CAPÍTULO 12 Dos días de distancia
El fabricante había preparado una mesa demasiado pequeña y una explicación demasiado larga sobre lo sencillo que sería fotografiar sus piezas. Beatrice lo escuchó con la cartera abierta, dejando que terminara antes de sacar el acuerdo.
—Hay seis objetos y hemos reservado dos jornadas —dijo—. Hoy elegiré la disposición y trabajaré con los primeros. Si los colocamos todos aquí, se ocultarán entre sí.
—Pritchard dijo que usted sería capaz de aprovechar el espacio.
—Lo seré en cuanto retiremos lo que no va a salir. Necesito esa mesa vacía y otra donde apoyar mi material. Después podrá enseñarme qué parte de cada pieza considera importante.
El hombre miró las cajas con cierta decepción. Beatrice no le había llevado una máquina capaz de resolverlo todo al llegar; le había llevado un oficio que necesitaba tiempo. Esperó a que él apartara los primeros objetos antes de abrir la cámara.
Trabajó hasta que perdió la luz útil. La habitación de la posada donde se alojaba era más fría que la del Olmo y el agua tardó en llegar. Se lavó, cenó abajo y subió con una hoja de papel que había pedido al dueño.
Escribió a Nathaniel sobre la mesa pequeña y el fabricante. Después se detuvo. Si enviaba la carta por correo ordinario, quizá llegara después que ella. Aun así, quiso continuar.
«He trabajado bien. Me habría gustado contártelo sentada en tu cocina. El hombre quería colocar seis objetos en el lugar de dos y he tenido que conseguir otra mesa antes de empezar».
Beatrice apoyó la pluma sobre el papel, sonriendo al imaginar la expresión con que él la habría escuchado. Después añadió unas líneas.
«Me habría gustado verte reír al contártelo. También he pensado en tus manos mientras intentaba abrir una caja. No voy a precisar en qué momento he dejado de pensar en la caja».
Beatrice sonrió, dobló el papel y lo guardó. Podía dárselo al volver. La distancia no le quitaba valor a una carta porque la persona llegara antes que el cartero.
Nathaniel encontró a Tomas frente a los pedidos, con el lápiz detenido sobre una cifra. El muchacho se apartó para cederle el sitio. Él permaneció donde estaba.
—¿Qué estás calculando?
—Quedan ocho, pero Foster pide diez. Podríamos enviarle seis de estos y cuatro del otro grupo. Son parecidos, aunque no iguales.
—¿Qué le dirías antes de hacerlo?
Pike frunció el ceño.
—Que no podemos servirle todo lo que ha pedido. Y que decida si quiere esperar o cambiar una parte.
—Escríbele eso. Lo leeremos antes de enviarlo.
El muchacho volvió al papel. Nathaniel caminó hasta la nave pequeña, donde Mabel estaba terminando una cuenta. Había dejado el abrigo sobre una caja y un bolso de viaje junto a la puerta.
—Eleanor sale mañana —dijo—. Volveré el viernes. Tienes las cuentas ordenadas por fecha y una lista de lo que no puede esperar.
Nathaniel cogió la lista. Dos ausencias en la misma semana le parecieron una mala organización durante un segundo. Después miró el bolso de su hermana.
—¿Necesitas que lo lleve al carro?
Mabel sonrió con cautela, esperando quizá un encargo añadido.
—Mañana, si estás aquí. Hoy lo dejo preparado para no buscar cosas al levantarme.
—Estaré. Y procuraré que no encuentres todo pendiente cuando vuelvas.
—Con que no inventes otra manera de archivar me conformo. La última vez tardé dos tardes en adivinar por qué habías puesto juntas las cartas de personas que no se conocían.
Nathaniel soltó una risa. Su hermana se puso el abrigo y salió sin ofrecerle una comida que él podía preparar solo.
Aquella noche comió temprano. La casa estaba en silencio y él lo notó más que antes de conocer a Beatrice.
Lavó el plato, se sentó con un libro y consiguió leer varias páginas antes de imaginarla trabajando en una habitación desconocida.
Esperaba que estuviera satisfecha. Esperaba también que quisiera volver a verlo.
Las dos cosas podían ocupar la misma noche.
Al día siguiente acompañó a Mabel al carro y dejó que Pike terminara una tarea sin quedarse vigilando. Antes de comer recibió una nota del impresor confirmando que las primeras imágenes servían. Beatrice tendría una buena noticia al regresar.
El segundo día fue más difícil. Una superficie pulida devolvía la luz y el fabricante sugería girarla cada vez que Beatrice estaba a punto de decidir el ángulo. Ella pidió una pausa y dejó que el hombre saliera a atender su negocio.
Cuando volvió, había encontrado una solución aceptable.
—¿Ha terminado ya?
