El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 11 La mañana y sus asuntos
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CAPÍTULO 11 La mañana y sus asuntos

Beatrice se despertó porque Nathaniel intentaba salir de la cama sin mover el colchón. El esfuerzo producía exactamente el efecto contrario. Abrió los ojos y lo encontró con un pie en el suelo, sosteniendo parte de la manta como si pudiera convencerla de que permaneciera suspendida.

—Puedes levantarte —murmuró—. Lo notaré, pero no pienso presentar una queja.

Él volvió la cabeza y sonrió. Tenía el cabello revuelto y una sombra de barba que Beatrice sintió deseos de tocar antes de recordar la hora.

—Es temprano. Iba a encender el fuego.

—Habíamos quedado en desayunar en la posada.

—Lo sé. Pero necesitarás agua caliente.

Beatrice apartó la manta y se incorporó. La habitación estaba fría, aunque no tanto como para justificar que él hubiera esperado con los pies descalzos hasta que ella lo autorizara.

—Necesitaré lavarme. El agua puede estar templada. Y tú necesitas ponerte algo en los pies antes de empezar a cuidarme.

Nathaniel miró sus botas, al otro lado de la silla. Se calzó sin discusión y volvió a sentarse junto a ella. Beatrice le acarició el pelo, deshaciendo todavía más lo que la almohada había desordenado.

—Buenos días —dijo.

Él la besó con la lentitud de quien todavía no necesita llegar a ninguna parte. Beatrice se acercó, con una mano bajo la camisa que él acababa de ponerse. Nathaniel soltó una risa contra su boca.

—Si hacemos esto, no llegaremos a desayunar.

—Podemos llegar tarde una vez. Hester no ha prometido esperarnos.

Se quedaron unos minutos más, sin convertirlos en otra noche.

El roce tenía una familiaridad nueva, menos vigilada.

Cuando Nathaniel bajó a buscar el agua, Beatrice permaneció en la cama escuchando sus pasos, sorprendida de que una casa ajena pudiera resultar tan acogedora antes de saber dónde se guardaban las toallas.

Salieron una hora después. Él llevaba el abrigo sobre el brazo y ella el cabello recogido con menos precisión que la víspera.

Caminaron por el sendero de atrás, cerca el uno del otro, hablando de cosas pequeñas: la llave que Beatrice había tardado en encontrar, un botón que necesitaría reforzar, el día despejado que permitiría terminar dos imágenes pendientes.

En la posada, Hester los recibió sin sorpresa.

—Hay pan y huevos. Si quieren otra cosa, tendrán que avisarme con más tiempo.

—Con eso basta —respondió Beatrice—. Voy a cambiarme antes de sentarme.

Nathaniel quedó en la sala mientras ella subía. Rose le sirvió una taza y le preguntó si los árboles del patio necesitaban otro lugar. Él empezó a levantarse para verlos y se detuvo a mitad del movimiento.

—Después del desayuno puedo mirarlos desde aquí. Para darte una respuesta mejor necesitaría venir con tiempo.

Rose aceptó. Cuando Beatrice regresó, encontró a Nathaniel sentado donde lo había dejado, con su taza intacta frente al asiento vacío.

—Has conseguido que no trabajes antes de comer —observó ella.

—Todavía no he conseguido que dejen de preguntarme. Pero estoy practicando la diferencia.

Desayunaron sin prisa excesiva. Al marcharse, Hester entregó a Beatrice un recado de la dueña del local: podía volver a medir el sábado. Ella lo guardó y pagó su parte antes de que Nathaniel sacara el monedero.

—La cena fue tu invitación —dijo—. El desayuno lo he propuesto yo. Podemos alternar sin discutir cada moneda.

Nathaniel aceptó. La besó junto a la entrada y se marchó hacia el vivero mientras ella subía a buscar la carpeta nueva. Dentro puso la prueba de la nave y el retrato todavía pendiente de revelar. Le gustó estrenarla en un día que no necesitaba reservar para recordar.

Pike había colocado por su cuenta los ejemplares que Nathaniel debía revisar. Mabel tenía las cuentas preparadas. Ninguno se había quedado inmóvil por su ausencia, lo que lo tranquilizó y lo incomodó en proporciones que prefirió no examinar delante de ellos.

