El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 10 La noche que eligieron #2
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CAPÍTULO 10 La noche que eligieron #2

—Me estaba preguntando si debería haber encendido antes el fuego.

—Todavía no tengo frío.

Lo atrajo hacia sí. Él la abrazó y Beatrice apoyó la mejilla en su pecho. Podía oírle el corazón, rápido bajo la camisa. Le gustó saber que aquella incertidumbre no le pertenecía solo a ella.

Nathaniel le apartó el pelo de la nuca. Un beso sobre la piel hizo que Beatrice se aferrara un poco más a su cintura. Él se detuvo para mirarla y ella le sostuvo la cara, devolviéndole el beso con la misma claridad con que había dicho que quería quedarse.

La ropa exigió pausas, pequeños movimientos que interrumpían el deseo sin apagarlo.

Beatrice tuvo que pedir ayuda con un cierre.

Nathaniel se concentró demasiado y ella acabó riéndose, apoyada en su hombro.

Cuando él consiguió abrirlo, le besó la espalda por encima de la tela todavía recogida, sin apresurarse a continuar.

Hubo un momento en que Beatrice sintió vergüenza. Le llegó al verse más expuesta bajo la luz, después de tantos años decidiendo qué parte de sí misma podía mostrar con seguridad. Cruzó un brazo sobre el cuerpo casi sin pensarlo.

Nathaniel no intentó apartárselo. Le acarició la mejilla y esperó hasta que ella volvió a mirarlo.

—Podemos bajar la lámpara —dijo.

Beatrice buscó en su expresión una cortesía que disimulara desilusión. Encontró una atención tan franca que acabó soltando el aire.

—Un poco. No quiero dejar de verte.

Él redujo la luz. Al regresar, Beatrice le tomó la mano y la llevó a su cintura. Nathaniel la acarició con suavidad, siguiendo el espacio que ella le daba, y la besó de una manera que le permitió dejar de observarse desde fuera.

Se acostaron sin perder esa atención. Hubo preguntas breves, respuestas al oído, una pausa cuando ella necesitó acomodarse y otra en la que él apoyó la frente en su hombro, desbordado por la cercanía.

Beatrice lo recibió con las manos abiertas sobre su espalda.

No tuvo que explicarle que podía quedarse allí un momento; lo sostuvo hasta que él volvió a buscar su boca.

La noche avanzó entre el deseo y la confianza que iban aprendiendo a darse.

Nathaniel escuchó cuando ella habló, también cuando lo hizo muy bajo.

Beatrice le mostró lo que quería sin convertir cada petición en una disculpa.

Más tarde, cuando la habitación quedó tranquila, permanecieron abrazados bajo las mantas, todavía demasiado despiertos para dormir.

Nathaniel tenía una mano apoyada sobre el costado de ella. Beatrice le acariciaba el antebrazo, siguiendo distraídamente una marca que había visto muchas veces entre las plantas. La lámpara conservaba una luz tenue.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Ella levantó la cabeza lo suficiente para verlo.

—Estoy muy bien. Y tienes el hombro demasiado alto para que pueda seguir así toda la noche.

Nathaniel se movió de inmediato. Beatrice lo detuvo, riéndose.

—No hace falta que cambies la cama entera. Voy a ponerme a tu lado. Puedes seguir abrazándome desde ahí.

Él la ayudó a acomodarse y le apartó el pelo de la mejilla. La preocupación fue dejando sitio a una sonrisa que Beatrice no recordaba haberle visto en pleno día.

—Llevaba años durmiendo solo —dijo—. Puede que tenga algunas costumbres molestas.

—Yo hablo cuando estoy a punto de dormirme y después no recuerdo lo que he dicho. No aceptes ningún presupuesto a esas horas.

—Tendré que pedirlo por escrito.

Ella le besó el pecho y se quedó un instante con la boca apoyada en su piel. Nathaniel le acarició la espalda. La ternura de aquel gesto, después de todo lo anterior, le produjo una emoción más difícil de disimular que el deseo.

