El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 5 Un domingo sin encargos #2
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CAPÍTULO 5 Un domingo sin encargos #2

Beatrice se quitó un guante, despacio. Nathaniel siguió el movimiento. Ella dejó la mano descubierta sobre la cerca, a poca distancia de la suya. Podía reconocer el riesgo de un gesto pequeño: había menos palabras detrás de las que ocultarse.

Él cubrió sus dedos con la mano. No los apretó de inmediato. Beatrice volvió la palma y se acomodó dentro de la suya.

Se quedaron mirando el valle. El silencio no le resultó a ella vacío ni solemne; podía oír una carreta en el camino bajo, el viento entre las hojas, el roce de la manga de Nathaniel. De vez en cuando él le acariciaba con el pulgar la base de un dedo y Beatrice tenía que recordar qué estaba viendo.

—No sé muy bien cómo hacer esto —dijo él.

Ella esperó, sin soltarlo.

—Llevarla a pasear, hablar de cualquier cosa. No convertir cada rato en algo que deba resolver. Me parecía más sencillo antes de venir a buscarla.

—A mí me parecía sencillo hasta que he sacado el vestido gris del armario por segunda vez. Tengo treinta y dos años. Esperaba haber aprendido a vestirme para salir.

Nathaniel se volvió con una sonrisa.

—Yo tengo treinta y siete y he empezado a afeitarme con media hora de margen. Después he decidido que la camisa no estaba lo bastante limpia.

—Me alegra saber que no he perdido sola la mañana.

Él le apretó la mano. Beatrice sintió el deseo de acercarse aún más, pero también la resistencia de aquel hombre, visible en la forma de mantener los hombros mientras su mano la buscaba. Podía esperar. Quería averiguar quién era cuando no estaba intentando cumplir una obligación.

—No necesito que salga perfecto —añadió—. Me basta con que, si quiere volver a verme, me lo diga. Y si necesita pensar algo, también. No soy buena interpretando ausencias.

Nathaniel mantuvo la mirada en ella.

—Quiero volver a verla. Eso lo sé.

Beatrice sonrió antes de poder contestar. El viento levantó el sombrero del poste y él tuvo que atraparlo con la mano libre. Ambos se rieron, agradecidos por la interrupción. Al recogerlo, Nathaniel no le soltó los dedos.

Bajaron por otro camino, menos empinado. Cerca de una granja encontraron a una mujer intentando convencer a una niña de que volviera a ponerse el zapato. La niña lo había dejado sobre una piedra y sostenía que todavía no había terminado de mojarse los pies.

Nathaniel saludó y siguió caminando después de unas palabras. Beatrice oyó cómo la madre les preguntaba si habían visto caer más lluvia al otro lado. Respondió ella, mientras la pequeña examinaba con desconfianza los guantes que llevaba en la mano.

Cuando quedaron solos de nuevo, Nathaniel le ofreció el brazo. Beatrice lo tomó con más naturalidad que al subir. Había cansancio agradable en sus piernas y una satisfacción que le dificultaba hablar de asuntos prácticos.

—Mañana tengo que ir a Millbrook —dijo al fin—. Pritchard quiere ver las primeras pruebas. Volveré antes de cenar, si el carro no encuentra alguna razón para detenerse en todos los cruces.

—Podemos enviarle las copias.

—Quiero oír lo que necesita. Hay cosas que se entienden mejor delante de la imagen. También buscaré papel; el que traje se está acabando más deprisa de lo previsto.

—¿Necesita que vaya con usted?

Beatrice pensó en aceptar. Le habría gustado pasar otro día a su lado, verlo esperando junto al mostrador del impresor, discutir con él durante el regreso. Precisamente por eso le costó responder.

—Esta vez prefiero ir sola. Es una conversación de mi oficio. Si habla él con usted, terminaré defendiendo lo que hacemos en lugar de acordarlo.

Nathaniel mantuvo el paso, aunque su brazo se tensó apenas.

—Entiendo.

—No estoy rechazando otra excursión. Podemos hacerla un día en que no tenga que pensar en precios.

Él la miró.

—No tiene que compensarme por ir a trabajar.

Beatrice guardó silencio unos segundos. Se dio cuenta de lo deprisa que había intentado tranquilizarlo, de lo conocida que le resultaba la necesidad de justificar un día propio.

—Gracias por decirlo. Aun así, quiero la excursión.

—Entonces buscaremos un día.

Llegaron al pueblo cuando empezaba a refrescar. Beatrice llevaba la mano bien apoyada en su brazo, cerca del codo. Al pasar junto a la herrería vio a Elias en la puerta, hablando con un hombre del camino. Los saludó sin detenerlos. Nathaniel respondió y siguió andando con ella, sin separarse.

A Beatrice le importó más de lo que esperaba. No quería una declaración delante de los vecinos, pero tampoco deseaba descubrir que el afecto necesitaba esconderse en cuanto aparecía otra persona.

La sala del Olmo estaba vacía. Hester había dejado una lámpara encendida en el extremo del mostrador y desde la cocina llegaba el olor de la cena. Nathaniel se quedó junto a la entrada, con el sombrero otra vez entre las manos.

—¿Le ha gustado? —preguntó.

—El camino, mucho. La compañía también, aunque debería haber empezado por ahí.

Él sonrió y miró hacia la escalera. Beatrice dio un paso para acercarse. Estaban solos, lo bastante cerca para que ella pudiera ver la marca que el cuello de la camisa le había dejado en la piel.

Nathaniel levantó la mano. Le rozó la mejilla con los nudillos, con un cuidado que la hizo cerrar los ojos un instante. Cuando los abrió, él seguía mirándola.

Beatrice no se adelantó. Apoyó los dedos en su muñeca y esperó. Nathaniel se inclinó un poco; después se detuvo. Había deseo en su expresión y una dificultad que ella no supo nombrar.

—Tengo que contarle algo —dijo él, bajando la mano—. Antes de que siga pensando que solo estoy siendo torpe.

Beatrice conservó sus dedos entre los suyos hasta que él dejó de retirarlos.

—Puede contármelo.

Nathaniel miró hacia la cocina, donde acababa de sonar una puerta. Ella entendió que no quería hablar allí.

—El martes —propuso—. Después del trabajo. Mañana volveré cansada y usted no tiene que decirme nada con alguien sirviendo la cena a dos pasos.

Él asintió, aliviado y aún tenso.

—El martes. Me gustaría volver a pasear con usted.

—Entonces vendrá a buscarme. Y esta vez no hace falta que se afeite dos veces.

Nathaniel soltó una risa baja. Se llevó sus dedos a los labios y los besó por encima de los nudillos desnudos. El gesto fue breve, más decidido que todo lo anterior. Beatrice lo sintió subir por el brazo hasta dejarle el pulso alterado bajo el cuello.

Él se marchó poco después. Ella permaneció en la sala hasta que dejó de oír sus pasos. Tenía una pregunta para el martes, un día de trabajo por delante y el recuerdo de una boca que aún no había probado. Subió a su habitación sin decidir qué esperaba con más impaciencia.