El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 8 Las manos desocupadas
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CAPÍTULO 8 Las manos desocupadas

Nathaniel llegó a la posada con un paquete que había envuelto tres veces. La primera cuerda dejaba marca en el papel. La segunda era demasiado corta. La tercera había servido, aunque Mabel le preguntó si pensaba enviarlo por mar al ver el nudo.

Ahora lo llevaba bajo el brazo y empezaba a pensar que habría sido mejor presentarse sin nada. Hester lo recibió junto al mostrador, miró el paquete y no comentó su existencia.

—La señorita Ward bajará enseguida. La mesa está junto a la ventana. El grupo del fondo se marchará antes de que sirvamos, salvo que decidan discutir también el precio de levantarse.

Nathaniel agradeció la información y se sentó.

Había escogido el lado que permitía ver la escalera; al advertirlo, estuvo a punto de cambiarse.

Se quedó donde estaba. El Olmo tenía pocas mesas y un olor agradable a comida caliente.

No parecía un lugar donde uno debiera preocuparse tanto por las manos.

Beatrice apareció con el vestido gris. El cuello, sencillo, dejaba visible más piel que sus prendas de trabajo. Llevaba el pelo recogido en la nuca y unos pendientes pequeños que él no le había visto antes. Nathaniel se levantó, olvidando el paquete sobre la silla.

—Ahora tendrás que decir algo —advirtió ella al llegar—. He invertido toda la tarde en fingir que no me estaba preparando.

Él sonrió, incapaz de apartar enseguida la mirada de su cuello.

—Me gusta mucho el vestido. Y llevo demasiado tiempo mirándote para conseguir decirlo con naturalidad.

—Podemos dar por cumplida esa parte. Yo iba a decirte lo mismo de tu chaqueta, pero creo que lo que me gusta eres tú dentro.

Nathaniel sintió que se le alteraba la respiración. Beatrice dejó el bolso junto al plato, satisfecha de haberle quitado la ventaja. Él se apartó para acomodarla y entonces recordó el paquete.

—He traído esto.

Ella lo recibió con curiosidad. Deshizo la cuerda sin romper el nudo, apartó el papel y encontró una carpeta de tapas firmes, pequeña, unida con una cinta. Dentro había varias hojas de papel corriente.

—Mabel tenía una igual —explicó él—. Pensé que podrías usarla para llevar las pruebas sin doblarlas. Pero, si no sirve, no tienes que encontrarle una utilidad por mí.

Beatrice pasó la mano por la cubierta.

—Sirve. Las que llevo al impresor acaban entre cartones que tienen más historia que mis fotografías. ¿La has comprado para eso?

—La vi en Millbrook cuando fui a recoger una cuenta. Me acordé de cómo sujetabas los sobres el lunes.

Ella levantó la vista y Nathaniel vio que la broma no llegaba. Beatrice volvió a cerrar la carpeta, con las manos quietas sobre la cinta.

—Gracias. Me gusta que te hayas acordado de algo que hago sin estar intentando llamar tu atención.

Él se sentó frente a ella. Había acertado en el regalo y no supo qué hacer con el alivio. Se lo ahorró Rose al llegar con la sopa.

Cenaron despacio. Beatrice contó una anécdota del estudio: un hombre que había llevado su propio sillón para retratarse porque no confiaba en que otro le diera la misma dignidad.

Nathaniel le habló de una mujer que compraba un árbol para cada nieto y le exigía que crecieran a la vez, aunque los niños hubieran nacido en meses distintos.

—Le dije que incluso los hermanos se diferencian —recordó—. Me respondió que ya tenía suficiente con sus hijos para consentírselo también a los árboles.

Beatrice se rio, inclinándose hacia él. La luz de la lámpara le alcanzó el pendiente y Nathaniel siguió el destello hasta el lóbulo de su oreja. Quiso tocarlo. Se preguntó cuánto duraría aquella costumbre de encontrar un deseo concreto cada vez que la miraba.

—¿Qué haces cuando no trabajas? —preguntó ella—. Aparte de enseñarme caminos.

Nathaniel cogió el vaso antes de responder.