—Esta pieza, sí. Me queda la última. Para eso necesito que no la mueva hasta que se lo diga.
Antes de la última toma, una empleada entró para retirar unas piezas. Beatrice le pidió que esperase hasta que la caja estuviera cerrada. La mujer obedeció y después se quedó mirando el aparato.
—¿Viaja usted sola con todo esto?
—Cuando el encargo lo permite. Contrato transporte y pido ayuda para mover lo que no puedo llevar. Hoy usted me ahorraría un buen rato si me indica dónde guardar lo que ya hemos terminado.
La mujer señaló un armario bajo y empezó a despejarlo. Tenía una alianza gastada y los dedos enrojecidos por el trabajo.
—Me gusta viajar por trabajo —añadió Beatrice—. Eso no quiere decir que cada momento sea agradable. Ayer habría cambiado parte del paisaje por una habitación más caliente. Hoy, cuando he visto dónde caía la luz, he vuelto a alegrarme de haber venido. Las dos cosas pertenecen al mismo encargo.
—Se lo explicaré a mi marido la próxima vez que diga que una visita a mi madre son vacaciones. Aunque quizá lo entienda mejor si le dejo todas las compras pendientes y le pido que me cuente después cuánto ha descansado. No por castigarlo; para que pueda comparar dos días de verdad.
—Mi marido piensa que un viaje así sería descansar de la casa. No cuenta lo que hay que hacer al llegar. Yo voy a ver a mi madre dos veces al año y paso los días preparando lo que faltará cuando me marche.
Beatrice colocó una caja en el estante vacío.
—¿Y falta tanto cuando no está?
—Menos de lo que me hacen creer. La última vez dejé tres comidas listas y al volver habían comprado otras cosas porque preferían comerlas. Me enfadé por haber trabajado de más, aunque nadie me lo había pedido exactamente.
—A veces cuesta dejar de adelantarse. Yo he escrito instrucciones para mi material que nadie va a tocar durante mi ausencia. Al terminar comprendí que las había escrito para quedarme tranquila, no porque fueran necesarias.
La mujer se rio y le ayudó a colocar la segunda caja. No se parecían en casi nada, pero durante unos minutos compartieron la fatiga de preparar un mundo que siguiera funcionando sin ellas.
Cuando el fabricante regresó, Beatrice le pidió que mirara la disposición desde un punto concreto. Él obedeció con más curiosidad que impaciencia.
—Desde aquí parece más pequeña —observó.
—Porque falta una referencia de tamaño. Podemos incluir una pieza conocida o mostrarla en uso. Eso era lo que intentaba explicarle esta mañana. La cámara no sabe qué necesita entender quien vea la copia; tenemos que decidirlo nosotros.
—Quiero que vean el acabado. Es lo que me diferencia de quienes venden más barato.
—Entonces dedicaré una imagen a esa parte. Pero también necesita otra donde se entienda el objeto entero. Si le enseño un detalle bonito sin contexto, no sabrá qué le estoy ofreciendo.
El hombre repasó la superficie con un dedo y luego se apartó.
—Haga las dos. Si cuesta más papel, inclúyalo en la cuenta. Prefiero saber qué estoy pagando a descubrir después que la imagen no muestra lo que necesito.
Beatrice anotó el cambio y le pidió que lo confirmara. El trabajo había dejado de parecerle una lucha por defender cada minuto. Ahora podía hacer aquello para lo que había viajado.
Al terminar, el fabricante le preguntó dónde debía escribir para futuros encargos. Ella dio la dirección del Olmo y añadió que quizá pronto tendría un estudio propio.
—En Willow Creek —precisó—. Si cambia la dirección, se lo comunicaré. El nombre será el mismo.
Él lo apuntó sin preguntar por qué una fotógrafa prefería establecerse allí. Beatrice guardó la copia del acuerdo y sintió el placer tranquilo de haber sido tratada como una profesional cuyo lugar de residencia no necesitaba una explicación adicional.
Antes de despedirse, el fabricante confirmó cuándo recibiría las copias y preguntó si podría encargar otras después.
Beatrice guardó el material antes de responder. Quería aceptar, pero no a costa de prometer una entrega que la obligara a descuidar el vivero.
—Le enviaré las primeras en la fecha acordada. Las adicionales tendrán otro plazo. Puedo escribirlo ahora para que ninguno tenga que recordar una conversación al final de una jornada larga.
Él aceptó. Pagó lo correspondiente y firmó el recibo. Beatrice guardó el dinero en un bolsillo interior y sintió el peso concreto de aquellos dos días. Había salido, trabajado y resuelto dificultades sin Nathaniel. La alegría de pensar en él al terminar no le restaba nada a lo conseguido.
Todavía le quedaba una hora antes de que cerrasen la oficina de transportes.
