CAPÍTULO 9 Una habitación a plena luz #2
Al salir, Rose caminó junto a ella hasta la esquina.
—Creía que la perderíamos cuando ha dicho que no a la señal.
—Yo también. Pero, si empiezo pagando todo lo que me pidan por miedo a perder el local, tendré que aceptar después cualquier retrato por miedo a perder el alquiler.
—Mi madre dice algo parecido de las habitaciones. Una cama ocupada puede salir cara si el huésped exige la casa entera.
Beatrice guardó la cinta en el bolso. Le gustaba más aquel espacio que el de Foster. Precisamente por eso debía poder marcharse de la negociación sin prometer lo que no podía sostener.
Esa noche hizo las cuentas en una mesa del Olmo.
Añadió carbón, tela gruesa, cubos, el arreglo de la chimenea y un margen para semanas sin clientes.
Nathaniel llegó cuando ella estaba comprobando la suma por tercera vez.
Dejó el sombrero en la silla contigua y esperó a que Beatrice levantara la vista.
—Rose me ha contado que has visto otro local —dijo—. Solo que tiene una ventana grande y que no la has dejado intervenir cuando discutíais el dinero.
—La segunda parte ha debido de costarle más callarla. Siéntate. Quiero enseñarte las cifras, pero no quiero que las pagues ni que decidas por mí si son prudentes.
Nathaniel acercó la silla.
—Puedo mirar y hacer preguntas.
—Eso necesito.
Repasaron los gastos. Él señaló que había contado dos veces el transporte de una mesa.
Beatrice descubrió que había olvidado el impuesto local.
Ninguno de los cambios resolvía por sí solo la decisión.
Cuando terminaron, el alquiler seguía siendo posible si conservaba los encargos previstos y conseguía algunos retratos durante el invierno.
—Hay riesgo —dijo Nathaniel.
—Sí. También lo habría en Bath, aunque conozca mejor las calles. Lo que intento decidir es si puedo soportarlo sin pedirte que cubras cada mes malo.
—No quiero comprarte un lugar en el pueblo. Sí quiero poder ayudarte alguna vez sin que eso convierta el estudio en mío.
Beatrice apoyó el lápiz.
—Tendremos que aprender la diferencia. Para empezar, mañana voy a negociar yo. Después puedes ayudarme a mover la mesa, y te daré de cenar como a cualquier hombre que cargue con un mueble por una escalera inexistente.
Nathaniel sonrió.
—Parece un trato bastante mejor que el de Foster.
Ella dobló la hoja y la guardó. Aún no tenía una llave, pero ya podía imaginar un cartel con su nombre sin colocarlo sobre la puerta de otra persona.
Por la tarde preparó el retrato de él. Habían acordado hacerlo en el cuarto, con la ventana abierta y un fondo sencillo. Nathaniel llegó a la hora prevista, sin chaqueta, y se quedó mirando la silla que ella había colocado.
—Parece una entrevista bastante seria.
—La silla es la misma donde Mabel lleva las cuentas. No ha desarrollado ninguna autoridad nueva desde ayer.
Él se sentó. Beatrice ajustó la cámara y le pidió que girase un poco el cuerpo. Nathaniel apoyó las manos sobre las rodillas, exactamente como en el patio de la posada. Ella sonrió detrás del aparato.
—Puedes dejar una mano en el respaldo. No voy a dibujar un círculo alrededor de los dedos si se mueven.
—El viernes encontraste algo mejor que hacer con ellos.
Beatrice levantó la cabeza. Nathaniel la miraba con una diversión que pocas semanas antes habría parecido imposible en aquel lugar.
—Como sigas, voy a tardar demasiado en terminar.
—No he dicho que tenga prisa.
Ella se acercó para corregir el cuello de la camisa. No necesitaba mucho arreglo; ambos lo sabían. Nathaniel levantó la barbilla y Beatrice le pasó un dedo por el borde antes de apartar la mano.
—Ahí está bien.
—Todavía no has hecho la fotografía.
—Estoy hablando de ti.
Él dejó de sonreír por un momento. La mirada se le volvió más cercana, sin que cambiara de postura.
Beatrice regresó a la cámara. Le pidió que mirara un poco a un lado y pensó en todas las veces que había intentado provocar una expresión semejante con instrucciones que ahora le parecían demasiado numerosas.
Hizo la toma. Después otra, por precaución. Nathaniel permaneció sentado hasta que ella terminó de guardar los chasis.
—¿Ya puedo levantarme?
—Ahora sí. Gracias por dejarme hacerlo.
Él se acercó mientras Beatrice cerraba la caja. Le rozó la espalda con una mano, esperando a que dejara lo que tenía entre los dedos. Ella se volvió y Nathaniel la besó con una seguridad que la hizo apoyarse en su pecho.
—Lo de esta mañana —dijo él al separarse—. No he medido esa habitación porque crea que no puedes encontrar otra. La he medido porque quería que te quedaras cerca.
Beatrice le acarició la mandíbula.
—Eso sí puedes decírmelo. No tienes que convertirlo en una solución antes de hablar conmigo.
—Estoy aprendiendo bastante despacio.
—A mí también me cuesta. He estado a punto de no decirte que Rose sabe de otro sitio para no parecer demasiado contenta con la idea.
Nathaniel le tomó la mano que tenía en la cara y besó su palma.
—Quiero que me lo cuentes. Aunque la habitación de mi casa se quede vacía.
Beatrice lo abrazó entonces, sin buscar enseguida otro beso. Él la recibió con ambos brazos. Permanecieron un rato juntos en el cuarto donde trabajaban, entre el material ordenado y la luz de una tarde que todavía podía aprovecharse.
Cuando Nathaniel se marchó, ella volvió a guardar los utensilios.
Había decidido vivir en Willow Creek solo si encontraba una manera propia de hacerlo.
Sin embargo, al pensar en el jueves, imaginó por primera vez cómo sería despertarse en aquella casa sin tener que abrir allí un estudio para justificar su presencia.