El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 5 Un domingo sin encargos
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CAPÍTULO 5 Un domingo sin encargos

Beatrice estuvo a punto de ponerse el vestido gris.

Lo sacó del armario, comprobó una mancha cerca del bajo y decidió que la chaqueta de lana azul le permitiría andar con más libertad.

Después volvió a mirar el vestido. Había trabajado durante años diciéndoles a otras mujeres que escogieran ropa en la que pudieran reconocerse; le habría gustado recordar alguna recomendación que no sonara tan inútil delante de su propia cama.

Hester llamó mientras ella guardaba por segunda vez el gris.

—Hay agua caliente abajo, si la necesita. Y el señor Ashcombe ha llegado.

Beatrice se volvió hacia el reloj. Faltaban diez minutos para las dos y media.

—¿Ha dicho que ya estoy lista?

—He dicho que bajaría cuando estuviera. No me gusta dar noticias de las habitaciones sin conocerlas.

—Gracias. Bajo enseguida.

Hester miró los guantes extendidos sobre la colcha.

—Los de lana. En la colina siempre hace más frío.

Salió antes de que Beatrice pudiera preguntarle cómo sabía adónde iban. La fotógrafa se puso los guantes de piel, comprobó que cabía otro par en el bolsillo y soltó una risa al descubrirse intentando conservar una independencia que nadie estaba atacando.

Nathaniel esperaba en la sala con el sombrero entre las manos. Se había afeitado. La chaqueta oscura le sentaba de una forma que la ropa de trabajo solo había permitido suponer, y llevaba el cabello todavía un poco húmedo en la sien. Al verla, se levantó antes de pensar dónde dejar el sombrero.

—No quería apresurarla —dijo—. He salido demasiado pronto.

—Yo he cambiado de opinión demasiadas veces sobre la ropa. Podemos empezar sin que ninguno haya calculado bien la hora.

Él miró la chaqueta azul. Beatrice dejó que la mirara, aunque tuvo que resistir el impulso de alisarse las mangas.

—Está muy bien así —dijo Nathaniel.

—Espero que incluya los zapatos. He seguido sus instrucciones con bastante seriedad.

Él sonrió y se apartó para dejarla pasar.

Fuera, el cielo había aclarado entre nubes bajas.

El aire olía a humo de cocina y a tierra mojada.

Beatrice sintió la ligereza poco frecuente de salir sin una caja, sin cuaderno de cuentas y sin tener que decidir qué parte del paisaje podía convertirse en un encargo.

Caminaron hacia la calle principal. Al pasar junto a la tienda de Foster, un hombre saludó a Nathaniel y levantó un brazo para detenerlo.

—Tengo una rama que se está secando por un lado. Si pudiera acercarse mañana...

Nathaniel aminoró el paso. Beatrice se preparó para esperar. Él miró al hombre y después la calle por la que debían girar.

—Pase el martes por el vivero y cuénteme cómo está. Hoy he salido a pasear.

—Solo era para que lo supiera.

—Lo recordaré el martes. Buenas tardes, Wilkes.

Siguieron caminando. Beatrice no comentó la interrupción hasta que dejaron atrás las casas.

—¿Le preguntan por sus árboles incluso los domingos?

—Sobre todo los domingos. Tienen tiempo de mirarlos y encuentran algo que les preocupa.

—A mí me preguntan qué lado de la cara les favorece. En ocasiones durante una comida, cuando todavía tengo la boca llena.

—¿Y contesta?

—Depende de si quiero que sigan invitándome.

Nathaniel soltó una risa. Beatrice notó que ajustaba el paso sin convertirlo en un gesto visible de protección. Él llevaba las manos libres, algo separadas del cuerpo. Ella se preguntó cuándo podría tocarlo sin necesitar un paraguas ni un camino resbaladizo.

La senda ascendía entre setos. A un lado quedaban unas construcciones bajas, abandonadas, con restos de ladrillo bajo la hierba. Nathaniel explicó que allí había funcionado el tejar antes de que se trasladara el trabajo a otro lugar. No adornó la historia con fechas que no recordaba.

—De niño venía a buscar trozos de barro cocido —dijo—. Creía que podía volver a darles forma si los dejaba bastante tiempo en agua.

—¿Cuánto tiempo?

—Hasta que mi madre encontraba el recipiente. Entonces empezaba de nuevo en otro.

—Mi padre tenía uno donde guardaba piezas del aparato. Una vez metí un botón convencida de que terminaría pareciéndose a las otras.

—¿Funcionó?

—No, pero él lo conservó. Lo encontré después, en una cajita con cosas que ya no servían. Mi hermano creyó que debíamos tirarla y discutimos una tarde por un botón que ninguno recordaba bien.

Beatrice miró el camino. Había hablado de su padre con una facilidad que no esperaba. Nathaniel se agachó para apartar una rama caída y la dejó junto al seto.

—¿Se quedó con ella? —preguntó.

—Con la caja, sí. Luego le envié a Alfred una pieza que necesitaba y nos reconciliamos sin hablar del asunto. Se nos da bastante bien discutir de cosas pequeñas para no discutir de las grandes.

—Mabel prefiere ir directamente a las grandes. Ahorra tiempo.

—¿Usted también?

Nathaniel tardó en contestar. Se había detenido para dejarla pasar por un tramo más estrecho.

—Yo suelo empezar trabajando más. Si eso no resuelve nada, pruebo a cansarme lo suficiente para no pensar.

