El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 13 Volver con ganas
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CAPÍTULO 13 Volver con ganas

Nathaniel esperaba junto a la posada cuando el carro apareció al final de la calle.

Había llegado con tiempo de ayudar a Hester a apartar una cesta del paso, rechazar un segundo trabajo y arrepentirse de no haberse quitado la chaqueta manchada.

Beatrice lo vio antes de que el conductor detuviera el caballo.

La sonrisa con que lo saludó le hizo olvidar la manga.

Él la ayudó a bajar. Beatrice puso un pie en el escalón, buscó el suelo y, antes de que pudiera preguntarle por el viaje, le tomó la cara entre las manos.

El beso fue breve por necesidad. El conductor esperaba para descargar y Nathaniel seguía sosteniendo el bolso de ella. Aun así, Beatrice se apartó con una risa que no intentó disimular.

—Tenía muchas ganas de hacer eso.

—Podemos repetirlo cuando hayamos dejado las cajas donde no estorben.

—Esa frase te representa demasiado bien.

Nathaniel se rio y empezó a descargar siguiendo sus instrucciones.

El material del fabricante iría al vivero; la ropa, arriba.

Hester salió para comprobar que habían llegado todas las cosas y recibir el pago del carro.

Beatrice la saludó, subió a dejar el abrigo y regresó antes de que él hubiera terminado de revisar los cierres.

Caminaron juntos hasta el vivero. Ella habló sin orden al principio, mezclando la dificultad de las superficies con el tamaño de la habitación y la comida de la posada. Nathaniel escuchó, haciendo preguntas cuando necesitaba entender algo. Al cruzar la cancela, Beatrice se detuvo.

—No me has dicho nada de aquí.

—Pike ha escrito una carta que solo he corregido en dos palabras. Mabel se ha ido con Eleanor. Pritchard está satisfecho con las primeras imágenes. Y yo he echado de menos que me contaras todo eso en persona.

Beatrice le buscó la mano.

—Podemos empezar por lo último y después me enseñas la carta.

Nathaniel la llevó hasta el cuarto. Cerró la puerta cuando ella dejó el bolso y esperó a que se volviera. Beatrice se acercó sin darle tiempo a preparar otro saludo. Le rodeó el cuello y lo besó con una decisión que le hizo retroceder hasta la pared.

Él le sostuvo la cintura. El reencuentro tenía una alegría física que no había previsto: el olor conocido de su cabello, la presión de sus manos, el modo en que ella inclinaba la cabeza para encontrarlo mejor.

Había estado fuera dos noches. Le pareció suficiente para aprender cuánto deseaba que regresara.

—No tienes que demostrarme que me has echado de menos —murmuró él cuando pudieron respirar.

Beatrice lo miró, con las mejillas encendidas.

—No estaba demostrándolo. Estaba aprovechando que has dejado de llevar una caja.

Nathaniel se rio y la besó de nuevo. Ella le acarició la nuca hasta que el ruido de un carro en el patio les recordó dónde estaban. Se separaron despacio, sin convertir la interrupción en una decepción.

—Esta tarde tengo que trabajar —dijo Beatrice—. Si dejo las copias para mañana, se me juntará todo.

—Puedo esperar hasta que termines.

—Y yo puedo invitarte a cenar después. He cobrado una parte y quiero celebrarlo antes de gastármela entera en papel.

Él aceptó. Beatrice sacó la carta del bolso y se la puso en la mano.

—La escribí la primera noche. No la leas delante de mí. Ya he sido bastante valiente al dártela.

Nathaniel la guardó sin abrirla. El gesto la conmovió más de lo que habría conseguido una promesa solemne de discreción.

Cenaron en casa de él, con comida que Beatrice compró en el Olmo. Había trabajado hasta quedarse con los dedos fríos y le agradó encontrarse la cocina caliente. Nathaniel dejó la carta junto a su plato.

—Me he reído con lo de la mesa —dijo—. Y después he tenido que releer una parte.

Beatrice se quitó los guantes sin mirarlo.

—Espero que no pienses citarla durante toda la cena.

—Pensaba guardarla.

Ella levantó los ojos. Nathaniel tenía una expresión seria que no impedía ver cuánto le había gustado.

—Entonces guárdala. No he escrito nada que quiera retirar.

Comieron y hablaron de los gastos. Beatrice había ganado menos de lo que sugería la cifra inicial, pero suficiente para que el viaje mereciera la pena. Nathaniel le contó cómo Pike había defendido una decisión sobre los pedidos.

—Casi le he dicho que lo hiciera de otra forma —admitió—. Después he visto que la suya también servía.

—¿Le has dejado terminar?

—Con bastante esfuerzo. Lo notó. Me preguntó si necesitaba llevarme la lista para dejar de mirarla.

Beatrice se rio, orgullosa de un muchacho que empezaba a encontrar su voz.

—Parece que está aprendiendo más deprisa de lo que esperabas.

—O que yo tardaba demasiado en permitirlo.

