El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 7 El precio de quedarse
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CAPÍTULO 7 El precio de quedarse

El miércoles, Beatrice descubrió que un hombre podía besarla de una manera memorable y aparecer a la mañana siguiente hablando de un envío de manzanos.

Nathaniel llegó al cuarto con el cuaderno abierto, señaló dos líneas y explicó que el transportista adelantaría la recogida.

Ella escuchó cuanto pudo. Llevaba desde el desayuno preguntándose si la saludaría con un beso.

—Puedo fotografiarlos hoy —dijo—. Tendrás que esperar a que termine las copias, pero no debería llevarme toda la mañana.

—Pike los colocará donde le indiques.

Nathaniel cerró el cuaderno. Beatrice esperó. Él miró la ventana, después la puerta, y dio medio paso atrás.

—¿Eso era todo? —preguntó ella.

Él se detuvo.

—No quería interrumpirte.

—Ya me has interrumpido. Con mucha educación y una lista bastante precisa. Ahora estaba esperando que recordaras lo de ayer.

Nathaniel la miró y el rubor le subió apenas sobre el cuello de la camisa. Beatrice se habría arrepentido si él no hubiera dejado el cuaderno en el estante para acercarse.

—Lo recuerdo desde que me he levantado —dijo—. No sabía si te gustaría que entrase aquí dando por hecho que podía besarte.

—Me gustaría que me lo preguntaras si tienes dudas. Esta mañana, por ejemplo, voy a responder que sí.

Él le acarició la mandíbula con dos dedos. Beatrice levantó la cara. El beso fue cálido, algo torpe al principio porque ambos sonrieron antes de terminar. Nathaniel volvió a buscar su boca y ella apoyó la mano sobre su pecho, donde la tela estaba tibia.

—Buenos días —murmuró él al separarse.

—Así me resultará más fácil atender a tus manzanos.

Nathaniel se rio. Recogió el cuaderno y salió sin intentar prolongar la visita hasta convertirla en un problema para ambos.

Beatrice se quedó mirando la puerta unos segundos antes de regresar a las copias.

Tendría que acostumbrarse a trabajar con aquella distracción disponible al otro lado del patio.

El correo llegó poco antes del mediodía.

Mabel le llevó dos sobres: uno de Alfred y otro del impresor.

Beatrice leyó primero el de su hermano. Había escrito sobre una clienta difícil, la tos que ya se le había pasado a Julia y la necesidad de revisar la caja del estudio antes de comprar otro fondo.

En el último párrafo le preguntaba si estaba bien.

No cuánto cobraba ni cuánto tardaría. Solo si estaba bien.

Beatrice dejó la carta junto a la ventana. Había preparado tantas defensas que le costó reconocer una pregunta sencilla. Se prometió contestarla sin convertir la respuesta en un informe del negocio.

Pritchard resultó más concreto. El fabricante quería dos jornadas de trabajo a comienzos de octubre.

La escuela podía esperar hasta después del encargo del vivero.

Incluía cantidades orientativas, sujetas al material y al número de copias.

Beatrice leyó las cifras una segunda vez y sacó el cuaderno de cuentas.

Durante una hora, el futuro adquirió columnas.

Habitación, comidas, desplazamientos. Placas y papel.

El pago del vivero, con parte aún pendiente.

Si aceptaba los retratos de la escuela, podía quedarse hasta noviembre sin consumir sus ahorros.

Si encontraba un local pequeño, tendría un lugar al que regresar después de los viajes.

Había empezado a calcular cuánto costaba permanecer antes de decidir si quería hacerlo. Cerró el cuaderno. Luego volvió a abrirlo por una página nueva.

Encontró a Nathaniel en la nave pequeña, enseñándole a Pike a distinguir unas raíces dañadas. Esperó junto a la entrada. El muchacho sostenía un plantón con las dos manos y estaba diciendo algo con tanta concentración que ni siquiera se volvió al oírla.

—Este lo dejaría aparte. Pero no sé si he mirado lo mismo que usted. Aquí tiene una parte más oscura.

Nathaniel se inclinó.

—Lo has visto bien. Sepáralo y comprueba los otros del mismo lote. Después me cuentas cuántos quedan.