—No sabía cuánto echaba de menos que alguien me tocara sin necesitar nada de mí —dijo él.

Beatrice alzó los ojos. Nathaniel la miraba con una franqueza que no parecía haber preparado.

—Yo sí necesitaba algo —respondió ella—. Quería estar contigo. No lo he hecho para que te sientas mejor, aunque me alegre que estés bien.

Él le besó la frente.

—Lo sé. Perdona, lo he dicho mal.

—No tienes que disculparte por decirlo a medias. Solo quería que supieras mi parte.

Nathaniel la acercó un poco más. Beatrice dejó la mano sobre su pecho y escuchó cómo se le calmaba el pulso. Podían hablar sin acertar cada frase y corregirse sin que la noche perdiera lo que les había dado.

—Hay una cosa que me ha preocupado antes de venir —admitió Beatrice—. Que después esperases que yo supiera qué iba a pasar entre nosotros. Como si quedarme una noche tuviera que resolver todas las preguntas que todavía no nos hemos hecho.

Nathaniel retiró el cabello que se le había quedado bajo el hombro.

—No lo espero. Quiero volver a estar contigo, y ahora me va a costar más conformarme con acompañarte a la puerta. Eso sí lo sé. Pero no he preparado una respuesta que tengas que darme al levantarte.

—Me gustaría repetirlo. Te lo digo ahora, que estoy despierta y puedo hacerme responsable de mis palabras. También quiero que haya cenas que terminen abajo, porque estamos cansados o porque tenemos que madrugar. No quiero medir cada encuentro por lo lejos que lleguemos.

—Podemos cenar y quedarnos dormidos en las sillas. Tengo práctica en eso. Aunque preferiría acostarme contigo y dormir de verdad, si te apetece alguna noche.

—Habrá otras noches —añadió Nathaniel—. Me gustaría que pudieras venir también cuando solo quieras dormir acompañada. No voy a creer que te gusto menos porque estés cansada. Y, si soy yo quien se queda dormido primero, espero que no tengas que preguntarte qué has hecho mal.

—Me apetece esta. En cuanto deje de hablar. Es posible que tengas que avisarme; me cuesta callarme cuando he pasado mucho tiempo sin poder decir ciertas cosas.

—No tienes que callarte. Si me duermo, no será por falta de interés. Mañana puedes preguntarme hasta dónde he oído antes de dar por acordado nada importante.

Ella le acarició la mejilla. Nathaniel giró la cara para besarle los dedos y Beatrice sintió que podía dejar de preparar la siguiente explicación.

Afuera pasó un carro lejano. Ella pensó en la llave que seguía en su bolsillo, abajo, y sintió una satisfacción tranquila al saber que no la necesitaba. Podía regresar cuando quisiera; allí, entre sus brazos, seguía queriendo quedarse.

—Por la mañana tengo que pasar por la posada —dijo—. Necesitaré ropa limpia antes de trabajar.

—Puedo acompañarte temprano.

—Si te apetece. Pero no hace falta que reorganices todo el vivero porque me haya quedado una noche.

Nathaniel le acarició el hombro.

—Me apetece andar contigo. También puedo quedarme aquí si prefieres ir sola.

Beatrice lo miró, sonriendo.

—Ven. Desayunaremos allí. Hester ya ha previsto que quizá aparezca con hambre.

Él se rio en voz baja. Un rato después apagó la lámpara y volvió a buscarla bajo las mantas. Beatrice se acomodó de espaldas contra su pecho, con la mano de él entre las suyas.

Antes de dormirse recordó que aún no había revelado el retrato de Nathaniel.

Lo había dejado para el viernes, con el resto del trabajo más delicado.

Hasta aquella noche había querido descubrir qué expresión había conseguido.

Ahora deseaba ver también cuánto de él seguía quedando fuera de la fotografía.