El jardinero de Willow Creek (Hombres que juraron no amar 2) CAPÍTULO 22 La próxima partida
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CAPÍTULO 22 La próxima partida

Nathaniel había escrito tres páginas de instrucciones cuando Mabel le devolvió dos.

—Estas cosas ya las sabemos. Si no vas a fiarte de nosotros durante una semana, te llevarás el vivero en la cabeza y harás muy mala compañía.

Pike permanecía junto al escritorio, intentando no sonreír. Nathaniel recogió las hojas y las leyó. Una indicaba dónde se guardaban herramientas que el muchacho utilizaba a diario. La otra repetía el orden de unos pedidos que Mabel había organizado.

—Esta sí hace falta —dijo, señalando una anotación al margen.

—Entonces pásala a la primera. Tendremos una hoja y tú podrás cerrar el cuaderno.

Nathaniel lo hizo. Le costó menos al mirar por la ventana y ver a Beatrice colocando el equipaje en el carro. Había dejado instrucciones para el estudio, pero no intentaba enseñarle de nuevo su trabajo a todo el mundo antes de marcharse.

Pike se acercó al escritorio.

—Si aparece un problema que no pueda resolver, se lo preguntaré a la señorita Ashcombe. Si los dos necesitamos consultarle algo, lo haremos. No vamos a vender la casa mientras está fuera.

Mabel se rio. Nathaniel miró al muchacho, que ya no parecía tan joven cuando defendía lo que sabía hacer.

—Confío en vosotros —dijo—. Me falta acostumbrarme a actuar como si confiara.

—Tendrá una semana para practicar —respondió Pike.

Salieron al patio. Beatrice había colocado las cajas y se había reservado el bolso pequeño junto al asiento. Nathaniel cogió la maleta que llevaba ropa de ambos y comprobó el cierre una sola vez.

Mabel lo abrazó antes de que subiera. Después abrazó a Beatrice y les pidió que escribieran, aunque solo fuera para confirmar que estaban haciendo algo distinto de trabajar.

—Lo intentaré —dijo la fotógrafa—. Pero los primeros días tengo un encargo.

—No se lo decía solo a él.

Beatrice aceptó la advertencia, sonriendo. Nathaniel subió a su lado y el carro se puso en marcha. Al pasar la cancela, estuvo a punto de volverse para dar una última indicación. Miró a su mujer, que lo observaba con una paciencia demasiado divertida.

—No voy a decir nada —anunció.

—Todavía no había preguntado.

Él le tomó la mano sobre el asiento y la besó. El vivero quedó atrás mientras ambos seguían riéndose.

La casa de huéspedes tenía un jardín protegido y un dueño que había imaginado las fotografías con más sol del que ofrecía la mañana.

Beatrice recorrió el lugar, examinó la luz y explicó qué podía hacer ese día.

Nathaniel la escuchó desde un lado, sin intervenir cuando el hombre propuso mover una planta que ella prefería conservar.

—Primero haremos la entrada y las habitaciones —decidió Beatrice—. El jardín funcionará mejor esta tarde, si aclara. Si no, tendremos que aprovechar mañana. Por eso hemos reservado varios días.

El dueño aceptó. Nathaniel ayudó a transportar el material y después salió a caminar, tal como habían acordado. Ella lo vio marcharse con una mezcla de alegría y deseo: le gustaba que hubiera ido con ella, y también que pudiera pasar unas horas sin esperar a que necesitara otra mano.

Trabajó hasta media tarde. Al salir de una habitación encontró a Nathaniel sentado junto a una ventana, leyendo un periódico que no contenía nada relacionado con sus árboles. Había dejado un vaso de agua en la mesa cercana.

—No sabía si habías parado —dijo—. Si prefieres seguir, puedo esperar.

Beatrice bebió antes de responder.

—He terminado esa parte. Me quedan dos vistas del jardín, pero la luz todavía no está donde quiero. Tengo una hora.

Nathaniel dobló el periódico.

—He encontrado un paseo que empieza detrás de la casa. No tienes que llevar la cámara.

Ella le ofreció la mano.

—Entonces vamos antes de que se me ocurra otra cosa que hacer.

Caminaron cerca del agua. Beatrice se quitó un guante para tocar la mano de él y Nathaniel la acercó a su costado.

No necesitaban hablar de lo que les había costado llegar allí.

Podían discutir sobre el camino, detenerse a mirar una barca o quedarse callados sin que el silencio se llenara de preguntas antiguas.

—¿Has pensado mucho en el vivero? —preguntó ella al cabo de un rato.

—Esta mañana, bastante. Después me he dado cuenta de que no podía hacer nada útil desde aquí. He seguido andando.

—Yo he estado a punto de pedirte que hablaras con el dueño del jardín. Se estaba empeñando en moverlo todo.

—Lo he oído. No parecía que necesitaras ayuda.

—No la necesitaba. Aun así, me ha gustado saber que estabas cerca. Me estoy acostumbrando a querer compañía sin tener que justificarla con una tarea.

Nathaniel le apretó los dedos.