Pike asintió. Beatrice vio el esfuerzo que le costó a Nathaniel no añadir otra indicación. Él se volvió hacia ella con una expresión resignada.

—Puedes decir que me has visto callarme.

—Lo tendré en cuenta cuando escriba mis memorias. ¿Tienes un rato después de comer? Quiero enseñarte una carta.

Nathaniel dejó las herramientas donde no estorbaran.

—Ahora, si prefieres. Tendré las manos limpias en un momento.

Se sentaron en la oficina, a ambos lados del escritorio. Beatrice le entregó la carta de Pritchard. Nathaniel la leyó completa y después volvió al primer párrafo.

—Tendrás que salir muy temprano.

—O alojarme una noche cerca. Eso es lo que tengo que sumar antes de responder. Pero el trabajo parece bueno.

—Lo parece. ¿Te interesa hacerlo?

Beatrice lo observó. Había tensión en la mano que sujetaba el papel, pero su pregunta no incluía una objeción escondida.

—Mucho. Me permitirá enseñar trabajos distintos cuando busque nuevos clientes. Los retratos pagan las cuentas, pero no quiero dedicarme solo a ellos.

—Entonces deberías aceptarlo.

La facilidad de la respuesta la hizo bajar la guardia. Tomó la carta y la alisó sobre la mesa.

—No quiero que lo digas porque creas que es lo que necesito oír.

—Lo digo porque acabas de explicarme que te interesa. Preferiría tenerte aquí esos días. Puedo preferirlo y seguir pensando que debes ir.

Beatrice sintió el impulso de levantarse y besarlo. Permaneció sentada, dejando que las palabras se asentaran sin devolverlas convertidas en una recompensa.

—Gracias. Todavía tengo que acordar las fechas. No se solaparán con la entrega de tu catálogo.

—Las ajustaremos. El impresor necesitará tiempo después de recibir las últimas imágenes. No estamos a dos días de imprimir.

Ella asintió. Había otra pregunta en el cuaderno, mucho más difícil de enseñar que una oferta de trabajo.

—Estoy pensando en quedarme algo más —dijo—. Hasta noviembre, de momento. Con lo de la escuela y algunos retratos podría sostenerme sin problema. Después tendría que decidir dónde pasar el invierno.

Nathaniel apoyó los antebrazos sobre la mesa. Por primera vez desde que había empezado a leer, su cara dejó de parecer ocupada en una cuenta.

—Me gustaría que te quedaras.

—A mí también me está gustando la idea. Pero necesito saber si hay trabajo suficiente, y un sitio donde hacerlo. No quiero decidirlo solo porque anoche me besaste junto a una maceta.

Él sonrió, aunque la observó con atención.

—Había varias macetas. Procuraré elegir mejor el lugar la próxima vez.

Beatrice se rio. Nathaniel alargó la mano por encima de la mesa, con la palma hacia arriba. Ella dejó los dedos sobre los suyos.

—No te voy a pedir que vivas de una noche —dijo él—. Ni de lo que yo quiera. Si quieres mirar locales, puedo decirte cuáles conozco. Después decides si te sirven.

—Eso sí me ayudaría. Una habitación con luz y acceso al agua. No necesito una tienda grande.

—Hay una sala sobre el antiguo almacén de Foster. La alquila por separado, pero la escalera es estrecha. Y una casa junto al camino de la estación, bastante peor situada.

—Empezaré por la sala. La escalera será un inconveniente para algunos clientes. Quiero verla antes de descartar nada.

Nathaniel le acarició un dedo. Beatrice lo miró, consciente de que habían vuelto a hablar de oficio mientras seguían tocándose. Le gustó aquella posibilidad de tener ambas cosas sin que una expulsara a la otra.

—Tengo otra propuesta —dijo él—. El viernes, después de cerrar. Me gustaría cenar contigo fuera de la oficina y sin que mi hermana tenga que recordarme que hay patatas.

—¿En el Olmo? Hester preparará algo si se lo pedimos con tiempo.

Nathaniel vaciló. Beatrice entendió que había imaginado su casa y no sabía cómo proponerlo sin apresurar lo demás.

—Podemos cenar en tu casa otro día —añadió—. Este viernes quiero sentarme a tu lado sin mirar cuánto queda por fregar.

