CAPÍTULO 2 Las horas de la luz #2
—Como referencia, sí. Puede simplificar el fondo. Pero quiero que la vea también por otra razón. Ayer me dijo que el comprador no necesitaba saber quién cultivaba los árboles.
—Y usted cree que esto demuestra lo contrario.
—Creo que puede decidir después de mirarlo. Me interesa su opinión de hoy más que ganar la discusión de ayer.
Nathaniel le devolvió la prueba. En el estante junto a la ventana había otra hoja, vuelta hacia abajo. Beatrice no la tocó, y él no preguntó qué mostraba.
—Conserve la imagen en la selección —dijo—. Le traeré la lista definitiva antes de comer.
Ella se apoyó contra el borde de la mesa, visiblemente aliviada.
—Gracias. Ahora podemos discutir otra cosa. Necesito despejar dos horas del jueves para unos retratos en la posada. Hester quiere una fotografía con su hija. Suponiendo que no tenga que pasarme la mañana convenciéndolas de que se sienten juntas.
—El jueves no salen árboles. Puede disponer de la mañana.
—No le pedía permiso. Quería acordar cuándo necesitará el cuarto y cuándo estaré trabajando aquí.
Nathaniel bajó la vista al cuaderno que aún llevaba en la mano.
—Es la costumbre. Pike y Mabel me preguntan por los horarios.
—Mabel me ha dicho que le informa. Hay una diferencia bastante importante, según ella.
Él no consiguió contener una sonrisa.
—Mi hermana lleva años afinando esa diferencia. El jueves, entonces. Si necesita a Pike para cargar, podemos organizarlo.
—Le pediré una hora y se la pagaré. Después tendrá que acostumbrarse a que yo también le dé instrucciones.
—Probablemente prefiera las suyas.
Beatrice se acercó para recoger el cuaderno.
Nathaniel no lo soltó enseguida; había olvidado para qué lo llevaba.
Sus dedos quedaron a ambos lados del lomo.
Ella alzó los ojos y él notó la distancia exacta entre sus cuerpos, tan pequeña que podía distinguir el olor limpio de la piel bajo otros olores del cuarto.
—Los pedidos —recordó ella en voz baja.
Nathaniel aflojó la mano.
—He marcado los que salen primero. No quería que eligiera un árbol y lo encontrara ya cargado en un carro.
Beatrice abrió por la cinta. Se le había escapado una hebra de pelo cerca de la mejilla y no hizo nada por apartarla. Él tuvo que retroceder para recordar que la puerta seguía abierta.
Mabel lo encontró al final de la tarde comprobando por segunda vez las mismas etiquetas. Dejó un sobre sobre el banco y esperó a que él lo mirara.
—Mañana voy a casa de Eleanor. Volveré después de comer.
—Hay que contestar al pedido de Millbrook.
—Lo he contestado. Está en ese sobre. También he sumado las cuentas, antes de que recuerdes que existen.
Nathaniel dejó la etiqueta en su sitio.
—No tienes que darme explicaciones.
—Entonces dejaré de hacerlo cuando dejes de buscarme ocupaciones al decirte que me marcho.
La frase no era nueva. La serenidad con que la pronunció sí lo fue. Nathaniel volvió a mirar el sobre y después a su hermana. Mabel tenía una mancha de tinta en el puño. La tela estaba muy gastada en el codo.
—¿Quieres que Pike lleve la carta?
—Quiero que la leas antes de firmarla. Para que mañana no digas que solo oíste la mitad.
Él se rio, y Mabel se permitió sonreír. Recogió el bolso, se ajustó los guantes y echó un vistazo hacia el cuarto de semillas.
—La señorita Ward trabaja bien.
—Eso parece.
—Y cobra lo acordado. Hoy me ha corregido una suma a su favor sin disculparse. Me gusta tener a alguien que sepa hacer eso por aquí.
Nathaniel esperó lo que vendría después. Mabel se limitó a despedirse. Desde la puerta se volvió para recordarle que al día siguiente tendría que buscar su propio almuerzo; él aceptó sin ofrecer una objeción.
Cuando Beatrice salió, el vivero estaba casi vacío. Llevaba la cesta y había vuelto a anudarse el pañuelo. Nathaniel cerró el cuaderno.
—Puedo enseñarle el camino corto —dijo.
Ella miró el cielo, todavía claro.
—Si no le retraso. Había pensado intentar encontrarlo por mi cuenta.
—Voy hacia la cancela de atrás. Tengo que cerrarla.
La excusa era cierta, aunque podía haber esperado. Caminaron entre dos hileras de árboles hasta una abertura en el seto. Más allá, un sendero seco seguía el límite de un prado. Beatrice se detuvo para reconocer el lugar y él le señaló la chimenea de la posada.
—Al llegar a la cerca, gire a la izquierda. No cruce el prado. Hay un paso que parece más corto, pero termina en una zanja.
—Procuraré no comprobarlo. ¿Siempre sabe dónde acaba cada camino?
—Los de aquí, casi todos.
—Tendrá que enseñarme alguno que no termine en el trabajo.
Nathaniel apoyó la mano sobre la cancela. Ella no había hablado con ligereza. Lo miraba esperando una respuesta, y él pudo pensar en el domingo, en la ladera por encima del pueblo, en una hora entera sin tener que volver a buscar herramientas.
—Hay uno junto al viejo tejar —dijo—. Se ve el valle al final.
—Ese me gustaría.
Él rozó la madera con el pulgar. No había acordado cuándo. Todavía podía dejar la conversación allí, en una información práctica que ella olvidaría al llegar a la posada.
—El domingo por la tarde, si no tiene un encargo.
Beatrice se acomodó la cesta sobre el brazo.
—Tengo la tarde libre. Podemos reservarla antes de que alguien la ocupe por nosotros.
La vio alejarse hasta la cerca. Después cerró la cancela y regresó por el sendero, intentando recordar qué había hecho los últimos domingos. Encontró labores, almuerzos breves, una siesta involuntaria junto a la estufa. Esta vez tendría que lavarse y salir.
Entró en la oficina y escribió en el margen del domingo: «Paseo». La palabra ocupaba menos que un pedido. Nathaniel dejó el cuaderno abierto.