El fabricante había supuesto que ella regresaría por la mañana y había ofrecido guardar las cajas, pero Beatrice prefirió organizar el envío personalmente.
Encontró al encargado inclinándose sobre un libro de salidas y esperó a que terminara una suma.
—Necesito que este material viaje sin colocarlo de costado —explicó—. No es frágil del mismo modo que un cristal, pero una de las cajas contiene chasis que no deben recibir golpes.
El hombre leyó la dirección.
—Willow Creek. Podemos llevarlo hasta Millbrook el jueves. Desde allí dependerá del carro local.
—¿Y mañana?
—Mañana cuesta más.
Beatrice pidió la diferencia y sacó el cuaderno.
Si esperaba, ella llegaría antes y podría recibir las cajas al día siguiente.
No había ninguna razón para pagar por la prisa salvo el deseo de tener todo cerca al regresar.
Eligió el jueves, escribió instrucciones para Pike y dejó abonado el transporte.
—¿El señor Ashcombe es su socio? —preguntó el encargado al copiar el destinatario.
—No. Me permite trabajar en una habitación de su vivero. Las cajas son mías y cualquier problema con el porte debe dirigirse a Beatrice Ward.
El hombre tachó una abreviatura y escribió el nombre completo. Aquella corrección pequeña le importó lo suficiente para comprobarla antes de firmar.
Cuando salió, el cielo empezaba a oscurecer.
Pasó frente a una tienda de artículos de escritorio y se detuvo al ver varias carpetas en el escaparate.
La que Nathaniel le había regalado viajaba en su bolso con las pruebas del encargo.
Entró y compró un cuaderno estrecho para él, de tapas resistentes, sin adorno.
No pretendía devolver un regalo con otro del mismo valor; quería llevarle algo escogido durante un día que le pertenecía.
En la posada pidió una mesa apartada y extendió las cuentas junto al plato. La mujer que cenaba cerca la había visto la noche anterior y le preguntó si ya había terminado el trabajo.
—La parte que podía hacer aquí. Ahora tengo que revelar las placas y comprobar que mi confianza estaba justificada.
—¿Puede salir mal después de tanto?
—Puede. Por eso no prometo una copia antes de verla. Pero he tomado precauciones y tengo razones para pensar que saldrá bien.
La respuesta pareció interesar a la mujer, que llevaba una muestra de tela prendida al bolso.
Trabajaba para una casa que vendía cortinas y recorría varias localidades tomando pedidos.
Hablaron de horarios impuestos por clientes que olvidaban la duración de un trayecto, de habitaciones donde nadie había pensado en ofrecer una mesa y de la diferencia entre viajar sola y estar disponible para cualquiera.
—Mi hermana cree que debo de sentirme libre cada vez que subo a un tren —dijo la mujer—. Algunas noches solo me siento cansada en un sitio donde no conozco a nadie.
—Hoy me siento satisfecha —respondió Beatrice—. Ayer habría dado bastante por cenar con una cara conocida. Supongo que las dos cosas pueden ser ciertas sin que una desmienta la otra.
—Eso intento explicarle. Que me guste el trabajo no convierte cada día en una aventura.
Intercambiaron direcciones profesionales antes de despedirse.
La viajante conocía a una familia que regentaba una fonda cerca de Salisbury y buscaba imágenes para anunciarla.
No prometió un encargo; Beatrice no lo trató como tal.
Guardó el nombre en el cuaderno y pensó que construir una clientela se parecía menos a abrir una puerta que a dejar pequeñas señales en muchos caminos.
Subió temprano, cansada en los hombros. Sacó la carta destinada a Nathaniel y la releyó.
El párrafo sobre sus manos seguía haciéndola sonreír, pero ya no era lo único que quería contarle.
Añadió una segunda hoja: el porte que había negociado, el cuaderno comprado, la posible fonda y la cena con otra mujer que sabía cuánto podía pesar una maleta después de un buen día.
«No quiero que solo conozcas la parte en que te he echado de menos», escribió. «También quiero que conozcas a la mujer que vuelve».
Doblando las dos hojas juntas, comprendió que el regreso no tendría que reducir el viaje a una separación superada. Podía llevarle cuanto había ganado fuera y seguir deseando sus brazos al bajar del carro.
Antes de despedirse, la viajante le preguntó dónde tenía su casa.
Beatrice estuvo a punto de responder Bath.
—Ahora estoy en Willow Creek —dijo—. Creo que voy a quedarme allí.
La mujer aceptó la noticia sin exigir un motivo. Beatrice se llevó esa facilidad a la habitación y cerró la maleta. Por la mañana saldría temprano. Había guardado la carta para Nathaniel en el lugar donde antes llevaba los billetes de regreso a Bath.