El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 3 Una cara sin instrucciones
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CAPÍTULO 3 Una cara sin instrucciones

Hester Finch había decidido posar con el delantal puesto.

Rose, su hija, llevaba media hora intentando convencerla de que se lo quitara.

Beatrice las escuchaba desde detrás de la cámara mientras ajustaba la altura de una silla.

La sala de la posada recibía buena luz por la mañana, pero esa ventaja no iba a durar hasta que ambas se pusieran de acuerdo.

—Es un delantal limpio —insistió Hester—. Lo he planchado antes de bajar. No veo por qué debo esconder una cosa que llevo todo el día.

—Porque podrías tener una fotografía vestida para ti, por una vez. Ese vestido tiene una cintura bonita. Nadie va a verla debajo.

—Yo sé dónde está mi cintura.

Beatrice dejó el tornillo y salió de detrás del aparato.

—Podemos hacer una prueba con el delantal y otra sin él. No va a duplicar el precio. Había previsto más de una toma desde el principio.

Rose la miró con gratitud. Hester examinó la cámara, sospechando que el aparato se había puesto de acuerdo con su hija.

—No quiero que se pase el día trabajando por lo que le hemos pagado.

—Tengo reservada la mañana. Y me gustaría que, cuando vea la fotografía, se reconozca. Si para eso necesita el delantal, déjeselo en la primera. Después puede decidir si le gusta más la otra.

Hester se sentó. Rose permaneció de pie a su lado y apoyó una mano sobre el respaldo. Se había peinado con una raya muy recta que no se correspondía con los rizos que Beatrice le había visto al servir el desayuno. Parecía más joven y bastante más incómoda.

—¿Suele colocarse así cuando está con su madre? —preguntó Beatrice.

—Procuro no quedarme quieta cuando ella me ve. Siempre encuentra algo que podría estar haciendo.

—Entonces siéntese también. Hoy le he pedido yo que no haga nada.

Acercó un segundo asiento. Hester hizo sitio sin protestar y Rose se acomodó a su lado. Sus rodillas se tocaron. La madre empezó a alisarle una arruga de la falda y la hija le sujetó la mano antes de que llegara al bajo.

—Déjala. Si sale una arruga, sabrán que he podido sentarme.

Beatrice levantó la mano.

—Ahí están bien. Mantengan las manos juntas, si les resulta cómodo. Voy a mirar el enfoque y después les diré cuándo necesito que no se muevan.

Hester bajó los ojos hacia los dedos de su hija. La expresión le cambió sin que nadie se lo pidiera. Beatrice trabajó con rapidez, agradeciendo en silencio a las dos mujeres que hubieran dejado de preparar una imagen aceptable para los demás.

Cuando terminó, Hester se desató el delantal.

—Haremos la otra. Ya que Rose se ha tomado la molestia de recordarme que tengo un vestido.

La segunda toma fue más sencilla. Luego las dos se marcharon a la cocina y Beatrice se quedó sola, escuchando cómo reanudaban una discusión sobre patatas.

Aquella continuidad le gustó. En el estudio de Bath, las personas solían recuperar sus voces al otro lado de la puerta.

Allí podía oír la vida de las mujeres a las que acababa de fotografiar.

Pike llegó para ayudarla a cargar antes de que hubiera terminado de guardar el material. Se detuvo en el umbral con las manos detrás de la espalda.

—El señor Ashcombe dice que vuelva antes de las doce. Yo le he dicho que usted había pedido una hora, pero me lo ha repetido de todas maneras.

—Tardaremos menos. Esas cajas van al vivero. La cámara se queda; tengo otro retrato esta tarde.

—¿De quién?

—De la señora Hart y el señor Blackwood, si consiguen cerrar sus negocios a la misma hora.

—Él siempre lo consigue cuando ella va a buscarlo.

Beatrice levantó una ceja. Pike se ruborizó y cogió una caja.

—Quiero decir que se marchan juntos. A veces lo veo desde el camino. No quería dar a entender...

—No ha dado a entender nada terrible, Tomas. Puede que les guste volver a casa juntos. Parece una costumbre agradable.

El muchacho asintió, aliviado. Ella le mostró cómo sujetar la caja sin inclinarla y lo acompañó hasta el carro que habían contratado. El conductor colocó una manta doblada debajo. Beatrice comprobó la estabilidad antes de permitir que Pike subiera a su lado.

Al quedarse en la calle, se dio cuenta de que disponía de casi dos horas sin luz que perseguir ni personas que acomodar.

Podía ir a escribir a Alfred. Había empezado una carta la noche anterior y la había dejado al llegar a las preguntas que él haría: cuánto cobraba, cuánto había gastado, qué pensaba hacer después.

Entró en la posada y pidió papel limpio. Esta vez empezó por contarle que el viverista había aprendido a mirar dentro de la cámara. Borró «viverista» y escribió «mi cliente». La tachadura quedó demasiado visible para fingir que no significaba nada.

Clara llegó a las cuatro con una caja de alfileres que Beatrice no le había pedido. Elias llevaba una chaqueta oscura y la expresión de un hombre dispuesto a cumplir una promesa sin comprender del todo qué se esperaba de él.

—He traído esto por si el cuello decide colocarse de otra manera —explicó Clara—. Cuando te sientas, la tela encuentra ideas que no tenía de pie.

