CAPÍTULO 4 La lluvia sobre el cristal #2
Beatrice levantó los ojos de su plato.
—De momento me conformo con que aparezca en las fotografías que ha contratado. Lo demás tendría otro precio.
Mabel se sirvió agua, ocultando una sonrisa en el vaso. Nathaniel sintió calor en la cara y se sorprendió de que todavía fuera posible. Beatrice mordió el pan con una serenidad que le pareció un tanto trabajada.
Mabel separó en su plato un trozo de patata que no había acabado de cocerse.
—La próxima vez los haré más pequeños. Siempre calculo el fuego de esta casa con el de la mía, y luego me sorprendo de obtener dos comidas distintas con la misma olla.
—Mi padre creía que todas las cocinas funcionaban igual —dijo Beatrice—. Daba instrucciones muy precisas sobre una sopa y después se marchaba. Mi madre aprendió a asentir mientras hacía lo que le parecía.
—¿Y usted a quién se parece? —preguntó Nathaniel.
—A mi padre cuando llevo la cámara. A mi madre cuando alguien intenta explicarme lo que ya sé. Alfred dice que haber heredado ambas cosas me ha hecho difícil de aconsejar.
—No le ha discutido nada a mi hermana en toda la comida.
—Su hermana no ha confundido mi plato con una ocasión de educarme. Si empieza, quizá tenga que escuchar algo que lleva años oyendo de usted.
Mabel soltó una carcajada y se limpió los labios con la servilleta.
—Yo también tengo esa costumbre, señorita Ward. Si nos vemos a menudo, acabará sufriéndola. Me resulta más fácil preguntar por los asuntos de otros que decidir qué voy a hacer con los míos.
—Entonces puede contarme alguno. Prometo no resolverlo todo antes de que termine de hablar.
—Eleanor quiere que nos vayamos unos días a visitar a su hermana. En octubre. Llevo un mes pensando que las cuentas necesitan que me quede, aunque he preparado el viaje de otras personas con mucho menos margen.
Nathaniel dejó el tenedor.
—Podemos organizarlo. Dime qué fechas estás mirando. No hace falta que lo decidas hoy, pero tampoco esperes a que yo recuerde preguntarte.
Mabel sostuvo su mirada un instante y luego se sirvió otra cucharada. Beatrice continuó comiendo sin intervenir.
Después hablaron del camino del tejar. Mabel dijo que habría barro en la parte baja y propuso la senda de la colina.
—No le arruines la sorpresa —protestó Nathaniel.
Su hermana dejó el tenedor. Él no había pretendido llamar sorpresa a un camino que cualquiera podía recorrer. Beatrice lo miró con una atención que volvió mucho más difícil fingir desinterés.
—Haré lo que pueda por olvidar las indicaciones —dijo ella—. Aunque agradeceré saber dónde no debo pisar.
—Yo voy a olvidar que todavía hay que fregar —intervino Mabel—. Tengo que llevar estas cuentas a Foster antes de que cierre. Podéis dejar los platos a remojo si queréis.
Nathaniel se levantó cuando su hermana empezó a recoger el abrigo. Beatrice retiró los platos sin esperar instrucciones. Durante un momento quedaron solos en la cocina, demasiado conscientes de que Mabel había escogido precisamente ese instante para marcharse.
—No tiene que fregar —dijo él.
—Puedo secar. Y después volveré al cuarto. Quiero terminar las copias antes de salir.
Nathaniel llenó un recipiente con agua caliente. Ella buscó un paño limpio y se situó a su lado. Trabajaron sin hablar durante unos minutos. Al entregarle un plato, él vio el pequeño desgaste de su manga y recordó el frío de sus manos por la mañana.
—¿Está cómoda en el Olmo?
—La habitación es tranquila. Hester entra a dejar agua con el convencimiento de que nunca interrumpe nada importante, pero se está acostumbrando a llamar. ¿Por qué?
—Mañana puedo ir a buscarla un poco antes. Si hay que cambiar el camino por la lluvia, tendremos luz suficiente para dar la vuelta.
—A las dos y media, entonces. No voy a pasarme el día delante de la ventana esperando que llegue a las tres.
Él le entregó el último plato. Beatrice lo secó despacio, consciente de lo que acababa de admitir. Nathaniel quiso preguntarle cuánto de aquello era una broma. Le gustó demasiado la posibilidad de que no lo fuera.
—Yo tampoco pienso trabajar hasta el último momento —dijo—. Aunque puede que necesite que Pike me recuerde la hora.
—No lo haga. Se lo contará a todo el pueblo.
—Ya se ha encargado Mabel de que haya quien lo sepa.
Ella se rio. Nathaniel se apoyó contra la pila, con las manos todavía mojadas, y disfrutó de haberlo provocado. A la luz cálida de la cocina, las pecas de Beatrice parecían más numerosas. Tenía una en el nacimiento del cuello que el vestido dejaba ver cuando se inclinaba.
Beatrice dejó el plato sobre la mesa. Su mirada se detuvo un instante en la boca de él. Nathaniel sintió que podría acercarse, apoyar una mano en el aparador a su lado y averiguar si ella permanecía allí. El deseo lo sorprendió por lo concreto.
La tetera empezó a sonar junto al fuego. Él se volvió demasiado deprisa.
—¿Quiere algo caliente antes de salir?
Beatrice recogió el paño, lo dobló y lo dejó al alcance de su mano.
—Ahora prefiero acabar el trabajo. Pero gracias por la comida.
No parecía ofendida. Aquello lo conmovió casi tanto como la mirada anterior. Nathaniel abrió el paraguas para acompañarla de vuelta y ella volvió a tomarlo del brazo, sin obligarlo a explicar por qué había retrocedido.
La lluvia había aflojado. Antes de llegar al cuarto, Beatrice se detuvo bajo el alero y levantó la cara hacia él.
—Mañana no llevaré la cámara —dijo.
Nathaniel cerró el paraguas despacio.
—Me alegro.
Ella entró, dejando tras de sí una huella húmeda. Él permaneció un momento en el patio. Por primera vez en toda la mañana, no intentó calcular cuánto tardaría en secarse.