El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 6 Lo que queda fuera del marco #2
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CAPÍTULO 6 Lo que queda fuera del marco #2

—Lo aprendí tarde. Ella decía que, si volvía a contestar «lo que tú quieras», me haría escoger hasta el jabón.

La risa lo sorprendió a mitad del recuerdo. Beatrice se rio con él, sin cautela excesiva. Nathaniel sintió un alivio que no borraba la tristeza y tampoco lo obligaba a permanecer dentro de ella.

Regresaron despacio. Beatrice le habló de Bath, de los años que había trabajado con Alfred y de una propuesta de matrimonio que había rechazado a los veintisiete. Nathaniel escuchó sin interrumpir hasta que ella mencionó la casa que aquel hombre había dado por elegida.

—¿La compró sin preguntarle?

—La había visto. Había calculado dónde pondría sus libros y qué habitación me vendría bien para coser. Yo no cosía por gusto; arreglaba mi ropa porque tenía que hacerlo. Cuando pregunté dónde revelaría, dijo que podía seguir yendo al estudio algunas mañanas, hasta que hubiese niños.

Nathaniel miró el camino.

—¿Quería tenerlos?

—No lo sabía. Con él empecé a sentir que tendría que saberlo enseguida. Lo peor fue que era un hombre bastante amable. Alfred creía que podríamos llegar a un acuerdo. Yo no quería casarme para empezar a negociar la existencia de mi trabajo.

—¿Su hermano sigue pensando lo mismo?

—Ya no. Le costó entenderlo, pero me ayudó cuando dije que no. Se lo recuerdo a veces, para no contarme una versión en la que siempre se equivoca él.

Nathaniel sonrió. Le agradaba aquella forma de corregir su propio relato, aunque supuso que no siempre le resultaría cómoda si se la aplicaba a él.

—Su firma es B. Ward —dijo—. ¿La usa para que no sepan que es una mujer?

—La uso desde que mi padre me dejó firmar una copia. Entonces era una forma de parecer mayor. Después se convirtió en la firma que conocían los clientes. Alguno supone que soy un hombre, pero no les he dicho que lo sea.

—Yo lo supuse.

—Me di cuenta cuando llegó al invernadero. La sorpresa le duró poco; la desconfianza, algo más.

Nathaniel aceptó el golpe con una inclinación de cabeza.

—También desconfiaba del gasto.

—Lo sé. Y del pobre peral, que no había hecho nada para merecerlo.

Él se rio. Al llegar a la bifurcación, Beatrice se detuvo. Desde allí podía continuar hacia la posada. La cancela del vivero quedaba a unos pasos, abierta todavía.

—¿Quiere entrar un momento? —preguntó Nathaniel—. Tengo que recoger el sombrero. Y me gustaría que viera algo antes de marcharse.

Ella aceptó. Cruzaron el patio hasta una zona protegida por un muro, donde Nathaniel había apartado varios plantones jóvenes. Se agachó para mostrarle uno que había prendido después de semanas de cuidados.

—Pike se ha ocupado de estos. Ha perdido algunos, pero este sigue adelante. Mañana quiero que sea él quien elija dónde ponerlo.

Beatrice se inclinó a su lado.

—Debería decírselo exactamente así. Está deseando que le confíe algo que no sea llevar una caja de un sitio a otro.

—Voy a hacerlo. Sin pedirle que lo cambie cinco minutos después.

Ella se volvió, sonriendo. Estaban cerca, a la misma altura, y Nathaniel tuvo una conciencia muy clara de su boca. Beatrice dejó de mirar la planta. Él se incorporó despacio y le ofreció la mano para que hiciera lo mismo.

No la soltó al ponerse de pie.

—Beatrice —dijo.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre dirigiéndose a ella. Lo notó en su expresión, en la suavidad con que dejó caer el brazo que tenía libre.

—Me gusta más así —respondió—. Nathaniel.

Él levantó una mano hacia su cara y se detuvo lo bastante cerca para que ella pudiera apartarse.

—Quiero besarte.

Beatrice se acercó hasta que la falda le rozó las piernas.

—Llevo desde el domingo esperando que lo hagas.

Nathaniel le sostuvo la mejilla. La piel estaba tibia pese al aire fresco. Se inclinó y encontró su boca con más cuidado del que el deseo le pedía, apenas una presión que se volvió más firme cuando ella cerró los dedos en su manga.

Beatrice le respondió acercándose. Él pasó el otro brazo por su cintura, sin atraerla de golpe. La sintió respirar contra su boca al separarse un instante, y aquella cercanía lo obligó a cerrar los ojos antes de besarla de nuevo.

El segundo beso duró más. Ella le acarició el cuello por encima de la camisa y Nathaniel notó el roce de sus dedos como algo que había estado esperando sin saberlo.

Había olvidado la facilidad con que un cuerpo podía pedir proximidad.

La recordó allí, junto al muro húmedo, con el olor del cabello de Beatrice y su mano aferrada a la tela.

Cuando se apartaron, ella permaneció entre sus brazos. Tenía los labios entreabiertos y una sonrisa que apareció despacio.

—Creo que el paseo ha mejorado al final —murmuró.

Nathaniel apoyó la frente en la suya un momento. No quiso responder con una broma que le permitiera esconderse.

—Quería hacerlo otra vez antes de haber terminado.

—Puedes. No tengo que cenar tan pronto.

Él se rio y la besó de nuevo, más seguro. Beatrice le rodeó la nuca. El sombrero seguía en la oficina y el vivero tenía dos cancelas abiertas, pero Nathaniel no se movió para resolver ninguna de las dos cosas.

Más tarde la acompañó hasta el camino. Ella le soltó la mano solo cuando necesitó ajustarse la chaqueta. Él observó sus dedos sobre los botones, recordando la presión con que habían buscado su cuello.

—Mañana trabajaré bastante peor si me miras de esa manera —dijo Beatrice.

—Procuraré esperar a que hayas guardado las placas.

—Eso sería una buena precaución.

Se despidieron con un beso breve que resultó mucho menos sencillo de terminar de lo que ambos pretendían. Nathaniel la vio tomar la senda de la posada. Al llegar al seto, ella se volvió y levantó la mano.

Él regresó a la oficina. Encontró el sombrero donde lo había dejado, junto al cuaderno de pedidos, y lo recogió sin abrir el libro. Quería cenar, dormir y que llegara la mañana. A mitad del patio se detuvo, recordó las cancelas y volvió a cerrarlas, riéndose de sí mismo.