—Leo algo. A veces voy a ver a Blackwood. Mi padre jugaba a las cartas y me enseñó, aunque hace tiempo que no encuentro una partida que no dure hasta demasiado tarde.

—Esa lista suena a cosas que solías hacer.

—Puede que lo sea. ¿Y tú?

Beatrice cortó un trozo de pan.

—Camino. Me gustan los sitios donde puedo sentarme y oír hablar sin tener que responder. Mi hermano dice que eso explica que aguante tan mal las visitas familiares: esperan una contribución.

—Hoy estás contribuyendo bastante.

—Hoy quiero que me escuches. No siempre quiero lo mismo.

Nathaniel apoyó el antebrazo junto al plato. Ella se había inclinado un poco sobre la mesa. Podía haberle tomado la mano, pero Beatrice estaba comiendo y él no quería convertir cada gesto en una reclamación de cercanía.

—Me gusta escucharte —dijo—. También cuando hablas de cosas que no sé.

—Eso durará hasta que empiece a explicarte por qué he repetido una copia seis veces. Alfred se levantaba a buscar agua en cuanto reconocía el comienzo.

—Puede que yo también necesite agua. Después volveré.

Beatrice lo miró por encima del vaso. La sonrisa le apareció lenta, como si la respuesta hubiera llegado a un lugar distinto del que él pretendía.

Rose retiró los platos de sopa. Beatrice la siguió con la vista hasta que desapareció detrás del mostrador y luego se inclinó hacia Nathaniel.

—Quería preguntarte algo del domingo. Dijiste que antes jugabas a las cartas. ¿Te gustaría volver o lo has mencionado porque necesitabas llenar una respuesta? No es una pregunta con trampa. Yo he seguido diciendo que me gustaba dibujar años después de dejar de hacerlo.

—Me gustaría una partida de vez en cuando. Lo que no echo de menos es quedarme hasta tarde por no ser el primero en irme. Acababa enfadado con los demás por una cosa que decidía yo.

—Entonces podríamos jugar una tarde. Tendrás que explicarme las reglas sin aprovecharte demasiado. Alfred me enseñó un juego que incluía una excepción nueva cada vez que yo estaba a punto de ganar.

—No prometo dejarte ganar. Puedo prometer que conocerás las reglas antes de que empiece a perder.

—Eso me sirve. Me gusta competir cuando puedo hacerlo en igualdad. En el estudio teníamos un cliente que apostaba conmigo sobre cuánto tardaría en preparar la cámara. Si yo ganaba, decía que habíamos estado bromeando; si perdía, esperaba cobrar.

—¿Volviste a aceptarle una apuesta?

—Una vez. Le pedí que dejara el dinero delante y entonces perdió el interés. Mi padre se rio tanto cuando se lo conté que se lo repitió al propio cliente. No volvió a preguntarme si yo sabía lo que estaba haciendo.

Nathaniel sonrió y apartó un poco el vaso para verla mejor.

—Echo de menos que alguien me cuente esas cosas al acabar el día. Las pequeñas. Mabel lo hace, pero también conoce casi todo lo que me ha ocurrido antes de que pueda abrir la boca.

—Podemos contárnoslas. Aunque quiero que algunos días me sorprendas con algo que no sepas ya al levantarte. Si te pregunto qué has hecho, no acepto que respondas siempre «trabajar» y me dejes a mí toda la conversación.

—Hoy he comprado una carpeta y he discutido con mi hermana por un nudo. No lo tenía previsto al levantarme.

—Vas mejorando. Yo me he peinado dos veces y he escondido los alfileres antes de bajar para que Rose no comprendiera cuánto había tardado. Te lo cuento porque me has dado un regalo bonito y no quiero empezar fingiendo una serenidad que no tengo.

Nathaniel alargó la mano. Beatrice se la tomó un momento, por encima del borde de la mesa.

—Yo tampoco estoy sereno —dijo—. Pero ya no quiero marcharme para que se me pase. Me gusta estar aquí contigo, incluso sin saber siempre qué decir.

