CAPÍTULO 14 La fotografía de Alice
El retrato apareció dentro de una caja que Nathaniel había bajado para buscar recibos. Beatrice estaba sentada al otro lado de la mesa, preparando un presupuesto. Él dejó varias carpetas junto a su codo y una cartulina resbaló entre los papeles.
La mujer de la imagen tenía el cabello oscuro y una mirada viva, ligeramente vuelta hacia alguien que quedaba fuera del encuadre. Nathaniel la recogió antes de que Beatrice pudiera apartarse.
—Es Alice —dijo.
Beatrice dejó el lápiz. Él sostuvo la fotografía un momento, sin saber si debía guardarla para evitar una incomodidad o enseñarla para demostrar una serenidad que no tenía.
—¿Quieres que la vea? —preguntó ella.
Nathaniel asintió y la acercó. Beatrice la tomó por los bordes, con el cuidado de su oficio. La copia tenía una pequeña marca en una esquina y el cartón se había curvado.
—Me gusta su expresión —dijo—. Parece que alguien acaba de decirle algo.
—Fui yo. El fotógrafo quería que mirara de frente y ella me preguntó si también debía sentarse como si llevara un libro sobre la cabeza. Le dije que probablemente lo cobraba aparte.
Beatrice sonrió. Nathaniel se sentó, recordando el calor del estudio y las quejas de Alice por el cuello del vestido. Había olvidado cuánto se habían reído al salir.
—¿Puedo ayudarte a conservarla mejor? —preguntó Beatrice—. La caja la protege, pero convendría que no estuviera entre papeles que la doblan.
—Pensé que quizá debía guardarla en otro sitio.
Ella levantó los ojos.
—¿Porque se está estropeando o porque yo vengo aquí?
Nathaniel apoyó las manos sobre la mesa.
—Por las dos cosas, supongo. No sabía si verla te haría sentir incómoda.
—Me habría hecho sentir incómoda que la escondieras deprisa y me dejaras imaginando por qué. Puedo ver una fotografía de tu mujer. No necesito ocupar todos los años de tu vida para estar en los que compartas conmigo.
Él miró el retrato. Beatrice lo dejó entre ambos, sin escogerle un lugar en la casa.
—Pero tampoco quiero encargarme de decidir qué debes hacer con sus cosas —añadió—. Puedo ayudarte si me lo pides. No quiero convertirme en la persona que da permiso para recordar o que comprueba si has recordado demasiado.
Nathaniel asintió despacio.
—Lo entiendo. He estado esperando que alguien me dijera cuándo debía moverlas. Y luego me habría molestado que lo hiciera.
—Es posible. Yo sigo teniendo una caja de mi padre que no abro casi nunca. Alfred tiró varias cosas y no lo quiso menos por hacerlo. Nos costó dejar de medirnos con lo que conservaba el otro.
La conversación perdió parte de su peso.
Nathaniel recogió la fotografía y la apoyó sobre la cómoda, provisionalmente.
Beatrice volvió al presupuesto. Él la observó unos segundos: el cabello recogido, los dedos manchados de lápiz, la impaciencia con que apartaba un papel mal colocado.
No se parecía a Alice. Le gustó no necesitar que se pareciera.
Mabel volvió de su viaje el viernes con una bufanda nueva y una opinión menos resignada sobre el tiempo. Nathaniel la recibió en la oficina y la dejó revisar las cuentas sin explicar cada decisión que había tomado.
—Esto está bien —dijo ella al llegar al último sobre—. Aquí falta la fecha, pero puedo preguntársela a Foster. ¿Qué le ha pasado a Pike? Me ha dicho que espere a que termine antes de darle otra tarea.
—Está aprendiendo a trabajar conmigo.
Mabel sonrió. Nathaniel se sentó enfrente y le habló de la fotografía. Su hermana escuchó sin interrumpir hasta que él confesó que llevaba años evitando aquella caja.
—Podemos verla juntos —ofreció—. Otro día, si prefieres.
—Esta tarde. No quiero que Beatrice llegue y encuentre que he convertido el asunto en una tarea para ella.
Mabel se quitó los guantes.
—Entonces yo también voy a escoger qué me llevo. Hay una receta de Alice que he buscado dos veces y quizá siga ahí. Y tú podrás decidir qué quieres guardar sin conservar hasta los recibos del carbón.
Revisaron la caja en la cocina. Había cartas, papeles domésticos, una cinta cuya procedencia ninguno recordaba.
Nathaniel leyó algunas notas y dejó otras para más adelante.
No terminó agotado ni sintió que hubiera resuelto todos los años anteriores.
Consiguió separar lo que quería conservar de lo que seguía allí por pura inmovilidad.
Una de las cartas estaba dirigida a Mabel. Nathaniel se la tendió sin leerla. Su hermana reconoció la letra y se quedó un rato con el sobre entre las manos antes de abrirlo.
—La escribía cuando yo estaba viviendo fuera —dijo—. Me contaba cosas que tú no incluías nunca en tus cartas. Qué vecina os había visitado, qué habíais comido, si habías comprado por fin otra chaqueta.