—Los del fondo necesitan otra mirada —explicó Pike—. He separado dos, pero no estoy seguro del tercero.

—Voy a verlos contigo. Cuéntame antes por qué has apartado esos.

El muchacho empezó su explicación. Nathaniel lo escuchó hasta el final. A media mañana ya habían despachado el carro y dispuesto la siguiente tanda. Beatrice trabajaba en el cuarto cerrado. Él llamó una vez para dejarle unas medidas y aceptó que le pidiera volver más tarde.

Cuando pudo entrar, la encontró examinando su retrato junto a la ventana. Le tendió la prueba sin explicar antes qué debía ver.

Nathaniel la sostuvo por los bordes. Salía sentado, con una mano sobre el respaldo y la cabeza ligeramente girada. Tenía una sonrisa apenas iniciada. Recordó la frase que Beatrice había dicho justo antes de colocarse detrás de la cámara: «Estoy hablando de ti».

—Así que eso estaba haciendo con la cara —murmuró.

—Te gustaba la persona a la que mirabas. Ayuda bastante.

Él levantó los ojos. Beatrice no intentó ocultar su satisfacción.

—¿Vas a quedártela?

—Una copia, si no has cambiado de idea. Esta puedes guardarla tú.

Nathaniel miró de nuevo la imagen. No necesitó compararse con el hombre de una fotografía anterior. Le gustó reconocerse en una tarde reciente, con una expresión que aún podía volver a tener.

—Haz otra para Mabel —pidió—. Te pagaré el papel y el trabajo.

—Te cobraré la copia. La tarde ya la disfruté.

Él se acercó para besarla, pero Beatrice levantó un dedo.

—Primero deja eso donde no pueda mancharse. Ahora entiendo por qué insistes tanto en que no apoye el bolso sobre las macetas.

Nathaniel obedeció, riéndose. El beso resultó breve porque ella tenía las manos ocupadas en retirar un paño, y ambos se apartaron con la promesa de verse al cerrar.

El sábado, después de medir el local, Beatrice pasó a comer por el vivero. Encontró a Nathaniel sentado en un banco, con una pequeña venda alrededor de un dedo. Él escondió la mano al verla, demasiado tarde para que resultara discreto.

—¿Qué has hecho?

—Me he cortado con el borde de una maceta rota. Está limpio y no es profundo. Mabel me ha obligado a sentarme un momento, aunque no he perdido la pierna.

Beatrice dejó la carpeta y se sentó a su lado.

—No me gusta que escondas la mano para evitar que pregunte. Puedo preocuparme un poco sin organizar una enfermería.

—No quería que empezaras el almuerzo pensando que necesitaba ayuda.

—¿Y la necesitas? Esa es una pregunta más útil que decidir de antemano cuánto puedo soportar. Si quieres que te corte el pan, puedo hacerlo. Si ya te has ocupado de todo, podemos hablar del local.

Nathaniel miró la venda. Había pasado demasiados años identificando una herida con el comienzo de una obligación para comprender enseguida que ella le estaba ofreciendo algo pequeño.

—No voy a tratarte como a una invitada que puede ayudar solo en lo que no importa —añadió él—. Si te pido algo, quiero que puedas decir que no sin tener que tranquilizarme después. Mabel me ha acostumbrado demasiado a recibir ayuda acompañada de una explicación de por qué no le cuesta nada.

—Entonces pregúntale también a ella cuánto le cuesta. Puede que las dos agradezcamos dejar de hacer ese trabajo antes de empezar con el otro.

—El pan me vendría bien —admitió—. Lo demás está hecho.

Beatrice sacó la comida de la cesta que había traído y cortó dos rebanadas. Le entregó una, dejando el cuchillo donde él podía alcanzarlo con la otra mano. Nathaniel la observó unos segundos antes de empezar a comer.

—Me cuesta ser la persona a la que hacen cosas —dijo—. Incluso cuando son cosas así. Me doy cuenta de que estoy esperando la ocasión de devolverlas.

—No tienes que llevar la cuenta conmigo. Me gusta que me ayudes y también poder ayudarte. Si alguna vez estoy cansada, te lo diré. No quisiera acabar necesitando demostrar que no necesito nada de ti para que creas que estoy bien.

