CAPÍTULO 1 El hombre que sobraba en la fotografía #2
—Hay cuatro vistas generales —empezó él—. El resto son ejemplares. Pritchard escogerá qué puede aprovechar para las ilustraciones.
—Lo acordamos así. También hablamos de enseñar el trabajo del vivero. Aquí ha tachado las dos imágenes con personas.
—Quiero vender árboles sanos. No creo que al comprador le importe quién los lleva de un sitio a otro.
Beatrice apartó el plato. La mantequilla empezaba a ablandarse sobre el último trozo.
—¿Qué diferencia sus árboles de los de otra casa?
—Depende del árbol.
—Escoja uno. Ese peral que no quiere retratar.
—Lo he descartado porque la unión no me gusta. Todavía puede mejorar, pero no lo enviaría a un cliente que lo compra sin verlo.
Ella miró el papel y después a él.
—Eso sí le importa al comprador. No tiene por qué conocer su cara, pero le conviene entender que alguien examina lo que recibe. Una nave vacía no se lo cuenta.
Nathaniel cruzó los brazos. Mabel acabó su porción de pan y sacudió las migas sobre el plato con un cuidado que a Beatrice le pareció deliberado.
—No estoy pagando un retrato mío —dijo él.
—Ni yo se lo he propuesto. Hablo de manos trabajando, de una persona junto a un árbol para que se aprecie el tamaño. Podemos probarlo con Pike. Nadie tendrá que poner una expresión respetable.
—Pike disfrutará demasiado con eso.
—Deje que me ocupe de él. Usted puede escoger las plantas. Luego veremos las pruebas y descartaremos lo que no funcione.
Nathaniel cogió el lápiz que Mabel llevaba detrás de la oreja. Su hermana protestó con la mirada; él se lo devolvió después de marcar dos líneas.
—Una imagen de trabajo. Si no sirve, la sustituimos por la nave desde el este.
—Una es suficiente para empezar —aceptó Beatrice—. Y mañana quiero estar aquí antes de que abra. Ahora ya sé cuándo ilumina el sol ese muro.
Mabel se levantó con el plato vacío.
—Le daré una llave. Así no tendrá que esperar a mi hermano si decide que amanece demasiado pronto.
Beatrice vio que Nathaniel iba a contestar.
Sin embargo, él se apartó para dejar pasar a Mabel y permaneció junto a la puerta.
Una sombra de cansancio le había endurecido la expresión.
Ella se preguntó qué le costaba más de aquel encargo: el dinero o tener a alguien observando el lugar en el que había dispuesto su vida.
⁂
Pike apareció después del almuerzo con la jarra que ya no hacía falta.
Tenía el pelo húmedo en la frente y la culpa de quien había recordado una orden varias horas tarde.
Se disculpó sin dejar de hablar, explicó que una rueda del carretillo se había salido y acabó preguntando si la cámara podía retratarlo con un manzano al hombro.
—Si consigue quedarse quieto —respondió Beatrice—. Pero primero necesito que aprenda a reconocer estas cajas. No todas se pueden abrir con luz.
El muchacho escuchó con una atención que mejoró al permitírsele sostener un chasis vacío. Nathaniel los observaba desde el umbral. Cada vez que Pike iba a apoyar algo sobre una mesa, movía un pie; Beatrice esperó a que el joven colocara la pieza por sí mismo.
Pasaron la tarde recorriendo las hileras.
Ella dibujó un plano sencillo y anotó las horas que convenían a cada vista.
Nathaniel dejó de corregir sus recorridos después de la segunda parada y empezó a señalar por dónde podría pasar el carro del material sin hundirse.
Una vez se adelantó para apartar una rama a la altura de su cara y la sostuvo hasta que ella pasó.
Beatrice notó el calor de su brazo a través de la manga.
Ya cerca de las cinco, encontró el lugar que buscaba: una mesa exterior, el borde del invernadero y varias macetas de distintos tamaños. Colocó el trípode y pidió a Pike que se situara junto a un ejemplar joven. El muchacho se puso rígido. Hasta su pelo pareció enderezarse.
—Está esperando que lo reprendan —murmuró Nathaniel detrás de ella.
—Todavía no he dicho nada.
—Se prepara con antelación.
Beatrice tuvo que apartarse del paño para reírse. Pike les preguntó si había hecho algo mal y ella lo tranquilizó, le pidió que descansara y volvió a enfocar. El aire movía unas hojas. Tendría que esperar.
Nathaniel entró en el campo de la imagen para comprobar cómo estaba sujeto el árbol. Pike se inclinó hacia él, escuchando. Una mano grande corrigió el nudo, la otra sostuvo el tronco sin apretarlo. Ambos quedaron quietos cuando ella levantó la cabeza.
—Ahí. No cambien de postura un momento, por favor.
Nathaniel empezó a apartarse.
—Habíamos dicho que Pike...
—Quiero hacer una prueba con los dos. Puede decirme que no.
Él miró al muchacho y después la cámara. Beatrice mantuvo la mano junto al chasis, esperando. Habría sido fácil insistir con una broma. Lo había hecho otras veces para conseguir una expresión, pero le desagradó la idea de arrancarle a aquel hombre algo que después tuviera que perdonarle.
—Hágala —dijo Nathaniel—. Antes de que vuelva a levantarse el aire.
Ella preparó la toma. Al terminar, Pike preguntó cuándo podría verla. Nathaniel soltó el árbol despacio y se limpió los dedos en un paño. Beatrice guardó el chasis expuesto en su sitio antes de contestar.
—Cuando esté lista, se la enseñaré. A los dos.
El muchacho volvió al trabajo silbando. Nathaniel permaneció junto a la mesa, con una hoja adherida a la manga. Beatrice alargó la mano para retirarla y se detuvo a mitad del gesto.
—Lleva una hoja ahí —dijo, señalándola.
Él se la quitó. Tenía una pequeña mancha de tierra en el cuello, donde la camisa había cedido bajo la chaqueta, y Beatrice agradeció estar ocupada cerrando una caja.
—No sabía que iba a contratar a alguien tan insistente —observó él.
—Yo tampoco sabía que mi cliente iba a tener mejores ideas de las que permite poner en la lista.
Nathaniel miró hacia el camino por el que se había marchado Pike. Cuando volvió a ella, la reserva seguía allí, pero no ocupaba toda su cara.
—Mañana abriré yo —dijo—. La puerta lateral, a las seis y media.
Beatrice quiso recordarle que tenía llave. Lo pensó mejor mientras se colgaba la correa al hombro.
—Estaré a esa hora. Y habré desayunado.
Él la acompañó hasta la salida. Ninguno comentó la fotografía. Beatrice llevaba una sola placa expuesta después de todo un día de trabajo, y aun así caminó hacia la posada con la sensación de haber conseguido más de lo previsto.