—En el Olmo, entonces. Le preguntaré a Hester.

Ella apretó sus dedos antes de soltarlo.

—Esta vez me pondré el vestido gris. Solo te lo digo para no volver a discutir conmigo misma delante del armario.

Nathaniel le sostuvo la mirada un instante más de lo necesario.

—Procuraré no llegar con una lista de árboles.

Clara tenía tres prendas extendidas sobre una mesa cuando Beatrice fue a encargar el bolsillo. Le hizo sitio junto al mostrador y examinó la costura antes de pedirle que sacara lo que llevaba dentro.

El cuaderno salió primero. Después apareció un lápiz, un pañuelo limpio, dos recibos y una pequeña tuerca que pertenecía al trípode. Clara observó el montón con una seriedad que acabó por romperse al ver la última pieza.

—Podemos reforzarlo, pero hay una cantidad de hierro a partir de la cual conviene comprar una bolsa.

—Tengo una bolsa. Siempre la dejo donde no la necesito.

—Entonces haremos dos bolsillos y repartirá el peso. Aun así, le recomiendo que esa pieza viaje en otro sitio. Si cae por dentro del forro, tendré que perseguirla hasta el bajo.

Beatrice aceptó el presupuesto. Clara le pidió que trajera la prenda el lunes y anotó el encargo. Al verla guardar los objetos, le preguntó si las fotografías habían quedado bien.

—Muy bien. Podré enseñárselas pronto. Quiero preparar las copias con calma; la de ustedes me gusta especialmente.

Clara sonrió, complacida sin intentar ocultarlo.

—Mi madre estará contenta. Se queja de que cuento más cosas de la tienda que de mi marido. Le he dicho que él también trabaja muchas horas y no puedo inventarle aventuras para llenar las cartas.

—A veces cuesta escribir sobre lo que va bien. Me acaba de pasar con mi hermano. Pregunta si estoy contenta y yo empiezo a contarle cuánto gasto en papel.

—Puede decirle las dos cosas. Mi madre lee las cifras aunque no las entienda y luego busca lo demás.

Beatrice miró su bolso, donde había guardado la carta.

—Creo que lo que me cuesta es admitir que todavía no sé qué voy a hacer. Me resulta más cómodo parecer segura antes de contarle nada.

Clara dejó el lápiz sobre el cuaderno.

—Cuando vine aquí, yo había comprado telas antes de saber si alguien las querría. Podía explicar mi plan con mucho convencimiento. Aun así, algunas noches hacía las cuentas otra vez.

—¿Y dejó de hacerlo?

—No del todo. Ahora tengo otras preocupaciones. Pero he aprendido a no convertir cada duda en un motivo para marcharme. Eso me permite descansar un poco.

Beatrice guardó el último recibo. Clara no le preguntó por Nathaniel ni quiso saber por qué estaba mirando locales. Le agradó poder hablar de quedarse sin que todo el pueblo lo atribuyera ya a un hombre.

De vuelta en la posada, pidió a Hester que mantuviera su habitación hasta noviembre. La mujer consultó el cuaderno de reservas, recorrió una página con el dedo y escribió su nombre.

—Mismas condiciones —dijo—. Si hace más frío y quiere fuego por la tarde, lo acordamos aparte. Prefiero decirlo ahora a discutir por el carbón en octubre.

—Me parece bien. El viernes cenaré aquí con el señor Ashcombe. Iba a hablar con usted.

—Ya ha hablado. Quería una mesa donde no les interrumpiesen.

Beatrice sintió calor en las mejillas y fingió comprobar una moneda.

—¿Y usted qué le ha dicho?

—Que tendría que pagar la cena como los demás. La tranquilidad suele salir mejor si se pide con educación.

Hester cerró el libro. Beatrice subió a su habitación y sacó la carta de Alfred. Esta vez empezó la respuesta sin hacer cuentas.

«Estoy bien. Hay un hombre al que quiero conocer mejor. Todavía no sé cuánto tiempo voy a quedarme, pero he reservado la habitación hasta noviembre».

Leyó las líneas y continuó escribiendo antes de que la prudencia le llenara otra vez el papel de números.