CAPÍTULO 18 Hacer sitio de verdad
Nathaniel había dibujado la casa en una hoja de pedidos. Beatrice lo descubrió al sentarse y se quedó mirando los rectángulos que representaban habitaciones, con una mezcla de ternura y prevención.
—Dijimos que hablaríamos —recordó.
—Es para recordar dónde cabe cada cosa. No he encargado ninguna obra.
Ella tomó el papel. Había una mesa para sus cuentas junto a la ventana, un espacio para libros y una anotación sobre el armario del dormitorio. Nathaniel había pensado incluso dónde dejaría el material cuando volviera tarde de un viaje.
Beatrice apoyó la hoja sobre la mesa.
—Esto me gusta. Pero antes necesito que hablemos de algo que no cabe en el dibujo.
Él se sentó, dispuesto a escuchar.
—¿Qué necesitas?
—Que no demos por hecho que, porque yo trabaje cerca, tendré más tiempo para ocuparme de la casa. Habrá días en que esté aquí antes y otros en que vuelva después. Quiero poder cerrar el estudio y descansar sin encontrar una segunda jornada esperándome por costumbre.
Nathaniel observó el plano. No había dibujado la limpieza ni las comidas. Se dio cuenta de que, si no hablaban de ellas, quedarían repartidas por hábitos que ninguno había elegido juntos.
—Ahora pago ayuda una mañana por semana —dijo—. Podemos mantenerla. Yo cocino lo que sé, y lo demás tendremos que aprender a repartirlo. No espero que lleves mi ropa ni mis cuentas.
—Tus cuentas las lleva Mabel. No pienso quitárselas aunque ella intente ofrecérmelas con un lazo.
Nathaniel se rio.
—Mabel preferiría contratar a alguien que pudiera discutirle las sumas. Dice que yo las acepto demasiado pronto cuando quiero marcharme.
Beatrice se inclinó hacia el plano.
—También necesito un lugar donde dejar papeles sin que se convierta en una señal de que estoy descuidando la mesa. Soy ordenada con las placas. Con lo demás tengo menos talento.
—Eso ya lo he visto. Puedes tener esa mesa y un cajón. Si necesitas más, quitaremos algo mío. La habitación de delante no tiene que seguir esperando una función.
Ella le tocó la mano.
—No hace falta que vacíes una casa para que yo pueda entrar. Quiero saber qué necesitas tú.
Nathaniel pensó durante un rato. Le resultaba más fácil imaginar lo que podía ofrecer que reconocer una necesidad que no sonara a exigencia.
—Quiero que me digas cuándo no vas a venir. Así podré organizar la cena y ocupar la tarde sin quedarme pendiente del camino. Y quiero poder estar callado alguna noche sin que pienses que me he arrepentido de todo.
Beatrice asintió.
—Puedo hacerlo. Si cambio un plan, te avisaré en cuanto pueda. Y cuando estés callado te preguntaré una vez, en lugar de inventar tres motivos.
—Puede que necesite que me preguntes dos.
—Negociaremos según el día.
Ambos se rieron. El plano quedó a un lado. Habían empezado hablando de habitaciones y terminaron reconociendo los pequeños puntos donde el cariño podía volverse cansancio si dejaban de mirarlos.
Beatrice se quedó mirando la cocina antes de continuar. Había estado allí muchas noches, pero imaginarla como casa compartida le hacía ver detalles distintos: la altura de una balda, el sitio de los paños, el rincón donde Nathaniel dejaba las botas cuando llovía.
—No quiero corregirlo todo al llegar —dijo—. Ya tienes una forma de vivir. Si empiezo moviendo cada cosa, acabarás buscando el pan en una habitación distinta.
—Puedes cambiar cosas. Lo que me costaría sería no saber por qué las cambias. Mi madre tenía un cajón donde guardaba todo lo que estorbaba y después lo llamaba orden. Yo tardaba días en encontrar mis propias cosas.
—Podemos tener un lugar para lo que no sepamos dónde poner. Y revisarlo antes de que se convierta en una habitación entera. En mi casa empezamos con una caja y terminó haciendo falta un armario.
Nathaniel le acercó una hoja limpia. Beatrice la miró, divertida.
—No vamos a escribir reglas para cada taza.
—Solo lo que queramos recordar mañana. Me conozco: si no lo apunto, retendré la parte del armario y olvidaré la de avisarte antes de cambiar un plan.
Ella tomó el lápiz. Anotó unas pocas cosas y luego lo dejó sobre la mesa.
—Cuando viaje, necesitaré guardar material preparado sin que nadie lo use para apoyar un sombrero. Si está aquí una noche, sigue siendo trabajo. No quiero tener que llevarlo al estudio a oscuras para que no moleste.