—Puedes pedírmela. Incluso cuando yo tampoco tenga nada que ofrecer salvo sentarme contigo.

Beatrice se detuvo para besarlo. Él le sostuvo la cara, apartándole con el pulgar un mechón que el viento le había llevado a la boca. El beso terminó con una sonrisa que ambos parecieron necesitar volver a probar.

Regresaron a tiempo para las vistas del jardín. Nathaniel sujetó una caja mientras ella preparaba la cámara. Cuando Beatrice se inclinó bajo el paño, oyó al dueño preguntar si su marido también era fotógrafo.

—Mi marido cultiva árboles —respondió ella, sacando la cabeza—. Y hoy me está ayudando con las cajas. La fotografía la haré yo.

El hombre asintió y se apartó donde ella había indicado. Nathaniel sonrió sin necesidad de añadir nada.

La segunda tarde de trabajo, Beatrice encontró un problema con una de las habitaciones. La luz dejaba el fondo demasiado oscuro y el dueño quería incluir cada mueble. Ella salió al pasillo para pensar y encontró a Nathaniel mirando por la ventana.

—Tengo ganas de decirle que escoja entre ver el armario o ver el resto —admitió—. Le he explicado que no puedo meter todas las cosas en una sola imagen con la misma claridad y cada vez añade otra.

—¿Quieres mi opinión o solo decirlo en voz alta?

Beatrice sonrió a pesar del cansancio.

—Primero quiero decirlo. Después quizá te pida que me ayudes a mover una silla. No necesito que me expliques cómo convencerlo; ya tengo suficientes argumentos dando vueltas.

Nathaniel le ofreció el brazo. Ella se apoyó un momento, dejando que el cansancio dejara de convertirse en irritación.

—Me ha gustado que preguntaras —añadió—. Antes habría aceptado cualquier sugerencia para no parecer desagradecida y después me habría enfadado porque no era lo que necesitaba.

—A mí me resulta más fácil saber qué puedo hacer. También me gusta que a veces no quieras que haga nada. Esta mañana he pasado una hora mirando el agua y después me ha costado recordar por qué debía sentirme culpable.

—¿Has encontrado una razón?

—Ninguna convincente. He pensado en un pedido, pero ya lo habíamos preparado. Luego he pensado en otro que todavía no ha llegado. Ahí me he dado cuenta de que estaba inventando trabajo para justificar estar lejos de aquí.

Beatrice le besó el hombro, agradecida por la compañía y por verlo descubrir un descanso que no dependía de estar demasiado cansado para continuar.

—Yo estoy inventando otra fotografía para no aceptar que tendré que decirle que esa habitación necesita dos vistas. Me preocupa parecer incapaz cuando, en realidad, es la solución que necesita.

—Puedes cobrar lo que corresponda por la segunda, si cambia el encargo. No tiene que salir de tus horas libres porque él quiera más cosas.

Ella se enderezó.

—Eso sí quería oírlo. Voy a hablar con él. Si después todavía quieres ayudarme, la silla pesa menos entre dos.

Nathaniel la acompañó cuando terminó la conversación. El dueño aceptó las dos vistas. Movieron el asiento al lugar elegido y Beatrice volvió a trabajar con una concentración que había perdido durante la discusión.

Al acabar, salió al jardín y encontró a su marido sentado en un banco, con el sombrero sobre las rodillas. Él levantó la vista y le hizo sitio sin preguntarle enseguida por el resultado.

—Ha salido bien —dijo Beatrice al sentarse—. Al menos la toma. Las copias necesitarán su tiempo. Ahora no quiero pensar en ninguna de las dos cosas durante un rato.

—He pedido que guarden la cena hasta que estés lista. Podemos sentarnos aquí o salir a caminar. Tú eliges esta vez; yo elegí el camino ayer.

Beatrice se acomodó contra su hombro.

—Aquí. Quiero estar aquí sin hacer nada que luego pueda enseñar como prueba de que he aprovechado el día.

Nathaniel apoyó la mano sobre la suya. La tarde se enfriaba despacio. Durante unos minutos escucharon las voces que llegaban desde la cocina y el viento moviendo las hojas más altas.

—¿Te está gustando viajar conmigo? —preguntó ella—. Sé que paso muchas horas trabajando. No quisiera prometerte que todos los encargos tendrán una tarde así, porque algunos serán bastante menos agradables.

—Me está gustando. No necesito acompañarte a todos. Hay viajes que harás sola y otros en los que podré venir. Me gusta saber que podemos elegirlo, en lugar de decidir de una vez cómo deben ser todos los años.

—A mí también. Y me gusta que sepas estar aquí mientras trabajo. No siento que tenga que acabar deprisa para compensarte por haber venido.

Él le besó la sien.

—Cuando volvamos, quiero que reserves alguna tarde para ti aunque yo esté en el estudio —dijo Beatrice—. Me gustaría saber que puedes salir sin necesitar que yo te acompañe. No quiero convertirme en la única razón por la que descansas.

—Puedo intentarlo. Y tú tendrás que dejar la cámara alguna vez aunque yo tenga trabajo. Nos vendrá bien llegar a casa con cosas distintas que contar.

