El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 2 Las horas de la luz
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CAPÍTULO 2 Las horas de la luz

Nathaniel había abierto la puerta lateral a las seis y cuarto.

A las seis y veinte retiró un carretillo que llevaba dos semanas junto al muro sin molestar a nadie.

Después comprobó la mesa exterior, aunque Pike la había dejado limpia al marcharse.

Cuando oyó pasos en el camino, estaba a punto de barrer unas hojas que volverían a caer antes de terminar la mañana.

Beatrice apareció sin sombrero, con un pañuelo de lana alrededor del cuello y una cesta pequeña. Llevaba el cabello recogido de cualquier manera. Aquello le permitió ver una peca detrás de la oreja, justo donde se había soltado un mechón.

—Espero que no lleve mucho esperándome —dijo—. Hester ha decidido que un desayuno suficiente para ella debía bastar también para mí. He tenido que explicarle que no podía sentarme a esperar a que terminara de freír nada.

—He abierto hace un momento. ¿Ha encontrado bien el camino?

—Ayer hice una marca en mi cuaderno. La tienda de Foster, el seto con un hueco, la bifurcación. No esperaba que la oscuridad me obligase a contar las casas.

—Puede venir por el sendero de atrás. Es más corto.

—Enséñemelo cuando haya luz. No quisiera terminar en la cocina de alguien antes de que se despierte.

Nathaniel sostuvo la puerta mientras ella entraba. Beatrice dejó la cesta en el cuarto de semillas y salió con el trípode. Él cogió la caja de madera después de que ella la señalara. Había aprendido qué podía tocar; le resultó agradable no tener que preguntar otra vez.

La mañana conservaba una humedad fría. A lo largo del camino central, el agua pendía de los extremos de las hojas.

Beatrice se detuvo varias veces antes de llegar a la nave.

Nathaniel esperó con la caja, mirando cómo calculaba un ángulo con las manos.

El lunes le había parecido una pérdida de tiempo.

Ahora veía que volvía a los puntos marcados en el plano.

—Desde aquí —decidió ella—. Si consigo incluir la entrada sin que el muro ocupe demasiado. Deje la caja sobre ese banco, por favor. Voy a tardar unos minutos.

Él la colocó donde le había pedido.

—Tengo que revisar unos pedidos. Estaré en la oficina si necesita algo.

—¿Podría quedarse hasta que enfoque? Quiero comprobar el tamaño de la puerta con alguien al lado. No hace falta que salga en la fotografía.

Nathaniel fue hasta la entrada. Ella le pidió que retrocediera, que avanzara un poco y, por último, que volviera casi al punto inicial. Había algo divertido en obedecer instrucciones tan precisas de una mujer a la que había pretendido explicarle cómo debía trabajar.

—Ahora parece que va a echar al visitante —dijo Beatrice.

—Solo estoy de pie.

—Sí. Lo hace con mucha autoridad. Apoye una mano en la puerta, si no le importa.

Él obedeció. El frío del picaporte le llegó a la palma y le recordó que llevaba un buen rato sin pensar en las plantas que saldrían hacia Millbrook.

Miró la cabeza cubierta por el paño, la mano pequeña ajustando un tornillo.

Beatrice se inclinaba desde la cintura, con un pie algo adelantado para mantener el equilibrio. Trabajaba con todo el cuerpo.

—Ya puede apartarse. Gracias.

Nathaniel tardó un segundo en moverse. Ella levantó la vista, pero enseguida volvió a la cámara. El primer sol estaba tocando el muro. Él se quedó detrás del banco mientras Beatrice cambiaba el vidrio por el chasis, con una economía de movimientos que le hizo contener una pregunta.

La toma duró poco. Lo que vino después ocupó bastante más: guardar, anotar, comprobar. Nathaniel reconoció el cuidado de quien no podrá recuperar lo perdido por apresurarse.

—¿Siempre trabaja sola? —preguntó cuando ella cerró la caja.

—En los encargos que puedo hacer sola. Para otros contrato ayuda. Mi hermano tiene un ayudante que sabe lo que necesito, pero Bath queda demasiado lejos para traerlo cada mañana.

—Debe de costarle mover todo esto.

—Me cuesta. También me costaría pagar a alguien durante seis semanas. Todavía prefiero acabar cansada algunos días a quedarme sin beneficio.

Él pensó en lo mucho que habría pesado aquella caja por el camino desde la posada. Beatrice debió de advertir la dirección de su mirada.

—Las placas se quedan aquí —añadió—. No voy a transportarlas cada noche. Y la señora Finch me ha recomendado a un hombre con carro para los retratos que haga fuera. Ya he acordado un precio con él.

—No iba a decirle que no pudiera hacerlo.

—Lo sé. Me he adelantado. Paso demasiado tiempo explicando por qué he elegido este oficio, y a veces contesto antes de que me pregunten.

Nathaniel apartó una hoja húmeda del banco para que ella dejara su cuaderno.

—Mi padre quería que cultivase lo que ya vendía él. Tardé cinco años en convencerlo de que reservar una parte del terreno para otros frutales no era un insulto personal.

—¿Cómo lo consiguió?

—Vendiendo los árboles. Los argumentos no habían servido.

Beatrice se rio y cerró el cuaderno. A Nathaniel le gustó que no añadiera una frase sobre padres obstinados. El suyo había muerto hacía ocho años y todavía encontraba en las decisiones acertadas un motivo para imaginar su aprobación.