Beatrice levantó la vista. Él seguía sujetando la rama, aunque ella ya había pasado.

—Debe de tener el vivero muy bien atendido.

Nathaniel la soltó despacio.

—Algunas temporadas, demasiado.

—¿Tiene hermanos además de Mabel? —preguntó Beatrice.

Nathaniel la miró de lado y sonrió al pensar en su hermana.

—Solo ella. Cuando éramos pequeños me convencía de que le ayudara en todo diciéndome que yo lo hacía más deprisa. Tardé años en descubrir que era un argumento bastante interesado.

—Alfred intentaba lo mismo. Lo peor era que yo quería demostrarle que tenía razón. Le limpiaba el estudio entero y después me sentía orgullosa cuando él lo enseñaba.

—Mabel trabajaba tanto como yo. Eso complicaba las protestas. Si me quejaba, podía mostrarme algo que había terminado mientras yo pensaba cómo librarme de lo mío.

—¿Vivía con usted antes de tener su casa?

—Durante una temporada. Ahora prefiere cerrar su propia puerta. Al principio seguía trayendo cosas cada mañana: un almuerzo, un paño, cualquier excusa para comprobar si había dormido. Últimamente viene con menos paquetes.

—Parece una forma de recuperar su tiempo. No debería tener que quererlo menos para hacerlo.

Nathaniel apartó una piedra con la punta del zapato.

—No quiero pedírselo. A veces me doy cuenta tarde de que he aceptado algo porque me convenía, sin preguntar cuánto le costaba. Ella sabe cuidarse, pero no es justo que tenga que estar recordándomelo.

—Puede contárselo. A lo mejor no sabe que lo ha pensado. Mi hermano una vez me escribió que había recomendado mi trabajo a un cliente que él no podía atender. Me emocionó más que todas las veces que me había dicho que yo tenía talento.

—¿Se lo dijo?

—Le di las gracias por el cliente. Lo otro me lo guardé. Ahora estoy descubriendo que tengo bastante facilidad para aconsejarle cosas que yo tampoco hago.

Nathaniel le sonrió, y Beatrice se prometió añadir unas líneas a la siguiente carta de Alfred.

Continuaron sin hablar. Beatrice agradeció que la confesión no viniera seguida de una explicación completa; habría sentido la obligación de encontrar palabras a la altura y todavía no sabía qué necesitaba él escuchar.

Al llegar a una pendiente con piedras húmedas, Nathaniel le ofreció la mano. Ella la aceptó. Subieron despacio, calculando cada apoyo. En el tramo llano él aflojó los dedos, dispuesto a soltarla, y Beatrice conservó la mano un instante más.

—Aquí ya puedo andar sola —dijo.

—Lo sé.

Ninguno se movió. Nathaniel miró sus manos unidas, la piel clara del guante entre sus dedos desnudos. Luego la soltó con suavidad, pero continuó tan cerca que las mangas se rozaban al caminar.

La vista apareció después de una curva. El valle se abría bajo una luz irregular, con campos húmedos y tejados que el sol iba encontrando entre las nubes.

Beatrice distinguió el puente, la calle de la posada y, más allá, el reflejo del invernadero.

Nathaniel le señaló el vivero sin enumerar cada edificio.

—Desde aquí parece pequeño —dijo ella.

—No debería haberla traído. Ahora sabrá cuánto exagero cuando digo que no consigo acabar el trabajo.

Beatrice apoyó los antebrazos sobre una cerca. La madera estaba seca por aquel lado. Nathaniel se colocó junto a ella y se quitó el sombrero para que el viento no se lo llevara.

—Me gusta verlo sin tener que decidir dónde poner el trípode —dijo Beatrice—. A veces tardo en entender que puedo mirar algo sin aprovecharlo.

—A mí me ocurre cuando veo un terreno vacío. Empiezo a calcular lo que podría plantarse antes de saber a quién pertenece.

—¿Y si no quisiera plantar nada?

Nathaniel siguió con la vista una línea de árboles.

—Me costaría dejarlo vacío. Supongo que tendría que aprender.

Ella giró la cara hacia él. Había luz suficiente para distinguir las pequeñas diferencias de color en sus ojos.

La nariz, recta vista de frente, tenía una desviación leve que volvía su perfil menos uniforme y bastante más atractivo.

Beatrice se preguntó qué pensarían sus clientes si supieran lo poco que le interesaba corregir ciertas imperfecciones.

—¿Qué pasa? —preguntó Nathaniel.

—Estaba mirándolo.

Él apoyó el sombrero sobre el poste de la cerca.

—Ya me lo advirtió el viernes.

—Creí que convenía mantener una conducta coherente.

Nathaniel bajó los ojos, sonriendo. La timidez de aquel gesto la sorprendió más que cualquier seguridad que él hubiera podido mostrar. Le dieron ganas de acercarse y besar el lugar junto a su boca donde se formaba una pequeña línea al sonreír.

—También la miro —dijo él—. Más de lo que resulta práctico mientras me habla de trabajo.

Beatrice dejó de apoyarse en la cerca. El viento le movió un mechón sobre los labios y tuvo que retirarlo antes de responder.

—Había empezado a pensar que solo le preocupaba lo que pudiera hacer con sus plantas.

—Sus plantas. Mientras las está fotografiando, se convierten en suyas.

—Eso suena a queja.

—Es una forma de admitir que me cuesta concentrarme en ellas cuando usted está cerca.