El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 1 El hombre que sobraba en la fotografía
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El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2)

El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2)

Por Naia Bellamar

© inepub.com

CAPÍTULO 1 El hombre que sobraba en la fotografía

El hombre llevaba un rato intentando desaparecer detrás de un peral demasiado pequeño para ocultarlo.

Beatrice lo observaba bajo el paño de la cámara: primero había retirado una maceta, después había vuelto a colocarla y ahora examinaba una hoja con la concentración de quien espera que lo dejen en paz.

En el vidrio de enfoque, su figura invertida seguía ocupando el mismo lugar.

Tenía los hombros anchos y una obstinación que ni siquiera la imagen del revés conseguía disimular.

—Si permanece ahí, tendré que incluirlo —dijo ella, sacando la cabeza—. Y, si quiere salir, necesito que se aleje bastante más. El árbol no puede hacer todo el trabajo.

Él dejó la hoja. Había aparecido cuando Beatrice ajustaba el trípode, veinte minutos después de que una mujer de pelo entrecano le indicara dónde encontrar la nave de cultivo.

Beatrice había supuesto que era uno de los jardineros.

Ahora, por la forma en que miraba su cámara, empezaba a pensar que le pertenecía algo más que la planta.

—Me dijeron que no llegaría hasta mañana.

—Mi carta decía lunes. Si he escrito martes, le ruego que me la enseñe antes de que cometa el mismo error con otro cliente.

—La señorita Ward, entonces.

—Beatrice Ward. ¿Con quién tengo el gusto?

—Nathaniel Ashcombe. Ese peral no figura entre los ejemplares que quiero fotografiar.

Beatrice enderezó la espalda. En sus cartas había imaginado a un hombre mayor, de manos pequeñas y letra escrupulosa.

La letra existía. Las manos que él apoyó en los bolsillos de su chaqueta de trabajo eran grandes, con un arañazo reciente bajo el pulgar.

Debía de rondar los cuarenta, aunque unas canas tempranas junto a la sien dificultaban el cálculo.

El resto de su aspecto invitaba a mirarlo con menos intención profesional.

—No iba a fotografiar el peral. Estoy comprobando la luz sobre los cristales. Su hermana me ha permitido entrar; dice que lo encontraría aquí.

—Mabel debería haberme avisado.

—Se lo ha pedido a un muchacho. Lo he visto salir corriendo con una regadera, de modo que quizá estuviera cumpliendo otra orden anterior. Puedo recoger mientras hablamos, si le incomoda la cámara.

—Me incomoda pagar placas para retratar plantas que no vendo.

—Entonces empezamos bien. A mí me incomoda gastarlas antes de colocar el chasis.

Señaló la cámara. El hombre se acercó lo suficiente para ver la abertura, pero no fingió comprenderla. Beatrice agradeció aquello. Había trabajado para caballeros capaces de discutirle un procedimiento que acababan de oír nombrar.

—Todavía no hay ninguna placa dentro —explicó—. Lo que estoy mirando es una imagen sobre vidrio. Puede verla, si quiere. Tendrá que inclinarse un poco.

Nathaniel miró el paño negro. Una abeja entró por la puerta abierta del invernadero y los dos la siguieron hasta que se perdió entre unas hojas. Él se quitó el sombrero y se agachó. Beatrice retrocedió para dejarle sitio; al hacerlo pisó una tabla suelta y él salió de debajo de la tela.

—Cuidado con esa. Pike debía retirarla esta mañana.

—No se ha movido mucho. Mire otra vez. Lo de dentro tampoco se moverá mientras no toque el trípode.

Él obedeció. Beatrice vio cómo cambiaba el apoyo de sus pies para alcanzar una postura menos incómoda. La chaqueta le tiraba de la espalda; necesitaba más anchura entre los hombros. Se obligó a revisar el pestillo de la cámara, aunque no había nada que revisar.

—Está todo al revés —dijo Nathaniel.

—Es una costumbre del aparato. Con el tiempo deja de estorbar.

—La sombra ocupa media pared.

—Por eso he venido a esta hora. Si fotografío la nave como estaba prevista, sus cristales serán una mancha y nadie distinguirá dónde empieza el edificio. Prefiero saberlo antes de hacerle una promesa.

Nathaniel se incorporó. Tenía una marca roja sobre la frente, donde el borde del paño había rozado la piel. Beatrice encontró aquella imperfección tranquilizadora; la simetría de su cara empezaba a parecerle una distracción poco oportuna.

—Pritchard quiere las imágenes dentro de seis semanas. No puedo retrasar el catálogo porque una pared tenga sombra.

—Ni yo puedo colocar el sol en otro sitio. Puedo elegir la hora, cambiar el ángulo o hacer una imagen que enseñe algo distinto. Para eso ha contratado a una fotógrafa.

Él volvió a mirar la nave. Beatrice esperó, sujetando el sombrero por las cintas.

El viaje le había dejado polvo en el bajo del vestido y un hambre que empezaba a quitarle paciencia.

Llevaba poco tiempo delante de aquel hombre para perder un encargo, y demasiado para permitir que lo condujera quien no sabía hacerlo.

—Enséñeme lo que propone —dijo él al fin—. Pero primero deberíamos ver las plantas de la lista. Algunas tienen que salir esta semana.

Beatrice cubrió el objetivo y empezó a plegar el trípode. Nathaniel hizo ademán de coger la cámara; ella puso la mano en el asa antes que él.

