El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 6 Lo que queda fuera del marco
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CAPÍTULO 6 Lo que queda fuera del marco

El lunes, Nathaniel pasó tres veces por delante del cuarto vacío.

En la primera llevaba unas etiquetas que debía guardar en el cobertizo.

En la segunda se dijo que convenía comprobar si la ventana estaba cerrada.

En la tercera no encontró una razón y continuó hasta la oficina, donde Mabel lo esperaba con una cuenta mal sumada.

—Aquí hay dos chelines de más —dijo ella—. Si el señor Foster empieza a regalarnos dinero, prefiero que lo sepa.

Nathaniel examinó las cifras. El error era suyo. Lo corrigió y volvió a calcular el total con una atención que su hermana tuvo la delicadeza de no comentar.

—¿Qué tal el paseo? —preguntó después.

—No llovió.

—Me alegro por el tiempo. Yo te preguntaba por ti.

Él dejó la pluma. Mabel siguió ordenando papeles, sin mirarlo. Había compartido con ella mañanas peores que aquella, y aun así le costó admitir algo tan sencillo.

—Bien. Quiero repetirlo.

—Entonces tendrás que pedírselo a Beatrice.

Nathaniel levantó la vista al oír el nombre.

—¿Desde cuándo la llamas así?

—Desde que me dijo cómo se llamaba y me pidió que lo usara. Fue el miércoles. Puedes hacer lo mismo sin consultarme.

Él se reclinó en la silla. Había tomado la mano de aquella mujer, le había besado los dedos y seguía llamándola señorita Ward. La formalidad le había servido para acercarse sin reconocer del todo la distancia que estaba recorriendo.

Mabel juntó los papeles y se sentó enfrente.

—No te voy a preguntar nada que no quieras contarme.

—Eso suele significar que estás a punto de hacerlo.

—Esta vez significa que me gustaría que dejaras de preparar una defensa. Te he visto contento. No voy a pedirte que lo justifiques.

Nathaniel bajó la vista al tintero. La última vez que había hablado con su hermana de una mujer era febrero de 1883, y él llevaba varias noches sin dormir.

Recordaba haber dicho que jamás volvería a pasar por aquello.

También recordaba a Mabel sentada en la cocina, aceptando todas las frases que él necesitaba pronunciar para llegar a la mañana siguiente.

—Te dije que no quería volver a compartir mi vida con nadie.

Mabel apoyó las manos sobre el cuaderno cerrado.

—Me dijiste muchas cosas aquella semana. Yo estaba allí para escucharte, Nathaniel. No llevaba una lista de promesas que pensara cobrarte después.

Él apretó los dedos contra el borde de la mesa.

Su hermana no añadió nada. El silencio le permitió recordar a Alice fuera de la cama, con las manos manchadas de frutos rojos una tarde de verano, quejándose de que él hubiese reservado para la cocina los recipientes más feos.

Llevaba tiempo recordándola demasiado enferma.

—No sé cuánto tengo que contarle —dijo.

—Eso tendrás que decidirlo con ella. Pero probablemente ya sabe que hubo alguien antes.

—No se lo he dicho.

—Vive en un pueblo. Habrá oído lo de viudo. Lo que significa para ti solo puedes explicárselo tú.

Nathaniel miró hacia el patio. Alguien había dejado una regadera bajo el grifo, tal como él pedía siempre. Nada lo obligaba a levantarse. Se quedó sentado con su hermana hasta que fue capaz de abrir otra vez el cuaderno.

Beatrice regresó el martes al vivero con dos paquetes de papel y una energía que parecía venir de más lejos que Millbrook. Nathaniel la encontró dejando las compras en el cuarto. Ella lo saludó con una sonrisa que lo desarmó antes de que pudiera decidir qué tono convenía después del domingo.

—Pritchard ha elegido la imagen de usted con Tomas —dijo—. Ha empezado explicándome que necesitaba líneas claras, pero después se ha quedado mirándola. Creo que sabe lo que quiere aunque prefiera llegar a la conclusión por su cuenta.

—Eso debe de haberle resultado familiar.

—Bastante. He tenido ocasión de practicar.

Él se apoyó en el umbral mientras ella desenvolvía el papel. El viaje no parecía haberla cansado tanto como había previsto. Tenía una mancha de tinta junto a un dedo y el cabello recogido con una cinta distinta.

—También me ha preguntado si aceptaría otros encargos —añadió—. Un fabricante quiere mostrar unas piezas y hay una escuela interesada en retratos. No hemos acordado nada todavía.

Nathaniel sintió una resistencia breve, casi física. Las seis semanas que al principio le habían parecido largas adquirieron de pronto un borde demasiado próximo. Se obligó a escuchar el resto.

—¿Tendría que marcharse?

—Dos días para uno, quizá tres para el otro. El fabricante está más lejos. Ya le he dicho que antes terminaría lo contratado aquí. No pienso abandonar su catálogo a la mitad.

—No he supuesto eso.

Beatrice dejó el cordel sobre la mesa.

—Su cara no me ha ayudado mucho.

Nathaniel soltó el aire. Podría haber negado cualquier preocupación y pasar el resto de la mañana sintiendo vergüenza de una mentira innecesaria.

—Me he dado cuenta de que no sé qué hará cuando termine. No había pensado en preguntarlo.

—Yo tampoco lo sé del todo. Tengo que hacer cuentas. Puedo quedarme una temporada si encuentro encargos suficientes en la zona. Hester no parece tener prisa por recuperar la habitación.