—Eso me gustaría. Quizá retome los dibujos. Podrás seguir confundiendo mis casas con árboles; prometo no considerarlo una ofensa a mi oficio. Lo que no prometo es mejorar deprisa.

—Yo puedo aprender a perder a las cartas sin decir que tengo que levantarme temprano. Blackwood descubrirá que me quedo incluso cuando voy perdiendo. Va a necesitar un tiempo para acostumbrarse.

—Hoy he descansado más de lo que habría conseguido en casa. No me debes una tarde entretenida. Pero aceptaría un beso antes de que vayamos a cenar.

Beatrice se volvió hacia él. Lo besó despacio, con una mano en su mejilla y la otra entrelazada con la suya. Nathaniel la acercó un poco más sobre el banco. Cuando se separaron, ella seguía sonriendo.

—Ese no ha sido una compensación —dijo—. Llevaba queriendo dártelo desde que me has preguntado qué necesitaba.

Nathaniel volvió a besarla, satisfecho de haber hecho una pregunta sencilla y de la respuesta que todavía seguía llegando.

Acabaron el encargo dentro del plazo y prolongaron la estancia dos días. La primera mañana libre, Beatrice se despertó antes que Nathaniel y se quedó mirándolo. Tenía la cara relajada sobre la almohada y una mano extendida hacia el lugar donde ella había estado durmiendo.

Le tocó los dedos. Él abrió los ojos y la encontró tan cerca que sonrió antes de saber qué hora era.

—Hoy no tienes que levantarte —murmuró ella.

Nathaniel la atrajo con suavidad.

—Tú tampoco.

Se besaron todavía entre el sueño y la luz de la mañana.

Beatrice le acarició la espalda y él la recibió sin la antigua prisa por comprobar que todo estaba dispuesto para ella.

Habían aprendido a preguntar, a reírse cuando un gesto no salía como esperaban y a dejar que el deseo tuviera distintos ritmos.

Más tarde, mientras desayunaban, llegó una carta de Mabel reenviada a la casa de huéspedes. El vivero seguía en su sitio. Pike había resuelto una entrega y quería proponer un cambio pequeño al regreso. Rose había recogido dos solicitudes de retrato en el estudio y las había dejado anotadas.

Nathaniel leyó la carta y se la pasó a Beatrice. Ella terminó el último párrafo, dobló la hoja y la guardó.

—Parece que tendremos cosas que hacer al volver.

—Las tendremos. Hoy podemos salir después de desayunar.

Beatrice le sostuvo la mirada, complacida.

—Eso quería oír.

Volvieron a Willow Creek una tarde templada. Mabel les entregó el cuaderno y se marchó a su casa sin quedarse a repasar cada detalle. Pike enseñó a Nathaniel los resultados de su trabajo. Beatrice pasó por el estudio, recogió las notas y abrió las ventanas para renovar el aire.

Encontró la fotografía de ambos donde la había dejado. Había una fina capa de polvo en el marco. La retiró con un paño y se detuvo a mirar la expresión de Nathaniel, la mano que sostenía la suya, la manera en que ella se había vuelto hacia él justo antes de la toma.

Él apareció en la puerta al cabo de un rato.

—¿Te queda mucho?

—Solo guardar las notas. ¿A ti?

Nathaniel miró hacia la calle y después a ella.

—Podría encontrar algo más. He decidido venir a buscarte primero.

Beatrice dejó el paño y se acercó. Le puso las manos en la cara, como el día en que había regresado del primer viaje, y lo besó con la misma alegría. Él la abrazó por la cintura, apoyando la espalda contra la puerta abierta.

Cuando se separaron, ella le enseñó una hoja que había dejado sobre la mesa. Era la propuesta de otro encargo, esta vez para finales de verano.

—Tenemos tiempo de hablarlo —dijo—. No voy a marcharme mañana.

Nathaniel leyó la primera línea y la dejó en su sitio.

—Lo hablaremos. Esta noche quiero cenar contigo. Después puedes contarme qué te gusta de ese trabajo.

Beatrice cerró las ventanas y guardó las llaves. Al salir, giró el cartel del estudio con su nombre completo: «Beatrice Ward. Fotografía». Nathaniel la esperaba junto al escalón, con una mano abierta hacia ella.

Caminaron a casa del brazo. Había encargos pendientes, una carta por responder y una próxima partida que todavía no tenía fecha. Beatrice se acercó un poco más a su marido al girar la esquina.

—Me gusta volver contigo —dijo.

Nathaniel le besó la mano sin detenerse.

—A mí me gusta que quieras volver.

En la cocina encontraron una cesta que Mabel había dejado para ahorrarles la compra. Beatrice abrió la ventana mientras él guardaba el pan. Nathaniel la miró, sonrió y dejó pasar la corriente sin acudir al pestillo.

Ella se volvió hacia él con una pregunta en los ojos. Nathaniel cruzó la habitación y la abrazó. Beatrice le rodeó la nuca y lo besó despacio, con el aire de junio entrando por la ventana y todo el tiempo de aquella noche todavía por delante.

Fin.