El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 9 Una habitación a plena luz
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CAPÍTULO 9 Una habitación a plena luz

La escalera del almacén olía a harina y tenía un peldaño más alto que los demás. Beatrice lo anotó antes de llegar al rellano. Foster abrió la puerta con una llave que necesitó dos intentos y se apartó, orgulloso de enseñar una sala donde todavía quedaban tres sillas rotas.

—Retiraré todo esto antes de que entre —dijo—. Lo he dejado porque no molesta. Hay más espacio del que parece.

Beatrice fue directamente a la ventana. Daba hacia el norte y recibía una luz amplia, sin sol directo a aquella hora. Había suficiente distancia hasta la pared contraria para colocar la cámara. Se quitó los guantes y los guardó en el bolso.

—¿Puedo abrirla?

—Desde luego. La hoja derecha se atasca cuando llueve, pero la izquierda funciona.

Nathaniel se quedó junto a la puerta. Beatrice agradeció que no empezara a examinar los desperfectos en voz alta. Habían llegado juntos, después de una mañana en que ella lo había sorprendido mirándola por encima de una hilera de macetas. Ahora necesitaba conservar la cabeza en el alquiler.

Foster explicó las condiciones. El pago incluía la sala y un pequeño cuarto contiguo, pero no el uso del patio para dejar material. El agua tendría que subirse desde abajo. Había una chimenea que no se utilizaba desde hacía tiempo y que requería revisión antes de encender nada.

Beatrice escuchó, anotó y pidió que repitiera el precio.

—¿Por mes completo, aunque entre a mitad?

—Podemos ajustar el primero. Después prefiero meses enteros. Me resulta más fácil llevarlo.

—A mí también me resulta más fácil pagar por el tiempo que uso. Tendríamos que fijar una fecha de entrada antes de acordarlo.

Foster se acomodó el chaleco. No parecía ofendido; estaba acostumbrado a que los clientes discutieran cantidades pequeñas.

—Dígame qué necesita y veremos si puedo ofrecérselo.

Beatrice revisó el cuarto contiguo. Tenía ventilación hacia un patio interior, pero el suelo descendía ligeramente hacia una esquina.

Podría trabajar allí si conseguía oscurecerlo y establecer un acceso seguro al agua.

El problema era la escalera. Hester había subido con dificultad a su habitación el día anterior llevando solo una jarra.

—Los clientes tendrían que subir por donde hemos venido —dijo al regresar.

—Es la única entrada. Antes trabajaba aquí un contable y nadie se quejaba.

—Mis clientes pueden traer niños pequeños o tener dificultad para caminar. No quiero anunciar un estudio al que algunos no podrán llegar.

Nathaniel miró hacia la escalera. Beatrice vio que se preparaba para hablar y esperó a que se contuviera. Foster ya estaba ofreciendo una silla en el rellano para quienes necesitaran descansar.

—Lo pensaré —respondió ella—. La luz me gusta. Necesito calcular el coste de acondicionar el cuarto y decidir cuánto me limita el acceso. ¿Puedo volver con una cinta y tomar medidas mañana?

—Mientras no haya otro interesado. No voy a prometer que lo reserve si no hay señal.

—No se la estoy pidiendo. Si lo alquila antes, me avisa y me ahorra el viaje.

Foster aceptó. Nathaniel les abrió la puerta para salir. Al bajar, Beatrice tocó el pasamanos, comprobando su altura. La sala era mejor de lo que había esperado en unas cosas y peor en otras. Le habría gustado poder entusiasmarse sin tener que hacer una lista de objeciones.

Ya en la calle, Nathaniel caminó a su lado hasta que quedaron lejos del almacén.

—La escalera será un problema —dijo ella—. Para subir el material también. ¿Qué te ha parecido lo demás?

—La ventana sirve. El cuarto pequeño necesita trabajo, pero podría hacerse. La casa del camino tiene entrada a nivel de calle.

—Podemos verla. Aunque, si queda lejos de todo, tendré que convencer a la gente de que vaya expresamente.

Nathaniel vaciló antes de continuar.

—También hay una habitación en mi casa. La de delante. Tiene dos ventanas y una puerta que podría abrirse al lateral.

Beatrice siguió caminando unos pasos. Después se detuvo junto a una pared, donde no estorbaban el paso.

—¿La has estado midiendo?

Él no intentó disimular.

—El domingo por la mañana. Pensé que quizá podría servirte. No te lo dije antes porque quería ver qué te parecía lo de Foster.

Beatrice sintió una ternura incómoda, seguida de la certeza de que aceptar sería demasiado sencillo. Nathaniel tenía una casa, espacio y ganas de ayudarla. Ella llevaba semanas calculando cuánto costaba conseguir precisamente eso.

—No quiero instalar el estudio en tu casa —dijo.

La expresión de él cambió antes de que pudiera impedirlo.

—No te estoy pidiendo que vivas allí.

—Lo sé. Pero todo quedaría mezclado antes de que sepamos cómo queremos estar juntos. Si discutimos por un trabajo, tendría que entrar por tu puerta al día siguiente. Si necesitas silencio, yo podría tener una familia esperando un retrato. Y me costaría pedirte que salieras de una habitación tuya.

—Podríamos acordar las condiciones.

Beatrice apoyó la mano en su brazo, sin usar el contacto para rebajar lo que estaba diciendo.

