El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 16 Todo lo que aún no sabían
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CAPÍTULO 16 Todo lo que aún no sabían

Beatrice descubrió que Nathaniel podía aceptar una discusión sobre dinero con más facilidad que una ventana abierta en noviembre. Él entró en la cocina, sintió el aire frío y fue a cerrarla. Ella levantó la vista de la mesa.

—La he abierto yo. Hay olor a humo.

—Se irá en un momento. Pero estás sentada justo delante.

—Lo sé. La cerraré cuando haya ventilado.

Nathaniel retiró la mano del pestillo. Beatrice reconoció en su expresión el esfuerzo de no explicarle algo que ella ya había decidido. Se levantó, ajustó un poco la abertura y regresó a la mesa.

—Puedo soportar una corriente durante cinco minutos —dijo—. Tú puedes ponerte la chaqueta si tienes frío.

—También puedo decir que tengo frío sin que parezca que intento organizarte la vida.

Ella lo miró. Nathaniel se había quedado junto a la silla, con las mangas de la camisa bajadas.

—Tienes razón. Me he adelantado otra vez.

Cerró la ventana hasta dejar una rendija y él se puso el chaleco. La cocina recuperó poco a poco la temperatura. Beatrice sonrió al darse cuenta de que habían empleado más palabras en aquella corriente que en decidir pasar juntos algunas noches.

—Nos faltan muchas cosas por aprender —dijo.

Nathaniel se sentó enfrente.

—Ya sé que no debo contestarte desde otra habitación cuando estás trabajando. Aunque tardes en responder y yo crea que no me has oído.

—Y yo sé que no encuentras los papeles si los dejo encima de un cuaderno cerrado, por mucho que me parezca evidente.

—Eso no es una costumbre mía. Es que dejas tres cosas en el mismo sitio y luego recuerdas solo la de arriba.

Beatrice soltó una risa. Él la siguió, aliviado de no tener que convertir cada diferencia en una delicadeza.

La relación estaba adquiriendo espacios cotidianos.

Ella guardaba ropa en un cajón que Nathaniel había vaciado después de preguntarle.

Él tenía una taza preferida en el cuarto del vivero, aunque pronto dejaría de beber allí.

Algunas noches cenaban juntos; otras, cada uno seguía con su trabajo y se veían al día siguiente.

Beatrice disfrutaba de aquella libertad y empezaba a desear algo más estable. Le costaba decirlo porque había dedicado tantas conversaciones a explicar lo que no quería perder que temía parecer contradictoria.

—Me gusta venir aquí —dijo—. No solo cuando hemos preparado una cena. Me gusta encontrarte al final del día.

Nathaniel dejó la taza.

—A mí me gusta que vengas. Incluso cuando abres las ventanas.

Ella le dio un pequeño golpe con el pie bajo la mesa y luego se quedó seria.

—Quiero saber si imaginas alguna cosa más. No necesito que la organices esta tarde. Solo quiero saber si también la estás pensando.

Él la observó durante unos segundos. Beatrice esperó, sintiendo que había retirado por sí misma una protección que llevaba años defendiendo.

—Pienso en vivir contigo —respondió Nathaniel—. En que el cajón no sea un sitio donde dejas cosas por si te quedas. También pienso que acabas de alquilar un estudio y no quiero que parezca que cada paso tuyo me obliga a pedirte otro.

—He acordado las condiciones. Firmaré la semana que viene. Y pensar en nosotros no me impide querer ese estudio.

Nathaniel le tomó la mano por encima de la mesa.

—Quiero una vida contigo, Beatrice. Todavía me asusta lo que significa quererla tanto. Pero ya no me resulta soportable hablar de ti como si solo estuvieras de paso.

Ella apretó sus dedos. Tenía una respuesta clara, y precisamente por eso le costó pronunciarla.

—Te quiero —dijo al fin—. No había planeado decirlo mientras discutíamos por una ventana.

Nathaniel permaneció quieto. Después se levantó y la atrajo hacia él. Beatrice lo abrazó con la cara contra su pecho, esperando sin temor la respuesta.

—Yo también te quiero —dijo él, junto a su cabello—. Llevo días buscando cuándo decírtelo y no encontraba una ocasión que no pareciera demasiado pequeña.

Ella levantó la cara.

—Esta me sirve.

Nathaniel la besó. El alivio no quitó intensidad al deseo; le dio un lugar más amplio. Beatrice le rodeó la nuca y lo hizo acercarse hasta que él tuvo que apoyar una mano en la mesa para no tropezar con la silla.

Se rieron al separarse. Después permanecieron abrazados, sin intentar añadir una promesa que convirtiera el amor en una garantía.

La rendija de la ventana dejó entrar otra corriente. Nathaniel fue a cerrarla esta vez y Beatrice no protestó; el humo había desaparecido y ella empezaba a tener fríos los tobillos. Él comprobó la olla, que habían olvidado durante la conversación, y apartó la tapa con una cautela tardía.

—La cena sigue siendo reconocible —dictaminó—. Aunque no puedo asegurar que esté buena.

—Has elegido un momento prudente para decirme que me quieres. Ahora tendré que fingir que todo me sabe bien.

—Preferiría que no empezáramos por ahí.

Nathaniel probó el guiso y añadió sal. Beatrice puso los platos. Las palabras seguían entre ellos sin volverse solemnes; aparecían en la facilidad con que se rozaban al pasar y en la sonrisa que él no conseguía ocultar mientras cortaba pan.