—Esta la llevo yo. Puede coger la caja de madera, si le viene bien. En cuanto encuentre dónde dejarlo todo, necesitaré lavarme las manos y comer algo. Después podré discutir de sombras con mayor educación.

Él la observó un instante. La comisura de su boca se movió apenas.

—¿Lleva mucho sin comer?

—Desde antes de tomar el tren. Había previsto un almuerzo que no resistió el horario del coche.

—Mi hermana guarda pan en la oficina. Le pediré que corte un poco.

—No hace falta que interrumpa a su hermana. Si me dice dónde comprarlo, regresaré enseguida.

—La tienda está en el pueblo. Entre ir y volver perderá casi una hora.

—Entonces aceptaré el pan. Pero considérelo una medida para proteger nuestra relación de trabajo.

Nathaniel levantó la caja sin comentario. Antes de seguirlo, Beatrice retiró la tabla suelta y la apoyó contra la pared. Al volverse lo encontró esperándola. Él bajó la vista hacia el hueco despejado y luego reanudó el paso, algo más despacio.

⁂

Mabel Ashcombe había extendido la carta sobre su escritorio cuando entraron. Tocó la fecha con la punta de la pluma, sin mirar a su hermano.

—Lunes, Nathaniel. Te lo leí el jueves, mientras insistías en que aquellos bulbos no podían quedarse donde estaban. También te dije que la señorita Ward traería su material por adelantado.

—Debí de oír solo la segunda parte.

—Es posible. Siempre te ha resultado fácil oír la parte que ya sabías.

Beatrice se mordió el interior de la mejilla.

Nathaniel dejó la caja en el suelo y esperó a que ella indicara dónde colocarla.

La oficina tenía dos ventanas, una estufa apagada y un mapa del vivero con manchas de dedos en los caminos más transitados.

Sobre una silla había un plato cubierto con un paño.

Mabel lo destapó.

—Pan con mantequilla. Iba a comerlo yo, pero puedo partirlo. ¿Toma leche?

—Agua, por favor. Ya he tomado tanto té en el viaje que empiezo a sentirlo hasta en las rodillas.

—Pike traerá una jarra limpia. Nathaniel, puedes enseñarle el cuarto de semillas mientras busco el cuchillo. Y procura no decidir por ella si le sirve.

El hermano salió sin defenderse. Beatrice lo siguió por un pasillo donde unas botas dejaban una huella seca junto a cada puerta.

El cuarto que le habían ofrecido tenía una ventana al norte, estantes vacíos y un suelo de piedra.

Se notaba que lo habían barrido a fondo.

Olía a madera vieja, con un resto agradable de tierra.

—Podemos cubrir el cristal —dijo él—. Mi hermana ha encargado tela gruesa. Hay agua al otro lado del patio, pero tendrá que traerla. ¿Es suficiente?

Beatrice dejó el sombrero y recorrió la habitación.

Probó la puerta desde dentro; por debajo entraba una línea clara de luz.

Apretó con dos dedos el cierre de la ventana.

Necesitaría oscurecer los bordes y organizar una mesa para trabajar sin confundir los recipientes.

El aire circulaba. Había tenido lugares bastante peores.

—Me servirá si puedo tapar esto y conservar la ventilación cuando no esté trabajando a oscuras. Necesitaré que nadie entre sin llamar. Y que las cosas se queden donde las ponga, aunque parezcan abandonadas.

—Pike tiene prohibido tocar su material.

—Preferiría explicárselo. Las prohibiciones mejoran mucho cuando uno sabe qué está protegiendo.

—Tiene diecinueve años. A veces lo sabe y toca igualmente.

—Mi hermano tiene treinta y nueve y hace lo mismo.

Nathaniel se apoyó en la jamba. Con la luz lateral, las pequeñas arrugas junto a sus ojos resultaban más visibles. Beatrice pensó que saldría bien en una fotografía incluso si seguía mirándola con aquella reserva.

—¿Trabaja con su hermano? —preguntó él.

—Trabajaba. Conservamos algunos clientes en común, pero este encargo es mío. Él hace retratos en Bath. Yo quería probar algo que no me obligara a convencer a un niño de que dejase quietas las piernas.

—Mis plantas también se mueven.

—Pero sus madres no me explicarán que jamás lo hacen en casa.

Él dejó escapar una risa breve. La sorpresa le cambió la cara antes que la diversión; Beatrice tuvo que mirar hacia la ventana para no quedarse observándolo sin disimulo.

Mabel apareció con el plato, un vaso de agua y un papel doblado.

—La lista. Nathaniel lleva dos días cambiando los números. Hay doce imágenes acordadas, pero he contado diecisiete marcas. Conviene que lo resolváis antes de que encargue más plantas para que salgan también.

—No voy a encargar plantas para una fotografía.

—Bien. Ya hemos descartado un gasto.

Beatrice tomó el pan. Por primera vez desde su llegada, se sentó. Los hermanos permanecieron de pie, a ambos lados de la puerta, y ella levantó un dedo antes de que Nathaniel abriera el papel.

—Déjeme tragar. Sería una pena descubrir que estamos de acuerdo y no poder decírselo.

Él esperó. Mabel acercó un cajón para sentarse también, dejando a Nathaniel el único taburete. Beatrice comprendió entonces quién había preparado la habitación y quién había llevado dentro los estantes. En la pared quedaban marcas recientes de haber arrastrado madera pesada.