—Siempre me parecía que esas cosas no merecían el viaje del papel.
—Y a mí me gustaban más que saber cuántos árboles habías vendido. Era una manera de imaginarte allí sin necesitar que ocurriera nada importante. Por eso te pregunto ahora por el paseo y tú me respondes que no llovió.
Nathaniel se apoyó en el respaldo. Mabel leyó unas líneas y sonrió. Él no intentó adivinar cuáles.
—Puedes quedártela —dijo—. Es tuya.
—La guardaré. Tú no tienes que decidir cuánto significa para mí conservarla. Me gustaría que recordaras eso cuando te preocupes por lo que debo hacer con mis cosas.
Él aceptó la corrección con una inclinación de cabeza. Durante un rato ordenaron en silencio. Nathaniel encontró un recibo que le devolvió el recuerdo de una mañana entera esperando un paquete que nunca llegaba. Alice había terminado enviándolo al pueblo para que dejara de vigilar la ventana.
Lo contó sin preparación. Mabel se rio y añadió una historia que él desconocía: su mujer le había escrito esa misma semana que conseguir sacarlo de casa era más complicado cuando decía estar descansando.
—No quiero contarle a Beatrice cada cosa comparándola —dijo Nathaniel después—. A veces recuerdo algo mientras estamos juntos y no sé si hablar o callarme.
Mabel dobló un papel antes de contestar.
—No puedo decirte cómo debe oírlo ella. Pregúntaselo. Pero tampoco conviertas cualquier recuerdo en una comparación que no has hecho. Si te acuerdas de una tarde, te acuerdas. Otra cosa sería pedirle que viviera las mismas tardes.
Nathaniel miró la habitación. Había pasado tanto tiempo conservando los lugares que no siempre distinguía entre recordar y esperar que nada cambiara.
—Beatrice quiere un estudio con una ventana que yo habría considerado demasiado grande. Habla de viajar en invierno. Se enfada cuando intento arreglar una decisión antes de escucharla entera. No estoy esperando que viva lo mismo.
—Ya lo veo. También te veo contento cuando te dice algo que te obliga a pensar. Supongo que no lo estarás disfrutando todas las veces, pero te viene bien tener que salir de tu propia cabeza.
Él se rio. Mabel se levantó para buscar agua y lo dejó solo unos minutos.
Nathaniel volvió a mirar el retrato. No sintió la necesidad de pedirle permiso a la mujer de la imagen.
Recordó que había sido una persona con días buenos, mal humor y deseos que nunca pudo cumplir del todo; quiso conservarla con esa amplitud.
Cuando Mabel regresó, él había separado los papeles que podía tirar. La pila era pequeña. Aun así, la caja cerraría sin forzar la tapa por primera vez en años.
Encontraron la receta. Mabel se la guardó y señaló el retrato sobre la cómoda.
—Está bien ahí. Se ve desde la mesa.
—Creo que lo dejaré. Necesita un marco mejor.
—Puedes encargárselo a Bennett. Sin convertirlo en una pieza tan complicada que tarde un año en terminarla.
Nathaniel se rio. Su hermana le puso una mano en el hombro antes de marcharse. El gesto duró poco, pero él lo retuvo después de que ella cerrara la puerta.
Beatrice llegó con noticias del local. La dueña aceptaba una entrada en noviembre y un plazo de prueba antes de comprometerse más tiempo. Había que ponerlo todo por escrito. Nathaniel la escuchó y, cuando terminó, le enseñó el lugar elegido para la fotografía.
—He hablado con Mabel. Hemos revisado la caja.
Beatrice se acercó a la cómoda, miró el retrato y después a él.
—¿Cómo estás?
—Cansado de una forma distinta. Me alegro de haberlo hecho. He encontrado una carta de Alice donde me pedía que dejase de plantar cosas que después no tenía tiempo de cuidar.
—Parece que habría tenido algo que decir sobre tus listas.
—Mucho. Me habría gustado escucharla antes en algunas cosas.
Beatrice le tomó la mano. Nathaniel se volvió hacia ella y apoyó la otra en su cintura.
—También quiero escucharte a ti —dijo—. Sin esperar a recordar una conversación para entenderla.
Ella le acarició los dedos.
—Entonces puedo empezar por una cosa sencilla. Esta noche quiero que vengas a dar una vuelta conmigo. He pasado el día entre papeles y necesito aire.
Nathaniel miró la cazuela aún vacía.
—Tendremos que cenar al volver.
—Podemos comprar algo. No estoy proponiendo abandonar todas nuestras obligaciones; solo retrasar una hora la cena.
Él cogió el abrigo. Antes de salir, Beatrice lo besó junto a la puerta, con las manos apoyadas en su pecho. Nathaniel la atrajo un instante más y después apagó la lámpara de la cocina.
La fotografía quedó sobre la cómoda. Al cerrar, él no sintió que estuviera dejando a nadie atrás. Tenía a Beatrice de la mano, una conversación empezada y ganas de seguirla por la calle.