CAPÍTULO 16 Todo lo que aún no sabían #2
Nathaniel asintió, todavía medio dormido. Beatrice se acomodó de espaldas contra su pecho. No le pidió que dejara de temer de inmediato. Él tampoco convirtió el miedo en una razón para sujetarla. A los pocos minutos respiraba otra vez con calma.
A la tarde siguiente, Beatrice llevó a la casa dos libros y una caja pequeña de papeles. Nathaniel la recibió en la puerta y miró el paquete antes de tomarlo.
—¿Esto es parte de lo que hablamos ayer?
—Es parte de lo que puedo traer sin necesitar un carro. Me gustaría dejarlo en la habitación de delante. No para convertirla en otro estudio. Son cosas que leo cuando no estoy intentando aprender nada útil.
Él la acompañó hasta la mesa. Beatrice colocó los libros junto a la pared y abrió la caja: cartas, recortes, una pequeña libreta con dibujos poco terminados. Nathaniel se quedó mirando uno de ellos, una mujer inclinada sobre un mostrador.
—Ese lo hice en Bath —explicó—. La señora llevaba media hora esperando y yo estaba aburrida. El dibujo no le hace justicia; tenía las manos más bonitas de lo que conseguí poner en el papel.
—A mí me gusta. Se nota que está esperando algo, aunque no sepa qué.
Beatrice lo miró con afecto.
—Puedes decir que una cosa mía no te gusta. No tienes que defender todos mis dibujos porque ayer me dijeras que me quieres.
—Entonces ese paisaje de debajo no sé qué representa. Puede que sea culpa mía, pero prefiero no arriesgar una opinión sobre un árbol que quizá sea una persona.
Ella soltó una carcajada y guardó el dibujo culpable.
—Era una casa. Ya puedes dejar de preocuparte por herir mis sentimientos; has arruinado tres posibilidades de una vez.
Nathaniel se rio y la atrajo hacia él por la cintura. Beatrice apoyó la cabeza en su hombro. La risa se fue apagando mientras permanecían juntos, a gusto en una habitación que hasta entonces había parecido esperar muebles más importantes.
—Hay días en que necesito hacer algo mal —dijo ella—. Dibujar sin pensar que alguien va a pagarlo. Antes me daba vergüenza enseñarlo porque creía que pondría en duda lo demás.
—Yo he plantado cosas que no han salido adelante. A veces por intentarlo donde no debía. Las que mejor recuerdo son aquellas con las que estaba más convencido. Mabel conserva las notas para recordármelo cuando me pongo demasiado seguro.
—Tu hermana tiene una paciencia que no se parece en nada a dejarte en paz.
—Por eso me alegra que tengáis cada una vuestra casa. Podríais organizar demasiadas lecciones si compartierais una mesa todos los días.
Beatrice le dio un beso breve antes de volver a los papeles. Nathaniel la observó colocarlos en el cajón. Había dejado sitio para los suyos sin preguntarle cuáles debía retirar.
—Quiero que conserves cosas que yo no entienda —dijo ella—. No me gustaría que acabáramos eligiendo solo lo que nos gusta a los dos. Tendríamos una casa muy ordenada y pocas sorpresas.
—Tendrás que soportar un libro bastante aburrido sobre árboles que leo por gusto.
—Lo soportaré siempre que no esperes que lo comentemos en la cama.
Nathaniel sonrió, acercándose de nuevo.
—En la cama prefiero hablar de otras cosas.
Beatrice le rodeó la nuca y dejó que se lo demostrara con un beso. Los papeles quedaron sobre la mesa hasta más tarde, suficientemente ordenados para no perderse y suficientemente presentes para que la habitación pareciera usada.
El retrato de pareja lo hicieron unos días después, con ayuda de Beatrice y una paciencia que Pike no había conocido en otros encargos. Ella preparó la cámara y le explicó cada movimiento. El muchacho repitió las instrucciones antes de colocarse detrás.
—Cuando les diga que estoy listo, ustedes se quedan quietos. Después hago esto. ¿Y cuánto espero?
Beatrice volvió a indicar el tiempo y comprobó la luz. No iba a dejarle decidir nada que aún no comprendiera. Nathaniel aguardaba junto a la silla, con una sonrisa que ella amenazó con hacerle conservar hasta Navidad si seguía riéndose.
—Ya está —dijo Pike al fin—. Creo que no he movido nada.
Beatrice se colocó junto a Nathaniel. Él le tomó la mano, pero ella se la retiró para apoyarla en su brazo, donde la postura resultaba más natural.
—Ahora puedes mirarme —murmuró.
—Llevo haciéndolo desde que has entrado.
Pike les pidió que se quedaran quietos. Nathaniel dejó de sonreír demasiado y Beatrice mantuvo la mirada cerca de su cara. La toma terminó sin incidentes. El muchacho soltó el aire con tanto alivio que ambos se rieron.
—No sabía que fuera tan difícil no hacer nada de más —admitió.
—Esa parte aparece en muchos oficios —respondió Nathaniel—. Hoy te ha salido bien.
Beatrice guardó el material y pagó a Pike la ayuda, tal como habían acordado. Él aceptó con menos incomodidad que al principio y se marchó a terminar su jornada.
Al quedarse solos, Nathaniel le preguntó dónde pondrían la copia.
—Una en tu casa y otra en mi estudio —respondió ella—. Si queda bien. No pienso conservar una fotografía mala solo porque nos queramos mucho.
—Me tranquiliza saber que el afecto no arruinará tu criterio.
Beatrice lo besó, riéndose. Al abrir la puerta encontró una carta de Alfred sobre la cesta. La reconoció por la letra y la guardó para leerla al terminar.
Aquella noche, sin embargo, no consiguió dejarla cerrada hasta después de cenar.
Su hermano le proponía alquilar juntos un local nuevo en Bath.
Cada uno tendría su trabajo, su firma y sus clientes.
Había escrito las condiciones con una atención que ella no podía desestimar como si siguiera ofreciéndole el lugar de antes.