CAPÍTULO 15 Un pedido demasiado grande
La carta pedía más árboles de los que Nathaniel podía preparar sin alterar el resto de la temporada.
Llegó a finales de octubre, cuando las imágenes del catálogo ya estaban entregadas y Beatrice trabajaba en los retratos de la escuela.
Un comerciante que había visitado el vivero quería ampliar su compra y preguntaba por una fecha que dejaba muy poco margen.
Nathaniel leyó el pedido con una satisfacción inmediata. Después empezó a calcular lo que tendría que hacer por las noches.
Mabel lo observó desde el escritorio.
—Antes de prometerlo, mira los otros compromisos.
—Los conozco.
—Entonces deja de contarlos como si los fueras a hacer sin dormir. Hay un límite aunque no lo apuntes.
Pike estaba en la puerta, esperando otra instrucción. Nathaniel le pidió que revisara existencias. El muchacho volvió una hora después con una lista más corta de la esperada y la convicción de que algunos ejemplares necesitaban esperar.
—Estos no los enviaría —dijo, señalando seis números—. Pueden salir más adelante. Si los ponemos ahora, el comprador se va a quejar con razón.
Nathaniel examinó la lista. Su primer impulso fue ir a comprobarlo todo. Lo hizo, pero llevó a Pike consigo y le pidió que explicara cada descarte. Al terminar, seguían faltando los mismos ejemplares.
Beatrice llegó al anochecer con una prueba de los retratos. Lo encontró todavía en la oficina, sumando horas.
—Habíamos quedado en salir —recordó.
Nathaniel levantó la cabeza. La tarde había desaparecido mientras él encontraba una nueva manera de aceptar el pedido.
—Necesito terminar esto. No debería llevarme mucho.
Beatrice miró la lámpara, el cuaderno abierto y el plato que alguien había dejado junto al tintero.
—¿Cuánto es mucho?
Él empezó a responder y se detuvo. No lo sabía.
—No puedo darte una hora.
—Entonces voy a cenar. Puedes venir después si terminas antes de que me acueste. Pero no quiero quedarme aquí esperando sin saber qué estamos esperando.
Nathaniel dejó la pluma, irritado por una prisa que ella no había creado.
—Es un pedido importante.
—Lo sé. También era importante para mí verte esta tarde. No te estoy pidiendo que rechaces el trabajo. Te estoy diciendo qué voy a hacer mientras decides cuánto puedes aceptar.
La claridad le quitó la posibilidad de discutir con una exigencia que no existía. Beatrice le besó la mejilla, recogió su carpeta y se marchó sin dar un portazo. Nathaniel permaneció sentado hasta que oyó cerrarse la cancela.
Al cabo de unos minutos volvió a leer la lista de Pike. Los árboles no iban a crecer por trabajar él hasta medianoche. Llamó al muchacho antes de que se marchara y le preguntó qué parte podrían preparar sin perjudicar los otros encargos.
Pike calculó, borró y volvió a calcular. Mabel se acercó con su cuaderno.
—Podemos contratar ayuda para el embalaje —propuso—. Hay dos hombres que vendrían algunos días. El gasto cabe si no rebajas el precio para agradecerles que compren mucho.
Nathaniel miró a su hermana.
—¿Tan previsible soy?
—Con algunas cosas, sí. Eso nos permite intervenir antes de que hayas firmado.
Acordaron una cantidad menor, una segunda entrega posterior y un precio que incluyera el trabajo necesario. Nathaniel escribió al comerciante. No sabía si aceptaría. Por primera vez desde que había abierto la carta, tenía una propuesta que podía cumplir.
Beatrice cenaba sola cuando llegó. Él dejó el abrigo en una silla y esperó a que ella indicara si podía sentarse.
—He enviado una respuesta —dijo—. Con menos árboles y dos fechas. Todavía pueden decir que no.
—¿Tú estás conforme con lo que has ofrecido?
—Sí. Pike tenía razón sobre los ejemplares. Mabel, sobre las horas. Yo estaba intentando convertir el entusiasmo en tiempo disponible.
Beatrice le acercó el plato del pan.
—He guardado un poco porque supuse que no habrías comido. No lo conviertas en una costumbre que dependa de que yo venga a buscarte.
Nathaniel aceptó el pan.
—No quiero hacerlo. Y siento haber olvidado que habíamos quedado. Podría haberte avisado antes.
—Eso me habría bastado. Me gusta que tengas trabajo. No me gusta descubrir a las siete que la tarde ha dejado de existir para ti y que yo sigo dentro.
Él asintió. La frase le dolió por precisa. Beatrice le tocó la mano, permitiendo que la conversación terminara sin obligarlo a defenderse mejor.
—Ahora puedes contarme qué has pedido —añadió—. Quiero alegrarme contigo de lo que sí cabe.
Nathaniel le explicó el plan. Ella escuchó, hizo dos preguntas y se rio cuando él describió a Mabel impidiéndole bajar el precio. Después hablaron del estudio. Beatrice había decidido encargar una mesa usada y acondicionar primero solo lo imprescindible.
—Yo también estaba intentando comprar tiempo —admitió—. Pensaba que, si tenía todo perfecto antes de abrir, no me equivocaría. La dueña me recordó que un suelo recién encerado no trae clientes.
—Parece que nos conviene compartir las advertencias.