—Podemos dejar libre el banco de la habitación de delante. Yo necesitaré que no haya líquidos de tu trabajo en la cocina. Me gustaría saber que una jarra sirve para beber sin tener que preguntarlo.
—Eso también lo necesito yo. Nada de lo que use para revelar entrará aquí como utensilio doméstico. Es más fácil mantenerlo separado desde el principio.
Nathaniel asintió. Había algo inesperadamente íntimo en hablar de dónde dejaban las cosas, una intimidad menos vistosa que los besos pero capaz de hacerlos durar.
—Y si un día necesitamos estar solos —añadió él—, quiero poder decirlo. No marcharme al vivero inventando una tarea y dejarte preguntándote si has hecho algo.
Beatrice dejó el lápiz.
—Me costará alguna vez no tomármelo como algo mío. Aun así, prefiero que lo digas. Yo también necesitaré ratos en que no me hablen. Después de un día entero escuchando peticiones, a veces me cuesta atender a una voz más.
—Podemos empezar diciendo cuánto rato necesitamos. Una tarde parece distinta si sabes que después vamos a cenar juntos.
—Eso me ayudaría. Y si no sabemos cuánto, también podemos admitirlo. No quiero que acabemos calculando minutos como si los debiéramos.
Nathaniel le tomó la mano. Beatrice dejó que la acercara y se sentó de lado sobre sus rodillas un momento, riéndose al comprobar que la silla protestaba.
—Esta habrá que sustituirla —murmuró.
—O dejar de ponerla a prueba entre los dos.
—Prefiero la primera opción.
Él la besó en el cuello y Beatrice apoyó las manos en sus hombros. La conversación terminó durante unos minutos en la forma de cercanía que ambos sabían pedir cada vez con menos cautela.
Subieron para medir el armario. Beatrice abrió la puerta, vio la ropa de Nathaniel y calculó cuánto espacio necesitarían. Él le ofreció retirar un estante. Ella pidió conservarlo.
—No tengo tantos vestidos. Prefiero sitio para cajas. Y no quiero que tu ropa acabe apretada en una esquina como si fueras un huésped.
Nathaniel se apoyó contra la cómoda.
—Me gusta que hables de poner tus cosas aquí.
Beatrice dejó la cinta. Se acercó a él y le puso las manos en el pecho.
—A mí también. Me había preocupado tanto por conservar una salida que tardé en entender que podía querer entrar.
Él le acarició la espalda.
—No voy a cerrarla detrás de ti.
—Lo sé. Pero quiero dejar de vivir como si cada elección tuviera que ser una prueba de que puedo marcharme.
Nathaniel la besó, despacio. Ella se acomodó entre sus brazos, sintiendo la solidez de un cuerpo que no necesitaba convertirse en una promesa imposible para resultar seguro.
Permanecieron cerca de la cómoda, besándose hasta que la cinta de medir cayó al suelo. Beatrice se rio y Nathaniel la recogió sin soltarla del todo.
—Esto empieza a parecer una mala forma de calcular armarios —dijo.
—Es una buena forma de decidir si quiero compartir uno contigo.
Él volvió a besarla. La conversación sobre la casa terminó por aquella tarde, Beatrice dejó la cinta sobre la cómoda y se quedó entre sus brazos, mirando el armario abierto con una sonrisa que él acabó por besar.
A finales de la semana, Beatrice llevó al estudio las primeras cajas.
Nathaniel ayudó con el transporte y esperó a que ella decidiera dónde colocarlas.
El local olía a madera limpia y a pared recién reparada.
La mesa usada tenía una marca en una esquina que a Beatrice le gustaba más que un tablero intacto.
La dueña llegó para revisar lo acordado.
Hablaron de la fecha de inicio, los pagos y las modificaciones permitidas.
Beatrice pidió que una condición quedara escrita con más claridad.
Nathaniel permaneció junto a la ventana, orgulloso de verla sostener aquella conversación sin necesitar su intervención.
Cuando quedaron solos, ella se apoyó en la mesa.
—El lunes firmamos. Después ya no podré decir que solo estoy mirando posibilidades.
—Puedes seguir cambiando cosas aunque firmes. Un estudio no tiene que acertar en todo el primer día.
Beatrice le sonrió.
—Guarda esa frase para cuando quieras mover una maceta porque no crece donde habías pensado.
Nathaniel se acercó y le besó la frente. Ella sacó de su bolso el retrato de los dos, todavía sin marco, y lo dejó sobre la mesa.
—Este se queda aquí —dijo—. El otro lo llevas a casa.
Él miró la fotografía y después el espacio que la rodeaba. Beatrice había encontrado su lugar. Había también un sitio para él, pequeño y elegido, que le importó más que cualquier habitación ofrecida con antelación.