CAPÍTULO 4 La lluvia sobre el cristal
El sábado amaneció con una lluvia que obligó a Nathaniel a cambiar tres trabajos antes del desayuno.
El cuarto requería mover unos sacos de tierra del cobertizo.
Cuando entró a buscar a Pike, encontró dos macetas sobre la mesa de Beatrice y el muchacho intentando limpiar un círculo húmedo con la manga.
—¿Quién ha dejado eso ahí?
Pike retiró la mano.
—Usted dijo que llevase los ejemplares al cuarto. Los de la lista. Pensé que, como llovía, sería mejor dejarlos dentro.
Nathaniel recordó haberlo dicho mientras sujetaba la puerta contra el viento. No había precisado qué cuarto. Miró el agua que avanzaba hacia una caja cerrada y la levantó antes de comprobar si podía tocarla.
Beatrice apareció en el umbral, con la falda salpicada y el pañuelo empapado sobre los hombros. Vio la mesa, la caja en sus manos y la expresión de Pike. Dejó la cesta en el suelo.
—Apoye eso en el estante de la izquierda. Despacio, por favor.
Nathaniel obedeció. Ella cruzó la habitación y retiró un sobre que había quedado bajo una maceta. Tenía una mancha circular en una esquina. Lo abrió, examinó el contenido y volvió a guardarlo sin hablar.
Pike dio un paso hacia la puerta.
—Voy a buscar un paño limpio.
—Gracias —dijo Beatrice—. Y después necesitaremos sacar las plantas. Aquí no puedo tener tierra sobre la superficie donde trabajo.
El muchacho salió deprisa. Nathaniel esperó a que ella mirara las cajas. Aún llevaba el pañuelo mojado y una gota le bajaba por el cuello.
—Puedo pagar lo que se haya estropeado —dijo.
Beatrice dejó el sobre sobre una balda seca.
—Primero voy a comprobarlo. Hay unas pruebas manchadas; los negativos estaban guardados. Eso nos permite empezar sin una catástrofe, pero necesito saber si va a volver a ocurrir.
—No volverá a ocurrir. Hablaré con Pike.
—Pike cree que cumplía una orden suya.
Nathaniel apartó una maceta del borde. Le desagradó el tono con que ella había repetido las palabras del muchacho.
—Yo no le he dicho que la ponga sobre sus papeles.
—Le ha dicho que la traiga al cuarto. Me lo ha contado antes de que usted llegara a la mesa. Si no sabía dónde dejarla, debería haber preguntado. Pero hay dos personas implicadas, y ahora mismo parece que va a recibir toda la reprimenda la que cobra menos.
Él enderezó la espalda. Beatrice se quitó por fin el pañuelo y lo dejó sobre el respaldo de una silla. Tenía los dedos fríos; se notaba en el cuidado con que abría los sobres.
—No necesito que me explique cómo trato a mis empleados.
—Necesito que respete el espacio que hemos acordado. Si tengo que dejar cada noche el cuarto como si fuera a mudarme, no puedo trabajar aquí.
La lluvia golpeó con fuerza el cristal. Nathaniel oyó pasos en el pasillo y se contuvo antes de responder. Pike regresó con dos paños, los dejó sobre una silla y miró de uno a otro.
—He sido yo quien las ha puesto ahí —dijo—. Puedo quedarme esta tarde a limpiar. No me importa.
Nathaniel apretó la mano contra el borde de la maceta. La tierra le dejó un surco oscuro bajo la uña.
—Te dije que las trajeras al cuarto sin explicar dónde. Tendría que haberlo comprobado antes de mandarte otra cosa. Vamos a sacarlas. La señorita Ward nos dirá qué necesita después.
Beatrice se apartó para dejarles paso. Nathaniel llevó los ejemplares a la nave pequeña, donde deberían haber estado desde el principio. Trabajó sin hablar, molesto por el agua, por la discusión y por tener razón en menos cosas de las que había creído al entrar.
Pike regresó al cobertizo. Él se quedó bajo el alero, oyendo la lluvia caer sobre un cubo.
Tenía la mañana organizada alrededor de tareas que ahora se retrasaban.
También tenía a una mujer a la que había invitado a pasear, intentando rescatar su trabajo de una negligencia que él acababa de tratar como una ofensa personal.
Volvió al cuarto y llamó.
—Puede pasar —respondió ella.
Beatrice había secado la mesa. Las pruebas manchadas descansaban sobre un paño; el resto estaba a salvo. Se había cambiado el pañuelo por una chaqueta de lana que debía de guardar allí.
—He sido injusto con usted —dijo Nathaniel desde la puerta—. Se ha encontrado sus cosas mojadas y yo he empezado a discutir quién podía pedirme explicaciones. Tendría que haber escuchado primero.
Ella dejó de alisar un papel. El enfado seguía visible en la forma de mantener la boca, pero ya no tenía las manos tensas.
—Y yo he hablado de Pike como si supiera qué clase de patrón es usted. No lo sé todavía. Me ha dado rabia verlo dispuesto a pagar con su tarde algo que no entendía del todo.
—Suele ofrecerse antes de saber cuánto va a costarle. Estoy intentando enseñarle a no hacerlo.
—Puede empezar por no aceptar esta tarde.
—No la he aceptado.
Beatrice bajó la vista y asintió. Nathaniel se acercó a la mesa, dejando suficiente espacio para que ella continuara. Las marcas del agua habían estropeado dos pruebas. Él reconoció una de las vistas generales.
—¿Podrá repetirlas?