Antes de levantarse, Nathaniel le mostró una hoja con la propuesta de Pike. Beatrice la examinó y le pidió que le explicara dos palabras que no conocía. Él lo hizo con las manos, dibujando en el aire el lugar de unas ramas.

—Así lo entiendo —dijo ella—. Tendrías que explicarlo de esa manera al comprador. Si solo lee esto, supondrá que ya debería saberlo y puede que le dé vergüenza preguntar.

—Tienes razón. A veces escribo para otro viverista en lugar de para quien va a plantar el árbol. Mi padre hacía lo mismo y luego se quejaba de que la gente no leía.

—Mi padre era capaz de explicar una copia a otro fotógrafo durante una hora y, cuando llegaba una clienta, decirle solo que no la dejase al sol. No sé si pensaba que preguntaríamos demasiado si nos daba una razón.

Nathaniel dobló el papel y lo apartó. Beatrice acabó el agua y se quedó mirándolo con una sonrisa que él acabó por devolver.

—¿Qué pasa ahora?

—Que te he echado de menos hasta cuando estabas a punto de darme una explicación larguísima. Pensaba que volvería satisfecha con el trabajo y necesitaría descansar sola. En cuanto he visto tu cara, quería contártelo todo a la vez.

—Yo había preparado preguntas. Las he olvidado cuando me has besado delante del conductor. Creo que él tampoco esperaba ese recibimiento.

—Le he pagado por el viaje, no por aprobar cómo termino. Además, ha tenido la delicadeza de mirar al caballo.

Nathaniel se rio y le acarició un dedo sobre la mesa. Beatrice se lo dejó allí, junto al suyo, disfrutando de poder tocarlo mientras hablaban sin tener que interrumpir el resto.

—¿Has estado bien de verdad? —preguntó ella—. No me refiero a si me has echado de menos. Quiero saber si has comido y dormido, si has hablado con alguien sin necesitar que fuera sobre un pedido.

—Fui a ver a Blackwood una tarde. Me quedé más de lo previsto porque Clara salió a ofrecernos algo y terminamos hablando los tres. También dormí. La segunda noche mejor que la primera. No quiero decirte que me ha resultado indiferente, pero he estado bien.

Beatrice asintió, aliviada.

—Me gusta poder preguntarlo sin que parezca que voy a quedarme la próxima vez para evitarte una noche mala.

—No te lo pediría. Y, si alguna vez lo hago por miedo, quiero que me recuerdes esta conversación. Preferiría enfadarme un rato conmigo que convertir tus viajes en algo que debas ganar cada vez.

Ella apretó su mano. Había en la respuesta una voluntad imperfecta y suficiente. No necesitaba que Nathaniel se hubiera transformado en un hombre al que nada le costaba.

—Yo también tendré que aprender a volver —admitió—. Hoy he llegado llena de historias y quizá tú tenías una mala tarde. Tendré que preguntarte antes de ocupar todo el sitio con lo que traigo.

—Hoy he tenido una tarde muy buena desde que has bajado del carro. Puedes ocuparla entera si quieres.

Beatrice lo besó por encima de la esquina de la mesa. Después se levantó para recoger, con la promesa del resto de la noche en la forma en que él seguía mirándola.

Después de recoger, Beatrice se acercó a él junto al fuego. Le puso las manos sobre los hombros y lo hizo sentarse. Nathaniel la miró con curiosidad mientras ella se acomodaba a su lado, muy cerca.

—Hoy quiero besarte sin que ninguno tenga que levantarse a comprobar algo —dijo.

Él le acarició el pelo, apartando una horquilla suelta.

—He cerrado el vivero. La cena está recogida. Puedes empezar.

Beatrice sonrió y le besó la boca, demorándose. Nathaniel la recibió con los brazos abiertos. La proximidad creció sin la incertidumbre de la primera noche; ella conocía la forma en que él le sostenía la nuca, él empezaba a reconocer cuándo una caricia la hacía acercarse más.

Subieron más tarde, después de reírse por una manga que se había enganchado en el respaldo.

En la habitación, Beatrice fue quien bajó la lámpara y quien regresó a buscarlo.

Quería darle la misma claridad que él le había ofrecido al dejarla viajar: estaba allí por deseo, con todo lo que había hecho fuera todavía formando parte de ella.

Aquella noche se buscaron con más confianza. Hubo menos cautela y nuevas preguntas, la atención necesaria para descubrir que conocer un gesto no significaba conocerlos todos. Al quedarse abrazados, Beatrice le habló de la mujer que había conocido durante la cena del viaje.

—Me preguntó dónde estaba mi casa. Dije Willow Creek.

Nathaniel le acarició el brazo.

—¿Te sorprendió decirlo?

—Un poco. Luego me gustó. Quiero volver a ver el local mañana y hablar en serio con la dueña.

Él la acercó con suavidad.

—Te acompañaré si quieres.

—Esta vez iré sola. Después vendré a contártelo.

Nathaniel la besó en la frente. No necesitó responder enseguida. Beatrice cerró los ojos, confiando en la tranquilidad de aquel silencio.