El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 10 La noche que eligieron
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CAPÍTULO 10 La noche que eligieron

Beatrice había dejado una nota para Hester antes de salir. Decía que cenaría con Nathaniel y que podía regresar tarde. La mujer la leyó, levantó la vista y preguntó si quería que guardara el desayuno.

Beatrice tardó un instante en comprender.

—No lo sé todavía.

—Entonces no lo guardaré. Si vuelve con hambre, encontraremos algo.

No hubo consejos ni preguntas. Beatrice sintió un agradecimiento difícil de expresar y se limitó a darle las buenas noches. En el bolsillo llevaba la llave de la entrada lateral, separada del resto para no tener que buscarla a oscuras.

Había visto el local de la antigua relojería el miércoles.

La ventana delantera daba buena luz y el cuarto de atrás permitía separar el trabajo.

Faltaban condiciones por hablar, una revisión de la chimenea y cuentas que prefería hacer dos veces.

Quería contárselo a Nathaniel, pero no dedicar la cena entera a enumerar desperfectos.

Lo encontró en la cocina, intentando decidir si una cazuela necesitaba más agua. Se había remangado y tenía un paño sobre el hombro. Al verla, dejó la cuchara y se acercó antes de preguntar por el local.

Beatrice le levantó la cara para el beso. Nathaniel la recibió con una mano en la cintura, ya sin aquella pausa en la que parecía pedir permiso a una vida anterior. Ella le rozó el cuello y notó el calor de la cocina en su piel.

—Huele bien —dijo al separarse.

—Todavía puedo estropearlo. Mabel me dejó instrucciones, pero hay una parte que dice «hasta que esté».

—Suele ser la más difícil de seguir.

Él le quitó el abrigo y lo dejó en la silla junto a la puerta. Beatrice reconoció el lugar donde habían fregado el sábado anterior. La mesa estaba puesta para dos, con platos que no pertenecían al mismo juego. Le gustó que no hubiera intentado convertir la casa en un establecimiento para recibirla.

—Puedo probarlo si quieres —ofreció—. Sé distinguir una patata cruda de una cocida. Es prácticamente todo mi conocimiento, pero hoy podría servir.

Nathaniel le dio una cucharada, soplando antes sin darse cuenta. Beatrice la aceptó y tuvo que esperar a tragar para reírse.

—Está bien. Y no necesitabas enfriármela tú.

—Me he dado cuenta tarde.

—Me ha gustado. Puedo recordarte que soy capaz de hacerlo y seguir encontrándolo agradable.

Nathaniel sonrió y la atrajo un momento por la cintura. Beatrice apoyó la mano sobre la suya. Permanecer así en una cocina le produjo un deseo menos urgente que los besos del patio y, en cierto modo, más difícil de contener.

Cenaron mientras fuera se apagaba la luz. Ella habló del local sin ocultar el entusiasmo. Nathaniel preguntó por el agua, por el acceso y por el precio; cuando Beatrice dijo que aún no sabía si le convenía, no intentó decidirlo en su lugar.

—La dueña me ha preguntado si pienso quedarme muchos años —añadió Beatrice—. He respondido que me gustaría encontrar una base y seguir aceptando encargos fuera. No ha puesto ninguna objeción. Eso me ha sorprendido más de lo que debería.

—¿Esperabas que la pusiera?

—Esperaba tener que demostrar que podía cuidar un lugar sin pasarme dentro todas las semanas. Me ocurre en cada conversación sobre un alquiler. Supongo que también lo he aprendido de mi hermano: si dejo un sitio, parece que tengo que explicar por qué no me basta.

—Yo conozco muy poco fuera de aquí. Algunos viajes, visitas a familiares. Me gusta regresar a una casa donde sé qué encontraré. No estoy seguro de que tuviera facilidad para tu trabajo.

—A mí también me gusta regresar. Lo que no quiero es saber que, al hacerlo, tendré que pedir perdón por haber disfrutado fuera. Puedo echar de menos a alguien y tener un buen día. Me gustaría que la persona que me espera pudiera entenderlo.

Nathaniel pasó la mano por la mesa, pensativo.

—Creo que lo entiendo. Otra cosa será acostumbrarme. El lunes te eché de menos y tú estabas a unas horas de distancia. Pero conseguí terminar el trabajo. No te encontraste una lista de reproches al volver.

—Me encontré tu cara. Fue bastante fácil leerla.

—Tendré que contar con que miras por oficio. No voy a poder ocultarte mucho.

—No quiero vigilarte, Nathaniel. Si un día estás disgustado por una factura, prefiero preguntarte a decidir que tiene que ver conmigo. También necesito aprender a no adivinar. En mi familia nos sale antes que escuchar.

Él le acercó el pan. Beatrice lo tomó sin dejar de mirarlo.

—¿Qué le has contado a tu hermano? —preguntó Nathaniel.

—Que estoy bien. Que he conocido a un hombre al que quiero seguir viendo. Que me quedo hasta noviembre, de momento. No le he pedido que opine, aunque probablemente lo hará porque me quiere y porque le cuesta resistirse.

—Mabel ya tiene una opinión. No me la ha explicado entera, pero hoy me ha dicho que deje de preguntarle por la cena y venga a buscarte antes de que se enfríe.

—Eso parece una opinión favorable a la comida. No te precipites.

—También me ha quitado un paño del hombro al salir de la oficina. Creo que quería evitar que pareciera que iba a ponerte a trabajar.