Beatrice le acarició los dedos antes de soltarlos para recibir el siguiente plato.

Comieron el plato principal y compartieron una porción de tarta que Hester aseguró haber cortado pequeña. Nathaniel intentó darle a Beatrice la parte con más fruta; ella cambió los platos sin avisar.

—No empieces a quedarte con lo que menos te gusta —dijo—. Puedo partirla por la mitad.

—Me gusta la masa.

—Entonces tienes derecho a defenderla. Pero preferiría que me lo dijeras antes de decidir que yo necesito toda la fruta.

Él se rio. Volvieron a repartirla y acabaron comiendo casi lo mismo que al principio. Nathaniel se sorprendió disfrutando de una discusión que no llegaba a ninguna conclusión importante.

Después de cenar, salieron al pequeño patio de la posada.

La noche estaba fresca y olía a leña. Hester había dejado una lámpara junto a la puerta, suficiente para iluminar el banco y la pared cubierta de una planta trepadora.

Desde dentro llegaban voces apagadas; tenían intimidad sin quedar aislados.

Beatrice se envolvió en el chal. Nathaniel se sentó a su lado y dejó las manos sobre las rodillas. Ella las miró un momento, sonriendo.

—No tienes que sujetar nada esta noche.

Él abrió los dedos.

—Se nota demasiado que no sé dónde ponerlas.

—Un poco. Puedes empezar por darme una.

Nathaniel se la ofreció. Beatrice apoyó la palma sobre la suya y recorrió con el pulgar una marca antigua junto al nudillo. Él la dejó mirar, aunque le resultó más íntimo que muchos contactos deliberados.

—¿Esta? —preguntó ella.

—Un cristal. Hace años. Mabel dice que me hice más daño intentando recogerlo sin ayuda que al romperse.

—Parece una observación muy suya.

Beatrice le giró la mano. Él tenía pequeñas heridas cerradas, marcas de presión en los dedos y una aspereza que no desaparecía después de lavarse. Bajo la mirada de ella no sintió necesidad de esconderlas.

—Mis manos salen mejor cuando trabajan —dijo.

—Tus manos me gustan ahora.

Nathaniel volvió el cuerpo hacia ella. Beatrice levantó la vista y dejó de acariciarlo, esperando. Él le apartó del hombro el extremo del chal antes de inclinarse. Ella lo recibió con la boca tibia y una mano en la nuca.

El beso cambió enseguida la noche. Nathaniel dejó de escuchar las voces del interior y se concentró en el modo en que Beatrice se acercaba, en la presión de sus dedos cuando él intentaba separarse lo suficiente para respirar.

La atrajo por la cintura, con cuidado de no apretarla contra el brazo del banco.

Ella hizo sitio, riéndose contra su boca al notar lo estrecho que resultaba.

—Tendríamos que haber elegido un banco sin esto —murmuró.

—Puedo cambiarme al otro lado.

—Vas a tardar demasiado.

Beatrice le besó la comisura de los labios. Nathaniel cerró los ojos un instante. Después se apartó lo justo para mirarla. El chal se había deslizado y dejaba descubierto el nacimiento de su cuello. Él rozó la piel con el dorso de los dedos.

—¿Está bien? —preguntó.

Ella asintió y luego pareció recordar lo mucho que él necesitaba oírlo.

—Está muy bien. Si quiero que pares, te lo diré.

Nathaniel se inclinó para besar el lugar que había estado mirando durante la cena. Beatrice dejó escapar el aire y le sostuvo el hombro. La respuesta le produjo un deseo tan claro que tuvo que detenerse para no convertir el siguiente gesto en una prisa.

Ella le buscó la cara con ambas manos.

—Mírame un momento.

Nathaniel levantó los ojos. Beatrice tenía las mejillas encendidas y la boca un poco hinchada. No había preocupación en su expresión.

—No te estoy pidiendo que decidas nada esta noche —dijo—. Solo quería saber si sigues aquí conmigo.

Él apoyó la mano en su cintura, por encima del vestido.

—Estoy. Me cuesta pensar en otra cosa que en acercarme más.

