El Imperio de Sangre CAPÍTULO OCHO #2
82%

CAPÍTULO OCHO #2

La inocencia y la indecencia eran la combinación perfecta para volver loco a un hombre poderoso, autoritario y depravado como Vincent.

Y lo volvería loco para conseguir lo que quería.

—El ama de llaves te mostrará dónde puedes quedarte, y cuando vuelva, terminaremos nuestra conversación.

—No puedo quedarme aquí…

Vincent volvió a besarme con el mismo entusiasmo.

—Solo te vas cuando yo lo diga, pequeña.

—Tengo trabajo. También estudio.

—Ya no trabajarás. Te daré todo lo que necesites. En cuanto a tus clases de inglés, podemos arreglar que venga un profesor particular aquí.

—¿Qué quieres de mí?

Vincent me miró a los ojos y habló antes de que entrara el ama de llaves.

—Mi hermano me pidió que cuidara de su novia, pero no me dijo que eras tan joven, tan hermosa, tan inocente. Ahora eres mía.

Me acarició el rostro, luego me pellizcó el pezón con fuerza a través de la blusa.

—¿Voy a estar atrapada en esta casa?

—No te preocupes por eso. Me aseguraré de que no te falte nada y de que no te sientas sola. Vendré a cuidarte personalmente siempre que pueda, y te garantizo que ya no querrás marcharte.

—¿Por qué haces esto? —Mi voz se arrastró mientras me apretaba los pezones entre los dedos largos.

—Porque te quiero solo para mí, pequeña, y no bromeaba cuando dije que solo hago lo que quiero.

Me besó suavemente.

—Mi hermano también me dijo antes de morir que tenías excelentes ideas para los negocios. Puedo conseguirte un trabajo en mi empresa, y si eres una buena chica, serás muy bien recompensada.

La puerta se abrió, y una mujer baja entró en el despacho.

—Ahora ve con Marisa. Estaré fuera unas horas, pero pasaré por tu habitación cuando vuelva. Espérame despierta, pequeña. Tengo planes muy buenos para esta noche.

Tenía muchas ganas de mandarlo a la mierda, pero aquí no era Alina Deskova, la ubiytsa del Imperio. Era solo Diana Santos, una estudiante brasileña de veinte años que había llegado a Estados Unidos poco más de un año atrás en busca de una vida mejor.

Y esa chica jamás rechazaría una oferta como la suya.

Encontrar a un hombre como Vincent para cubrir todos los gastos era el sueño de cualquier joven extranjera sin estudios que llegaba a La Jolla, y ahora estaba exactamente donde quería estar: dentro de la casa que Vincent mantenía sin conocimiento de su esposa, donde escondía innumerables secretos de su suegro, que creía que aquella mansión custodiada por un pequeño ejército no era más que el burdel de lujo de su yerno, un lugar privado donde podía follarse a sus putas sin arruinar su matrimonio.

Marisa me llevó al enorme dormitorio, me mostró el vestidor con toda la ropa que había estado en el apartamento de Scott en Texas y me informó que la cena se serviría en dos horas.

Cuando se marchó y me quedé sola, me duché y pensé en todo lo que había ocurrido desde que salí de Brasil un mes atrás, después de enviar a Adriano Mantovani, el tercer Fantasma de The Purifiers, al infierno.

Regresé a San Diego y asumí mi viejo disfraz, Diana Santos, una estudiante soñadora intentando probar suerte en Estados Unidos. Fue esa chica inteligente pero inexperta e ingenua la que se infiltró con facilidad en la vida y los negocios de Bryce y Scott Sander.

Los hermanos controlaban una red de prostitución en Dallas, Texas. Estaban involucrados con The Purifiers, y a través del hermano menor logré reunir cada pieza de información que necesitaba para salvarle la vida a Dario dos veces.

La primera complicación llegó cuando Scott fue elegido como el segundo Fantasma y viajó a Italia para acabar con la vida del consigliere.

Aquella noche en Palermo supe que, si mataba al hermano menor, mis contactos en Texas quedarían amenazados. Así que usé la munición que me quedaba y fui tras el siguiente candidato al puesto de asesino contratado del grupo.

Todo había salido bien hasta la noche en el almacén de Río de Janeiro, cuando Dario descubrió que lo habían dejado fuera de los secretos del Imperio por su propia seguridad.

Aunque actué como una perra sin corazón cuando mentí y le hice creer que estaríamos juntos, después de que el italiano embarcara rumbo a Moscú seguí mi plan al pie de la letra, y ese mismo día Adriano se unió a sus amigos en los pozos más profundos del infierno.

Fue aquí, en La Jolla, donde había conocido a Scott.

Le encantaba surfear y aprovechaba sus visitas de fin de semana a su madre y a su hermano mayor para coger olas. Scott idolatraba a Vincent, a diferencia de Bryce, que vivía en una relación de amor y odio con el mayor.

Vincent Sander Caputo, o Vince Caputo, como prefería que lo llamaran, era el yerno y mano derecha del mayor traficante de armas de Estados Unidos, Lorenzo Romano Caputo, quien lo consideraba un hijo desde que su esposa murió al dar a luz a su única hija.

Vince y Serena se conocieron en la adolescencia y se casaron jóvenes, a los dieciocho, porque Lorenzo tenía planes de prepararlo para asumir el negocio como su heredero legítimo.

Cuando elegí regresar a San Diego, conté con la posibilidad de que, si retomaba las clases de inglés en una de las escuelas de idiomas propiedad de la familia Caputo, Vince vendría tras de mí para averiguar qué sabía sobre la muerte de su hermano.

No esperaba que me convirtiera en su amante protegida.

Pero ahora era demasiado tarde para retroceder. Tenía demasiados obstáculos obligándome a quedarme aquí y demasiado poco tiempo para actuar.

Dario había desaparecido y no se había comunicado desde que salió de Moscú.

Para hablar con Blake Mercer, me vi obligada a intercambiar información con Mason Trindade, y me negué a contarle todo lo que sabía.

Un nuevo Fantasma sería convocado en los próximos días, y la cabeza del consigliere se había convertido en una cuestión de honor para The Purifiers después de tres intentos fallidos.

Vincent Sander Caputo era mi única oportunidad de descubrir quién sería el hombre afortunado elegido para matar al antiguo mano derecha y primo del capo italiano, y no tenía intención de fallar.

Los próximos días serían decisivos para todos nosotros.

En la bañera, incliné la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.

Mi cuerpo relajado contrastaba con mi mente inquieta.

Nada fuera de lo común, pero hoy había algo distinto.

No me había acostado con nadie en veintinueve días, y saber que dentro de unas horas otro hombre estaría dentro de mí me dejaba confundida.

Dario había sido el último, y aún podía sentirlo.

Sus besos. Su tacto. Su aroma. Sus ojos. Su cuerpo llenando el mío con una conexión tan maravillosa, tan única, tan… perfecta.

Cuanto más pensaba en aquella noche, menos me arrepentía de lo que había hecho.

El italiano se había esforzado mucho en convencerme de que había pasado los últimos dos años sufriendo, de que estaba enamorado y me había extrañado, pero sabía que el remordimiento era lo que hablaba con más fuerza dentro de él.

Y aunque soñaba despierta con lo que hicimos cada maldito minuto, no necesitaba su lástima.

Ni su amor.