Beatrice se rio y volvió a mirar la cocina. La comodidad no había borrado la expectativa con que había salido de la posada; la hacía más fácil de sostener.

—Quiero pedir una semana para medir y calcular —explicó—. La dueña no tiene prisa, pero tampoco quiere que lo reserve sin compromiso durante todo el invierno.

—¿Has hablado con Pritchard?

—He aceptado las dos jornadas de octubre, si confirma los gastos de viaje. Eso me ayuda. La escuela todavía tiene que decidir cuántas familias quieren retrato.

—Tendrás trabajo suficiente para unos meses.

—Probablemente. No para todo lo que me gustaría comprar. Tendré que usar los fondos que ya tengo y arreglar una silla que no parezca rescatada de un establo.

Nathaniel miró la silla bajo ella y Beatrice se rio.

—Esta me gusta. No era una petición.

—Lo había entendido. Estaba pensando que podrías preguntarle a Bennett por una usada. A veces sabe quién vende muebles antes de que los saquen a la calle.

—Eso sí lo haré. Mañana, cuando vuelva al pueblo.

La última frase quedó entre ellos. Beatrice no la había planeado, pero tampoco quiso corregirla. Nathaniel dejó la cuchara sobre el plato.

—¿Mañana?

Ella lo miró. Podía convertirlo en una equivocación, decir que se refería a volver después del vivero. En cambio, apoyó ambas manos junto al plato para que él no viera cuánto necesitaba ocuparlas.

—He pensado que me gustaría quedarme esta noche. No te lo había preguntado porque no quería llegar con la decisión tomada por los dos.

Nathaniel mantuvo la mirada en ella. Había dejado de moverse.

—Quiero que te quedes.

Beatrice sonrió, con un alivio que le pareció demasiado visible.

—Bien. Todavía tengo la llave de la posada. No necesito quedarme porque se haya hecho tarde ni porque no pueda volver.

—Lo sé. Y puedes cambiar de idea aunque terminemos de cenar y aunque yo siga queriendo que te quedes.

Ella se levantó y rodeó la mesa. Nathaniel apartó la silla para recibirla. Beatrice se inclinó y lo besó despacio, con una mano a cada lado de su cara. Él le sostuvo las caderas sin atraerla hasta que ella misma se acercó.

El beso duró lo suficiente para que la comida dejara de importar. Al separarse, Beatrice le rozó la frente con los labios.

—Ahora tendremos que acabar la cena —dijo—. He llegado con demasiado apetito para renunciar a ella de forma elegante.

Nathaniel soltó una risa, todavía con las manos en su cintura.

—Me alegro. No sabría qué hacer con toda la cazuela.

Volvieron a sus sitios. Comieron más deprisa durante unos minutos y luego se rieron de estar haciéndolo.

Aquella torpeza compartida alivió a Beatrice.

No quería una noche ejecutada con la precisión de una escena ensayada; quería estar con el hombre que volvía a mirarla cada vez que ella dejaba el vaso.

Recogieron lo necesario para que la cocina no amaneciera desordenada. Beatrice secó los cubiertos, Nathaniel tapó la cazuela y ambos pasaron demasiado cerca del otro en un espacio donde podían haberse movido sin tocarse. Al rozarle él la espalda para alcanzar un plato, ella le sujetó la mano.

—Eso ya puede esperar.

Nathaniel dejó el plato. Se volvió hacia ella y la besó junto al aparador, con una firmeza que le hizo cerrar los dedos en su camisa. Beatrice se acercó hasta que sintió su cuerpo contra el suyo. Él le acarició la cintura y se detuvo allí, dejándola elegir cuánto estrechar la distancia.

Ella le desabrochó el primer botón del cuello. El gesto requirió más atención de la que había previsto; la tela se había endurecido un poco alrededor del ojal. Nathaniel la observó intentarlo y acabó ayudándola, riéndose en voz baja.

—Suelo hacerlo sin tanta dificultad.

—Yo también suelo tener más paciencia con una costura.

El botón cedió. Beatrice apartó el cuello y le besó la piel que había quedado descubierta. Nathaniel inclinó la cabeza hacia ella y le sostuvo la nuca con una mano. La respuesta de él, tan inmediata, la hizo demorarse.

Cuando la miró de nuevo, había deseo en su cara y una pregunta que esta vez no se parecía al temor del domingo.

—¿Subimos?

Beatrice asintió y lo besó antes de responder.

—Sí. Quiero subir contigo.

Nathaniel tomó la lámpara. Ella recogió el chal del respaldo y lo siguió por la escalera. A mitad del tramo él se volvió para comprobar que veía bien los peldaños. Beatrice le pasó la mano libre por la espalda, agradeciendo el cuidado sin permitir que los devolviera a una distancia ceremoniosa.

La habitación tenía una ventana cerrada, una cómoda y una cama de madera oscura. Sobre la mesilla descansaba un libro boca abajo. Nathaniel lo retiró para colocar la lámpara, como si acabara de recordar que había llevado allí todas las noches de su vida sin preparar aquella.

Beatrice dejó el chal en una silla. Él permaneció junto a la cómoda, observándola. No era una espera vacía: le estaba dando tiempo para mirar y decidir.

Ella se acercó y le tomó las manos.

—No estoy buscando nada que pueda estar mal.

Nathaniel bajó la cabeza, con una sonrisa breve.