CAPÍTULO 17 La oferta de Bath
Nathaniel leyó la carta después de que Beatrice se la diera. Le costó terminarla sin volver al primer párrafo: un estudio grande, dos espacios de trabajo, clientes conocidos. Alfred había respondido a varias objeciones antes de que ella pudiera hacerlas.
—Es una buena oferta —dijo.
Beatrice estaba junto a la ventana, con los brazos cruzados para conservar el calor.
—Sí. Lo es. Me habría gustado recibirla hace un año.
—Puedes seguir queriéndola ahora.
Ella se volvió hacia él.
—¿Eso es lo que dirás aunque te duela?
Nathaniel dejó la carta sobre la mesa.
—Me dolería que te fueras. No voy a fingir otra cosa. Pero no quiero que tengas que despreciar la oferta para demostrarme que me quieres.
Beatrice se sentó. Había imaginado la conversación durante el camino y él no había dicho ninguna de las frases contra las que se había preparado.
—No estoy decidiendo entre tú y mi trabajo. Lo difícil es que allí también tendría trabajo propio. Alfred ha entendido lo que le pedía. Sería injusto responder como si no hubiera cambiado nada.
—Puedes decirle que lo has entendido. Después tendrás que decidir si quieres ir.
Ella pasó un dedo por el pliegue del papel.
—Quiero hablar con él. Por carta, primero. Hacer algunas preguntas. Me molesta sentir que debo decidir deprisa porque he empezado a ser feliz aquí.
Nathaniel le tomó la mano.
—No hay una hora límite en esta mesa. La dueña del local sí necesitará una respuesta. Podemos separar una cosa de la otra.
Beatrice apoyó la frente un momento en sus dedos unidos. Él le acarició el cabello sin intentar consolarla por una dificultad que todavía estaba resolviendo.
Escribió las preguntas esa misma noche. Alfred contestó con rapidez. Había calculado un alquiler compartido, espacio para guardar material y la posibilidad de que Beatrice saliera a trabajar fuera. Julia estaba conforme con el plan y enviaba una nota cariñosa, sin pedirle que regresara.
La oferta se volvió más real. Beatrice hizo números durante una tarde entera.
En Bath tendría menos incertidumbre al principio y más trabajo de retrato.
En Willow Creek el estudio sería pequeño, los encargos regionales exigirían viajes y la clientela tendría que crecer.
También podría decidir por sí misma el ritmo que quería sostener.
No encontró una opción sin inconvenientes. Dejó de sumar durante un rato y volvió a leer las condiciones, intentando imaginar qué dificultades estaba dispuesta a sostener en cada lugar.
Fue a ver a Clara para recoger una prenda. La costurera notó su distracción y le preguntó si necesitaba modificar algo.
—La costura está bien —respondió Beatrice—. Soy yo quien está intentando resolver demasiadas cosas mientras la miro.
Clara le ofreció sentarse. Beatrice explicó la oferta sin pedirle que eligiera por ella.
—¿Qué echas de menos de Bath? —preguntó Clara cuando terminó.
—A mi hermano. A Julia. Saber dónde comprar lo que necesito. Tener a quién preguntar algo del oficio sin empezar por explicar cómo funciona una cámara.
—¿Y qué echarías de menos de aquí?
Beatrice pensó antes de responder.
—La forma en que trabajo. Conocer a las personas a las que retrato. Poder salir a hacer un encargo y regresar a un lugar que he elegido. A Nathaniel, desde luego. Pero no solo a él.
Clara asintió.
—Eso era lo que quería preguntarte. No puedo decirte cuánto trabajo tendrás. Sí puedo decirte que aquí ya has empezado a hacer algo tuyo.
Beatrice guardó la prenda. Al despedirse no tenía resuelto el futuro, pero había dejado de contar Willow Creek como si fuera únicamente el pueblo de un hombre.
Antes de responder, Beatrice pasó una mañana en el local vacío. La dueña le había permitido medir de nuevo. Llevó una silla y colocó la cámara sin intención de hacer ninguna toma. Quería comprobar si seguía deseando estar allí cuando no había nadie a quien comunicar una decisión.
La luz avanzó despacio sobre el suelo. Beatrice movió el asiento, cambió la altura del trípode y se imaginó recibiendo a una familia, trabajando sola, cerrando para salir de viaje.
También imaginó un día sin clientes y una factura que llegaba demasiado pronto.
La habitación no perdió todo su atractivo al incluir esas cosas.
Nathaniel apareció cerca del mediodía. Había ido al pueblo por un recado y la vio a través de la ventana. Llamó antes de entrar.
—No sabía si querías compañía.
—Ahora sí. Llevo una hora discutiendo conmigo y empiezo a repetirme. Puedes sentarte ahí, si no te importa que la silla tenga un lado más bajo.