—Podemos compartirlas sin convertirnos en vigilantes. Si alguna vez voy a corregirte por costumbre, tienes permiso para recordarme esta cena.
Nathaniel le besó los dedos.
—Preferiría acordarme del resto de la noche.
Beatrice sonrió y se acercó lo suficiente para que él pudiera besarla sin levantarse. El cansancio seguía allí, pero ya no ocupaba toda la mesa.
El comerciante aceptó la primera entrega y dejó pendiente la segunda. Nathaniel contrató ayuda para los días de preparación. Pike recibió más responsabilidad y un aumento correspondiente al trabajo que empezaba a hacer. Mabel anotó ambas cosas antes de que alguien pudiera tratarlas como un favor.
El primer día de trabajo con ayuda, Nathaniel tuvo que repetirse varias veces que había contratado manos capaces de aprender, no una prolongación de las suyas. Uno de los hombres envolvía los ejemplares de una forma distinta. Él se acercó para corregirlo y Pike le señaló el paquete ya terminado.
—Aguanta bien —dijo el muchacho—. Lo he comprobado antes de seguir. Tarda un poco más al principio, pero después no tenemos que volver a atar.
Nathaniel examinó el nudo. El trabajador esperó, con una paciencia que dejaba ver cuánto deseaba continuar sin una vigilancia constante.
—Está bien —aceptó Nathaniel—. Sigamos así. Lo que no quiero es que las raíces queden apretadas en ese lado.
El hombre le mostró cómo había dejado el espacio y Nathaniel asintió. Se apartó del banco. Pike lo siguió hasta la lista de pedidos.
—Si quiere, puedo comprobar los paquetes antes de que salgan. Usted puede ocuparse de las cantidades con la señorita Ashcombe.
—¿Te ves capaz de revisar todos?
Pike respiró hondo antes de responder.
—Me veo capaz de decirle cuándo no esté seguro. Si espera a que no tenga ninguna duda, no voy a empezar nunca. Hoy he encontrado uno que estaba demasiado seco y lo hemos corregido antes de cerrar la caja.
Nathaniel lo miró. Había en aquellas palabras algo de Beatrice y mucho del trabajo que Tomas llevaba meses haciendo sin atreverse a reclamarlo.
—Hazlo. Y ven a buscarme si necesitas otra opinión. No voy a considerar que has fallado por preguntar.
Pike regresó al banco con el lápiz en la mano. Nathaniel fue a la oficina y encontró a Mabel comprobando pagos. Ella levantó la vista al verlo entrar solo.
—¿Los has dejado trabajar?
—Lo estoy intentando. Parece que todos habéis decidido que debo practicar esta semana.
—Nos conviene. También a ti, aunque ahora te resulte molesto. Si quieres que el vivero crezca sin pasarte la vida dentro, habrá que hacer sitio a otras maneras de trabajar.
Nathaniel se sentó. La idea de crecer le había resultado siempre agradable hasta que implicaba ceder parte del control. Miró la lista y eligió una tarea que sí necesitaba su atención.
Beatrice pasó a mediodía. No se quedó a ayudar; tenía clientes esperando en el estudio provisional del Olmo. Le llevó una pregunta de Pritchard sobre el texto y escuchó el cambio de organización con interés.
—Tomas debe de estar contento —dijo.
—Y asustado. Creo que una parte de mí se alegraba de que estuviera asustado porque así seguiría viniendo a preguntarme todo. No es una cosa que me guste admitir.
Beatrice le apoyó la mano sobre la manga.
—Puedes admitirla y hacer algo distinto. Hoy ya lo estás haciendo. Yo todavía quiero revisar cada copia que otra persona toca, aunque sepa que la ha colocado bien.
—Tendremos que encontrar algo que hacer con las manos mientras los demás trabajan.
Ella le sonrió de una forma que le quitó de inmediato la preocupación por los nudos.
—Esta noche tengo una idea. Ahora voy a cobrar por retratar a dos hermanas que no consiguen decidir cuál se sienta a la derecha.
Nathaniel la besó antes de dejarla marchar. Volvió a la oficina con ganas de acabar a su hora, una ambición que empezaba a parecerle compatible con hacer bien el trabajo.
La última tarde de embalaje, Beatrice se acercó al vivero con la cámara. No fotografió sin preguntar. Nathaniel salió a su encuentro y ella señaló a los hombres alrededor de las cajas.
—Quería guardar una imagen. No para el catálogo. Para vosotros.
Él miró al grupo. Pike tenía tierra en la frente y Mabel sostenía una lista arrugada. Nadie parecía dispuesto a posar con solemnidad.
—Pregúntales —dijo—. Si aceptan, me pondré con ellos.
Beatrice organizó la toma sin borrar el desorden útil de aquella tarde. Cuando terminó, Nathaniel la acompañó hasta el cuarto que pronto dejaría de ser su estudio.
—Voy a echar de menos encontrarte aquí —admitió.
Ella le tomó el brazo.
—Mi puerta estará a veinte minutos. Podrás llamar. Incluso cuando no haya un pedido que enseñarme.
Nathaniel miró el espacio vacío de una balda que ella ya había despejado. Aquella vez no ofreció llenarlo con una solución. La besó y le preguntó a qué hora quería que fuera a buscarla al día siguiente.