—Las copias, sí. No habrá que volver a fotografiar. El tiempo de esta mañana lo pierdo igualmente. Se lo añadiré a la cuenta.
—De acuerdo. Y podemos poner otra mesa junto a la puerta para las plantas. Nada cruzará de ahí sin que usted lo decida.
Beatrice consideró el espacio. Nathaniel esperó su respuesta en lugar de salir a buscar el mueble.
—Una pequeña serviría. Pero necesito que el cuarto quede para mí mientras dure el encargo. Si traigo algo del vivero, lo dejaré allí. Nadie más tiene que dejar cosas dentro.
—Lo diré a los dos. A Mabel y a Pike.
—Y se lo recordará a usted, si es necesario.
Él la miró. Beatrice tenía un gesto serio, aunque la dureza había desaparecido de su voz.
—A mí sobre todo —aceptó.
Ella se volvió para colgar el paño húmedo. La conversación podía darse por terminada. Nathaniel permaneció junto a la mesa, incómodo con la idea de salir llevándose solo una solución práctica.
—El paseo sigue en pie —dijo—. Si mañana deja de llover y todavía le apetece.
Beatrice se giró con la mano apoyada en el respaldo.
—Me sigue apeteciendo. Discutir una mañana no me obliga a cambiar todos mis planes.
La respuesta le produjo más alivio del que había previsto. Nathaniel se pasó una mano por la nuca y dejó una mancha que ella miró sin decir nada.
—Tiene tierra aquí —le indicó al fin, señalándose el mismo lugar.
Él buscó el pañuelo y se limpió donde creía. Beatrice negó con la cabeza, avanzó un paso y se detuvo.
—¿Me permite?
Nathaniel le entregó el pañuelo. Ella humedeció una esquina con agua limpia y la pasó por el lateral de su cuello. El contacto fue breve, una presión fresca bajo el borde del cabello. Él sintió el impulso de girarse hacia su mano. Se quedó quieto.
—Ya está —dijo Beatrice.
Le devolvió el pañuelo doblado por la parte seca. Nathaniel lo guardó sin mirar la mancha.
Mabel llegó con un impermeable prestado que le quedaba corto de mangas. Había pasado primero por casa de una vecina y traía noticias de un canalón que desaguaba donde no debía. Nathaniel la escuchó mientras buscaba un trozo de cuerda.
—No te lo estoy contando para que vayas —aclaró ella—. Bennett ya ha mandado a alguien. Puedes dejar de preparar herramientas.
Él soltó la cuerda.
—No estaba preparando herramientas.
Mabel miró la caja abierta junto a sus pies. Nathaniel la cerró sin defenderse.
—La señorita Ward se quedará a comer —anunció su hermana—. Hester ha enviado un mensaje con el repartidor: hay un grupo que ocupa la sala y tardarán en servirla. Le he ofrecido lo que tenemos aquí.
—¿Qué tenemos?
—Patatas cocidas, huevos y lo que tú hayas guardado para una ocasión que nunca llega. Puedes comprobarlo en la despensa de tu casa.
Nathaniel no había pensado en llevar a Beatrice allí.
La oficina tenía una estufa pequeña donde Mabel calentaba lo que traía, y normalmente les bastaba.
Sin embargo, la lluvia había enfriado el edificio.
La cocina de su casa, un poco más allá del muro occidental, llevaba encendida desde primera hora.
—Comeremos en casa —dijo—. Estará más caliente.
Mabel lo miró solo un instante. Luego siguió quitándose el impermeable.
Beatrice llegó media hora después con las manos lavadas y el cabello rehecho, aunque un mechón húmedo se había rizado sobre su mejilla. Nathaniel sostuvo un paraguas para cruzar el patio. Mabel pasó primero con el recipiente de las patatas, dejándolos bajo la tela oscura.
—Acérquese más —dijo él—. Se está mojando el hombro.
—Si me acerco más, le pisaré.
—Puedo soportarlo. El patio está resbaladizo; vaya despacio.
Beatrice puso la mano en su brazo. Él ajustó el paso al de ella, consciente de cada irregularidad del terreno. El trayecto duraba menos de un minuto. Le pareció demasiado breve al llegar al escalón.
La cocina conservaba el calor de la mañana. Había una mesa grande, dos sillas junto al fuego y un aparador con una puerta ligeramente torcida. Mabel colocó la comida sobre un salvamanteles y empezó a buscar platos sin preguntar dónde estaban.
Beatrice se detuvo en la entrada.
—Dígame qué puedo hacer. Soy bastante competente pelando patatas, aunque imagino que ya llego tarde.
—Puede cortar pan —respondió Mabel—. Nathaniel busca los huevos. Si esperamos a que decida dónde quiere que nos sentemos, comeremos a la hora de cenar.
Él dejó los huevos junto al fogón y sacó el cuchillo del cajón. Al entregárselo a Beatrice, sus dedos volvieron a rozarse. Ella lo miró brevemente antes de tomar la hogaza. Nathaniel se concentró en la sartén.
Comieron con la lluvia sonando en la ventana. Mabel les contó una discusión con Pritchard sobre la cantidad de catálogos. Beatrice hizo preguntas sobre los compradores y sugirió conservar unas pocas copias de las fotografías para enseñarlas a quienes visitaran el vivero.
—Las personas se fijan más si pueden reconocer un sitio —explicó—. En Bath vendíamos algunos retratos después de enseñarlos en el escaparate, con permiso de quienes salían. Aquí podrían ver las plantas antes de que llegue la temporada.
—¿También quiere ponerme en el escaparate? —preguntó Nathaniel.