El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 3 Una cara sin instrucciones #2
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CAPÍTULO 3 Una cara sin instrucciones #2

—No quiero quitarla. Quiero una copia para mí, además de la que pondremos aquí. Cuando vaya a ver a mi tía, podré llevármela.

—Se la prepararé. Y le enseñaré las dos antes de que elija. Puede que le guste más de una; su madre tiene una manera estupenda de mirarla cuando cree que usted está pensando en otra cosa.

Rose dejó el agua y se marchó sonriendo. Beatrice esperó a que llegara a la cocina antes de mover las sillas.

Recogió los dos asientos antes de que aquella facilidad ajena le hiciera inventar una vida entera a partir de un paseo previsto para el domingo.

El viernes, Nathaniel la encontró intentando fotografiar una hoja que se movía cada vez que parecía a punto de quedarse quieta. Beatrice estaba agachada junto al trípode. Había cambiado de posición tres veces y la costura del bolsillo había cedido un poco más.

—Puedo llevar la maceta al cobertizo —ofreció él—. Allí no tendrá aire.

—Tampoco tendré esta luz. Déme un momento. Creo que ahora...

La hoja volvió a moverse. Beatrice se enderezó y apoyó las manos en las caderas. Nathaniel tuvo la prudencia de no sonreír.

—Necesita una pared —dijo—. A su espalda, no delante. Podemos poner una pantalla.

Ella miró alrededor. Había unos bastidores de protección apoyados junto al muro. Él siguió la dirección de sus ojos.

—Con uno de esos y una tela gruesa bastará. Pike puede sujetar el otro lado.

Beatrice consideró la propuesta. Le molestaba no haberla pensado y más aún que él pudiera notarlo.

—Sí. Eso servirá. Gracias.

Nathaniel fue a buscar el bastidor. Regresó con Pike y una pieza de arpillera limpia. La pantalla quitó el viento suficiente para trabajar. Beatrice hizo la toma sin contratiempos, aunque no recuperó el buen humor hasta haber guardado la placa.

—He estado a punto de culpar al árbol —admitió mientras recogían—. Es una costumbre profesional que procuro no enseñar a mis clientes.

—Yo culpo a la tierra. Lo bueno es que suele haber algo que corregir y puedo conservar parte de razón.

Pike se llevó el bastidor. Nathaniel se quedó sujetando la arpillera por las esquinas para doblarla. Beatrice tomó el otro extremo; avanzaron el uno hacia el otro y sus manos se encontraron bajo el tejido áspero.

Ella podía haberse apartado en cuanto la tela quedó doblada. Nathaniel podía haberla cogido solo. Durante un segundo ninguno hizo lo más práctico. Beatrice notó la presión de un nudillo y después el roce al retirarse.

—He visto a Clara y a Elias —dijo, ocupándose del cierre de una caja—. Vinieron ayer para un retrato.

—Mabel me lo ha contado. ¿Consiguió que Blackwood se quedara quieto?

—Con bastante facilidad. Creo que su mujer tiene práctica.

Nathaniel dejó la tela sobre el banco. Había perdido la sonrisa, aunque no de golpe. Beatrice lamentó haber introducido el matrimonio ajeno en un momento que hasta entonces les pertenecía.

—No suelo fotografiarme —dijo él.

—No iba a pedírselo ahora.

—Ya salí el lunes.

—Salió trabajando. Es distinto.

Él pasó el pulgar por una marca en el borde del banco. Beatrice esperó. Había aprendido que algunas respuestas solo llegaban si uno no ofrecía otra pregunta para evitarlas.

—La última fotografía que tengo se hizo hace muchos años —dijo al fin—. No he echado de menos otra.

—Puede seguir sin necesitarla.

Nathaniel la miró. Ella sostuvo su atención, aunque el corazón le había empezado a golpear con una insistencia que nada tenía que ver con el oficio.

—Pero a mí me gustaría hacerla —añadió—. Sin árbol y sin catálogo. Una fotografía de usted.

Él tardó en responder. Más allá del banco, Pike dejó caer algo que sonó a maceta vacía y soltó una exclamación. Ninguno se volvió.

—¿Para qué la quiere?

Beatrice podía haber hablado de una colección de retratos, de las personas que iba conociendo en sus viajes. La explicación habría sido razonable y casi cierta.

—Porque me gusta mirarlo —dijo—. Aunque, después de decirlo así, quizá prefiera fingir que le he pedido otra cosa.

Nathaniel se quedó muy quieto. La luz le alcanzaba un lado de la cara, haciendo visible el color más claro de la barba incipiente junto a la boca. Ella se obligó a no llenar el silencio. Le había costado menos exigir un pago pendiente delante de un cliente enfadado.

—No quiero que finja —respondió él.

La voz, baja, le produjo un calor inesperado bajo el cuello. Beatrice apoyó la palma en el banco.

—Entonces puede decir que lo pensará. Ya me ha concedido un paseo; no es necesario que acepte todas mis propuestas la misma semana.

Nathaniel soltó una respiración y miró hacia el camino central. Cuando volvió a ella, había algo menos defendido en su expresión.

—Lo pensaré. Y no le he concedido el paseo. Se lo he pedido.

Beatrice sintió que la sonrisa se le extendía sin permiso. Cerró la caja con más cuidado del necesario.

—En ese caso, nos hemos entendido.

Se despidieron poco después. Ella llevó el material al cuarto y se quedó un momento junto a la ventana abierta, dejando que el aire fresco le alcanzara las mejillas. Se había mostrado más de lo que había previsto al levantarse. Quería volver a verlo para averiguar si él también lo recordaba.

Al salir encontró una nota sobre su cesta. La letra era la de las listas del vivero, inclinada y firme.

«El domingo, a las tres, junto al Olmo. El camino tiene piedras sueltas. Lleve calzado cómodo. N. Ashcombe».

Beatrice la leyó dos veces. Después la guardó en el cuaderno, en una página que no llevaba cuentas.