Se acercaron al banco junto al cobertizo. Beatrice abrió la cesta y desenvolvió dos porciones de un bollo que Hester había conseguido ponerle en las manos. Le ofreció una sin ceremonia.

—Hay que comerlo ahora. Si lo guardo junto al material, acabará sabiendo a madera, aunque no entiendo cómo lo logra.

—Ya he desayunado.

—Entonces no estará lo bastante hambriento para notar que se me ha aplastado. Me hará un favor.

Nathaniel aceptó. Beatrice se sentó en el banco, dejando sitio junto a ella. Él dudó antes de ocuparlo. Desde allí podía ver la puerta de la oficina y la hilera de macetas pendientes de revisar. Nunca se sentaba a esa hora, salvo que estuviera enfermo.

El bollo tenía pasas. Beatrice retiró una del papel y se la comió antes de recoger las migas. Había una pequeña rozadura sobre su nudillo, quizá del equipaje. Nathaniel se descubrió siguiendo el movimiento de sus dedos.

—¿Qué hacía antes de dedicarse a fotografiar jardines? —preguntó.

—Fotografiaba muchas personas que no querían parecerse a sí mismas. Algunas conseguían explicarme cómo deseaban salir. Otras esperaban que lo adivinase.

—No parece muy distinto de vender árboles. Quieren saber cuánto crecerán y se enfadan si les digo que también dependerá de ellos.

—Mi hermano tiene más paciencia para esas cosas. Me quiere mucho, pero siempre ha creído que el cliente no debe verme contrariada. Yo prefería que no me discutiese delante de él.

Nathaniel acabó el bollo. Beatrice se había quedado mirando el papel abierto sobre sus rodillas. Quiso saber qué discusión la había hecho marcharse; la pregunta le pareció demasiado temprana.

—¿Por eso aceptó venir aquí?

—Acepté porque el encargo era bueno. La discusión solo hizo que contestara deprisa. —Levantó los ojos—. No quiero trabajar enfadada con mi hermano el resto de mi vida. Espero volver a comer con él y hablar de cualquier cosa que no sea la cuenta del estudio.

—Puede que se le pase cuando compruebe que le va bien.

—Puede que a mí también. A veces me resulta muy cómodo atribuirle todas las dificultades.

La franqueza lo dejó sin respuesta. Nathaniel había esperado defender a un hombre al que no conocía o ponerse de parte de una mujer que le gustaba mirar. Ella había hecho innecesarias ambas cosas.

Al otro lado del seto sonó un silbido. Pike apareció con un saco vacío bajo el brazo y los vio sentados. El muchacho frenó antes de saludar, ofreciendo una expresión de sorpresa que Nathaniel habría preferido menos visible.

—¿Empiezo por las macetas de la entrada?

—Por las del cobertizo. Las otras aún están mojadas.

—Creí que tenía que preguntar por las de la entrada. Ayer me dijo que...

—Ayer no había visto cómo amanecía. Empieza por el cobertizo, Tomas.

Pike se marchó después de dar los buenos días a Beatrice. Ella dobló el papel despacio. Nathaniel reconoció la brusquedad de su propia voz y se levantó.

—No le había explicado el cambio —admitió.

—Todavía puede hacerlo. No ha llegado muy lejos.

Nathaniel miró a Beatrice. Su tono no contenía reproche, pero tampoco le proporcionaba una salida amable. Dejó el papel con las migas en la cesta y fue a buscar al muchacho.

A media mañana, el cuarto de semillas tenía un cartel en la puerta: «Llamar y esperar respuesta». Las letras eran claras, con un subrayado impaciente bajo la última palabra. Nathaniel llamó una vez y oyó a Beatrice pedirle unos minutos.

Llevaba un cuaderno de pedidos para consultarle cuáles convenía apartar. Podría haberlo dejado sobre la mesa de Mabel. Permaneció en el pasillo, escuchando el agua que se vertía en un recipiente y el leve golpe de una tapa.

—Ya puede pasar.

Beatrice había abierto la ventana. Tenía las mangas recogidas hasta los codos y un delantal oscuro que no llevaba por la mañana. Sobre una superficie protegida descansaban sus utensilios, cuidadosamente separados. Nathaniel se quedó junto a la puerta, donde no podía golpear nada.

—¿Qué le parece? —preguntó ella, mostrándole una prueba.

Él la recibió por los bordes indicados. En la imagen, Pike miraba el nudo y Nathaniel sostenía el árbol. Le sorprendió verse ligeramente inclinado hacia el muchacho. Recordaba la tarea, pero no aquella cercanía entre ambos. Tampoco había reparado en que su mano protegía la rama más débil.

—Parece que sé explicar algo sin enfadarme —dijo.

—Lo estaba haciendo. He procurado no estropearlo.

—Pike querrá una copia.

—Ya me la ha pedido. Le he dicho que primero hablaríamos de lo que cuesta. No pienso cobrarle por aprender a no abrir mis cajas, pero tampoco quiero que me prometa arreglar todo el cuarto a cambio.

Nathaniel siguió mirando la prueba. Se veía mayor de lo que se sentía algunos días y menos cansado de lo que estaba casi siempre. La fotografía no le embellecía las manos ni ocultaba el abrigo gastado. Aun así, tuvo el impulso de conservarla.

—¿Cree que servirá al impresor?