—¿A quién quieres contárselo? —preguntó Beatrice cuando se sentaron.

Él tardó un momento en entender.

—¿Que te quiero?

—Que estamos pensando en vivir juntos. No es lo mismo, aunque a Mabel le bastará una frase para deducir el resto. Yo quiero escribir a Alfred, pero todavía no sé qué decirle. La última carta que recibió hablaba de un alquiler posible y de un hombre que estaba conociendo.

—Podrías decirle que sigues conociéndolo. Sería exacto.

—Temo que piense que todo ha ocurrido deprisa porque no ha visto los días intermedios.

Nathaniel dejó la cuchara.

—¿Tú sientes que ha ocurrido deprisa?

Beatrice consideró la pregunta. Habían pasado pocas semanas. También habían trabajado juntos, discutido por dinero, hablado de Alice, pasado noches separados y descubierto cómo era el otro cansado. El calendario no podía pesar esas cosas.

—Siento que todavía nos faltan muchas situaciones —respondió—. No sé cómo eres enfermo. Tú no me has visto perder un encargo importante. No sabemos qué ocurre si uno quiere gastar en algo que al otro le parece absurdo.

—Puedo decirte ya que algunas herramientas que compro te parecerán absurdas.

—Y parte de mi papel te parecerá demasiado caro para acabar mojado en una bandeja. Eso no responde a la pregunta.

—No. Creo que va deprisa cuando intento imaginar todas las decisiones juntas. Cuando pienso en cenar mañana contigo, no.

Beatrice partió el pan. Aquella distinción le servía mejor que una seguridad absoluta.

—A mí me pasa algo parecido. No quiero que hagamos mañana todo lo que deseamos para algún día. Tampoco quiero retrasarlo solo para que, visto desde fuera, parezca prudente.

—Podemos decidir una cosa cada vez. Primero firmas el estudio. Después hablamos de la casa sin dar por hecho que una conversación equivale a una mudanza.

—Y antes de mudarme quiero pasar aquí una semana entera. No noches escogidas. Quiero saber cómo nos tratamos un martes cuando ambos hemos tenido un día malo y queda ropa húmeda junto al fuego.

Nathaniel asintió con gravedad fingida.

—Puedo preparar varias camisas para asegurar la prueba.

—No hace falta que fabriques las dificultades. Llegarán solas.

Él sonrió y volvió al plato. El guiso estaba demasiado hecho, pero Beatrice comió con hambre. Después fregaron juntos. Nathaniel lavaba; ella secaba y dejaba cada pieza donde él indicaba. Al llegar a una cazuela grande, Beatrice la guardó en el armario equivocado.

—Ahí no cabe bien —dijo él.

—Cabe si apartamos esto.

—Entonces mañana no encontraré la tapa.

Beatrice sostuvo la cazuela entre los dos.

—Acabamos de decir que nos queremos. Sería humillante que nuestra primera crisis fuera una tapa.

Nathaniel recogió la pieza del estante inferior y se la enseñó.

—Esta es la que perdería.

Ella se rio y colocó ambas donde él acostumbraba. No todas las costumbres merecían una negociación. Algunas podían aprenderse por el placer de facilitarle la mañana al otro.

Al terminar, Nathaniel encendió otra lámpara en la habitación de delante. Había una butaca gastada y una mesa que casi nunca usaba. Beatrice se sentó y él ocupó el brazo, demasiado cerca para que la postura resultara cómoda mucho tiempo.

—Puedes sentarte en la otra silla —dijo ella.

—Está lejos.

—A tres pasos.

—Esta noche me parecen demasiados.

Beatrice le tomó la mano y tiró de él hasta que terminó medio sentado junto a ella. Nathaniel protestó por el espacio y acabó riéndose contra su cabello. La besó debajo de la oreja. Ella inclinó la cabeza, sintiendo cómo la alegría tranquila de la cena cambiaba de temperatura.

—Mañana tengo que empezar temprano —murmuró, sin apartarse.

—Yo también.

—No era una negativa.

Nathaniel la miró antes de besarla. Beatrice respondió con un deseo que no necesitaba confirmar el amor recién dicho, aunque lo volvía visible en la atención de sus manos. Él le desabrochó un botón y se detuvo. Ella tomó sus dedos y los llevó de nuevo a la tela.

—Quiero quedarme —dijo—. Esta noche y por la mañana. Si eso te hace imaginar veinte años, tendrás que guardarte parte de la imaginación hasta después del desayuno.

—Puedo intentarlo.

Subieron sin apagar del todo el fuego. En el dormitorio no hubo prisa por demostrar nada nuevo.

Se conocieron con la confianza añadida de haber hablado de mañanas difíciles y cazuelas mal colocadas, de poder detenerse y preguntar sin romper el deseo.

Beatrice pronunció su nombre contra su hombro; Nathaniel respondió acercándola, con una ternura que no rebajaba el hambre.

Al despertar de madrugada, ella encontró la mano de él sobre su cintura. La apartó con cuidado para darse la vuelta. Nathaniel abrió los ojos.

—¿Te vas?

La pregunta salió antes de que él pudiera vestirla de otra cosa. Beatrice le rozó la mejilla.

—Estoy buscando una postura en la que no se me duerma el brazo.

Él aflojó el cuerpo sobre la almohada.

—Bien.

—Y, cuando me vaya por la mañana, será al estudio. Volveremos a vernos por la tarde.