Él se sentó. Beatrice permaneció junto a la cámara, con las manos apoyadas en el trípode.
—En Bath tendría más facilidades —dijo—. También tendría que acostumbrarme a compartir decisiones. No sería necesariamente malo. Hay tardes en que echo de menos preguntar una cosa sin que nadie crea que estoy pidiendo que decida por mí.
—Puedes necesitar a tu hermano y no querer trabajar en la habitación de al lado. Quizá os resulte más fácil ayudaros si no tenéis que poneros de acuerdo cada mañana.
—Eso pienso a ratos. Después me pregunto si estoy escogiendo la opción más difícil para demostrar que puedo. No quiero convertir la independencia en otra obligación agotadora.
Nathaniel se inclinó, con los antebrazos sobre las rodillas.
—No sé cómo puedes responderte a eso. Yo he confundido muchas veces hacer algo solo con hacerlo bien. Al final necesitaba que todo saliera como yo había dicho para justificar el esfuerzo.
Beatrice lo miró. Le agradó oírlo admitir un error sin apresurarse a extraer una recomendación para ella.
—¿Qué te hizo cambiar?
—Ver a otras personas trabajar bien cuando yo dejaba de intervenir. Y cansarme. Me gustaría decir que lo entendí de una manera más elegante, pero una parte fue estar demasiado cansado para seguir vigilándolo todo.
Ella se rio y se sentó en el borde de la mesa.
—Creo que quiero probar este lugar. No para demostrar nada. Me gusta levantar la cabeza y conocer a quien pasa por la ventana. Me gustan los encargos que estoy encontrando fuera. Puedo visitar a Alfred sin devolverle mi dirección.
Nathaniel no sonrió enseguida. Esperó a que ella terminara, dándole la oportunidad de cambiar una frase sin tener que quitarle una alegría.
—También te quiero a ti —añadió Beatrice—. No voy a fingir que no influye. Sería bastante triste organizar una vida propia en la que querer a alguien se considerase una falta de criterio.
Él se levantó y la abrazó. Ella apoyó la cara en su cuello, reconociendo en aquel gesto una parte de la respuesta sin confundirla con toda ella.
—No necesitas excluirme para que la decisión sea tuya —dijo Nathaniel.
Beatrice cerró los ojos un momento. Después lo besó y volvió a guardar la cámara. Había venido para imaginar el estudio sin testigos; se marchó con ganas de hacerlo real y compartir lo que consiguiera desde allí.
La respuesta a Alfred le ocupó tres hojas.
Agradeció la oferta, reconoció que había respondido a lo que ella necesitaba y explicó por qué quería probar su propio estudio.
Le propuso colaborar cuando los encargos lo permitieran, recomendarse clientes y visitarse sin que cada viaje tuviera que decidir dónde vivía.
Antes de cerrar el sobre escribió algo que había ido aplazando desde septiembre: cuánto había significado que él recomendara su trabajo.
Llevó la carta al correo y después fue a buscar a Nathaniel. Lo encontró con Pike, comprobando una entrega. Esperó hasta que terminaron. Él se acercó, atento a su cara.
—He respondido a Alfred —dijo ella—. Me quedo. Voy a abrir el estudio.
Nathaniel cerró los ojos un instante. Cuando volvió a mirarla, el alivio no tenía nada de disimulado.
—Me alegro mucho. Quería darte tiempo, pero no se me estaba dando bien no pensar en ello.
Beatrice le rodeó la cintura.
—He elegido lo que quiero intentar. Puede que haya meses difíciles. No quiero que entonces ninguno de los dos diga que debería haberme ido.
—No pienso cobrártelo cuando tengas un mal día.
—Yo tampoco quiero usarlo para reprocharte nada. Si el estudio necesita cambios, los haré. Mi decisión no tiene que convertirse en algo que tú mantengas a salvo.
Nathaniel la abrazó con fuerza, lo suficiente para que ella soltara una risa contra su hombro.
—Ahora puedes alegrarte sin seguir explicándolo —murmuró—. He entendido tu parte. La mía es que te quiero aquí y me has hecho muy feliz al decírmelo.
Beatrice levantó la cara para besarlo. Él la recibió sin mirar si alguien cruzaba el patio. Pike apareció al fondo, los vio y dio media vuelta con una discreción tardía que los hizo reír.
Aquella noche celebraron la decisión en el Olmo. Hester sirvió una cena sencilla y Rose quiso saber cuándo podría llevar a una amiga al estudio. Beatrice respondió con una fecha provisional y se sorprendió al oírla en voz alta.
Al acompañarla después, Nathaniel le preguntó si quería revisar con él algunas ideas para vivir juntos. Ella le tomó la mano.
—Quiero. Esta vez podemos empezar por lo que necesitamos los dos.