Él asintió. Beatrice se apoyó contra el respaldo, con su hombro rozando el de él. Había barro seco junto al banco y una hoja amarilla había caído dentro de la cesta. Ella la retiró antes de continuar.

—El cuarto del local sirve. Tendré que poner una mesa más estrecha de lo que pensaba. Y la dueña quiere conservar un armario que ocupa mucho espacio. Le he pedido que lo retire o que reduzca el precio.

—¿Qué ha dicho?

—Que el armario es bueno. Le he contestado que no lo dudaba, pero que yo no alquilaba una habitación para que viviera un armario. Creo que le ha hecho gracia, aunque no quisiera darme la razón enseguida.

Nathaniel se rio y le pasó una manzana. Beatrice la sostuvo mientras él buscaba otra rebanada.

—Esa frase habría convencido a mi hermana. Tiene una mesa que lleva años guardando para una casa más grande que no quiere comprar.

—Todos conservamos algo para una vida que ya no deseamos mucho. Yo tengo un fondo del estudio de Bath que nunca utilizo. Es demasiado solemne. Lo transporto para no admitir que pagué por algo que no me gusta.

—Puedes venderlo.

—Puedo. O usar la tela para otra cosa. Me cuesta hacerlo porque cada vez que lo veo recuerdo el entusiasmo con que lo compré. Preferiría conservar ese entusiasmo sin tener que cargar también con la tela.

Nathaniel le rozó la mejilla con la mano sana.

—La próxima vez que vuelvas de un encargo, pregúntate qué has echado de menos. Quizá ese fondo no esté en la lista.

Beatrice lo besó en la palma antes de soltarlo. Después terminaron de comer hablando del local, mientras la mano vendada de Nathaniel descansaba sobre la mesa sin que él intentara ocultarla.

El trabajo de las semanas siguientes avanzó con una regularidad que no tenía nada de fría.

Hubo mañanas compartidas y otras en que Beatrice desayunó sola, ocupada en preparar retratos.

Nathaniel aprendió a preguntar si podía entrar al cuarto aunque la puerta estuviera abierta.

Ella dejó de suponer que todas las miradas serias de él eran una respuesta a lo ocurrido entre ambos.

Una noche Beatrice llegó con el cansancio metido en los hombros. Había repetido una copia y discutido un precio durante demasiado tiempo. Nathaniel calentó la cena y ella se quedó casi dormida antes de acabarla.

—Podemos dejarlo para mañana —dijo él cuando Beatrice empezó a disculparse por hablar poco.

—Quería contarte lo de la dueña. Me permite acondicionar el cuarto, pero tengo que pagar las modificaciones. Estoy intentando decidir si me compensa.

—Mañana lo pensarás con menos sueño. Esta noche puedes quedarte o puedo acompañarte a la posada. No tienes que sostener una conversación para que valga la pena que hayas venido.

Beatrice apoyó la cabeza en su hombro.

—Entonces me quedo. Y quiero que me abraces, aunque me duerma antes de subir.

Nathaniel la rodeó con el brazo y permanecieron junto al fuego hasta que ella estuvo dispuesta a levantarse. La noche confirmó algo que ambos habían deseado sin saber cómo pedirlo: podían buscarse sin tener que ofrecer siempre su mejor humor ni convertir cada encuentro en una demostración de deseo.

El último domingo de septiembre, Beatrice preparó el viaje de octubre. Había reservado dos noches fuera, para no depender de una sola jornada de transporte. Nathaniel la ayudó a revisar las cajas, siguiendo una lista que ella había escrito para ambos.

—Esta no se abre —recordó ella al señalar una de las pequeñas.

—La de los chasis. Esa lección la aprendí antes que tu nombre.

Beatrice cerró la lista y le tomó la mano.

—Voy a echarte de menos.

Nathaniel la miró. Había esperado la inquietud con que él viviría su ausencia, pero no había pensado lo suficiente en que ella podía desear el viaje y sentir lo mismo.

—Yo también. Cuando vuelvas, quiero oír cómo ha ido.

—Incluso si ha ido bien.

—Especialmente si ha ido bien.

Ella sonrió y lo besó. Al apartarse, Nathaniel volvió a la lista. Había cuatro cajas por cerrar y una fecha de regreso que no necesitaba convertir en una cuenta atrás delante de ella.