—Podríamos. Aun así, no es lo que quiero. Necesito encontrar mi sitio, Nathaniel. Me gusta que quieras hacerme espacio, pero no quiero que esa sea la única forma de quedarme.

Él miró hacia la tienda de Foster. Tenía la mandíbula tensa. Beatrice esperó, permitiéndole sentirse decepcionado sin apresurarse a ofrecer algo a cambio.

—Me he adelantado —dijo al fin.

—Un poco. Me lo has ofrecido; puedo decirte que no. Lo que me preocupa es que parezca un rechazo a todo lo demás.

Nathaniel volvió la cara hacia ella.

—No voy a fingir que no me habría gustado. Pero te he oído. Buscaremos otro lugar, si todavía quieres que vaya contigo.

—Quiero. También quiero que vuelvas a invitarme a tu casa cuando no haya una habitación esperando convertirse en mi trabajo.

Él soltó el aire y una sonrisa breve le aflojó la boca.

—El jueves. Para cenar. Sin cinta de medir.

Beatrice le apretó el brazo.

—El jueves me viene bien.

Hester sabía de una habitación detrás de la antigua tienda de un relojero.

Rose corrigió la información: la delantera también estaba libre, pero la dueña no quería arrendarla a alguien que encendiera hornos o almacenara sacos.

Beatrice recibió ambas noticias durante el almuerzo, junto con un plato que se enfriaba mientras ellas discutían quién conservaba la llave.

—No puedo ir a verla hasta mañana —dijo—. Tengo que acabar un trabajo esta tarde. ¿Pueden preguntarle si estaría dispuesta a enseñármela?

—La veré yo —respondió Rose—. Le llevo unas cosas después de comer. ¿Le digo para qué la quiere?

—Para fotografía. Y que necesitaré agua, ventilación y permiso para oscurecer un cuarto. Prefiero que me diga ahora si no le conviene.

Hester recogió un plato vacío.

—Eso le gustará. El anterior inquilino le aseguró que iba a vender relojes y acabó guardando bicicletas para arreglarlas. Se quejaba menos del ruido que de haber tenido que descubrirlo sola.

Beatrice sonrió y siguió comiendo. La posibilidad le devolvió parte del entusiasmo perdido en la escalera de Foster. No había encontrado todavía el lugar, pero empezaba a reconocer una forma de buscarlo que no dependía exclusivamente de Nathaniel.

La dueña de la antigua relojería pudo recibirla esa misma tarde.

Se llamaba señora Wilcox y llevaba las llaves colgadas de la cintura, en un aro que anunció cada uno de sus movimientos por el pasillo.

Rose había abierto las contraventanas antes de que llegaran.

La sala delantera era más pequeña que la de Foster, pero estaba a nivel de calle y tenía una ventana alta orientada al norte.

Detrás había un cuarto con fregadero y una puerta estrecha que daba a un patio de piedra.

—El agua se hiela algunos días —advirtió la señora Wilcox—. Mi marido envolvía la tubería y dejaba el grifo apenas abierto. No voy a decirle que nunca tuvimos un problema, porque una mañana encontramos el suelo como un estanque.

—¿Se levantaron las tablas?

—No son tablas. Piedra debajo de esa estera. Fea, pero resistente.

Beatrice retiró una esquina con permiso y comprobó el suelo. Pensó en cubos, manchas y clientes que llegarían con barro. Pensó también en una madre entrando con un cochecito sin tener que subir una escalera. Midió la pared mayor mientras Rose sostenía el extremo de la cinta.

—¿Qué tendría que cambiar? —preguntó la dueña.

—Necesitaría oscurecer el cuarto trasero sin clausurar la ventilación. Colgar un fondo aquí y quizá fijar una barra sobre la ventana. No haré agujeros sin enseñarle antes dónde.

—¿Y humo?

—No. Algunos líquidos huelen y los guardaré cerrados. Si quiere, puedo explicarle cuáles y cómo pienso desecharlos. No irán al fregadero sin más.

La señora Wilcox la miró con un interés más atento. Beatrice comprendió que el antiguo inquilino no había dado muchas explicaciones antes de llenar el local de piezas de bicicleta.

—Quiero verlo por escrito —dijo la mujer—. También el horario. Vivo encima y no deseo que llamen a mi puerta cuando usted no esté.

—Yo tampoco. Trabajo fuera algunos días y necesito que eso quede claro para mis clientes. Pondré un aviso y recibiré con cita cuando el encargo lo requiera.

Hablaron del alquiler. Era un poco más alto que el de Foster, aunque Beatrice no tendría que pagar obras ni contratar a nadie para subir agua.

Pidió un plazo para probar el espacio y una fecha concreta para revisar las condiciones.

La señora Wilcox no aceptó todo. Propuso dos meses en lugar de tres y quiso una señal que Beatrice consideró excesiva.

—Puedo adelantar una parte —respondió—, pero no pagarle por adelantado el riesgo de que otro inquilino haya mentido. Usted puede pedirme referencias. El señor Pritchard responderá por mis encargos y Hester sabe cuánto tiempo llevo alojada en el Olmo.

Rose dejó de fingir que examinaba el pestillo. La señora Wilcox hizo sonar las llaves contra la falda mientras pensaba.

—La mitad de la señal y dos referencias —decidió—. Si en noviembre firma por más tiempo, completará la cantidad.

—Necesito hacer cuentas antes de aceptar. Mañana le traeré una respuesta, no una excusa.