como lo harían si estuvieran esperando juntas en casa. Edith se sentó al borde. Frances permaneció de pie detrás y apoyó una mano en el respaldo. La postura les quitó parte de la rigidez.

—Así está mejor —dijo Frances—. Siempre se sienta ella primero.

—Porque tú das tres vueltas antes de escoger un sitio.

—Y aun así acabas queriendo mi silla.

Las dos se miraron. Beatrice vio aparecer una expresión compartida, todavía demasiado móvil para la placa, pero útil para saber qué debía conservar.

—No quiero que dejéis de hablar —dijo mientras ajustaba la cámara—. Os avisaré cuando necesite que permanezcáis quietas. Señora Bell, ¿puedo pedirle que espere junto a la mesa? Si se coloca detrás de mí, buscarán su cara en lugar de mirarse entre ellas.

La madre aceptó con cierta resistencia. Durante la siguiente media hora, Beatrice alternó indicaciones con silencios.

Descubrió que Frances apretaba los dedos cuando intentaba mantenerlos inmóviles y le dio una cinta del sombrero para que la sostuviera.

Edith inclinaba la barbilla cada vez que su madre corregía el cuello del vestido.

Beatrice pidió un descanso, arregló la tela sin comentario y volvió a colocarlas.

La primera toma incluyó el jarrón. Para la segunda, la madre bajó a comprar una cinta que consideraba imprescindible. En cuanto la puerta se cerró, las hermanas soltaron el aire a la vez.

—La queremos mucho —dijo Edith—. Pero lleva una semana organizando cómo debemos regalarle algo a nuestro padre.

—Podemos esperar a que vuelva.

—No —respondieron ambas.

Beatrice contuvo una sonrisa.

—Entonces vamos a usar bien el tiempo. Frances, siéntate esta vez. Edith, ponte a su lado, no detrás. Busco una postura que no parezca una variación de la anterior.

Trabajaron con rapidez. Cuando la madre volvió, la segunda placa estaba guardada. Beatrice no aseguró que fuera la mejor; explicó cuándo podrían ver las pruebas y cobró el depósito acordado. La señora Bell intentó pagar el total.

—Prefiero que vea primero lo que va a elegir —dijo Beatrice—. Así sabremos cuántas copias quiere y cuánto falta exactamente.

—Confío en Rose.

—Yo también. Pero Rose no debe decidir qué fotografía quiere usted ni cuánto papel necesitaré.

La mujer guardó parte del dinero y aceptó el recibo. Antes de marcharse, Frances se volvió desde la puerta.

—¿Podría hacer una copia pequeña de la segunda solo para nosotras?

—Si la placa ha quedado bien, sí. Lo anotaré como una posibilidad hasta verla.

Cuando se quedó sola, Beatrice cerró con llave y llevó los chasis al cuarto trasero.

Preparó los líquidos despacio. Conocía el proceso, pero aquella era la primera vez que cada movimiento ocurría en un espacio alquilado a su nombre.

El agua corrió demasiado fría; tuvo que templarla y revisar el tiempo.

La imagen apareció bajo sus manos con la lentitud de siempre.

En la primera, el jarrón ocupaba más de lo que merecía y Edith miraba ligeramente hacia la izquierda, atenta quizá a la voz de su madre.

Era correcta. La segunda tenía otra vida.

Frances sostenía la cinta con naturalidad; Edith se inclinaba hacia ella sin darse cuenta.

Las dos parecían a punto de compartir una observación que el padre reconocería.

Beatrice apoyó la copia de prueba y se permitió sentarse. No había nadie para celebrar el resultado ni para asegurarle que aquello anunciaba años de prosperidad. La satisfacción no necesitó ninguna de las dos cosas.

Nathaniel llamó poco después del cierre. Llevaba pan, queso y una pequeña caja de clavos que había comprado para colgar el cartel. Beatrice abrió con los dedos aún manchados.

—¿Ha ido bien? —preguntó él.

Ella lo hizo pasar y le enseñó primero el recibo, luego la sala revuelta y por último la prueba.

—Esta es la que quiero que escojan —dijo—. No puedo decidir por ellas, pero he sabido que era la buena antes de terminar.

Nathaniel sostuvo el papel por los bordes, tal como ella le había enseñado.

—Parecen conocerse mucho.

—Se quieren y se irritan con la precisión de quien ha compartido dormitorio. La madre quería el jarrón. Puede que el padre también lo prefiera.

—¿Eso te molestaría?

—Un poco. Después cobraría la copia elegida y conservaría lo que he aprendido para la siguiente. Mi oficio no consiste en ganar todas las discusiones.

Nathaniel le devolvió la prueba.

—He traído cena por si habías olvidado comer.

—No lo había olvidado. Había decidido terminar antes. Es una diferencia importante y bastante pequeña.

Comieron sobre la mesa usada, apartando el cuaderno de citas. Beatrice le contó cada dificultad de la sesión, incluida su tentación de esconder el jarrón. Nathaniel no intentó convertir un encargo en una previsión anual. Cuando ella acabó, señaló la pared sobre la puerta.

—¿Quieres poner hoy el cartel?

Beatrice miró la hora. Estaba cansada y todavía tenía que limpiar el cuarto.

—Mañana. Hoy quiero cerrar sabiendo que no tengo que terminarlo todo para merecer la llave.

Nathaniel guardó los clavos. La ayudó a llevar un cubo, esperó mientras ella comprobaba los armarios y salió detrás. Beatrice cerró desde la calle. El sonido de la cerradura le produjo menos miedo que aquella mañana.

Hester ofreció la sala del Olmo para mostrar algunos retratos una tarde. Beatrice eligió pocas imágenes y pidió permiso a cada persona antes de exponerlas. Clara y Elias aceptaron; Hester tuvo que discutir consigo misma si prefería la copia con delantal. Al final escogió esa y Rose no protestó.

Nathaniel ayudó a colocar los marcos, siguiendo las indicaciones de Beatrice. Mabel llegó con unas tarjetas donde figuraban el nombre y la dirección del estudio. La fotógrafa las examinó, sorprendida.

—Te las cobraré al coste —aclaró Mabel—. Pritchard las ha preparado con lo que sobraba de otro trabajo. No son un regalo que tengas que agradecer durante el invierno.

—Entonces las acepto con mucho gusto. Y te pagaré antes de que Nathaniel intente esconder la cuenta.

Él levantó las manos desde el otro extremo de la mesa.

—He aprendido a no intervenir en conversaciones que podéis terminar sin mí.

—A ratos —replicó su hermana.

Antes de abrir la sala, Hester pidió a Beatrice que se acercara a la fotografía donde aparecía con Rose. Se quedaron las dos frente al marco mientras Nathaniel ajustaba otra imagen al fondo.

—Mi hija quiere que esta sea la que vean —dijo Hester—. Yo también la prefiero, aunque ayer dije que el delantal me hacía parecer cansada.

—Está cansada en algunos momentos del día. No creo que la fotografía lo convierta en lo único que se ve.

Hester se frotó una mano con la otra, incómoda bajo una atención a la que no estaba acostumbrada.

—Me veo agarrándola. No me había dado cuenta de que lo hacía así. Rose tiene veinticuatro años y sigo cogiéndola como si pudiera perderse al cruzar la calle.