Beatrice sonrió y volvió a besarlo. Esta vez Nathaniel dejó que el beso durara, permitiéndose reconocer el calor de su cuerpo a través de la ropa. Ella se acomodó de lado, con una rodilla cerca de la suya. El chal cayó sobre el banco sin que ninguno lo recogiera.

Al separarse, ambos se quedaron callados. Nathaniel le acarició la mejilla con el pulgar. Beatrice apoyó la frente en su hombro y se rio muy bajo.

—Hester va a pensar que nos hemos ido por la tapia.

—Podría preguntar si necesitamos otro banco.

—No le des ideas. Nos lo añadirá a la cuenta.

La risa les permitió recuperar un poco de distancia. Nathaniel recogió el chal y se lo puso sobre los hombros. Beatrice lo dejó hacer, sujetándole la muñeca antes de que retirara la mano.

—Me ha gustado que me tocaras —dijo—. No quiero que mañana recuerdes solo el momento en que nos hemos detenido.

Nathaniel tragó saliva. Había una generosidad en aquellas palabras que no consistía en facilitarle una salida; ella le estaba diciendo lo que deseaba.

—Yo he estado pensando en hacerlo desde que bajaste la escalera.

—Podrías haber empezado después de la sopa.

Él soltó una carcajada que llegó al interior de la posada. Rose asomó la cabeza para preguntar si querían algo más. Beatrice respondió que no, todavía sonriendo, y Nathaniel se sintió extrañamente joven al intentar recuperar una compostura que nadie les había exigido.

Se quedaron fuera hasta que el frío empezó a notarse en las manos. Antes de entrar, Beatrice le habló del local sobre el almacén. Foster podía enseñárselo el martes. Ella había reservado la visita a una hora en que la luz le permitiría ver lo que necesitaba.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Nathaniel.

Beatrice lo pensó sin apresurarse a aceptar.

—Me gustaría. Pero quiero hablar yo del precio. Me conozco: si intervienes, acabaré discutiendo contigo aunque estés diciendo lo mismo que yo.

—Puedo quedarme callado.

Ella lo miró con una sonrisa incrédula.

—Durante una parte de la visita, por lo menos. Después te pediré tu opinión.

Nathaniel la siguió al interior. La sala estaba vacía, salvo por Hester, que anotaba algo junto a la lámpara. Les dio las buenas noches con la misma serenidad con que los habría visto regresar de comprar pan.

Junto a la escalera, Beatrice recuperó su carpeta. La abrazó contra el pecho y Nathaniel sintió una satisfacción pequeña al ver el objeto entre sus manos.

—El domingo tengo la tarde libre —dijo ella—. Quiero pasar la mañana escribiendo y ordenando cuentas. Pero después podríamos hacer algo sin fingir que tenemos un encargo.

—Podríamos salir hacia los campos, por el camino de la iglesia. Es más llano que el del tejar.

—Me gustaría. Y podrías dejarme hacerte el retrato otro día. Sigo esperando una respuesta.

Nathaniel miró la carpeta. Había dejado aquella pregunta en algún lugar entre el miedo a verse y la sorpresa de que ella quisiera mirarlo.

—Lo haré —dijo—. Si me prometes que podré reírme cuando me pongas demasiado serio.

—Te lo pediré yo. Prefiero tener que esperar a que dejes de reírte que pasar una hora intentando que parezcas cómodo.

Él le tomó la mano. El último beso de la noche fue breve, consciente de Hester al otro lado de la sala, pero Beatrice le acarició la palma al apartarse y Nathaniel sintió que se llevaba ese contacto a casa.

Caminó sin prisa. Al llegar, encendió una lámpara y dejó la chaqueta sobre el respaldo. La cocina estaba fría; no había nadie esperándolo, y por una vez aquella ausencia le habló de la noche que acababa de tener en lugar de devolverle otra.

Se sentó para quitarse las botas. En el puño de la camisa había quedado un hilo gris. Lo retiró y lo dejó sobre la mesa, sonriendo al recordar el vestido. Después apagó la lámpara del pasillo y subió a acostarse sin buscar un trabajo con el que prolongar el día.