Él asintió despacio. Ella se acercó un poco, dejando el trabajo sin terminar.

—Esta tarde sigo libre —dijo—. Por si lo estaba mezclando todo.

Nathaniel sonrió, agradecido por la salida.

—Lo estaba mezclando un poco. ¿A las seis, en la cancela de atrás?

—Allí estaré.

Ella lo miró un momento más antes de volver a las compras. Nathaniel se quedó con ganas de rozarle la mejilla. Se marchó llevando aquella posibilidad consigo, como algo que aún no sabía cuándo podría permitirse.

No fueron hasta la colina. Caminaron por la senda del prado, donde el terreno se había secado y las voces del pueblo llegaban amortiguadas por los setos.

Beatrice no llevaba la cámara ni el cuaderno.

Nathaniel lo agradeció, aunque supo que habría seguido queriendo contarle lo mismo incluso si los hubiera llevado.

Se detuvieron junto a una cerca baja. Una vaca levantó la cabeza y volvió a comer después de mirarlos con absoluta falta de interés. Beatrice apoyó una mano sobre la madera.

—Puedo empezar yo —dijo—. Si lo que necesita es un poco de tiempo.

Nathaniel negó con la cabeza.

—Estoy buscando una forma que no convierta esto en algo más difícil de lo que es. Y creo que por buscarla lo estoy haciendo peor.

Ella esperó. Llevaba un botón de la chaqueta sin abrochar y él lo miró durante unos segundos antes de levantar los ojos.

—Estuve casado. Mi mujer se llamaba Alice. Murió hace cuatro años y medio.

Beatrice asintió despacio.

—Hester lo mencionó el otro día. No me contó nada más. Yo tampoco pregunté.

—No me habría molestado que preguntara.

—A mí sí me habría molestado oír una parte de su vida que quizá no quisiera darme todavía.

Nathaniel rozó una veta de la cerca con el pulgar. La madera tenía una astilla levantada. Se contuvo antes de arrancarla.

—Estuvo enferma bastante tiempo. Al principio había días buenos. Después empecé a medirlos por lo que podía comer, por si lograba dormir, por si se cansaba menos al bajar a la cocina. Terminé pensando que, si estaba siempre cerca, nada podría ocurrir sin que yo lo viera venir.

Le costó la última frase. Beatrice permaneció quieta, con el cuerpo vuelto hacia él. No había bajado la mirada ni intentaba tocarlo para que acabara antes.

—¿Y después? —preguntó.

Nathaniel miró el prado. Nunca había sabido qué hacer con el tiempo de después.

—Después seguí levantándome a las mismas horas. Oía algo y pensaba que me llamaba. Mabel se quedó unas semanas. Cuando se fue, llené el día con trabajo. Había mucho atrasado; resultó fácil.

Beatrice se acercó hasta que sus mangas se tocaron.

—Debió de ser muy duro llegar a casa.

Él asintió. La sencillez de la frase lo ayudó a continuar.

—Me dije que no volvería a hacerlo. Querer así a alguien. Organizar cada día sabiendo que podía perderlo todo. No había una mujer esperando una respuesta; era una decisión que tomé solo y que nadie tuvo ocasión de discutir.

—No voy a discutirla como si fuera una cuestión que pueda ganarse.

Nathaniel se volvió hacia ella. Beatrice tenía los ojos serios, pero seguía allí, lo bastante cerca para que él pudiera tomarla de la mano.

—Lo sé. Precisamente por eso quería contárselo. El domingo quería besarla. No fue falta de ganas.

Ella bajó la vista un instante y volvió a levantarla.

—Me alegra saberlo. Aunque no quiero convertirme en una prueba para averiguar si ya puede volver a querer a alguien.

La frase le llegó con la claridad de algo que nunca había pensado formular. Nathaniel sintió vergüenza, seguida de una necesidad urgente de explicarse.

—No la he invitado por eso. Me gusta cómo mira las cosas. Me gusta oírla hablar incluso cuando me está diciendo que me equivoco. El lunes me pasé la mañana acercándome al cuarto para encontrarlo vacío. No estaba comprobando si podía sentir algo. Quería verla a usted.

Beatrice respiró despacio. Le puso la mano sobre el antebrazo, cerca de la muñeca.

—Entonces eso sí puedo entenderlo.

Nathaniel cubrió sus dedos con los suyos. El campo seguía alrededor, indiferente. Le gustó que nada hubiera cambiado de lugar mientras él encontraba palabras para una parte de su vida que llevaba años encerrada en las mismas frases.

—Tendrá días en que le cueste —dijo Beatrice—. No necesito que me prometa otra cosa. Pero, si se aparta, quiero que me diga por qué. No puedo pasarme el tiempo pensando que he tocado algo que no debía.

—Lo intentaré. Puede que tarde en dar con las palabras.

—Puede decirme eso también. Sé esperar cuando entiendo qué estoy esperando.

Nathaniel le acarició el dorso de la mano. Había una cercanía nueva en poder hablar sin que ella intentara quitar importancia a Alice ni asignarse un lugar semejante.

—Era buena compañía —dijo de pronto—. Alice. Se enfadaba porque yo dejaba las decisiones pequeñas para ella. Dónde ir un domingo, qué comprar para cenar. Creía que le facilitaba las cosas aceptando siempre lo que eligiera.

Beatrice escuchó con una sonrisa leve.

—Puede ser agotador decidir por dos. Incluso cuando el otro está siendo amable.