—El mío ya ha sido corregido dos veces —dijo Elias—. No sé si conviene darle otra oportunidad.

Beatrice les indicó dónde dejar las cosas.

Clara tenía una manera de tocar el brazo de su marido que no interrumpía la conversación: lo guiaba hacia la silla mientras preguntaba por la luz, retiraba una mota de la manga sin dejar de escuchar.

Elias inclinaba ligeramente la cabeza hacia ella cada vez que hablaba.

Beatrice había fotografiado muchos matrimonios. Le gustó no tener que convencer a aquel de que pareciera compartir algo.

—Siéntense como les resulte cómodo. Haré ajustes después. ¿La fotografía es para ustedes?

—Para su padre y para mi madre —respondió Clara—. Llevan un año pidiéndola. Nosotros conservamos una de la boda donde apenas se nos distingue detrás de un sombrero.

—El sombrero quedó muy bien —añadió Elias.

Clara le dio un leve golpe en la rodilla con los guantes.

—No empieces. Como me hagas reír, tendremos que volver mañana.

—Puede reírse —intervino Beatrice—. Solo le pediré que se quede quieta cuando haga la toma. No hace falta que mantenga la misma cara toda la tarde.

Elias se relajó en el asiento. Clara se acomodó junto a él y apoyó la mano en su antebrazo. La fotógrafa se inclinó bajo el paño. Encontró enseguida la imagen: ambos cercanos, los cuerpos orientados hacia la cámara y una atención mutua que ni siquiera necesitaba que se miraran.

—Está usted trabajando en casa de Ashcombe, ¿verdad? —preguntó Clara durante una pausa.

—En el vivero. Mi cuarto da al patio. ¿Lo conoce bien?

—Lo suficiente para que me diga qué estoy haciendo mal con un rosal cada vez que pasa por la tienda. Tengo que admitir que suele acertar.

—No necesitas regarlo tanto —observó Elias.

—Ya sois dos. La próxima vez os lo dejaré en la herrería para que os pongáis de acuerdo sin mí.

Beatrice sonrió y comprobó la posición de una mano. No quiso preguntar más por Nathaniel; le desagradaba que la curiosidad le apareciera en la voz antes de haber decidido qué hacer con ella.

Clara la observó unos segundos.

—Mabel vino a encargar un arreglo el miércoles. Está contenta con las fotografías. Dice que por fin alguien ha conseguido que su hermano admita que el vivero merece enseñarse.

—Solo he conseguido una prueba. Me quedan bastantes ocasiones para que cambie de opinión.

—Nathaniel tarda en decidir —dijo Elias—. Después suele mantenerse. Eso también puede ser incómodo, pero facilita los encargos.

El comentario no ofrecía nada íntimo. Beatrice lo agradeció. Preparó la cámara y les pidió que conservaran la postura. Clara apretó apenas el antebrazo de su marido. Elias mantuvo la boca relajada, y ella supo que aquella imagen sería una de las que le gustaría volver a mirar después de cobrar.

Al terminar, Clara no se marchó enseguida. Examinó con discreción el vestido de trabajo de Beatrice, cuyo bolsillo derecho tenía una costura forzada por el peso de un cuaderno.

—Si va a quedarse unas semanas, puedo reforzarle eso —dijo—. No debería llevar ahí tantas cosas. Aunque sospecho que ya lo sabe.

—Lo sé cada vez que se rompe. Entre una rotura y la siguiente lo olvido bastante bien.

—Tráigamelo cuando tenga otro que ponerse. Puedo añadir un bolsillo interior sin cambiar el corte.

Beatrice aceptó la tarjeta que Clara había sacado del bolso. El nombre de la costurera aparecía completo. Miró las letras verdes durante un instante antes de guardarla.

—Me gusta su cartel —dijo—. Lo vi al llegar.

—Tardé más en decidir el nombre que el color. Ahora no lo cambiaría.

Elias recibió la caja de alfileres y esperó junto a la puerta. Clara se despidió, volvió a su lado y salieron hablando de algo que habían dejado en casa. Beatrice los vio cruzar la calle. Al llegar a la esquina, Elias se inclinó para escuchar una frase y Clara se rio contra su hombro.

Antes de guardar el chasis, Rose apareció con una jarra de agua. Había oído parte de la conversación desde el pasillo y se quedó mirando las sillas que acababan de quedar vacías.

—¿Se nota siempre cuando dos personas están contentas juntas? Mi madre dice que usted habrá visto bastante para saberlo.

—He visto a gente cansada salir muy seria de una fotografía y ponerse a hablar con cariño al levantarse. También he visto parejas colocarse de maravilla y no dirigirse una palabra después. No conviene pedirle al aparato que decida tanto.

—Entonces, ¿cómo sabe si ha hecho una buena?

—Si se reconocen, aunque no les guste todo lo que ven. Y si yo he conseguido no obligarlos a parecer otra persona. A veces basta con que uno apoye la mano donde suele ponerla.

Rose miró sus propios dedos.

—Mi madre me coge así desde que era pequeña. Hoy me ha dado un poco de vergüenza. Me parecía que estaba dejando que usted viera algo que no se enseña a los clientes.

—Si prefiere que no conserve esa toma, me lo dice. Solo ustedes decidirán quién la ve. No voy a usar su fotografía para convencer a otras personas de que me contraten sin preguntárselo antes.